Violencia. Amenazas de
muerte. Palabras ofensivas y misóginas proferidas contra mujeres. Ira. Odio.
Llamadas telefónicas anónimas y amenazadoras en hogares y oficinas. Agentes de
seguridad, intimidados por la creciente muchedumbre, arrastran funcionarios públicos
fuera del escenario. Esto no tiene cabida en una campaña política. Y el
candidato que ha estado tolerando semejantes obscenidades por parte de sus seguidores
demuestra a las claras que no es apto para desempeñar el cargo de presidente.
Así que, senador Sanders, si
no toma el control de lo que está convirtiéndose en un culto descontrolado,
abandone la carrera. El poco respeto que le tenían los liberales cuerdos se
agota rápidamente, y el daño que está sufriendo su reputación podría ser
irreparable. Si ni siquiera es capaz de poner freno a los matones que actúan en
su nombre, no puede confiársele la administración de una tienda de abarrotes, y
mucho menos el país.
Cuando Bernie Sanders lanzó
su campaña presidencial, parecía el tipo de candidato que podría inspirar a los
votantes de los bloques liberales del Partido Demócrata, capaz de impulsar al
partido hacia la izquierda e influir en la dirección futura de la política,
bien como nominado o como una fuerza de cambio. Pero cada vez es más evidente
que Sanders se metió en la carrera por Sanders, y día tras día demuestra que es
un bebé llorón sin el menor interés en un movimiento más amplio. Cada vez que pierde
una competencia, sus ataques venenosos –y casi siempre ridículos- contra el
partido atizan tal fanatismo ignorante en un amplio sector de sus simpatizantes
que empiezan a parecerse mucho a mitin descontrolado pro Donald Trump. Y ahora
empiezan a surgir señales de que la campaña Sanders está transformándose en el
tipo de movimiento que da origen a los tiranos.
Semejante monstruosidad se
puso de manifiesto durante una convención estatal reciente del Partido Demócrata
de Nevada, donde Hillary Clinton ganó más delegados que Sanders. Por supuesto,
esto a nadie debió sorprender, excepto a los Sandernistas quienes, convencidos
de su rectitud moral, han avasallado cualquier tipo de compromiso que pudieran
haber tenido con la democracia. Sanders perdió la votación de febrero en Nevada
por más de 5%. Cualquier persona racional, con interés en la voluntad del
pueblo, presumiría que Clinton saldría del estado con la mayoría de los
delegados. Mas los simpatizantes de Sanders se sintieron indignados
–¡indignados!- porque la persona con la mayor cantidad de votos terminó con la
mayor cantidad de delegados.
Desde el instante en que
Sanders perdió el estado, su campaña y sus simpatizantes han seguido un juego
largo y muy mal planeado con la esperanza de imponerse a los electores. Sanders
y sus administradores han proclamado planes con los que esperan ganar la
nominación democrática, manipulando las reglas de la convención nacional de
Filadelfia de una manera que revertirá el resultado electoral. Sin embargo, son
esas mismas reglas las que el propio Sanders alguna vez denunció, hasta que se
dio cuenta de que podrían darle una ventaja, y sus simpatizantes hicieron un
ensayo en Nevada.
Después que se dio a conocer
el voto de la convención de Nevada –con Sanders como perdedor-, su campaña
lanzó un esfuerzo para revertir el resultado. En las reuniones de condados
donde se seleccionaron los delegados para la convención estatal, los
simpatizantes de Sanders montaron un esfuerzo para conseguir más posiciones que
Clinton, y lo lograron. Luego, cuando llegó el momento de la convención
estatal, Clinton superó la estrategia de Sanders. Aparecieron cerca de 98% de
los delegados electos de Clinton en el nivel de condados: todos, menos 27.
Mientras tanto, solo 78% de los delegados de Sanders acudieron a la convención,
de modo que quedaron vacías 462 posiciones para sus simpatizantes.
Los seguidores de Sanders
también perdieron a decir de un cuento de que 64 de sus delegados potenciales
no pudieron ocupar sus lugares (eso sin contar que, incluso permitiendo que
participaran, habría dejado a Sanders con un faltante de 398 delegados). Seis
de ellos fueron autorizados después de presentar la información faltante; los
demás, ni siquiera se molestaron en registrarse como demócratas (pudieron
haberlo hecho hasta dos semanas antes de la convención) o porque no pudieron
encontrar su información básica (como nombre y dirección). Cuando el partido
contactó a los delegados para obtener esos detalles, solo ocho se tomaron la
molestia de responder (esto resalta la actitud de los defensores férreos de
Sanders, que las reglas no se aplican a ellos; gritar acusaciones de
conspiración y publicar diatribas contra Clinton es mucho más gratificante que
tomarse el cuidado de hacer su trabajo). Durante su revuelta, los simpatizantes
de Sanders escucharon el rumor de que había un “informe de minoría” escrito por
miembros del Comité de Credenciales, el cual exigía la participación de los
delegados inelegibles. No había tal; fue escrito in situ por el personal de la
campaña nacional de Sanders. El Comité de Credenciales –copresidido por
miembros de cada campaña, y compuesto por igual cantidad de simpatizantes de
Clinton y Sanders- desacreditó la existencia del presunto “informe de minoría”.
Pero eso no importa, este informe ficticio ha ingresado ya en la leyenda
delirante del “mundo Bernie” y se ha utilizado para justificar el arrebato de
su contingente de Nevada.
La vulgar andanada de los
partidarios de Sanders fue una maravilla, el tipo de conducta que cabe esperar
de hooligans británicos en un partido de fútbol, más que de personas que
afirman estar interesadas en la política. Lanzaron una silla. Alguien gritó
“¡perra!” a la senadora Barbara Boxer, acérrima liberal de California. Hasta la
presidenta del Partido Demócrata en Nevada, Roberta Lange, quien había
respaldado a Sanders, necesitó un destacamento de seguridad solo para ir al
baño y protegerse de los hipócritas “amantes de la humanidad” que parecían
odiar a todos menos a sí mismos y su ídolo.
Después, los gañanes
siguieron con sus hostilidades histéricas. Varios manifestantes destrozaron las
oficinas del Partido Demócrata del estado. La información de contacto personal
de Lange, incluido su número celular, fue publicada en línea, y desde entonces
ha recibido miles de amenazas de muerte, según funcionarios estatales del
partido. Uno de los mensajes de texto dirigidos a Lange, decía: “Ruego a Dios
que alguien te meta un tiro en la CARA y te vuele la cabeza roba-democracia!”.
(Solo en los delirios de Berni-landia sería posible robar la democracia cuando
el ganador de la votación popular iba ganando). Correos de voz obtenidos por
Jon Ralston, decano de los reporteros políticos de Nevada, contienen
declaraciones tan deleitosas como “gente como tú debía ser colgada en una
ejecución pública… eres una enferma, retorcido pedazo de mier*a y ¡ojalá te
vayas al infierno!”. Y también: “Tú grandísima perra hija de p**a! ¿Qué diablos
estás haciendo? Eres una p**a perra corrupta!”. Y además: “Eres una p**a. ¡Vete
al car**o!”. Y después: “Acabas de garantizar un incendio en Filadelfia”.
Así mismo, esas son
exactamente el tipo de personas que los estadounidenses quieren como base de su
próximo presidente: misóginos violentos y sociópatas. Y sus amenazas de
violencia en la convención son solo otro signo de que Sanders podría
convertirse en una de las fuerzas más destructivas en la historia de Estados
Unidos. Revueltas y llamas en la convención –una repetición del caos de la
Convención Demócrata de 1968- servirían de mucho para abrir las puertas de la
Casa Blanca a Donald Trump, si comparamos eso con una coronación republicana, aunque
sea muy renuente, durante su reunión en Cleveland.
¿Y entre tanto? Sanders
reacciona farfullando evasivas, diciendo que no apoya la violencia, pero hace
literalmente nada al respecto, y afirma que –pese a las declaraciones de
testigos, reporteros y grabaciones de video- sus seguidores violentos no son
violentos. Trump estaría orgulloso de pronunciar los inverosímiles delirios que
vomita este candidato.
En otros lugares, los
simpatizantes de Sanders han demostrado su pasión por maltratar a quienes están
en desacuerdo. Durante un mitin Clinton en California, trataron de abuchear a
la candidata para sacarla de escenario, perturbando el evento de tal manera que
la ex secretaria de Estado interrumpió su discurso. A decir de un testigo,
atacaron al menos a una niña, arrancándole de las manos un cartel de Clinton,
el cual había autografiado la candidata, y lo hicieron pedazos. La niña rompió
a llorar; puedes encontrar en línea vídeos de los adultos que tratan de
consolar a otros niños aterrorizados por los seguidores de Sanders.
Y el propio Sanders se ha
mostrado bien dispuesto de atizar las llamas. Ha dicho que si Clinton gana la
nominación y quiere a sus simpatizantes, tendrá que conquistarlos enfocándose
en los temas que él ha abordado, a la vez que abandona al “establishment”.
Después de todo, el perdedor siempre tiene la oportunidad de dictar la agenda
del ganador (de hecho, el candidato que no obtiene la nominación respalda
decididamente al ganador del partido, pero este es un ejemplo más de que
Sanders está en la carrera por interés personal).
El escenario es anormal, por
decir lo menos. Sanders jamás ha sido parte del Partido Demócrata, pues se ha
mantenido independiente. Sin embargo, cuando llegó el momento de competir por
la presidencia, los poderosos del partido le permitieron postularse como
demócrata y a la larga, se volvió contra el partido, atacando su antiguo hogar
político. Es como si invitaras a alguien a tu casa y dejara en tu sala un
enorme mojón caliente, apestoso y humeante.
Ahora, como dice el dicho, la
política no es un saco de frijoles, y durante un tiempo pareció que Sanders
pretendía lanzar una revolución al interior del Partido Demócrata. Eso, en sí,
no es un objetivo controversial para quien tiene aspiraciones en cualquier
partido político. Los conservadores han estado transformando al Partido
Republicano desde hace más de 35 años, empujándolo cada vez más a la derecha.
Pero cada día resulta más evidente que esa “revolución” es una fachada que
pretende disimular lo que no es otra cosa que una arrogante sed de poder
individual.
¿Por qué Sanders no ha
dirigido un esfuerzo organizado de sus simpatizantes para cambiar la dirección
de los demócratas, capturando posiciones locales y estatales dentro del
partido? ¿Por qué Sanders y sus revolucionarios no han hecho algo para
encontrar gente con ideas afines que puedan competir como candidatos poco
conocidos? Sin esa gente, las propuestas del senador de Vermont jamás se
transformarán en políticas. ¿Por qué Sanders persiste en sacar dinero a sus
seguidores delirantes, pese a la imposibilidad de ganar la nominación, en vez
de dirigir los fondos hacia candidatos que apoyen sus ideales? ¿Por qué tantos
de sus simpatizantes gritan “¡fraude!” cuando pierde un estado y exigen cambiar
las reglas que, según proclaman, darían a Sanders la victoria? (Oigan, amigos:
la manera de cambiar las reglas es ganando posiciones en el partido, y no
gritando e insultando).
Luego tenemos algunas de las
políticas que patrocinan Sanders y su equipo, las cuales no parecen un llamado
para un cambio fundamental sino una manera de aplacar a los jóvenes que rara
vez se ensucian las manos o se interesan en los menos afortunados. Las escuelas
de Estados Unidos están derrumbándose. Empiezan a desaparecer las clases de
arte, música y atletismo (los conservadores prominentes no tienen que
preocupares de esto, ya que viven en zonas acomodadas con las mejores escuelas
públicas o envían a sus hijos a escuelas privadas). La rotación de maestros es
altísima, lo cual priva a los alumnos de los líderes escolares más talentosos.
Incluso es cada vez más difícil obtener artículos escolares y libros de texto,
pues están fuera del alcance de algunos distritos con limitaciones económicas.
Y año con año, Estados Unidos atestigua las consecuencias, quedándose a la zaga
de otros países en áreas como ciencias y matemáticas, los fundamentos para
expandir la economía global.
Sanders ha clamado por elevar
los impuestos de los ricos y las corporaciones. Y, como elemento central de su
campaña, quiere usar ese dinero para la educación, otorgando educación
universitaria gratuita en las universidades estatales.
¿Universidad? ¿En serio?
¿Cuántos niños que viven atrapados en el círculo de pobreza, porque no pueden
recibir una buena educación preuniversitaria, podrán aprovechar el regalo de
pregrado de Sanders? Y esos estudiantes, supuestamente conscientes de la
justicia social, ¿acaso podrán caminar felizmente frente a los bachilleratos
locales dilapidados mientras el dinero de esas escuelas se desvía para que
puedan recibir préstamos universitarios? ¿Cuántos de ellos podrán obtener una
educación de pregrado, bien con becas o asistiendo a una universidad
comunitaria? Cerca de 70% de los estadounidenses no tiene licenciatura, ¿de qué
les sirve ese plan?
Si la idea es mejorar la
educación, nadie que realmente piense en los pobres tomaría el dinero que debe
destinarse a las escuelas primarias y secundarias para usarlo en las universidades.
Lo que pretende es distribuir beneficios para que los cómodos puedan estar más
cómodos, no de mejorar los aprietos de los empobrecidos. Lo que, por supuesto,
plantea una pregunta incómoda: Pese a la gritería de los simpatizantes del plan
universitario de Sanders y el deseo de ayudar a los demás, ¿acaso su ira no
estriba, realmente, en el deseo egoísta de ayudarse a sí mismos?
Lo que nos trae de nuevo al
tema original: senador Sanders, madure o lárguese. En este momento, y en
auténtica actitud de chiquillos petulantes, sus seguidores están proclamando
que votarán por Trump antes que por Clinton, porque bla bla bla, Wall Street, bla
bla bla, contribuyentes corporativos, bla bla bla, establishment, bla bla bla.
Es probable que ninguno de ellos recuerde la Guerra de Vietnam y la campaña de
1972. Aquel año, la facción liberal del Partido Demócrata ganó con la
nominación de George McGovern y entonces, un gran segmento de los típicos
simpatizantes partidistas proclamó que prefería votar por Richard Nixon. Y ya
vio qué bien salió aquello.