La recientemente suspendida presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, hace una declaración al abandonar el Palacio de Planalto, el pasado 12 de mayo. “Estoy triste, pero ustedes hacen que esa tristeza disminuya”, dijo, con sus 54 millones de votos en la maleta y acompañada de Luiz Inácio Lula da Silva, su antecesor y mentor político. Rousseff fue presidenta de Brasil hasta el jueves pasado. El Senado la separó de su cargo para que responda a un juicio por supuesto maquillaje de las cuentas públicas. Por su parte, el presidente interino, Michel Temer, aseguró, en su primer discurso público, que “es preciso recuperar la credibilidad de Brasil”. Temer, vicepresidente durante el gobierno de Rousseff, lanzó un mensaje de esperanza a los brasileños, que atraviesan la peor recesión económica en varias décadas, y prometió que adoptará políticas que estimulen la economía y atraigan inversiones para combatir la elevada inflación y el creciente desempleo. El continente americano observó con preocupación la caída de la presidenta. A medida que el cerco crecía alrededor de su mandato, los gobiernos izquierdistas de Uruguay, Venezuela, Ecuador y Bolivia expresaron su respaldo explícito a la mandataria, y en estos días han vuelto a pronunciarse a su favor.