La primavera llega a Sevilla y la ciudad se viste de
feria. Con las casetas montadas en el Barrio de los Remedios, una cena de
“pescaíto frito” y el encendido de 240,000 bombillas, se da inicio a la Feria
de Abril. La ciudad se llena de flamenco, la pasión camina cada tarde junto al
río Guadalquivir para celebrar la vida; con ese gusto tan Andaluz de coincidir,
cantar y bailar.
Entre copas de rebujito, manzanilla o fino de Jerez de la
Frontera, suenan sevillanas. Las mejores galas se pasean por las calles del
recinto ferial y carretas guiadas por jinetes en traje corto recorren las
calles nombradas en honor de distinguidos toreros. Juan Belmonte, Curro Romero,
Joselito Gallo o Gitanillo de Triana permiten al visitante ubicarse en el
enorme espacio, donde este año se distribuyeron 1051 casetas.
Sevilla conserva un sincretismo cultural maravilloso,
mantiene vivo el recuerdo de un pasado que conjuga tiempos romanos, musulmanes
y cristianos.
La feria parece evidenciar esas muchas culturas que hoy
conviven en una misma tierra. Sus inicios se remontan al siglo XIX, cuando los empresarios
Narciso Bonaplata y José María de Ybarra redactaron una propuesta para el
Cabildo Municipal solicitando el permiso para celebrar una feria anual, este
fue otorgado por la reina Isabel II, el 5 de marzo de 1847. En aquellos
tiempos, la feria estaba destinada principalmente a la exposición de ganado.
Poco o nada queda de la memoria de feria ganadera, aunque
sin duda la celebración continúa generando un gran flujo monetario para la
capital Andaluza. Para este año se estimó el volumen económico total en 700
millones de euros (más del 3 por ciento del PIB de la ciudad). Turistas de
todas partes del mundo acuden a Sevilla; junto a la feria, por la calle del
Infierno, se instala un enorme parque de atracciones, juegos de azar y puestos
de restauración.
Además, coincide la celebración con la fiesta taurina en
la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería. Fácil es distinguir el
local, tan ataviado con ropas formales y vestidos, del turista que con jeans y
una cámara recorre las callejuelas, sin parar de mirar el tablao donde parejas
levantan los brazos al inicio de una sevillana y giran.
Uno de los elementos más emblemáticos es el traje
flamenco. Las mujeres lucen cada día un vestido distinto. Hermosas creaciones
que con el pasar del tiempo se han ido refinando. Se caracterizan por el talle
ceñido que se abre en las caderas a modo de flor y se complementa con flores en
el pelo, collares, pendientes y coloridos mantones de manila. Estos
maravillosos trajes fue, en otros tiempos, la ropa de faena de las campesinas
andaluzas. Sin embargo, las clases altas los fueron adoptando, y en la
exposición Ibérica de 1929, lo consagraron como algo indispensable para ir de
feria. Hoy estos vestidos recorren el mundo, con la firma de grandes
diseñadores de alta costura como Cristina García, Raquel Terán, Ernesto Sillero
o Vicky Martín Berrocal.

LAS FECHAS en las que se desarrolla la feria varían año tras
año, puesto que dependen de la Semana Santa. FOTO: BELÉN ESTRELLA
Al caminar por las distintas calles que forman el
complejo, la mirada se pierde entre el color y la elegancia. La mayor parte de
casetas son privadas, cada una se decora y nombra a su manera. “Buena gente,
Cañera, Caseta de feria los Torpes, Los Hermanos Gitanos, De Cai a Sevilla,
Quien sabe ande, Tos reunios o Ya Güele a feria”; son nombres que cuentan la
historia de los sevillanos y evocan ese español cortado característico del sur
de España.
La feria se inauguró este 2016 el 12 de abril; sin
embargo, las fechas en las que se desarrolla varían de año a año, puesto que
dependen de la Semana Santa. Tradicionalmente debería ocurrir entre los días
martes a domingo, tres semanas después de los días santos. Pero si para cumplir
esto se tendría que celebrar en mayo, se adelanta una semana.
Durante los días que dura el goce y la celebración, la
ciudad parece vivir sólo alrededor del Barrio de los Remedios. Al caer la tarde
a orillas del Guadalquivir, las casetas que en la mañana albergaban selectos
grupos se van tornando menos formales, el dulce de la uva añejada hace efecto y
las sevillanas se conjugan con reguetón. Los más jóvenes abandonan la
exclusividad de lo privado, y reparten amor en las casetas públicas. Se oye en
los parlantes ”Ay, que te como y te como, que ay, que te voy a comer”. El
color de Sevilla en Feria lo llena todo.