Cómo arreglar el juego mental

Cuando abrí la puerta, Will Strahl
tenía en la mano un portafolios negro enorme, el tipo de valija donde meterías
una bomba. Una vez en mi sala, abrió el maletín y sacó una laptop, un
amplificador pequeño, una bolsa de plástico con electrodos de punta de acero
inoxidable, y un frasco de gel conductor. Aplicó el gel en lo alto de mi frente,
luego me puso los electrodos en la cabeza y cables de tierra en mis orejas. Ya
estaba listo para jugar un videojuego con mi cerebro.

Para ganar, tenía que mantener un auto
en movimiento, hacer que sonara la música, y evitar que una bruma gris cubriera
la pantalla. A fin de lograrlo, necesitaba mantener mi mente tan serena y
enfocada como fuera posible. Si cerraba los ojos, apretaba la mandíbula o me
movía en el asiento, el auto se detenía, la pantalla se ponía gris o la música
se volvía un susurro. Había otros autos en la carrera, pero el objetivo no era
ganarles, sino reequilibrar mi cerebro.

Strahl estudia un doctorado en
psicología en la Universidad Pacific de Portland, Oregón, pero antes de eso
trabajó con un neurólogo de Los Ángeles, quien fundó una compañía llamada Peak
Brain Institute, la cual ha incursionado en la neurorretroalimentación, un
campo de la neurociencia que surgió hace décadas, pero que gracias a la
difusión y las nuevas tecnologías, se ha popularizado nuevamente. La promesa de
la neurorretroalimentación es devolver la salud a nuestras ondas cerebrales sin
necesidad de medicamentos, ejercicios o siquiera meditación. Las personas que
sufren de trastorno de hiperactividad con déficit de atención, trastorno de
estrés postraumático (TEPT), ansiedad, ira o depresión, simplemente pueden
sentarse en una silla cómoda y durante sesiones de media hora con unos cuantos
cables conectados al cuero cabelludo, reciben una afinación mental, tal vez
hasta un recableado del cerebro desequilibrado.

Parece charlatanería, pero no lo es. La
neurorretroalimentación, que se vale de registros cerebrales en tiempo real
para que el cerebro aprenda a autorregularse, es una técnica que los neurólogos
han usado desde la década de 1960. En aquellos días, NASA temía que sus
astronautas pudieran sufrir convulsiones provocadas por el combustible de los
cohetes, así que pidieron ayuda a Barry Sterman, un investigador de la Escuela
de Medicina de la Universidad de California, Los Ángeles, y muy pronto, Sterman
descubrió que podía minimizar los efectos dañinos del combustible en los gatos,
utilizando a una forma primitiva de neurorretroalimentación que había
desarrollado.

¿Cómo funciona la
neurorretroalimentación? Es muy simple: te ponen electrodos en varias partes
del cráneo y los conectan con una computadora o algún tipo de tablet que tiene
un software, el cual lee la actividad de esas regiones y calcula una respuesta
adecuada, la cual transmite al cerebro. A continuación, el cerebro usa los
datos para ajustarse, como haces al ajustar un mechón de cabello fuera de lugar
cuando te miras en el espejo. Y conforme el cerebro cambia, la
retroalimentación cambia. “Imagina que la neurorretroalimentación es como un
aprendizaje para el cerebro”, dice Kirk Little, psicólogo de Cincinnati y
presidente de la Sociedad Internacional de Neurorretroalimentación e
Investigación. “Si le dices a un perro ‘siéntate’, empujas su trasero y le das
una galleta 100 veces, el perro aprenderá a sentarse por su cuenta simplemente
[cuando] le muestres la caja [de galletas]. Haces lo mismo con las descargas
eléctricas del cerebro; recompensas a la gente por modificar sus ondas
cerebrales”.

Aunque la práctica creció lentamente en
las décadas posteriores al trabajo original de Sterman, los adelantos recientes
en tecnología y velocidad de procesadores han permitido que más practicantes
ofrezcan el servicio con menos inversión, y de allí ha surgido un consenso
basado en investigaciones, el cual alcanzó su clímax a principios de este
siglo, cuando se determinó que el cerebro es, de hecho, neuroplástico. Little
asegura que, en las últimas décadas, la neurorretroalimentación ha tenido
resultados demostrables en cientos de pacientes, con más de 500 artículos de
revisión paritaria publicados solo en los últimos años. Robert Longo, de
Lexington, Carolina del Norte, uno de los asesores de la junta de directiva de
la Sociedad Internacional de Neurorretroalimentación e Investigación, y dice
que el recableado cerebral es un concepto ampliamente aceptado en la
actualidad. “La idea de la neuroplasticidad empieza a arraigar en el público
conectado y en las comunidades científicas. Ya se ha hecho evidente que
funciona”, dice Little.

Topé con el concepto de
neurorretroalimentación mientras investigaba un artículo sobre la ira, en 2014.
Un par de expertos que entrevisté mencionó esta práctica, y encontré una
compañía llamada Brain State Technologies, la cual ofrecía un tratamiento de
neurorretroalimentación denominado Brainwave Optimization. La empresa me puso
en contacto con un practicante de la Ciudad de Nueva York, y en abril de ese
año me sometí a dos sesiones. Después de la primera, sentí como si acabara de
meditar, y el mundo me pareció un poco más brillante. Al salir de la segunda,
era como si acababa de tomar antidepresivos.

A veces (aunque no siempre), los
usuarios más comprometidos experimentan efectos más drásticos y duraderos. Por
ejemplo, la esposa de Longo empezó a usar neurorretroalimentación después que
cayó un piso de escaleras y comenzó a padecer de jaquecas y vértigo. Luego de
30 sesiones, “la diferencia fue de 100 por ciento”, asegura. “Es uno de los
secretos de salud mental mejor guardados”, agrega Longo. “Las farmacéuticas nos
odian, porque hacemos que la gente deje las medicinas. Pero hay una creciente
cantidad de literatura e investigaciones, y en los próximos cinco o 10 años,
recibiremos un montón de apoyo cuando afirmemos que podemos tratar cosas como
lesiones cerebrales traumáticas, ansiedad, depresión, TEPT, insomnio, migraña,
y personas que han sufrido infartos cerebrales”.

Charles Tegeler, profesor de neurología
en el Centro Médico Bautista Wake Forest, Carolina del Norte, ingresó en el
campo después de dirigir un centro de infarto cerebral durante 15 años. Explica
que le preocupaba cada vez más que el estrés estuviera matando a las personas,
y “recetar medicinas era como poner curitas”. En 2009, Tegeler oyó hablar de
Brain State. “Me pareció una patraña”, dice. Sin embargo, su hija había
desarrollado migrañas tan violentas que perdió casi todas sus clase el semestre
anterior. Así que Tegeler decidió someterla a la optimización de ondas
cerebrales de la compañía. “Si ayuda con sus migrañas, hablaremos”, comenta,
acerca de lo que opinaba antes de las sesiones. El propio Tegeler probó la
terapia, para ver si hacía algo por su frecuencia cardiaca irregular. Después
de 10 sesiones en cinco días, su corazón había vuelto a la normalidad, y las
jaquecas de su hija habían desaparecido.

En 2009, Tegeler fundó un instituto de
investigación en Wake Forest llamado HIRREM, siglas en inglés de “espejeo
electro-encefálico relacional, de alta resolución, basado en resonancia”. La
instalación ha reclutado a 400 voluntarios para cinco proyectos de
investigación en neurorretroalimentación, todos ellos utilizando la tecnología de
Brain State.

Los participantes incluyeron personas
con lesiones traumáticas cerebrales, insomnes, e individuos con depresión o
estrés. La mayoría de los voluntarios de HIRREM han manifestado mejoría, dice
Tegeler. En general, los resultados son “como comprimir tres años de
medicamentos en tres días”, con solo una pequeña proporción de efectos
colaterales. El centro está a punto de publicar los hallazgos de un estudio
controlado con placebo que incluyó a 104 personas con insomnio, y este año
iniciará ensayos clínicos para determinar si la neurorretroalimentación es útil
para individuos que sufren de TEPT.

No todos responden bien a la
neurorretroalimentación. Busca en la Web, y encontrarás blogs de clientes que
se han sometido a sesiones y se quejan de que sufrieron crisis posteriores de
insomnio o ansiedad. “Puedes entrenar mal a las personas”, advierte Little.
“Puedes poner los sensores en sitios equivocados y enviar las frecuencias de
entrenamiento en la dirección equivocada. Puedes hacer que una persona se
vuelva insomne, más irascible y agitada”.

No obstante, la cantidad de pacientes
que usan la tecnología Brain State –sobre todo, en los consultorios de una red
de practicantes dispersos por todo el planeta- ha crecido de 25,000 hace cinco
años a 100,000 en la actualidad, informa el fundador, Lee Gerdes. El otoño
pasado, Gerdes apostó a que habría demanda para una versión casera de su
producto, y lanzó una campaña Kickstarter para su Braintellect 2, una diadema
portátil que brinda una versión menos complicada del procedimiento al que me
sometí en Nueva York. Reunió 95,000 dólares en dos meses, y empezó a enviar
unidades personales poco después de Año Nuevo.

La diadema se sujeta a la nuca y se
apoya en la nariz, más o menos como las gafas de Geordi La Forge, de Viaje a
las Estrellas. Viene equipada con sensores que envían lecturas de la actividad
cerebral a un dispositivo Bluetooth que se comunica con una tablet de medios,
incluida con el paquete. La tablet contiene el software que recibe la
información de la actividad cerebral y lo usa para producir una serie de
sonidos –tonos y timbres- que cambian constantemente, dependiendo de la
información que ingresa.

Fui uno de los primeros en usar el
Braintellect, y Gerdes me advirtió que había “cositas” que resolver. En las
primeras sesiones cortas, tuve problemas para colocarme la diadema de manera
cómoda y segura, así que Gerdes me envió un nuevo juego de sensores, y terminó
por mandar una unidad nueva y más flexible. Pese a ello, me da un poco de miedo
usarla. El “videojuego” de Strahl pareció empujarme en la neuro-dirección
correcta. Cuanto más me tranquilizaba y me enfocaba en mover el auto por un
pantano, más consistente era el movimiento del auto. Cuando se detenía –y lo
hacía a menudo-, me sentía frustrado y mentalmente me ponía como loco para
tratar de arrancarlo, lo cual era contraproducente, por supuesto. Al cabo de
dos sesiones, en dos días, mejoré un poco en el juego y al final, sentí mi
mente un poco más despejada. Pero la autoadministración es un monstruo distinto,
y no todos creen que la neurorretroalimentación esté lista –o que alguna vez lo
esté- para aplicarse en casa.

No mucho después de incursionar en el
campo de la neurorretroalimentación, en 2005, Little descubrió, por la mala,
que experimentar por uno mismo –aun con entrenamiento experto- puede tener
consecuencias muy desagradables. “Mi esposa decía, ‘¿Qué te pasa?’. Y yo
respondía, ‘¡Nada, no tengo nada!’. Entonces, ella señalaba, ‘Es esa actitud,
justo eso’. Había entrenado mis ondas beta muy alto, y eso me volvía irritable
y obsesivo”, recuerda. Little me dice que jamás aconsejará, “públicamente”, que
alguien utilice por sí solo la neurorretroalimentación, pero “si eres un adulto
y quieres intentarlo, tienes la prerrogativa”, agrega. “Podría darte resultados
estupendos, o podría arruinarte”.

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with
Newsweek