Crecimiento disruptivo es el que se da de forma exponencial en diversos sectores de la economía gracias a la innovación; sobre todo cuando esta se produce en avances tecnológicos y especialmente si está enfocada en desarrollos digitales de alto impacto.
Esa es la esencia del concepto creado hace más de 20 años por Clayton Cristensen, profesor de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard. Aunque su paternidad se origina en la costa atlántica, lo cierto es que ha sido la piedra angular de todos los centros de investigación y pensamiento de la costa oeste estadounidense.
La innovación disruptiva le ha permitido a la industria, los proveedores de servicios y diversos sectores económicos crecer significativamente y de forma masiva. Este crecimiento, además, normalmente tiene una cadena de beneficiarios colaterales tangibles, más allá de los usuarios que disfrutan una nueva manera de cubrir sus requerimientos.
Hace décadas había que usar la fuerza física y mecánica para encontrar oro, ganancias petrolíferas o buenas cosechas. Todas estas actividades ahora tienen altos componentes tecnológicos y digitales (tecnologías disruptivas). Las nuevas fuentes de ingresos a gran escala están cambiando y se ubican justamente en la creatividad y la innovación de quienes hacen estos desarrollos, los cuales generan “rompimientos bruscos” en un mercado consolidado, o incluso llegan a “descubrir” nuevos consumidores de productos antes inexistentes.
Los casos de aplicaciones digitales como Uber o AirBnB son emblemáticos en este aspecto. La hostelería y la contratación de transporte para el traslado personal son actividades que llevan muchos años ejerciéndose. Los servicios existían, pero la manera para acceder a ellos de forma más económica, segura y eficiente presentaba una oportunidad, y esto fue lo que detonó dichos proyectos.
Ahora bien, el crecimiento disruptivo no es propio o exclusivo de esta dinámica. También se puede configurar en nuevos modelos de negocios, tal como lo hizo la empresa española de ropa Zara, o la sueca Ikea en la venta de muebles. Sin embargo, la gran transformación en los negocios sí ha estado ligada a la evolución tecnológica. Esto pasó con el uso de las computadoras, el internet y el surgimiento de los teléfonos móviles, así como muchos productos nuevos en la industria farmacéutica y en la agricultura.
En este sentido, la innovación se ha democratizado para atender diversas necesidades. A veces el universo de usuarios de un nuevo desarrollo es enorme y, en otras ocasiones, se enfoca en clientes muy específicos.
TECNOLOGÍAS SUSTENTABLES
Hoy, ocho de las 15 empresas más innovadoras del mundo pertenecen a la rama de las tecnologías de la información y las comunicaciones (Apple, Samsung, Google, Microsoft, IBM, Amazon, Sony y Facebook, además de la china Huawei, que viene creciendo a pasos agigantados). La era digital lleva la pauta de nuestros tiempos.
Estas empresas hacen sus propios desarrollos; en algunos casos apuestan por nuevas propuestas (Google Cars, por ejemplo) y en otros, invierten sus recursos en lo que se denominan “tecnologías sustentables” para seguir mejorando incrementalmente sus productos vigentes en el mercado. La competencia es feroz y en muy pocos años hemos visto desaparecer empresas de tecnología sumamente importantes, o por lo menos reducir su presencia en el mercado mundial de forma determinante (Nokia, Blackberry).
Además de esto, existe también un boom de emprendedores que están trabajando en generar nuevas y diversas formas de soluciones y comunicaciones desde el alcance de un dispositivo digital móvil (teléfono o tablet).
Esto parece en principio ilimitado, por la posibilidad infinita de encontrar nuevas soluciones al desarrollo de actividades cotidianas. Así, esta dinámica agilizó la mente de miles de jóvenes creativos en todo el mundo para crear startups; sin embargo, la escasez de proyectos digitales viables hacen que no se esté en un espacio de abundancia perpetua. Hay que trabajar muy duro en una idea, consolidarla de forma práctica, tener mentores, generar un buen equipo con visión de negocios, además de las corridas financieras que la hagan atractiva para que los fondos de capital de riesgo o venture capital inviertan (incubadoras) o aceleren estos posibles negocios.
Por otro lado, también hay una gran competencia para encontrar una nueva “app” que transforme mercados. Por eso, para ser un buen emprendedor, se requiere tener una gran tolerancia al fracaso. Es bastante usual que muchos empresarios exitosos en este rubro hayan pasado por quiebras o momentos difíciles. Lo relevante en estos casos es que suceda de la forma menos costosa y en el menor tiempo posible; un mal negocio en la costa oeste estadounidense no es una derrota, es parte del proceso de aprendizaje.
Muchos de estos desarrollos no se materializan por la falta de apoyos financieros, y en otros casos llegan los recursos, pero no necesariamente la idea cuaja en el mercado. En otras ocasiones parece inverosímil que algún nuevo producto o mecanismo de comunicación pueda funcionar, pero sorpresivamente recibe miles de usuarios atendiendo una necesidad especial para interactuar (como Snapchat, con una enorme penetración entre adolescentes, que hoy está valuada en más de 16,000 millones de dólares).
Es así como la tecnología digital está transformando la manera en que vivimos. No se puede ser ajeno a esto desde ningún punto de vista. En este sentido se empiezan a consolidar industrias como las de realidad virtual o comunicación holográfica. Vienen también cambios en los nuevos modelos de transporte sin la intervención humana y, desde hace tiempo, se han ido sustituyendo múltiples servicios realizados físicamente (supermercados, sucursales bancarias, librerías) por sólo teclear unas cuantas veces en nuestro teléfono móvil.
La industria de la tecnología digital representa una gran oportunidad para el mercado y el desarrollo de América Latina. En diversos países están surgiendo nuevos “hubs” para crear aplicaciones ad hoc en la solución de distintos problemas.
En el caso particular de México se han hecho esfuerzos extraordinarios de conectividad en todo el territorio nacional (el acceso a internet es el commodity indispensable para todo esto). Además, se creó el Instituto Nacional del Emprendedor y cada año se incrementan los foros y encuentros entre estos y los otros factores clave de producción, es decir, los centros de investigación y los fondos de inversión (Angel Investors). Aunado a esto, se instauró la Estrategia Digital Nacional y se han concretado programas con el gobierno de Estados Unidos para tener una mayor sinergia en innovación tecnológica (MUSEIC), así como en el intercambio académico de educación superior entre estudiantes, científicos y universidades de ambos países (FOBESII).
Esto materializa la visión que tuvo hace más de 25 años don Fernando Solana, cuando advertía sobre la gran interdependencia provocada por los avances tecnológicos en las comunicaciones, e instaba entonces a participar activamente en la conducción de este cambio para ser “sujetos activos de la historia contemporánea”.
La costa oeste de Estados Unidos es la cuna de este proceso. Los grandes fondos de inversión, atentos al desarrollo de estos proyectos para invertir en ellos, al igual que las importantes empresas globales de tecnología, están ahí. Esa es la zona propicia para generar los espacios de interrelación entre los emprendedores de América del Norte.
Es justamente ahí en donde se encuentran los engranes para integrar proyectos de alta tecnología que nos hagan más competitivos como región, así como para encontrar oportunidades conjuntas que logren romper mercados tradicionales o generar otros nuevos que nos lleven a ser actores relevantes en la conducción del crecimiento disruptivo, el cambio que marca el ritmo del siglo XXI.