Trump se aproxima, refunfuñando: “Voy a encargarme de una vez por todas de este hijo de perra. En grande. Dame los códigos”.
El asistente abre la valija y entrega al mandatario una carpeta con unas hojas sueltas que muestra un colorido menú de opciones Armagedón, las cuales abarcan desde planes para la aniquilación total de Rusia y China hasta una variedad de ataques hechos a la medida para Corea del Norte.
“Ese me gusta”, dice Trump.
El asistente le entrega un sobre con un conjunto de números y letras, los cuales verifican que, en efecto, se trata de Trump cuando llama al secretario de la Defensa, James Mattis. Es el mismo código que se enviará a los comandantes del teatro, los bombarderos B-1, los silos de misiles de Wyoming, y los submarinos que merodean la costa de Corea del Norte.
“Hazlo”, ordena a Mattis. “Bórralos del maldito mapa”.
Lo que fuera una broma tensa entre los políticos de Washington y los expertos militares cuando Trump se postuló a la presidencia, de pronto se aproxima mucho a una horrenda gama de posibilidades, a juzgar por la encuesta que hizo Newsweek entre exfuncionarios y expertos del Pentágono. Y es que nadie sabe hacia dónde se encamina la confrontación luego de semanas de crecientes insultos personales y provocaciones militares por ambas partes.
El 26 de septiembre, días después de que el Pentágono hiciera un despliegue de fuerza militar enviando bombarderos B-1 y cazas escolta a las inmediaciones de Corea del Norte, se recibieron informes de que Pionyang había “movilizado una pequeña cantidad de aviones de combate, tanques de combustible externos, y misiles aire-aire a una base de su costa oriental”. Y entonces, Trump volvió a amenazar a Pionyang, afirmando que estaba preparado para “una opción militar” que resolvería la crisis de una manera “devastadora”.
Analistas con vasta experiencia en la región confiesan estar temerosos de que un accidente —una colisión de aviones o barcos, un proyectil de artillería mal dirigido— pueda desencadenar la situación, sobre todo porque Trump y los funcionarios norcoreanos siguen intercambiando insultos. En su discurso del 19 de septiembre en Naciones Unidas, Trump llamó “hombre cohete” al líder norcoreano y, luego, “pequeño hombre cohete”. Kim respondió calificando a Trump de “estadounidense mentalmente desquiciado y chocho [dotard]”, término abandonado desde hace mucho y que orilló a muchos a consultar sus diccionarios (“dotard” significa decrépito y senil). Acto seguido, Trump juró que Kim y su ministro del Exterior “no seguirán por aquí mucho tiempo más”.
“Me parece que el intercambio que ha provocado Trump no solo es peligroso e innecesario, sino que está creando una espiral de escalamiento que aumenta las posibilidades de error”, previno Robert Manning, quien fuera un importante experto en inteligencia coreana y armas estratégicas durante las presidencias de George W. Bush y Barack Obama. “No es, meramente, una guerra de palabras”, dijo a Newsweek. “Seguimos volando B-1 en sus narices”. Y eso, aunado a los insultos que Trump profiere contra Kim, solo “infla” el ego del norcoreano, asegura Manning, actual miembro de alto nivel en el Centro Brent Scowcroft sobre Seguridad Internacional en el Consejo Atlántico. “Es una estupidez pasmosa”, concluye.
Como confirmación de sus palabras, el 25 de septiembre, el ministro del Exterior de Corea del Norte interpretó las amenazas de Trump como una declaración de guerra. “Es absurdo”, afirmó Sarah Huckabee, portavoz de la Casa Blanca. El régimen también juró “tomar contramedidas, incluyendo el derecho de derribar bombarderos”.
Sin embargo, hasta ahora, no hay indicios de que Corea del Norte se disponga a atacar Corea del Sur, Japón o las bases estadounidenses de la región, pese a que amenaza con hacer estallar una bomba de hidrógeno en algún lugar del Pacífico. Con todo, dada la hostilidad cada vez más patente, un creciente número de analistas empieza a temer algo menos mortífero, pero profundamente peligroso: una crisis constitucional, precipitada por la orden de Trump de lanzar un ataque preventivo. “Alguien en la cadena de comando se negará”, señala un exfuncionario de alto nivel en el Pentágono, quien compartió sus opiniones de manera anónima por tratarse de un tema muy sensible. “Eso es lo que creo, habiendo trabajado con esos tipos”, se refiere a los líderes militares, desde Mattis hacia abajo, incluido el comandante de las fuerzas estadounidenses en Corea del Sur, el general Vincent Brooks. “Sería en extremo difícil que Trump lance un ataque repentino por puro capricho”, prosigue el exoficial. “Tendría que presentarlo como un asunto estratégico muy importante que ha planificado desde hace mucho tiempo, en consulta con Mattis y Dunford”. El general Joseph Dunford es el presidente del Estado Mayor Conjunto.

UNA NOCHE BOMBA: Analistas temen que un accidente pueda desencadenar la situación con Corea del Norte. ILUSTRACIÓN: EDEL RODRIGUEZ
El exfuncionario agrega que Brooks, en particular —quien se ha granjeado un amplio círculo de admiradores por sus opiniones francas, aunque tendenciosas, sobre la intersección de las políticas nacionales y la estrategia militar—, nunca obedecería semejante orden de media noche. “Si Brooks pensara que Trump, simplemente, quiere lanzar un ataque por capricho, sin que haya una amenaza inminente y real para las fuerzas y el territorio de Estados Unidos, podría rehusar cumplir la orden”. No fue posible contactar con Brooks para pedirle comentarios.
Diversos analistas aseguran que es improbable que una orden de Trump llegue demasiado lejos. La gente que conoce a Mattis dijo a Newsweek que el secretario de la Defensa renunciaría antes que llevar a cabo una orden impulsiva de Trump para atacar Corea del Norte, con o sin sus armas nucleares. Sin duda, Trump despediría a Mattis, pero eso provocaría “una tormenta política y hasta una crisis constitucional que impediría la ejecución inmediata de la orden”, asegura Kingston Reif, director de políticas de desarme y reducción de amenazas en la Asociación para el Control de Armas en Washington, D. C.
En octubre de 1973, el presidente Richard Nixon provocó una crisis al ordenar que su procurador general, Eliot Richardson, despidiera a un fiscal especial que supervisaba las investigaciones de los crímenes que dieron en conocerse como Watergate. Richardson se negó y renunció, y lo mismo hizo su subprocurador. Por fin, Nixon encontró a un hombre que accedió a cumplir la tarea, pero el tiro salió por la culata al comenzarse el movimiento de impeachment que lo expulsó del cargo diez meses después.
A decir de un creciente coro de comentaristas, algo más relevante para la situación de Trump es otro incidente ocurrido en los últimos días de Nixon cuando, según diversos relatos, su jefe de Gabinete, Alexander Haig, general del Ejército, pidió que los comandantes militares informaran si habían recibido alguna orden inusual del presidente, quien estaba profundamente deprimido y, a veces, ebrio.
Chris Whipple, autor de “The Gatekeepers: How the White House Chiefs of Staff Define Every Presidency”, dijo a Newsweek que John Kelly, el jefe de Gabinete de Trump, “necesita aprender una lección de eso… y asegurarse de estar al tanto en cuanto se refiere a la pelota de futbol nuclear”.
Los analistas afirman que no hay regla alguna que impida que Trump despida a Mattis y siga bajando por la cadena de comando hasta encontrar a alguien dispuesto a atacar Corea del Norte. Kathleen Hicks, exsubsecretaria principal de políticas en el Pentágono, señala que cualquier secretario de la Defensa es, meramente, “un freno en el sistema contra el entusiasmo desmedido” del presidente para soltar los misiles nucleares. Bajo las reglas de la Autoridad de Comando Nacional, el único medio de que dispone Mattis para detener la orden de lanzamiento de Trump es la persuasión. Si lo bloquea, “entonces el presidente puede despedirlo, a su exclusiva discreción”, y hacer que la siguiente persona en la cadena de comando cumpla la orden. Si Trump así lo desea, puede bajar por la cadena hasta un general que dirija un comando regional. El Código Uniforme de Justicia Militar exige que los oficiales juramentados cumplan una orden mala, pero legítima, lo que crea el tipo de dilema dramatizado en la exitosa película de 1992 sobre una corte marcial, “Cuestión de honor”.
“Aunque el secretario de la Defensa y sus subordinados tengan el deber legal de cumplir las órdenes presidenciales, no significa que deban hacerlo”, escribió hace poco Jack Goldsmith, quien ocupó puestos de alto nivel en los departamentos de Justicia y Defensa. Sin embargo, “deben estar dispuestos a aceptar las consecuencias de su desafío”, que incluyen “renunciar… resistir hasta el despido, informar a los líderes congresistas (en público o privado), o coordinarse en secreto con el vicepresidente y otros funcionarios para deponer al presidente bajo la Enmienda 25”.
“Todo esto es terreno inexplorado”, interpone Reif. Y para embrollar las complejidades legales, militares y políticas de la situación, algunos analistas imaginan a Kim atacando primero con una fuerza limitada, como una andanada de cohetes y artillería dirigida contra Seúl, la cual mataría a decenas de miles de personas, y provocaría el contrafuego de Estados Unidos y Corea del Sur. Pero entonces, Kim podría sentarse tranquilamente a esperar que Trump haga la siguiente gran movida. “En ese momento, el presidente Trump enfrentaría una decisión inimaginable: continuar el ataque y causar la muerte de otros millones más, o ceder a las demandas de Kim y detenerse”, escribió el teniente coronel Daniel Davies (quien sirvió en Irak bajo el asesor de seguridad nacional de la Casa Blanca, H. R. McMaster). Dadas las defensas reforzadas de Corea del Norte, sus enormes existencias de cohetes y su armamento nuclear, “los intereses de Estados Unidos se verían gravemente lesionados no obstante la decisión que Trump tome en ese momento”, concluye Davis.

Kim llamó a Trump“estadounidense mentalmente desquiciado y chocho”, lo que orilló a muchos a consultar sus diccionarios. ILUSTRACIÓN: EDEL RODRIGUEZ
A juzgar por el errático liderazgo que ha demostrado hasta ahora, Trump no parece preparado para sopesar con cuidado una gran variedad de opciones militares que incluyen el uso de armas nucleares. Y según Whipple, ningún presidente lo está. “Cada jefe de Gabinete de la Casa Blanca podría contarte, con escalofriante detalle, sobre el día en que el presidente del Estado Mayor Conjunto llegó para explicar al mandatario y su jefe de Gabinete cómo operaban los códigos nucleares. Es un momento de profunda reflexión para todo jefe de Gabinete y, obviamente, para todo presidente; o al menos eso esperaríamos”.
Incluso algunos de los admiradores más exitosos y sofisticados de Trump tenían poca idea de la autoridad de un mandatario estadounidense para desatar una guerra nuclear que ponga fin a la civilización, dijo Whipple a Newsweek. Cuando salió de viaje para dar una conferencia con Andrew Card, exjefe de Gabinete de George W. Bush, conocieron a un presidente corporativo que manifestó su intención de votar por Trump. “Entonces le dije: ‘¿Sabes que vas a dar los códigos nucleares a ese tipo, y que nada puede impedir que los use?’ El hombre respondió: ‘Bueno, eso no me preocupa mucho’”.
Whipple se volvió hacia Card y dijo: “Andy, cuéntale”. Entonces, Card le contó al presidente, “en espeluznante detalle”, sobre la guía que recibió Bush la víspera de su investidura de 2001, y enfatizó que nadie tenía autoridad alguna para impedirle activar la pelota de futbol. “Andy le dijo al tipo: ‘No hay nada —nada— que impida que el presidente haga esto por su cuenta’”. Card no respondió peticiones de comentarios de Newsweek.
Los demócratas Ted Lieu (California) y Ed Markey (Massachusetts) quieren quitar la opción nuclear independiente de las manos de Trump. En enero, presentaron un anteproyecto de ley que prohibiría que el presidente lanzara un ataque preventivo sin una declaración de guerra del Congreso. Sin embargo, la propuesta no tiene futuro alguno en un Congreso controlado por los republicanos.
“No sería el primero en atacar, ciertamente”, declaró Trump hace un año, durante uno de sus debates presidenciales con Hillary Clinton. Pero, momentos después, se desdijo con una respuesta contradictoria: “Al mismo tiempo, tenemos que estar preparados. No podemos quitar nada de la mesa”. Desde entonces, con cada provocación norcoreana, retoma cada vez más su postura de agosto, cuando prometió que haría llover “fuego e ira” sobre Pionyang si amenazaba los intereses de Estados Unidos.
Nadie sabe cómo se sentirá cuando despierte y se encuentre con que Kim ha probado otra bomba H, que lanzó otro misil sobre Japón, o le dedicó otro insulto. Lo único que sabemos es que, cuando se pone a deambular en su bata de baño y abre la pelota de futbol nuclear, tiene en sus manos las llaves del Armagedón.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek