Y la bola se va

El verano pasado no vio una escasez de vuelacercas: los bateadores de las grandes ligas dieron 6,105 batazos de cuatro esquinas, eclipsando el récord para una sola temporada en casi 10 por ciento. Esa barrera de batazos bombásticos puso a Rhys Hoskins, novato de los Phillies de Filadelfia, en desventaja. Hoskins bateó 18 jonrones en sus primeros 34 juegos, el más rápido en alcanzar ese total en la historia de las ligas mayores. Si este hubiera sido cualquier otro año, ello habría sido noticia, pero en 2017 la proeza de Hoskins es poco más que una historia de Filadelfia.

Los récords ahora son un evento semanal. El 22 de septiembre, Cody Bellinger, de los Dodgers de Los Ángeles, rompió el récord de jonrones de la Liga Nacional para un novato con su 39º, que es donde terminó (por cierto, el padre de Bellinger, Clay, jugó tres temporadas completas en ligas mayores y amasó solo 12 jonrones). Tres días después, Aaron Judge, de los Yanquis de Nueva York, arrasó con el récord de palos de cuatro esquinas de las ligas mayores para un novato al dar su 50º. Terminó la temporada con 52.

Giancarlo Stanton, de los Marlines de Miami, redirigió 59 pichadas más allá del perímetro de los jardines. Solo dos jugadores de grandes ligas aparte del trío sucio de Barry Bonds, Mark McGwire y Sammy Sosa (cañoneros de fines de milenio llenos de esteroides) alcanzaron 60: Roger Maris (61) y Babe Ruth (60).

Los cañoneros solían pavonearse hacia el plato —o trotar por las bases—, armados con imponentes nombres de guerra como “el Sultán del Golpe” o “Martillo Hank”. Ahora, “Motoneta” bastará. El 6 de junio, Ryan “Motoneta” Gennett, un segunda base de 1.77 metros de los Rojos de Cincinnati, empató una marca de las ligas mayores al batear cuatro jonrones en un juego. Compare a Gennett con Phil “Motoneta” Rizzuto, parador en corto de los Yanquis en la década de 1950, quien no pudo batear cuatro jonrones en nueve de sus 13 temporadas del Salón de la Fama. Las capacidades de largo alcance de nuestro pasatiempo nacional este año harían enrojecer a un dictador coreano.

Parece que los dos jonrones el día inaugural que aniquiló Madison Bumgarner, pícher de los Gigantes de San Francisco —el primer pícher en hacerlo el día inaugural en una liga que se remonta a 1876— fue una especie de presagio. Pero no está claro por qué las bolas están rebasando las cercas a un ritmo sin precedentes. Mark Stewart, coautor deLong Ball: The Legend and Lore of the Home Run, tiene una explicación parcial: “Ya no hay vergüenza en poncharse. Es mucho más fácil darle un buen palo a la bola con unswing completo y confiado”.

También es mucho más posible que te ponches. Los 23 totales de ponchadas más altos (¿peores?) para bateadores en las 141 temporadas del juego se han dado todos desde 2004. Judge, de los Yanquis, un fenómeno de dos metros de estatura que podría ser votado como el jugador más valioso de la liga como novato, abanicó un récord de ligas mayores de 208 veces esta temporada. No es que les importe a sus decenas de seguidores de los Yanquis, quienes visten túnicas negras y proclaman “¡Todos de pie!” cuando él da zancadas hacia el plato.

LAS CAPACIDADES de largo alcance del beisbol este año harían enrojecer a un dictador coreano. FOTO: ADAM HUNGER/GETTY

El poderoso Casey sigue ponchándose, pero no se ha perdido la alegría en Mudville porque él posiblemente tendrá un juego de varios jonrones mañana. Reggie Jackson, miembro del Salón de la Fama, quien como cañonero en la década de 1970 parecía atornillarse a sí mismo en la tierra con sus abanicadas, es reconocido por convertirse en el primer jugador de grandes ligas en batear tres jonrones en un juego de Serie Mundial. Aún menos seguidores del beisbol saben que Jackson es el rey de las ponchadas de todos los tiempos, con 2,597. Como si al Sr. Octubre le importara. “Los seguidores no abuchean a donnadies”, dijo Jackson una vez.

Stewart cree que todo jonrón empieza con una pichada, y conforme los bateadores de ligas mayores se hacen más grandes y más fuertes, Stewart considera que los hombres parados en la lomita son cómplices del repunte en jonrones. “Pichear es muy parecido al jiujitsu, donde el objetivo es sacar de equilibrio a tu oponente”, dice Stewart. “Para un pícher, ello significa mezclar velocidades o tener una pichada secundaria de calidad [como unaslider]. Cada vez menos y menos pícheres enfocan su labor de esta manera. Se trata de solo lanzar humo”.

Para ponerlo en términos boxísticos, ya nadie lanzajabs; todo se trata de golpes directos. En la era de la bola muerta, que terminó más o menos al mismo tiempo que la Primera Guerra Mundial, los bateadores se acercaban a la caja a la defensiva y poncharse era humillante (de ahí la tensión dramática del poema “Casey al Bate” de Ernest Thayer, publicado en 1888). En la Serie Mundial de 1915, Gavvy Cravath, jardinero de los Phillies y quien encabezaría la Liga Nacional en jonrones seis veces, entró en la caja con las bases llenas. Su mánager le dio la señal de tocar; Cravath tocó para un dobleplay. Que tal orden se diera —o siguiera— un siglo después es inimaginable. El diamante se ha convertido en un campo de práctica. “Ahora tienes instructores de bateo teniendo discusiones sobre ‘ángulo de lanzamiento’”, dice Stewart, riendo, como si el beisbol en verdad fuera ciencia de cohetes.

El cambio fue avivado, como tantísimos aspectos del beisbol, por Babe Ruth, “el primer tipo en hacerswings tan enormes que, cuando abanicaba, a menudo perdía el equilibrio y se caía al suelo”, dice Stewart. “Pero el talento de Babe era tal que los seguidores vitoreaban casi tan escandalosamente cuando se caía que cuando se volaba la cerca”.

Publicado en cooperación conNewsweek / Published in cooperation withNewsweek