Dormir en la casa de los Trump

SOBRE MI CAMA hay un letrero con un marco de madera. “En este dormitorio —dice, escrito con una fuente caligráfica—, el presidente Donald J. Trump probablemente fue concebido por sus padres, Fred y Mary Trump. El mundo no ha vuelto a ser el mismo”.

El dormitorio se encuentra en el segundo nivel de una casa estilo Tudor en Wareham Place, en una parte de Queens llamada Jamaica Estates, en la ciudad de Nueva York, pero más cerca de Long Island que de Manhattan. Mucho más cerca. La casa tiene “un vago estilo de falso Tudor”, señala Gwenda Blair, autorade The Trumps: Three Generations of Builders and a President (Los Trump: tres generaciones de constructores y un presidente), y con su fachada de estuco color crema, su techumbre en forma de pico y sus placas de madera decorativa, parece la mansión de un lord inglés de menor nivel. Estas casas pueden encontrarse en cualquier suburbio “de buen nivel” de Connecticut y Nueva Jersey.

Esta es la casa que Fred Trump construyó en 1940, mientras se convertía en uno de los constructores más poderosos de la ciudad. Donald, el hijo de en medio, pasó sus primeros cuatro años en esa casa, de 1946 a 1950. Esta casa es para Donald Trump lo que aquella cabaña de troncos fue para Abraham Lincoln. Es un neoyorquino, sin duda, pero no en la forma en que lo era Theodore Roosevelt, nacido en Manhattan. Trump es un hombre de Queens, igual que Archie Bunker, aquel otro gran defensor de los estadounidenses olvidados.

Conforme la familia Trump aumentó su riqueza y su tamaño, la casa se volvió demasiado pequeña, por lo que Fred mudó a su familia a una calle de distancia. Es posible ver esta casa desde los dormitorios de la primera morada de Trump. Mientras que esta última se encuentra al nivel de la calle, la segunda está en un promontorio, distanciándose de las personas que vivían abajo.

Desde principios de este mes, la casa de Wareham Place está disponible en Airbnb. El costo por noche es de 725 dólares. En la lista se afirma que en la casa pueden dormir hasta 20 personas, aunque la mayoría de ellas deberán conformarse con dormir en una litera. Asimismo, Ari, la mujer que maneja la lista, estará allí todo el tiempo (ella vive en el ático).

Un día antes de que yo pueda pasar la noche allí, Ari me informa que el agua caliente no funciona. Me doy cuenta de que es un castigo kármico por todas las veces que he dicho que Trump es un tonto de piel anaranjada, o algo peor.

El precio final, con impuestos incluidos, es de 816 dólares, por lo que resulta más caro hospedarse en Queens que en el Plaza de Manhattan. Quizá recuerdes en aquel glamoroso hotel de la películaMi pobre angelito 2: Perdido en Nueva York, cómo un joven Macaulay Culkin deambula por sus ornamentados corredores alfombrados. El chico le pregunta a un espigado empresario cómo llegar al vestíbulo. Trump le dice “por el pasillo a la izquierda”. Pronuncia el diálogo con el conocimiento y la apurada precisión de un nativo de Manhattan. Ha perdido todas sus raíces de Queens.

Jamaica Estates se encuentra en la orilla oriental de Queens, el distrito de Nueva York al que a veces se le denomina el lugar con mayor diversidad de Estados Unidos. Para llegar allí, tomo la línea Flushing. No es la manera más rápida de llegar a Jamaica Estates, pero el tren elevado me permite el placer de flotar por encima de Queens, mirando cómo la señalización de los vecindarios de escasos recursos va cambiando de inglés a urdu, español, coreano y ruso. John Rocker, el lanzador de los Bravos de Atlanta, tomó esta línea una vez para ir a un juego contra los Mets de Nueva York. No le agradó. En una famosa entrevista con Sports Illustrated, publicada en 1999, Rocker se quejó de haberse sentado “junto a un chico con el cabello morado, junto a algún travestido con sida, junto a un tipo que acaba de salir de la cárcel por cuarta ocasión, junto a una chica de 20 años, madre de cuatro hijos. Es deprimente”. Añadió: “No soy un gran admirador de los extranjeros”.

Trump tampoco lo es, a menos de que se trate de multimillonarios rusos. Los multimillonarios rusos no viven en Queens, y las personas que viven en Queens no son grandes admiradores de Trump.De las 473,289 personas que votaron en Queens en la elección presidencial de 2016, 75.1 por ciento votaron por Hillary Clinton. Jamaica Estates fue incluso más anti-Trump, y 77.47 por ciento de sus votantes eligió a Clinton.

Es fácil ver por qué al salir del metro en la Calle 179. Allí se encuentra el Supermercado Bismillah. También hay tiendas de chapatas. La escuela local lleva el nombre de Susan B. Anthony, la activista a favor del voto femenino. La gente de aquí trabaja duro, tiene que trabajar duro, y no obtiene “pequeños” préstamos de millones de dólares por parte de sus padres, como lo hizo Trump. Conozco a esas personas. Yo también soy un inmigrante como lo eran ellos. Deseaban ser ricos, como yo. Pocos meses antes de que mi familia llegara a Estados Unidos proveniente de la Unión Soviética, mi tío me dijo que se había subido al mismo elevador con Ivana, la primera esposa de Trump. Recuerdo el inmenso orgullo que sentí al escuchar esto. Mi tío había estado aquí por más tiempo que el resto de nosotros. Vivía en Long Island y trabajaba en “negocios”, como cualquier inmigrante ruso. No importaba. Había subido a la Torre Trump y había estado hombro con hombro con la señora Trump. Había tenido éxito en Estados Unidos.

MUÑECO DE PAPEL: La casa donde Trump vivió su infancia aún conserva muchos detalles originales, como sus finos trabajos en madera, así como algunas adiciones recientes, como esta figura de cartón del presidente. FOTOS: ALEXANDER NAZARYAN

“ES COMO DORMIR EN LA GUARIDA DE HITLER”

Eso es lo que me dijo un amigo en el desayuno, mientras me preparaba para ir a Queens. Más tarde, uno de mis colegas hizo un comentario similar, lo que me obligó a considerar seriamente las semejanzas, especialmente debido a que las pantallas en la sala de redacción mostraban todo el día a Trump diciendo que algunos de los nacionalistas blancos y neonazis que habían sembrado el caos en Charlottesville, Virginia, eran tipos decentes. Más tarde, alguien en Twitter respondió a la fotografía de la casa de Trump que había publicado: “¿No has encontrado el libroMi lucha todavía?” Esta pudo haber sido una referencia a una afirmación hecha por Ivana en Vanity Fair, de que “de vez en cuando, su esposo lee un libro de los discursos de Hitler, titulado My New Order (Mi nuevo orden), que guarda en un gabinete junto a su cama”.

No creo que rentar la casa de Trump en Queens sea lo mismo que alojarse en la Wolfschanze (la Guarida del Lobo), donde Hitler pasó gran parte de la Segunda Guerra Mundial. Trump es el presidente de Estados Unidos. Forma parte de nuestra historia. En lugar de enfurecernos contra ese hecho, deberíamos averiguar cómo ocurrió esto. ¿Recuerdas cómo la gente solía odiar a George W. Bush? Ahora lo alaban como un estadista veterano siempre que abjura de Trump. ¿Acaso el paso del tiempo será igual de gentil con Trump? Probablemente no. Sin embargo, uno nunca sabe. Es posible que, a dos años del inicio de la presidencia de Rob Kardashian, añoremos la civilidad de la era de Trump.

Los retretes no están hechos de oro. (Alguien lo preguntó en Twitter). Hay tres retretes y todos son de porcelana. A Trump hijo le encanta el oro pero, aparentemente, a Trump padre le encantaba la madera. La casa está repleta del tipo de detalles originales que vuelven locos a los fanáticos del diseño: persianas de madera, molduras, ventanas con emplomado en forma de diamante, cubiertas de radiadores con hendeduras angostas.

Se entra a la casa a través de un pórtico separado de las viviendas por una puerta. En el instante en el que abrí esa segunda puerta, sentí una abrumadora anticipación.No se puede alquilar Mount Vernon, la casa donde vivió George Washington, con solo tres clics en Airbnb. ¡Pero puedes dormir en la casa de Trump! La ironía es que, mientras que un boleto para entrar en Monticello, la propiedad de Thomas Jefferson en el estado de Virginia, cuesta tan solo 25 dólares, el acceso a la casa donde nació Trump tiene un costo de 725 dólares. Quizás los estadounidenses olvidados hayan llegado a la Casa Blanca, pero la casa de Trump en Jamaica Estates sigue estando fuera de su alcance.

Cuando abrí esa segunda puerta, fui recibido por una figura de cartón de tamaño natural de Donald Trump, mirándome a través de la sala. En el comedor se encuentra un ejemplar de la portada de la revistaPeople que dice “At Home With the Trumps!” (¡En casa con los Trump!), así como un collage multicolor al estilo de Andy Warhol de retratos de Trump y una fotografía del vicepresidente Mike Pence. En la mesa del comedor se ha extendido una bandera estadounidense como una muestra de patriotismo malentendido, excesiva y perfectamente trumpiana. Encima de la hermosamente tallada chimenea cuelga una fotografía enmarcada de Trump siendo entrevistado enThe Tonight Show por Jimmy Fallon, quien sostiene una fotografía de la casa de Trump en Wareham Place.

Todas estas decoraciones podrían parecer de mal gusto, perode manera inadvertida, la casa de Wareham Place capta la razón de ser de Donald Trump, que es la infinita veneración de Donald Trump.

“Wareham fue el último lugar donde los Trump fueron, aunque sea remotamente, personas normales. Seguramente, cuatro niños llenaban de vida el lugar”, señala Michael D’Antonio, autor de The Truth About Trump (La verdad sobre Trump).

Cuando Donald tenía cuatro años, Fred trasladó a su creciente familia a una mansión colonial de ladrillos en Midland Parkway. “En Midland Parkway, cada uno de los Trump tenía tanto espacio como deseaba y todos ellos eran atendidos por sirvientes”, dice D’Antonio. “Pienso que fue ahí donde Donald supo lo que era ser rico, mimado y aislado… En ocasiones, me pregunto si [Donald] y el resto de nosotros estaríamos mejor si Fred Trump hubiera mantenido a su familia arraigada en Wareham Place”.

No sé mucho acerca de los propietarios de la casa, y dado que Ari se rehusó a ser entrevistada, ignoro cómo se relaciona ella con la familia de Trump; solo sé que ellos adquirieron la casa en una subasta a principios de este año. En ocasiones, escucho sus pasos en el desván. De no haber sabido que era ella, diría que era el fantasma de Fred vagando como el espíritu inquieto del rey Hamlet.

POSIBILIDAD DE ASCENSO: La lista de Airbnb señala que la casa puede alojar a 20 personas, pero eso solo ocurre si la mayoría de los huéspedes están dispuestos a dormir en literas. FOTO: ALEXANDER NAZARYAN

Fred era el verdadero experto en acuerdos del tipo que Donald interpretó en la televisión. En la década de 1930, me dice Blair, el historiador de Trump, Fred dirigía un supermercado cuando adquirió una empresa de hipotecas que había caído en bancarrota. Eso le permitió revivir su negocio de bienes raíces, que había quedado paralizado durante la Gran Depresión y, con el tiempo, amasar el dinero suficiente para construir la casa de Wareham Place. “Jugó con el tribunal de quiebras en 1934”, dice Blair al hablar sobre la adquisición de la empresa de hipotecas por parte de Fred, “de la misma forma en que su hijo jugó con el sistema de quiebras a fines del siglo pasado”. De hecho, Donald era tan bueno para manipular ese sistema que comenzó a llamarse a sí mismo el Rey de la Deuda.

No se pueden atribuir al hijo los pecados del padre, a menos que el hijo parezca decidido a reproducirlos. En 1927, Fred pudo haber sido arrestado en un mitin del Ku Klux Klan en Queens. Donald aún no nacía en ese entonces, pero respaldó en forma desafiante a su padre en 1973, cuando ambos fueron acusados por el Departamento de Justicia de rehusarse a alquilar apartamentos a personas de origen afroestadounidense.

Mientras Ari y yo charlamos en la acera, cinco mujeres cubiertas con burkas pasan al otro lado de la calle. Varios niños corren y montan en bicicleta frente a ellas. Ari me cuenta una versión de la historia; las mujeres me cuentan otra, con sus burkas agitándose con la ligera brisa veraniega.

Las duelas del piso de arriba rechinan mientras, en la televisión, Sean Hannity lanza una feroz denuncia contra lo que denomina “los medios de comunicación para destruir a Trump”. Coloco la figura de cartón de Donald Trump junto a la televisión para que me mire mientras veo Fox News en calzoncillos. Más tarde, volveré de la cocina y, habiéndome olvidado de la figura de cartón, me sentiré atemorizado por Trump, que estará de pie en la sala, confrontándome.

“¿Qué haces en mi casa?”, me preguntará.

Y yo le responderé, “Pagar 816 dólares por darme una ducha fría”.

Entroen lo que pudo haber sido la recámara de Trump cuando era niño. Hay una imagen de él con Michael Jackson, así como una cita deThe Art of the Deal (El arte de la negociación): “Me gusta pensar a lo grande. Siempre lo he hecho”.

Camino por la casa, acariciando la suave madera, como un posible comprador considerando una oferta por el lugar. Me sorprende lo mucho que me gusta esta casa, cómo se siente tan espaciosa, pero acogedora a la vez. Y aunque es evidente que ha sido sometida a varias lamentables renovaciones, aún queda una gran parte de los detalles originales, o al menos, lo suficientemente originales. Una enorme recámara en el segundo nivel, por ejemplo, tiene estanterías de libros con aplicaciones de marquetería y espacio que se puede utilizar como escritorio. Mis hijos estarían muy felices en esta habitación, igual que los tuyos. Es grande y está llena de luz. Pienso en el pobre de Barron, el hijo de 11 años de Trump, que creció en la jaula dorada que es la Torre Trump. No es de sorprender que siempre luzca triste. Debería mudarse a Queens.

La mejor habitación es el estudio, el cual, debo suponer, pertenecía a Fred. El estudio, que da hacia el comedor, está cubierto de madera y es oscuro. Me siento ahí, escuchando a Ben Webster tocando el saxofón. El estudio tiene su propio baño. Es la cueva de un hombre glorioso en proceso de construcción.

Llevé conmigo un libro a Queens para paliar el aburrimiento.Twilight of American Sanity (El crepúsculo de la cordura estadounidense) está escrito por el Dr. Allen Frances, psiquiatra, quien afirma que, aunque Trump está más o menos cuerdo, la sociedad estadounidense ha dejado de estarlo, empantanada en la negación y en la ira. De ahí el hashtag #MAGA (Morons Are Governing America / Los imbéciles gobiernan Estados Unidos). Resulta que no necesito la compañía de Frances y su análisis de la política de Trump. Para empezar, hay al menos media docena de copias deThe Art of the Deal diseminadas por toda la casa. Imagino a los huéspedes reclinados en la sala, leyendo el capítulo en el que Trump salva la granja de una anciana en Georgia o restaura la pista de hielo Wollman en Central Park. “Cuando era adolescente, estaba interesado principalmente en portarme mal”, escribió Trump en el libro. “No era tan malicioso como agresivo”.

También está el libroHistoric Homes of the American Presidents (Casas históricas de los presidentes estadounidenses) de Irvin Haas. En él se muestra una fotografía de la cabaña de troncos de Lincoln y de la Casa Blanca, a la que Trump ha calificado como “un basurero”.

Las estanterías del estudio y de la recámara que está escaleras arriba alojan una mezcolanza de ejemplares, que comprenden ficción literaria (The Corrections / [Las correcciones] de Jonathan Franzen), lecturas para la playa (Tales From the Crib [Cuentos del pesebre] de Jennifer Coburn) y títulos académicos comoThe Headless Republic: Sacrificial Violence in Modern French Thought (La república decapitada: Violencia sacrificial en el pensamiento francés moderno) de Jesse Goldhammer. No sé si esos títulos revelen los gustos de Ari. Ciertamente, no revelan los de Donald Trump, ya que a él no le gusta leer.

Cuando “registro mi salida” al final de mi estancia, dejo el libroEl crepúsculo de la cordura estadounidense sobre una mesa de la sala. Hace muy buena pareja conEl arte de la negociación, cuyo escritor fantasma, Tony Schwartz, dijo alguna vez que Trump era un “sociópata”.

Por un momento, me siento frente a una ventana, observando a mis nuevos vecinos salir de sus autos, conducir a sus hijos a través de las puertas, arrastrar sus cubos de basura a la orilla de la acera. Luego, trato de hablar con ellos, solo para darme cuenta rápidamente de que no les emociona en lo más mínimo tener a un reportero rondando por allí. Una mujer abre su puerta, pensando que algún conocido ha ido a visitarla. En lugar de ello, se encuentra con un periodista. Más tarde, me entero de que ha sido entrevistada por otros reporteros. La mujer dice una y otra vez que no desea hablar acerca de Trump, pero se me ocurre que ella disfruta enormemente hablar de Trump. Igual que el resto de nosotros.

“No es más que una casa”, dice mientras me alejo. “No es más que una casa”.

Le pregunto a otro residente cómo se sienten las personas del vecindario acerca de Trump. “No creo que vayas a encontrar muchos admiradores suyos por aquí”, revira.

Después de un rato, renunció al truco de “hablar con los vecinos”. No lo merecen. El vecindario les pertenece a ellos, no a Trump. Él huyó hace años.

Invito a todos los miembros de la sala de redacción deNewsweek a venir a Queens a visitar la casa en la que Trump gateó en pañales. Nadie viene, excepto un miembro del personal —está bien, es amigo mío. Por un rato, nos sentamos en la sala, viendo a Tucker Carlson, el experto de Fox News, hablando sobre los nazis. No hay alcohol en la casa, lo cual es congruente, pues Trump no bebe. Tampoco hay comida. Exploramos nuestros teléfonos, buscando restaurantes locales. Carlson sigue hablando de los nazis.

Hillside Avenue es una de esas grandiosas calles neoyorquinas donde la humanidad es gloriosa y escuálida, y de alguna manera, todos se llevan bien, aunque nada queda de los caucásicos Jamaica Estates que Fred conoció. Su historia ha sido borrada, y creo que eso es lo que hace que muchos estadounidenses caucásicos se sientan nerviosos. Recuerdan cuando la tienda de chapatas era un bar irlandés, pero olvidan que antes de que hubiera un bar irlandés, había otra cosa. Su comprensión de la historia es feroz pero limitada. No ven más allá de Hillside Avenue.

Mi amigo y yo encontramos un restaurante indio de carnes halal (es decir, de reses sacrificadas según el rito musulmán) llamado Mirch. Somos las únicas personas caucásicas en su interior. Esto resulta emocionante, hasta que surge la timidez, y la emoción se convierte en vergüenza. La comida es muy condimentada y muy buena. El dueño se sienta con nosotros. Es de Bangladesh (creo). Trabaja en el área de la tecnología en un consorcio hospitalario de Long Island y nos dice que nos dará comida gratis si escribimos sobre su restaurante. Le decimos que mencionaremos el nombre de su restaurante (lo hice). Le prometo reseñarlo en Yelp. (También lo hice.)

Le preguntamos sobre Donald Trump. “Él es un empresario. Yo soy un empresario”, dice con un tono de voz que deja claro que hay más. El dueño del restaurante es miembro del Club Demócrata Regular Eleanor Roosevelt. Hizo campaña a favor de Hillary Clinton. Al igual que la gran mayoría de los habitantes de Jamaica Estates, él no es caucásico. Pero al igual que Fred, está construyendo un negocio, y espera convertir su restaurante en una franquicia. Busca un espacio en Long Island. Quizás sus hijos vayan a la Universidad de Pennsylvania, como lo hizo el hijo de Fred. Quizás dirijan un imperio restaurantero y, cuando la emoción se acabe, entren en la política.

Me tomó un tiempo decidirme donde dormiría. Hay varias recámaras en el segundo nivel del número 85-15 de Wareham Place, cada una con literas de Ikea. Quizás pienses que soy un elitista de la costa, pero creo que pagar 725 dólares por una noche merece más que dormir en una litera.

DE REVISTA: En el comedor se encuentra un ejemplar de la portada de People que dice “At Home With the Trumps!” (¡En casa con los Trump!) FOTO: ALEXANDER NAZARYAN

La “habitación de la concepción” resulta atractiva, en gran parte porque puedo ver Fox News desde la cama. Por supuesto, esa cama no es la original, pero sospecho que el letrero arriba de ella pudo haber alentado a otros huéspedes a intentar concebir un hijo propio. Al igual que Trump, le tengo fobia a los gérmenes, y el deseo de limpiar cualquier superficie con desinfectante se vuelve agudo. El miedo es irracional, como muchos de los temores que Trump invocó en su camino hacia la victoria electoral. No nos gobierna la razón, como siempre lo han sabido nuestros mejores políticos.

Finalmente, reúno el valor para dormir en la habitación de la concepción. Veo Fox News. Mi colega ha vuelto a su departamento de Manhattan, pues desea dormir al lado de su esposa, y no bajo un retrato de Trump y Michael Jackson. Lo entiendo. El aire acondicionado susurra. Hannity se queja. Aparto la vista de mi computadora portátil cuando Geraldo Rivera dice algo sobre “bandas de pedófilos”, mientras pasan escenas violentas de Charlottesville. ¿Acaso esos neonazis también son pedófilos? ¿Y cómo es que el bigote de Rivera se mantiene tan puntiagudo?

De repente, todo lo que hago parece totalmente equivocado: quiero dormir al lado de mi esposa, lejos del sitio donde Donald Trump posiblemente fue concebido. Se me ocurre que quizás debería apagar Fox News.

Mi sueño es irregular. En la mañana, salgo a correr. Mientras arrastro los pies por Hillside Avenue, Trump comienza a tuitear de nuevo sobre la marcha neonazi realizada la semana pasada en Charlottesville, que devino en violencia y reclamó tres vidas. A pesar de sus promesas de campaña de que se comportaría en una forma “muy presidencial”, en los últimos días, se le ha visto defender a los neonazis y las estatuas de generales confederados, provocando la consternación incluso de los descendientes de las personas retratadas en esas estatuas. Me pregunto lo que diría sobre Jamaica Estates, donde es mucho más probable ver a una mujer con un sari que a un tipo blanco con una gorra de “Hagamos grande a Estados Unidos de nuevo”.

De hecho,todo el país se parece cada vez menos a los Jamaica Estates que Trump conoció, y más a los que recorro ahora mientras hago ejercicio. Quizás una visita al lugar donde nació pueda indicarle al presidente que Estados Unidos no pierde su identidad cuando pierde su palidez. Nadie está tramando ataques terroristas en Hillside Avenue. La banda MS-13, una de las obsesiones de Trump y de su procurador general, no acecha en las calles secundarias. Hay paz aquí. Esto es Estados Unidos.

Mientras exploro la casa, encuentro una mezuzá en la puerta de atrás. Una mezuzá es un pequeño recipiente que contiene una oración, y usualmente se coloca en la puerta de un hogar judío. Los Trump no eran judíos, pero los dueños posteriores de la casa si lo eran. Es posible que los futuros residentes provengan de Pakistán, Zimbabue o Miami. Quizás destruyan la casa o la conviertan en un altar para el presidente número 45. Sin embargo, la casa no volverá a la normalidad. Estoy seguro de ello. Trump solo inspirar sentimientos extremos. Wareham Place nunca será igual. Ni tampoco Estados Unidos.

Hora de irse. Me aseo y tomo el tren de vuelta a Manhattan. El recorrido es largo. Leo tuits. Todo es malo y se pone peor. Trump está furioso, y la resistencia contra Trump también lo está. Todas las personas que van en el mismo vagón que yo lucen exhaustas. Muchas de ellas parecen temerosas. Es posible que cuando lleguemos a Manhattan, ya haya comenzado una guerra nuclear con Corea del Norte, o una guerra comercial con China. El ruido del tren me saca del idilio suburbano que Wareham Place representó para los Trump y para las generaciones sucesivas de propietarios que les siguieron en Jamaica Estates.

Sé que Jamaica Estates no es el futuro; este se encuentra a media docena de estaciones más adelante, en el escarpado horizonte del centro de Manhattan. Este es el viaje que hizo el joven Donald Trump, soñando con cosas más grandes que Queens. Solo que él lo hizo en un auto con chofer.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek