Nikolaj Coster-Waldau tiene el mejor giro furtivo de ojos en el negocio. En el primer episodio de la séptima temporada de “Juego de tronos”, interpretando al caballero revoltoso Ser Jaime Lannister, él observa a Cersei, su melliza y madre de sus tres hijos muertos, dar una declaración desquiciada de venganza y dominación mundial. Mientras vigila a su hermana-amante, la expresión de Jaime es invaluable: devoción atemperada por una miradita de soslayo de “Sip, está cucú”.
Lannister es un chico malo clásico. E incluso si, como predicen algunos, él será el héroe final de “Juego de tronos”, los espectadores lo comprarán porque el actor danés ha humanizado, con tintes de calidez e ingenio, a un personaje que ha cometido incesto, empujó a un niño de la ventana de una torre, y produjo y protegió a un hijo, Joffrey, de villanía épica.
Es un truco genial y uno que funciona bien en su nueva película, la cual no está ambientada en un paisaje fantástico sino en el sistema carcelario estadounidense. Lo que el actor halló fue que estos dos mundos brutales, llenos de juegos de poder asesinos, no son tan diferentes, aunque en el caso de “Shot Caller”, son seres humanos reales, no personajes ficticios, quienes hacen las batallas. En la película, Coster-Waldau interpreta a Jake, un empresario exitoso que accidentalmente mata a un amigo mientras manejaba ebrio. Hasta entonces, está felizmente casado, con un hijo, y lleva una vida privilegiada en Los Ángeles. Cuando un juez le da una sentencia severa, Jake es encarcelado por siete años en un sistema que ofrece dos opciones, guerrero o víctima. Él escoge lo primero, y el filme dramatiza cómo el código de ética de la prisión (llamado “escuela de gánsteres”) con el tiempo remplaza a Jake, transformándolo en Money, un soldado en la hermandad aria.
Coster-Waldau visitó varias prisiones con el director del filme, Ric Roman Waugh, quien fue encubierto como voluntario del Departamento de Correccionales de California para investigar “Shot Caller”. “La prisión no es como Sueños de libertad u Orange Is the New Black, la cual es muy buena, por cierto. La veo con mis dos hermanas”, dice Coster-Waldau con una risa. “Pero ves cosas adentro que no son diferentes de la Edad Media. Esa parte de la sociedad en realidad no ha evolucionado, la manera en que lidiamos con los criminales. En verdad es la supervivencia del más apto”.
Una revelación lo sorprendió especialmente. “Siempre creí que las pandillas empezaban fuera de la prisión y luego continuaban trabajando para sus pandillas dentro. Pero lo que aprendí fue que todas estas pandillas empezaron dentro, y ellas controlan lo que pasa en la calle desde la prisión. Pueden hacer eso porque, por supuesto, no son solo los internos quienes tienen miedo. También lo tienen los guardias”.
“La violencia genera violencia, ese es el hilo dramático del filme”, dice Waugh. La intención del director, humanizar la experiencia, significó que no estaba interesado en crear monstruos de pacotilla. “Hay una cantidad tremenda de solo seres humanos en prisión”, dice Waugh, “gente que perdió el camino o cometió un error, y quienes hacen lo que pueden para aferrarse al código moral que tenían”.
Por supuesto, también hay mucha gente que nunca debería ser libre de nuevo, y Waugh le presentó uno de ellos a Coster-Waldau. “Nik miró al diablo”, dice Waugh. “Afortunadamente, ese diablo estaba separado de él por acero y vidrio”. Él también le presentó al actor a un ex mandamás, uno de los hombres que gobernaban a las pandillas carcelarias. “Muchos de aquellos con peor reputación me dijeron: ‘Nunca es el tipo de 2 metros y 140 kilos al que todos le tienen miedo’,” dice Waugh. “Es el tipo pequeño, porque él tiene que demostrar todo para sobrevivir. Él es la persona que le cortará la cabeza a alguien para que nadie se meta con él. La única cosa en común es cuán absolutamente astutos e inteligentes son”.

TAREAS DIFÍCILES: Coster-Waldau durante la escena del motín en el filme. Los 200 actores de fondo eran miembros de pandillas y convictos: “Hombres que se habrían matado unos a otros en prisión, sonreían y se levantaban unos a otros cuando gritaba corte”, dice Waugh. “Fue asombroso”. FOTO: SCOTT GARFIELD/SABAN FILMS
Al interpretar a un tipo que termina haciendo cosas que nunca se habría imaginado capaz de hacer, Coster-Waldau “quería entender la violencia. ¿Cómo llegas a ese grado?” Miedo, fue la respuesta del mandamás. “Estás asustado todo el tiempo. La primera vez que él acuchilló a alguien fue porque él sabía que, si no lo hacía, la pandilla se lo cargaría”. Lo que más intrigó al actor fue la sensación resultante de empoderamiento. “Él me dijo: ‘De repente, estaba en control, y yo no había estado en control de nada por tanto tiempo. Lo gocé’. Entonces, él empezó a anhelar esos momentos, lo cual es muy aterrador. Pero tiene sentido para mí”.
En 2015, Waugh hizo el documental That Which I Love Destroys Me, sobre dos veteranos de Irak sufriendo trastorno de estrés postraumático, y él ve similitudes entre los soldados que regresan y los exconvictos. “Mira, la guerra y la prisión son manzanas y naranjas; son cosas muy diferentes y no deberían categorizarse juntas. Pero la reintegración de un individuo quien ha servido una cantidad tremenda de tiempo en un lugar violento —esa sensación de desapego y distanciamiento— es muy similar. Un convicto quien ha estado dentro por cinco años o más, su cerebro ha sido modificado. La gente no se percata de que de allí se deriva el índice de reincidencia”.
En Estados Unidos, dos terceras partes de las personas en libertad condicional regresan a prisión, a menudo cometiendo crímenes peores que los que los llevaron a la cárcel en primer lugar. Waugh —quien ha hecho tres filmes, con “Shot Caller”, Criminales y El infiltrado, ambientados en prisión— es un crítico de las leyes de sentencias obligatorias banalizadas, en especial aquellas para crímenes que involucran drogas, las cuales la administración actual espera endurecer de nuevo. “No estoy inventando excusas para los criminales, pero cuando gente que ha cometido crímenes no violentos sale como gánsteres hiperviolentos”, dice Waugh, “y cuando delincuentes no violentos purgan más tiempo que la gente capaz de gran violencia, algo está mal”.
Coster-Waldau describe el sistema carcelario danés como fundamentalmente el mismo que el de Estados Unidos, “pero hay mucha menos gente encarcelada, per cápita, y no se marchan por períodos de tiempo tan largos”. Su esposa, la actriz y cantante Nukaka, es de Groenlandia. Allí, dice él, los criminales no violentos “son encerrados por la noche, pero en el día eres libre de salir de la institución. Suena como una locura, pero tiene sentido. Groenlandia es diminuta, apenas 55,000 personas, y ellos dicen: Lo que hiciste está mal, pero también sabemos que serás parte de nuestra sociedad en el futuro, por lo que necesitas mantenerte en contacto con ella”.
Waugh quería a Coster-Waldau gracias a su seriedad inherente, así como su “capacidad innata de sacar el lado humano de las cosas”, pero hubo un dividendo sorpresivo. En varias escenas, Jake debe recurrir al uso creativo de su cavidad anal. “Solo es una parte de la vida en prisión”, dice el director. “Es el único lugar donde puedes meter drogas y armas, así que para los tipos quienes han purgado mucho tiempo, ya no hay vergüenza. Resulta que Nik tiene un trasero muy talentoso”.
Coster-Waldau se ríe cuando le paso el halago. “Eso es lindo, y perturbador”.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek