El incendio del vertedero de Trump

Era un caos, incluso para los estándares de Donald Trump. En un periodo de 24 horas, a finales de julio el presidente anunció —en Twitter— que Estados Unidos prohibiría a las personas transgénero servir en las fuerzas armadas. A pesar de sus afirmaciones en sentido opuesto, la medida anonadó a los jefes militares, quienes dijeron que el tuit del presidente no era la ley oficial.

Como si eso no fuera bastante extraño, horas después, el nuevo (y ya malogrado) director de comunicaciones de la Casa Blanca, Anthony Scaramucci, acusó a Reince Priebus, entonces jefe de gabinete de la Casa Blanca, de filtrar información a la prensa. “Si Reince quiere explicar que no es un filtrador, dejen que lo haga”, dijo Scaramucci, encolerizado, en CNN. Además de eso, dijo a The New Yorker que Priebus es un “jodido esquizofrénico paranoide” (Trump luego remplazó a su jefe de gabinete con John Kelly). Al otro lado de la ciudad, los republicanos en el Senado no fueron capaces de derogar el Obamacare, mientras el presidente continuaba su campaña de acosar al fiscal general, Jeff Sessions, para que renunciara. La razón: la decisión de Sessions en marzo de recusarse a sí mismo de la investigación sobre la interferencia rusa en la elección presidencial. En tanto, mientras ese escándalo seguía desarrollándose, la Casa Blanca se negó a decir si Trump firmaría un proyecto de sanciones contra Rusia (así como Irán y Corea del Norte) que el Congreso aprobó abrumadoramente (la Casa Blanca luego insinuó que lo firmaría).

El comportamiento errático del presidente, las luchas internas entre el personal de la Casa Blanca y la creación mal hecha de la política pública han cobrado un precio incluso en los conservadores más duros. Hace apenas seis meses, los republicanos creían que Trump, a pesar de sus defectos, obtendría por lo menos algunas victorias legislativas. Más bien, todo lo que han obtenido es un incendio de vertedero tras otro. Como lo dice John McCain, después de su regreso dramático al Senado luego de una cirugía por un tumor cerebral, “no se está haciendo nada”. Y fue el voto dramático de madrugada de McCain contra una “derogación magra” del Obamacare el que dio el golpe de gracia a las acciones republicanas para derogarlo.

El cuidado a la salud es el mejor ejemplo de por qué los años de Trump están demostrando ser tan improductivos. A finales de julio, tras semanas de andar a trompicones, el Senado abrió el estrado a cualquiera y todas las ideas. Normalmente, este tipo de “showde votos”, como se le llama, se usa para enmendar una legislación. Pero no había un proyecto de ley que enmendar porque los legisladores habían rechazado todas las iteraciones previas. “Dejemos que la votación nos lleve donde quiera”, dijo Mitch McConnell, líder de la mayoría en el Senado, dejando su liderazgo normalmente meticuloso al destino.

Los republicanos estaban divididos sobre cómo cambiar el Obamacare. Los republicanos moderados no querían reducir la expansión por ley de Medicaid. Casi 70 millones de estadounidenses reciben beneficios de Medicaid, incluido el 64 por ciento de la gente en asilos de ancianos. Los conservadores odiaban que su partido siquiera considerara conservar las regulaciones y los gastos, como exigir a las aseguradoras el acatar las guías de precios y entregar grandes subsidios a esas mismas compañías. El compromiso resultó imposible.

Pero la gran pregunta que acosaba a los republicanos no es solo por qué murió el cuidado a la salud. Es por qué no pueden aprobar casi nada. El país tiene un presidente republicano, la mayoría republicana más grande en la Cámara de Representantes desde 1928 y una mayoría republicana en el Senado. Así, la administración de Trump debería tener logros reales que presumir, no solo las fanfarronadas vacías del presidente. La respuesta radica en las decisiones cuestionables del equipo de Trump y la dirigencia republicana en el Congreso, así como problemas estructurales que les ha dificultado más a los legisladores el ser tan productivos como lo fueron en décadas anteriores.


MUCCI PROBLEMAS: En un extraño exabrupto público, el
entonces director de comunicaciones de la Casa Blanca, Anthony Scaramucci,
acusó a Reince Priebus, entonces jefe de gabinete de la Casa Blanca, de
filtraciones a la prensa. FOTO: JABIN BOTSFORD/THE WASHINGTON POST/GETTY

La peor decisión que tomó la Casa Blanca fue empezar con el cuidado a la salud en vez de la reforma tributaria, la cual tiene un amplio apoyo, o la infraestructura, la cual cuenta con el apoyo incluso de los demócratas. El cuidado a la salud ha fastidiado a los presidentes por generaciones, empezando con los intentos fallidos de Harry Truman de crear un seguro nacional de salud en la década de 1940. Dos décadas después, Lyndon Johnson aprobó la legislación de Medicare y Medicaid, pero una reforma de gran amplitud al cuidado de la salud ha resultado ser una pesadilla política. Llevó a que los demócratas perdieran el control del Congreso en 1994, cuando el plan de salud de Hillary Clinton era demasiado débil para incluso atraer un voto. Barack Obama fue capaz de hacer aprobar la Ley de Atención Costeable —apenas— incluso con una mayoría demócrata enorme en el Senado. Y la pelea les costó a los demócratas el control del Congreso.

No había razón para asumir que cambiar el sistema de salud de la nación sería más fácil con Trump. Aun cuando el público inicialmente palideció por ello, el Obamacare, con su expansión gigantesca de Medicaid, se ha arraigado. Y los republicanos solo tienen una mayoría pequeña en el Senado: 52 votos de los 100 miembros de la cámara. Ello les da solo a unos pocos senadores, dados a alardear, el poder de malograr una legislación, incluso si no se usa la dilación, lo cual aumenta la cifra a 60 votos. El vicepresidente Mike Pence tuvo que romper un empate en el Senado solo para que empezara el debate del cuidado a la salud.

Es posible aprobar una legislación con votos que sigan la línea del partido, que es lo que hizo Obama con la Ley de Cuidado Costeable. Pero grandes piezas de legislación tienden a requerir de un apoyo bipartidista para ser aprobadas, como la Reaganomía en la década de 1980, la reforma al estado de bienestar en la de 1990 y la Ley que Ningún Niño Quede Atrás en la de 2000. Todas tienen sus críticos ahora, pero tuvieron un importante apoyo bipartidista en su momento.

Los otros problemas que limitan a Trump y la mayoría republicana son diversos y podrían afectar incluso a los demócratas si se apropian de una o ambas cámaras. Ha habido una descomposición en el “orden regular” histórico de los legisladores al considerar proyectos de ley. Normalmente, el Congreso pasa por comités, debates legislativos en público y votaciones sobre el asunto en las respectivas cámaras, antes de que un comité conferencista de la Cámara de Representantes y el Senado resuelva las diferencias entre las dos cámaras. En el caso del cuidado a la salud, McConnell ignoró los comités y entregó su redacción a unos 13 miembros —todos hombres blancos— y surgió con un proyecto de ley que a nadie le gustó y que nunca se aprobó.

Pero McConnell difícilmente es el único. En los últimos años, la Casa Blanca y la dirigencia congresista en gran medida han resuelto grandes acuerdos en secreto, ignorando el sistema normal de comités. John Boehner, exportavoz de la Cámara de Representantes, fue tristemente famoso por tratar de llegar a un grandioso trato de gastos con Obama en 2012 y fracasó.

Pero la Casa Blanca de Trump está empeorándoles mucho más las cosas a los republicanos porque no es capaz de crear una política de una manera seria. Considere la infraestructura. La administración todavía no ha ofrecido más que un resumen escuálido de lo que quiere. Esta es una oportunidad perdida. Los demócratas como Chuck Schumer, líder de la minoría en el Senado, y Nancy Pelosi, líder de la minoría en la Cámara de Representantes, han insinuado que quieren participar en una acción para reparar los caminos, puentes y la red eléctrica de la nación. Los electorados demócratas también están a bordo, incluidos múltiples sindicatos. E igual lo están gobernadores republicanos, quienes en gran medida se opusieron a las acciones republicanas con el cuidado a la salud. Pero la infraestructura es una prioridad bastante baja para muchos republicanos en el Congreso, quienes se resisten a un gasto adicional y repetidamente han llamado el plan de estímulos de Obama como despilfarrador. Para ganárselos, Trump necesita tener una propuesta más en concreto —perdón por el juego de palabras—, y tiene que venderla. Hasta ahora, no lo ha hecho.

La siguiente mejor esperanza de la administración es la reforma tributaria, y esta tampoco será fácil. La última vez que el Congreso simplificó el código fiscal, mediante eliminar deducciones y reducir las tasas, fue en 1986. Para finales de julio, el principal equipo económico de Trump y la dirigencia republicana en el Congreso hicieron una declaración en la que pidieron por la reforma, junto con algunos principios amplios. Pero todavía no se han enfocado en cerrar una sola laguna fiscal, y los cabilderos de alto valor harán fila para preservar el statu quo.

De vuelta en la década de 1980, la reforma fiscal fue llamada el Duelo en el Barranco Gucci. ¿Trump puede prevalecer en la versión de este año del Corral OK? Si sus payasadas de julio sirven de indicio, no apueste a ello.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek