Venezuela forajida

CARACAS, VEN.— El lunes 31 de julio de 2017, las calles de Venezuela amanecieron como la locación de una película posapocalipsis: desoladas, vacías; ni vehículos, ni transeúntes, ni actividad comercial, ni movimiento, ni el tránsito, ni el caos habitual… ni tampoco algunos de los más de ocho millones de votantes que, según el resultado oficial ofrecido por el Consejo Electoral la noche anterior, seleccionaron los integrantes de la nueva Asamblea Nacional Constituyente que moldeará al país según las exigencias y requerimientos del presidente Nicolás Maduro.

Venezuela amaneció exhausta, demacrada. Como una dama abusada que prefiere seguir en cama tras una agónica jornada de atropellos. Y es que así se sintió lo ocurrido en las 48 horas que duró el fin de semana de la Constituyente de Maduro, que terminó con el asesinato de 16 personas en choques de opositores contra las fuerzas de seguridad del Estado, y la realización de unas elecciones que —con poquísimas personas ejerciendo el sufragio y sin observadores internacionales independientes ni la cobertura de medios de comunicación nacionales o internacionales (los periodistas debían mantenerse a 500 metros de distancia de cada centro electoral)—, en medio de la peor crisis por la que ha atravesado Venezuela en 50 años y con apenas un índice de aprobación popular menor a 15 por ciento para Maduro, obtendría una participación tan alta como la que alguna vez llegó a tener Hugo Chávez en el momento de mayor bonanza petrolera de su mandato. Sencillamente, los números no parecen cuadrar… ni siquiera para Smartmatic, la empresa a cargo del sistema de votación electrónica en Venezuela desde 2004 (y también para estas elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente), que denunció el miércoles 2 de agosto la existencia de fraude y manipulación de los datos de participación. Y para Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), ha sido el “fraude electoral más grande de la historia de Latinoamérica en porcentaje y millones de votantes”.

“Lo ocurrido el fin de semana del 29 y 30 de julio será recordado como el acto de desafío más grande del gobierno de Maduro”, comenta Miguel Velarde, economista y asesor político. “Primero, a la gran mayoría de venezolanos, que en el plebiscito del 16 de julio expresaron con absoluta claridad su rechazo a estas elecciones para la Constituyente, cuando más de 7.6 millones salieron a votar. Segundo, será recordado también como el acto de desafío más grande del chavismo a gran parte del mundo, porque muchos países y organismos internacionales le advirtieron no llevar a cabo un proceso ilegítimo, ilegal e inconstitucional. A pesar de todo esto, lo hicieron. Y, como si todo eso no bastara, ese mismo día se confirmó lo que muchos advertían desde hace años: el Consejo Nacional Electoral (CNE) es un ente que trabaja para el Ejecutivo y no es confiable. El domingo 30 de julio se realizó el fraude electoral más grande que se haya conocido, anunciando la participación de ocho millones de personas, a pesar de que la oposición, encuestadoras e incluso algunos bancos de inversión internacionales, aseguraron que no hubo más de tres millones de votantes”.

Como “una masacre”, cataloga el abogado, escritor y profesor universitario Juan Carlos Sosa Azpúrua los eventos de ese fin de semana. “Los muchachos, especialmente en la región andina, aunque sabían que no detendrían el proceso Constituyente, decidieron, como punto de honor, evitar que se instalaran las mesas de votación, y el saldo fue terrible. Fueron asesinados por los chacales del régimen, que parecen particularmente interesados en destruir a la juventud. La represión fue brutal. Y al final una pantomima. Ese día yo recorrí Caracas, y la ciudad parecía fantasmagórica.

“Los centros de votación estaban vacíos, las mesas se usaban para jugar dominó, y en las aceras uno encontraba soldados con fusiles, acompañados de borrachitos y perros callejeros. Millones de personas ligadas al sector público decidieron abstenerse, arriesgándose a perder trabajos e incluso ser asesinados por los Colectivos del régimen. Esta es una realidad que no puede obviarse. Los resultados publicados por el CNE son escandalosamente ficticios. Ninguna lógica puede sostenerlos. Ni en el mejor momento del chavismo, semejante cifra de ocho millones de electores hubiera sido posible. La tiranía no quiso guardar ninguna apariencia. Sencillamente ya no le importa esconder su carácter totalitario y falaz”, concluye Sosa Azpúrua.

Mientras, para el activista político Julio Jiménez Gédler, líder del Movimiento Democracia, Sociedad y Desarrollo para Venezuela, que se ha mantenido sobre el asfalto en las protestas desarrolladas por la sociedad venezolana durante los últimos cuatro meses, esta elección, con su marco de violencia, “fue una avanzada de la dictadura en todos los aspectos y sin mayor contención que las presiones internacionales. Es solo la cuota inicial de esta nueva era en Venezuela. Dictadura total, estamos sin derechos y sin garantías”.

CON EL MUNDO EN CONTRA

La reacción de la comunidad internacional ha sido instantánea. Al cierre de este reporte, 40 naciones (entre las que destacan México, Estados Unidos, Inglaterra, Colombia, Argentina, Francia, Italia, España y Suiza) desconocen los resultados de la votación y cualquier forma de gobierno y legislación emanada de la Asamblea Nacional Constituyente. Múltiples sanciones a Venezuela se han activado y, personalmente a Nicolás Maduro, estas últimas por parte del gobierno de Estados Unidos. El costo, hasta los momentos, no solo es altísimo, sino que sigue elevándose a niveles solamente experimentados por naciones como Siria, Irán y Corea del Norte.

“Creo que las sanciones particulares del gobierno de Estados Unidos son utilizadas como palanca para la victimización de los afectados, visiblemente expuestos ante el mundo civilizado como personas tóxicas para el mundo libre. Pero son hechos que en el contexto nacional carecen de efectividad política”, considera Gabriel Reyes, analista y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Simón Bolívar. “Nicolás Maduro había permanecido sin sanciones y, a mi juicio, era evidente que el hecho obedecía a la esperanza de los negociadores de permitirle esa puerta abierta para una salida ‘digna’ en cualquier transición arreglada. La celebración de la ANC y la actitud de Maduro convencieron a los accionantes de que esa negociación era imposible, al menos en este momento, y deciden agregarle elementos de presión adicionales. Sin embargo, no me quedan dudas de que, para estos funcionarios, las relaciones internacionales que les importan son las que mantiene Venezuela con China, Rusia y Cuba, en cualquier orden de prioridad, porque al final, la relación perversa de dependencia y entrega hacia ellos ha definido los últimos años de nuestra historia nacional”.

Para el politólogo y profesor de la Universidad Central de Venezuela, Joaquín Ortega, las sanciones desenmascaran y le ponen el nombre correcto al jefe del poder político en Venezuela. “De afuera, llaman dictatorial —en realidad, estamos en el momento de la tiranía— a un estilo que, dentro de nuestro país, ha sido mal nombrado por torpeza, cobardía o nexos económicos con los partidos políticos visibles que hacen vida en la Asamblea Nacional”. Considera Ortega que la mayor importancia recae en que ahora el exilio de Maduro es cada vez más difícil. “Eso contenta a sus enemigos más cercanos dentro de esta alianza por el poder basado en la liga del crimen conformada por las fuerzas armadas-Cuba-narcotráfico-terrorismo islámico”, apunta.

Sosa Azpúrua añade: “Realmente al régimen lo que le importa es mantener operativa su burocracia. Y esta puede perfectamente funcionar con los fondos provenientes de sus actividades ilícitas, que son la norma de estos sistemas tiránicos: narcotráfico, tráfico de armas, tráfico de blancas, contrabando de recursos naturales, secuestro y extorsión, entre otros”.

Sin embargo, han transcurrido 18 años de gobierno revolucionario chavista en Venezuela, muchos de los cuales se han traducido en destrucción y muerte para los venezolanos, y es apenas hace días que se nota una reacción foránea que cristalice en acciones. “Creo que la comunidad internacional está en deuda con Venezuela”, asegura Miguel Velarde. “Principalmente los países vecinos. No hay que olvidar que en las décadas de 1960 y 1970, durante las brutales dictaduras militares en la región, decenas de miles de argentinos, chilenos, brasileños, bolivianos, paraguayos, uruguayos, etcétera, fueron recibidos con los brazos abiertos por el país. Además, Venezuela siempre hizo lo que pudo no solo para ayudar a sus hermanos latinoamericanos, sino también para apoyar en el rescate de la democracia en sus países. Por eso todo lo que esté al alcance de la comunidad internacional dentro del derecho y los acuerdos internacionales, es lo que debe hacerse”.

Un hombre camina frente a un mural pintarrajeado de Chávez, Bolívar y Maduro. Al momento, 40 naciones, entre las que destacan México, Estados Unidos, Inglaterra, y Francia, desconocen los resultados de la votación. FOTO: RONALDO SCHEMIDT/AFP

TIRANÍA EN TABLERO GEOPOLÍTICO

Es una historia que se escribe con gigantescos signos de interrogación, ya que solamente Nicolás Maduro puede saber cuáles son los planes u órdenes que deben acatar los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente, pero queda muy claro que las reglas de juego (en lo político, económico y social) están por ser alteradas, borradas y reescritas. “Venezuela es una tiranía devenida en estado forajido”, acota el activista político Jiménez Gédler, mejor conocido en Venezuela como Julio Coco. “En el corto plazo aumentarán la crueldad, aunque con gestos para simular democracia. En el mediano plazo habrá serios conflictos internos, a largo plazo… creo que no estarán en el poder”, precisa el también coordinador del movimiento DSD.

El académico Joaquín Ortega, por su parte, vislumbra un futuro poco menos que alentador para Venezuela tras el establecimiento de la Constituyente: “Yo los llamaría escenarios Sinaloa o Alepo. Sinaloa es narcotráfico y poder económico compartido; esto es, respeto a ciertos espacios para otras fuerzas económicas que sirvan a la cadena de producción del narcotráfico. El escenario Alepo es el de la destrucción de la civilidad para aprovechar sin supervisión interna —opinión pública con un corte directo a la yugular y esclavitud ciudadana— todos los negocios de la extracción —arco minero, coltán, wolframio, oro— y de la droga procesada”.

“Si estos hechos recientes consolidan la elaboración de un nuevo texto constitucional con arreglo a fines específicos de perpetuidad, impunidad y sumisión, Venezuela pasará a engrosar la lista proscrita de tiranías actuales que sería mantenida por el juego de la geopolítica entre potencias dejando a su pueblo en el abandono y la miseria”, sentencia Gabriel Reyes. “A corto plazo, la Resistencia se mantendría activa dejando nuestro asfalto manchado de sangre en múltiples eventos que enlutarían más nuestros hogares, siendo insuficientes los sitios de reclusión para la persecución política que inevitablemente servirá para silenciar el disenso reinante. A mediano plazo, más corto que mediano, los partidos políticos serían prohibidos, al menos los que difieren de este proyecto político, y la oposición pasaría de los hoteles lujosos de la capital y las emisoras de radio y televisión, a la clandestinidad de las células insurgentes que contradictoriamente serían considerados ‘guerrilleros urbanos’ o ‘terroristas de la ultraderecha’, pero que al final serían la parte activa del pluralismo activo en una Venezuela que se vería desolada por la miseria absoluta. A largo plazo, Cuba es una vitrina de nuestro desgraciado futuro”.

Sosa Azpúrua tampoco muestra optimismo ante lo que podría ocurrir en Venezuela: “Un país destruido en toda su esencia moral, social y económica. En el corto plazo, una multiplicación exponencial del exilio y de los asesinatos de la juventud rebelde. En el mediano plazo, la prisión o asesinato de los líderes de la Resistencia, la desaparición de los resquicios de propiedad privada y la evaporación de toda lógica con respecto al entendimiento tradicional de la vida. Y en el largo plazo, una sociedad adaptada a la miseria, viviendo una existencia pasiva de sobrevivencia elemental, primitiva; absoluta anarquía y dominio de mafias”, puntualiza.

Miembros de la comunidad venezolana en Buenos Aires, Argentina, protestan contra la elección de una “Asamblea Constituyente”, el pasado 30 de julio. Foto: ALEJANDRO PAGNI/AFP

¿DÓNDE SE FALLÓ?

Críticas al desempeño de los factores políticos de la oposición hay y son muchas. “Hoy la MUD no existe y la AN está dividida, nos corresponde analizarlos por separado”, expresa Julio Jiménez Gédler. “Las acciones que propusieron no están enmarcadas en una estrategia y la Asamblea Nacional quedó en mora con el mandato popular que le dimos en el plebiscito del 16 de julio. Sin dudar, les recomiendo a los factores que de verdad quieren desplazar a la dictadura que se agrupen, busquen asesoría y definan una estrategia macro ante esta nueva realidad”.

El economista Miguel Velarde considera que la oposición política (Mesa de la Unidad Democrática/Asamblea Nacional) no ha cumplido con el mandato popular. “Tanto en las elecciones de diciembre de 2015 en las que la oposición obtuvo los dos tercios de la Asamblea Nacional, como en el plebiscito del 16 de julio de este año, el mandato de los venezolanos fue claro: concretar el cambio político a la mayor brevedad posible. Los diputados y la dirigencia de la MUD están en deuda con sus electores y se encuentran en cuenta regresiva antes de perder su confianza y su apoyo. Lo más lamentable de todo esto es que no se trata solo de ineficiencia, también parece haber intereses y negocios oscuros de un sector de la oposición que está más preocupado por boicotear el cambio que por concretarlo”.

Y en medio de un contexto, por demás complejo como el venezolano, donde intervienen violencia, represión y un sistema económico en ruinas, difícil es, en este momento, enfocar el mapa al túnel de la libertad; un camino claro que lleve al fin de tanto sufrimiento. No obstante, el abogado y escritor Juan Carlos Sosa Azpúrua, propone lo siguiente: “La Asamblea Nacional debe cumplir el mandato vinculante que la población le otorgó el 6 de diciembre de 2015 y le ratificó, como orden expresa, el pasado 16 de julio. En Venezuela existe un vacío de poder a escala del Ejecutivo. Al desconocer un régimen violador sistemático de los derechos humanos, este vacío solo lo puede llenar la Asamblea Nacional, único poder público que en el presente cuenta con legitimidad de origen y ejercicio. Esta debería nombrar un gobierno de transición y renovar todos los poderes públicos. El gobierno de transición debe celebrar una alianza militar con Estados Unidos, y exigirle a las FAN obediencia. Con el apoyo formal de Estados Unidos, Europa; casi toda Latinoamérica y algunos países asiáticos, el gobierno de transición debe negociar con China y Rusia para lograr un cambio en sus preferencias. Tomando en cuenta el contexto actual de la geopolítica internacional y los negocios implícitos, estoy convencido de que tanto Rusia (a pesar de su reciente pronunciamiento a favor del régimen), como China, se alinearían con Estados Unidos en su respaldo al gobierno legítimo y soberano de transición.

“Lógicamente, para lograr esto es fundamental que se trabaje la política como un asunto profesional y se ejecuten las acciones a partir de una estrategia inteligente y blindada. Esto implica tomar todas las medidas de seguridad pertinentes. De ser necesario, operar en un primer momento desde el exilio. Pero lograda la fuerza militar necesaria, al ejecutarse la estrategia correctamente, el régimen quedaría aislado y sin capacidad de respuesta. Esto le obligaría a rendirse. Una vez lograda la rendición del régimen, el gobierno de transición podría negociar los términos del traspaso total del poder con algunos representantes de la tiranía, para evitar bajas humanas innecesarias y lograr una transición a la democracia lo más pacífica posible. Este escenario se revela ante nuestros ojos cuando entendemos que lo que estamos confrontando es una ‘narcotiranía’, dispuesta a matar a sangre fría a nuestros niños y jóvenes. Si insistimos en negar la realidad, comprando boletos para el teatro democrático de ilusiones, entonces tendremos como destino la miseria en esteroides”.