Amor pantanoso

Era mediados del otoño del año pasado y la campaña presidencial estaba terminando. Esa es usualmente la época en que los candidatos de los partidos grandes pulen su mensaje para tratar de reunir a sus votantes de base e influir en los pocos indecisos. Pero el 22 de octubre, Donald Trump le dedicó una de sus preciadas oportunidades restantes de discursos a un tema que él había abordado antes, pero nunca a ese grado: las grandes compañías mediáticas y por qué debían ser separadas mediante leyes antimonopolio. Claro, atacar a los medios de comunicación es un truco habitual de Trump, una exestrella de televisión que recientemente tuiteó un video manipulado de él aporreando a un ejecutivo de la lucha libre profesional con el logo de CNN fijado a la cabeza. Pero por lo general sus rabietas y diatribas se tratan de cómo los medios están llenos de “perdedores” o son “injustos” o “fracasados”; en pocas palabras, no son increíblemente poderosos.

“Como un ejemplo de la estructura de poder que combato, AT&T está comprando Time Warner y por lo tanto a CNN, un acuerdo que no aprobaremos en mi administración porque hay demasiada concentración de poder en las manos de muy pocos”, dijo Trump en octubre de 2016 sobre la fusión propuesta por 85,000 millones de dólares que acababa de ser anunciada. Esa unión, que todavía está pendiente, combinaría al nieto de Ma Belle con la compañía matriz de marcas tan estelares como CNN, HBO y los estudios Warner Bros. Es la fusión mediática más grande del momento, pero difícilmente especial conforme las compañías de telecomunicaciones tratan de conseguir más contenido, ya sea una hora de Wolf Blitzer o Juego de Tronos. De forma similar, el gigante telefónico Verizon completó su compra por 4,800 millones de Yahoo después de agarrarse AOL por 4,500 millones en 2015.

También en octubre, el candidato Trump prometió bloquear nuevas fusiones mediáticas y consideró deshacer algunas, como la adquisición en 2011 que hizo Comcast de NBCUniversal, que había sido el hogar de su The Apprentice. Trump destrozó la fusión, diciendo que “concentra demasiado poder en una entidad enorme que trata de decirles a los votantes qué pensar y qué hacer”. Ante los aplausos, Trump dijo: “Acuerdos como este destruyen la democracia, y buscaremos romper ese acuerdo y otros acuerdos como ese”.

Pero desde que asumió el cargo, Trump parece estar bien con toda esa “concentración de poder”. El acuerdo pendiente entre AT&T y Time Warner no está siendo disputado por la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC, por sus siglas en inglés), lo cual no pone obstáculos a la venta. El Departamento de Justicia todavía está considerando la fusión, pero es espera ampliamente que la apruebe. Y no hay señales de que Trump trate de deshacer el acuerdo de Comcast, o cualesquiera otras mega fusiones mediáticas, aun cuando hay reportes de que se ha discutido un poco en la Casa Blanca. En vez de contratar destructores de monopolios en su administración para que acaben con los monopolios, él gobierna como la mayoría de los republicanos y mantiene sus manos fuera de tales acuerdos.

Entonces, ¿qué cambió? El cambio de Trump sobre las propiedades mediáticas es parte de una conversión más grande nacida de la delegación en oposición a las contribuciones de campaña. Cuando llegó la hora de contratar personal para su administración, el presidente electo se rodeó de muchos republicanos tradicionales quienes no estaban interesados en el lóbulo populista de su cerebro. Así como el presidente ha abandonado su promesa de campaña de oponerse a cualquier recorte a los programas de asistencia como Seguridad Social, Medicare y Medicaid y ahora está defendiendo los planes de salud republicanos que recortan miles de millones de dólares a los beneficios de salud, Trump ahora suena mucho menos como un cruzado antimonopólico como Teddy Roosevelt y más como ese amigo confiable de las grandes empresas, Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes.

La ideología conservadora está ganando, y las compañías mediáticas están de plácemes. No solo AT&T y Time Warner son optimistas con respecto a su acuerdo —aunque no lo dejan a la suerte, contratando a casi todo cabildero de Washington que puedan— sino que otras compañías mediáticas están salivando por otras fusiones posibles. Se espera que Comcast u otro gigante de las telecomunicaciones haga una oferta por Sprint, la más pequeña de las compañías telefónicas importantes y la única sin una división de noticias o entretenimiento.

Un problema importante con estas fusiones no es solo que enfatizan las promesas rotas de Trump: es que son malas para los consumidores. ¿Sus cuentas de TV han bajado desde la fusión de Comcast o desde que AT&T se quedó con DirecTV, el proveedor satelital? ¿Sus cuentas de teléfono se han reducido desde que Verizon se quedó con Yahoo? La respuesta por lo general es no. Las cuentas de teléfono y cable son más altas en EE. UU. de lo que son para la gente en países que no tienen grandes monopolios de telecomunicaciones y mediáticos.

LLEVA UN GRAN TRUCO: Trump todavía lanza bombas con su retórica destructora de fusiones y populista, pero sus acciones y sus personas seleccionadas a puestos federales sugieren que las grandes empresas no tienen nada que temer con su administración. FOTO: ZACH GIBSON/GETTY

Trump ahora está a cargo de un gobierno federal cuya opinión vale mucho en las fusiones y adquisiciones mediáticas. La FCC puede hundir acuerdos gigantescos. Igual puede hacerlo la Comisión Federal de Comercio. Pero el actor más influyente es el Departamento de Justicia. Diferentes administraciones han tomado diferentes enfoques para decidir qué es un monopolio y con cuánta dureza romper uno. Con Barack Obama, la unidad del Departamento de Justicia a cargo de vigilar la manía de fusiones, la División Antimonopolios, tuvo un historial mixto en lo tocante a la consolidación mediática: más enérgica de lo que les habría gustado a las industrias mediática y de telecomunicaciones, pero menos intervencionista de lo que habían buscado los activistas a favor de los consumidores. Aun cuando la administración de Obama aprobó la compra de NBCUniversal por Comcast, frustró los esfuerzos de AT&T para comprar Time Warner Cable y una propuesta de unión entre AT&T y T-Mobile, y se fue contra Apple y las editoriales de libros por manipulación de precios.

Cuando Trump fue elegido, había miedos de que fuera serio con su retórica populista. Pero éstos se evaporaron con rapidez. Uno de los despachos legales más influyentes de D.C., Skadden Arps, dijo a sus clientes que podían descartar las palabras de Trump: “No obstante esas declaraciones ampliamente publicitadas, los indicadores tempranos… señalan un enfoque más conservador de la política antimonopolios con el presidente Trump”.

Menuda sorpresa. Trump puso a conservadores a cargo de sus equipos de transición para la FCC y la División Antimonopolios del Departamento de Justicia, incluido Joshua Wright, un experto quien tiene un asiento en la Escuela de Derecho Antonin Scalia de Virginia. Y cuando llegó la hora de ofrecer nominaciones, Trump palmeó a conservadores veteranos, incluidos Ajit Pai para presidir la FCC y Makan Delrahim para dirigir la División Antimonopolios. Con Pai, la FCC se ha negado a impedir que AT&T se zampe a Time Warner.

Delrahim todavía no ha sido confirmado como el líder antimonopólico del Departamento de Justicia y no comentará sobre la fusión pendiente entre AT&T y Time Warner hasta que asuma el cargo. Pero en octubre —antes de la elección y antes de que Trump lo nombrara para su puesto crucial— Delrahim dijo que él no pensaba que el acuerdo de AT&T suscitara problemas antimonopólicos importantes. “Por su simple tamaño, y el hecho de que sean medios de comunicación, pienso que llamará mucho la atención”, dijo Delrahim durante una entrevista en la cadena televisiva BNN en Canadá. “Sin embargo, no veo esto como un importante problema antimonopólico”.

Si piensas que las grandes contribuciones de campaña cambiaron el parecer de Trump, eso es una pequeña exageración. Aun cuando Trump recibió donativos de AT&T y Time Warner, fue solo una suma modesta, y hubo muchos donativos de sus rivales, como Verizon o Disney.

Pero a veces cuando se trata de los medios de comunicación y las fusiones, el cerebro de Trump simplemente está revuelto, un embrollo de impulsos que tienen poco sentido. Considere sus diatribas contra Amazon y su fundador y director ejecutivo, Jeff Bezos, quien ha poseído The Washington Post desde 2013, cuando pagó 250 millones de dólares para pillárselo a la familia Graham, la cual había guiado al legendario periódico a través de Watergate, Woodward y Bernstein, y décadas de cubrir a Washington. El periódico ha sido una fuente constante de irritación para Trump y su administración. Esta primavera, ganó un Premio Pulitzer por su reportaje de cómo Trump engaña a las organizaciones de beneficencia.

En octubre de 2016, Trump decía encolerizado que “los dueños [de Amazon] controlan The Washington Post [y] deberían pagar impuestos enormes que no están pagando”. Trump no parecía entender que Amazon en realidad no posee o controla The Washington Post, y él también parecía entablar la última batalla en lo tocante a los impuestos. La compañía, que una vez se benefició de un dictamen de la Suprema Corte el cual dijo que solo los minoristas con tiendas físicas tenían que cobrar impuestos a las ventas, ahora los cobra en todo estado donde haya un impuesto a la venta.

Dejando de lado la confusión de Trump aquí, si él realmente estuviera determinado a boicotear a Bezos, él podría motivar un mayor escrutinio de la compra que anunció Amazon de Whole Foods, la cadena de abarrotes especializada en col rizada, por 13,400 millones de dólares. A muchos actores en las industrias de abarrotes y ventas al menudeo les encantaría ver a Amazon sangrar en este frente. Pero hay pocas probabilidades de que el Departamento de Justicia republicano e inclinado al libre mercado de Trump se meta de lleno.

A veces, el enfoque no intervencionista de Trump con las fusiones ayuda a lo que a menudo es denigrado como los “medios de comunicación principales”, pero también ayuda a algunos conservadores. Por ejemplo, en abril, la FCC, con su director Pai, cambió una norma clave para permitirles a las compañías mediáticas expandir la cantidad de estaciones de transmisión que poseen.

Este cambio abrió la puerta para que Sinclair Media ofreciera 6,600 millones de dólares para comprar estaciones televisivas de Tribune Media. Una corte federal ha impedido temporalmente la norma de la FCC, pero si se le permite entrar en vigor, será un beneficio enorme para Sinclair, el cual hace ver a Fox News como MSNBC cuando se trata de inclinación política. Recientemente contrató a un ex ejecutivo de campaña de Trump, Boris Epshteyn, para que sea su principal comentarista político. Como lo señaló recientemente el comediante John Oliver, Sinclair ha obligado a sus filiales a transmitir todo tipo de historias irasciblemente conservadoras, como una dudosa la cual sugería que el FBI tiene una vendetta personal contra Trump. Una de sus estaciones se negó a pasar un anuncio a favor de los demócratas mientras transmitía uno completamente falso acusando que contribuciones a la campaña de Obama terminaron en manos de Hamas. Sinclair estaría disponible en 72 por ciento de los hogares de EE. UU. si se completa la fusión.

Unos cuantos políticos han sido especialmente enérgicos en lo tocante a tratar de romper compañías mediáticas, más notablemente el senador Al Franken quien, como Trump, es una ex estrella de TV de NBC. Pero al contrario de Trump, él en realidad ha luchado contra estas fusiones. Él ha señalado los muchos estudios mostrando que los estadounidenses pagan más por ancho de banda más lento y otros servicios que en otros países por la falta de competencia. Pero de nueva vez, con Trump, los estadounidenses están a punto de pagar mucho más por la atención médica también. Nos estamos acostumbrando a un presidente quien prometió hacerles frente a los grandes intereses y luego se rindió ante ellos tan pronto como entró al pantano.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek