Hermanos de sangre

Ganga Gautam se encontraba en la parte posterior de un salón de secundaria de Katmandú, Nepal, mirando con impotencia a una adolescente que empezaba a sangrar. Ocurrió hace dos años, cuando Gautam, profesor de educación inglesa en la Universidad de Tribhuvan, estaba observando a uno de sus alumnos, quien daba la clase. Tres muchachas se habían sentado junto a él, y fue muy evidente que una de ellas se hallaba en aprietos. “Me di cuenta de que empezó a menstruar. La sangre estaba manando”, dice el profesor. “La joven no había ido preparada. No llevaba toalla sanitaria, y un maestro varón estaba a cargo del grupo”. Gautam vio que la chica abría su pluma fuente y goteaba un poco de tinta en la sangre, tratando de disimularla.

En cuanto terminó la clase, la alumna puso un pedazo de papel sobre la mancha roja y salió corriendo. Gautam nunca volvió a verla en la escuela. “Eso ocurrió muchas veces”, afirma. “Vi a muchas chicas sangrando en el aula, presas del pánico. Salen del aura y jamás regresan. Es, simplemente, desgarrador”.

Niñas y mujeres de todo el mundo faltan a clases, abandonan la escuela y no alcanzan todo su potencial debido a un proceso biológico natural: la menstruación. Las estadounidenses suelen ser objeto de burlas (“No confíes en algo que sangra cinco días y no se muere”) o cosas peores: terminan viviendo en la calle, sin dinero o encarceladas, y no tienen acceso a los productos que requieren para atender sus ciclos menstruales. No obstante, en los países en desarrollo el riesgo es mucho mayor. Muchas niñas crecen en comunidades donde la menstruación está rodeada de vergüenza y estigma, donde la mala desinformación es norma y escasean los suministros menstruales limpios.

La mitad de las niñas de Pakistán y Etiopía ni siquiera saben qué es la menstruación antes de tener su primera regla. “Están horrorizadas y asustadas, y temen estar muriendo o que algo terrible les esté sucediendo”, informa Jane Bevan, una especialista en Agua, Saneamiento e Higiene de UNICEF (WASH) en Etiopía. “Muchos hombres consideran que la sangre es señal de que sus hijas adolescentes están teniendo relaciones sexuales y, en vez de dar apoyo, las castigan por sangrar”.

El 83 por ciento de las alumnas encuestadas en Mozambique no se siente cómoda cambiando sus materiales sanitarios en los baños de la escuela, según una encuesta de la UNICEF de 2017 que respondieron casi 45,000 niñas y mujeres de 19 países. Un tercio de las mujeres y niñas encuestadas en India opina que su sociedad trata injustamente a las mujeres menstruantes a causa de los mitos relacionados con la pureza y la higiene.

A lo largo de los últimos años, un movimiento por la menstruación —encabezado, mayormente, por mujeres activistas, muchas de ellas millennials— se ha extendido por Estados Unidos con la finalidad de quitar el estigma a la regla y llevar productos seguros a las mujeres y niñas de todo el mundo. Un reportaje de portada publicado en Newsweek el año pasado investigó la manera como la lucha por combatir la vergüenza de la regla —y la labor de políticos y activistas— había catapultado este tema a la corriente principal. Con todo, pese a la cobertura explosiva, ha persistido una omisión flagrante: los numerosos hombres que desempeñan una función importante para cambiar la imagen de la menstruación. “Los hombres suelen ser los villanos en la historia de la menstruación”, asegura Brooke Yamakoshi, otra especialista WASH de UNICEF. “Los jóvenes y los hombres pueden ser agentes de cambio cuando se trata de romper tabúes en torno de la menstruación. Es indispensable implicar y educar a los niños y a los hombres para lograr el cambio social que necesitamos en las familias, en las escuelas, y en la sociedad en general”.


MURUGANANTHAM muestra su máquina, la cual produce toallas sanitarias de bajo costo. FOTO: MARTIN LÖF

ES ASUNTO DE TODOS. PUNTO.

La regla no es un “asunto de mujeres”, sino un asunto global. Te lo explicaré en términos simples. La menstruación –la salida de sangre del recubrimiento interior del útero a través de la vagina- es un proceso biológico natural, y tú, yo y todos cuantos conocemos no estaríamos aquí sin ella. Sin menstruación, no hay gente. Eso significa que la regla está ligada a todo, desde la salud pública y la educación hasta el medio ambiente y la dignidad humana más elemental. Demasiados hombres tienen muchas décadas de retraso en cuanto a este conocimiento, lo cual lesiona no solo a las niñas, sino también a los niños.

Sin embargo, hombres de todas las edades y todos los niveles, en todo el mundo, empiezan a sumarse en cifras crecientes a este movimiento. Unos cuantos han cruzado al territorio de la fama Internet, como el modelo masculino transgénero Sawyer DeVuyst, quien hace poco apareció en anuncios publicitarios para Thinx –la compañía de ropa interior resistente a la menstruación que alcanzó notoriedad en 2015, con carteles controversiales de modelos que posaban, recatadamente, junto a jugosas toronjas y chorreantes yemas de huevo- recordándonos que no todas las personas que menstrúan son mujeres y no todas las mujeres tienen la regla.

Arunachalam Muruganantham –conocido como el Hombre Menstrual de India, porque inventó una máquina que hace toallas sanitarias asequibles-, fue la inspiración de una película de Bollywood próxima a estrenarse, “Pad Man”. No obstante, la mayoría de los hombres que forman parte de este movimiento son héroes menstruales menos visibles, como Shyam Sunder Bedekar, quien inventó un sencillo incinerador de terracota para que las mujeres de India quemen sus toallas sanitarias usadas y eviten los estigmas culturales asociados con la eliminación.

“He viajado a Nepal, Kenia e India y he conocido gran diversidad de hombres, desde innovadores hasta entrenadores y abogados. Y todos están más comprometidos y se muestran más cómodos hablando de la menstruación que cualquiera que haya conocido aquí, en Estados Unidos”, dice Jennifer Weiss-Wolf, prominente defensora de la política menstrual cuyo libro, “Periods Gone Public”, se publicará en otoño. “No hay juegos de poder cuando me asocio y colaboro con ellos. Por el contrario, demuestran que solo son parte de un movimiento que, realmente, busca empoderar y educar a las niñas, no a ellos mismos”.

SOY, Y USO THINX: Sawyer DeVuyst, hombre transgénero, posa en un anuncio para Thinx, marca de ropa interior a prueba de menstruación, como parte de una campaña para acabar con los estereotipos de las personas que menstrúan. FOTO: THINX

En los últimos años, el movimiento menstrual estadounidense se ha centrado en dos temas: la transparencia y los impuestos. Mientras que startups como Lola y Cora han lanzado toallas sanitarias y tampones de algodón orgánico como alternativas a las grandes marcas de cuidado femenino que no revelan sus ingredientes, defensores como Weiss-Wolf han estado generando conciencia sobre el hecho de que, actualmente, los tampones y las toallas están gravados en 36 estados (respecto de 40 en 2016). Aun así, estos esfuerzos de nada sirven si la menstruación sigue estigmatizada y no puedes darte el lujo de comprar toallas y tampones.

En países donde la primera regla (menarca) suele ser un momento de vergüenza y confusión, es poco probable que una niña tenga acceso a productos menstruales limpios y absorbentes, lo que la pone en riesgo de infecciones. Muchas niñas y mujeres usan telas viejas, o incluso papel periódico. Según UNICEF, en Bangladesh, solo 12 por ciento de las escolares y el 23 por ciento de las niñas que no salen de casa sabían lavar sus lienzos menstruales de manera adecuada.

Cuando las niñas no tienen acceso a los implementos básicos para atender sus periodos menstruales, su educación desmedra. Según UNICEF, más de la mitad de las escuelas de los países de bajos ingresos carecen de instalaciones limpias para que niñas y maestras atiendan sus reglas. Muchas niñas faltan a clases durante la menstruación, y algunas terminan por abandonar la escuela. Diversos estudios han demostrado que cuando los chicos se burlan de las niñas por sus reglas, esto resulta en bochorno y vergüenza.

“Algunos dicen: ‘Ah, sí, fue inofensivo’, mas las burlas son lo que impide que las niñas que vengan a clases”, acusa Bevan. “Tenemos evidencia anecdótica de maestros que han visto una caída regular en el rendimiento de las niñas que alcanzan la menarca. Es de esperar. Pero antes de esa edad, las chicas siempre superaban a los varones”.

TODOS LOS DÍAS, TODOS LOS MESES, TODOS LOS AÑOS: El viceministro de Delhi, Manish Sisodia, asiste al mitin de mayo que marca el Día Mundial de la Higiene Menstrual en Nueva Delhi. El acontecimiento anual pretende acabar con tabúes y generar conciencia. FOTO: RAVI CHOUDHARY/HINDUSTAN TIMES/GETTY

LA MUERTE EN UNA CHOZA MENSTRUAL

En muchos países, padres y esposos controlan los recursos de la familia, deciden si se construye un baño en la vivienda o si se gastan fondos en toallas sanitarias. Muchas veces, los hombres operan las tiendas del barrio, lo que puede intimidar a las niñas que necesitan comprar toallas sanitarias. También son hombres quienes suelen diseñar y construir la infraestructura pública, como escuelas y parques; y son los fontaneros que responden a las peticiones de mantenimiento. “Hemos escuchado anécdotas de fontaneros que se quejan de toallas sanitarias arrojadas por el inodoro u obstruyendo el pozo de la letrina”, informa Yamakoshi. “[Tienen que pensar en] las instalaciones necesarias para que niñas y mujeres atiendan la menstruación de una manera que les permita preservar su dignidad, y que también mantenga la funcionalidad del sistema”.

Una serie de programas locales ha demostrado que niños y hombres no solo pueden aprender acerca de la menstruación, sino que desempeñan un papel activo para cambiar los estereotipos culturales. Por ejemplo, UNICEF ha lanzado programas escolares en 45 países, desde una campaña de carteles contra la intimidación, con la que enseña a los niños de Burkina Faso a no burlarse de las niñas menstruantes, hasta una campaña de cómics y videos en Indonesia. Para responder a las inquietudes de las niñas indonesias en cuanto a la percepción del islam sobre las prácticas menstruales adecuadas, UNICEF pidió al gobierno nacional y al Consejo Indonesio de Ulamas que respaldaran los nuevos materiales educativos sobre la menstruación. “Es un buen ejemplo de hombres en posiciones de poder y diferentes creencias que pueden ser aliados reales de niñas y mujeres, para asegurar que los mitos sean disipados a temprana edad, para enseñar buenas prácticas de higiene, y dar a los niños el mensaje de que, en nuestra cultura y en nuestra religión, la burla es inaceptable”, dice Yamakoshi.

Al terminar las clases, los alumnos de 50 escuelas en seis regiones de Etiopía han comenzado a asistir a clubes centrados en el manejo de la higiene menstrual, así como en destrezas de comunicación y liderazgo. Aunque participan más niñas que varones, las cifras están cambiando conforme el programa se expande. Alemayehu Belete, de 17 años, habló de su experiencia: “Mi papá me dijo que habían violado a mi hermana, porque estaba sangrando y al mismo tiempo, lloraba. Papá nunca fue a la escuela, de modo que no sabía que las niñas tienen la regla desde muy pequeñas. Le expliqué eso y también a mi hermana menor, así como la manera de usar las toallas sanitarias”.

En Nepal, donde, según un estudio de UNICEF, 58 por ciento de las mujeres evitaba las reuniones sociales debido a la menstruación, las adolescentes de tres áreas apartadas participaron hace poco en un programa piloto ideado para desmitificar la menstruación y aumentar el empoderamiento. Jamás habrían tenido esa experiencia si Gautam, el profesor de educación inglesa, no hubiera visto tantas chicas que abandonaban sus estudios porque no podían atender las necesidades de su regla en la escuela.

Gautam creció en Nepal occidental, donde vio que sus hermanas eran desterradas a unas chozas cuando tenían la regla, una antigua práctica hindú conocida como chaupadi. “Mi hermana menor era muy inteligente, pero tuvo que dejar la escuela porque empezó a menstruar. Entonces [mis padres] comenzaron a hablar de matrimonio. Mi hermano y yo terminamos nuestras maestrías, pero a pesar de su alta capacidad intelectual, mi hermana debió dejar los estudios para casarse. Eso se me quedó grabado en la mente”.

COPA MUNDIAL: Joshua Omanya, centro, es un educador del programa The Cup y enseña a los chicos de la barriada de Kibera, en Nairobi, Kenia lo referente a la menstruación y la igualdad de género. FOTO: MARTIN LÖF

En Nepal, sobre todo en las zonas rurales, muchas niñas y mujeres son puestas en aislamiento (generalmente en chozas) durante la menstruación, debido a la creencia tradicional de que las secreciones de la menstruación son “impuras” religiosamente. “Deben permanecer allí y no pueden regresar a casa, no se les permite tomar una ducha, ni beber leche y en algunas comunidades, tampoco pueden hablar con hombres”, explica Gautam. Alrededor de 95 por ciento de las mujeres del distrito nepalés de Achham (población de 250,000) observan esta práctica, según un informe ONU. El año pasado, chaupadi fue blanco de fuertes críticas en los medios internacionales cuando dos jóvenes murieron en chozas menstruales durante la noche.

Gautam, Académico Global Echidna de la Institución Brookings (programa para líderes de organizaciones no gubernamentales y académicos de países en desarrollo) se esfuerza para cambiar las condiciones de las adolescentes rurales de Nepal. En 2015, él y su equipo –una enfermera, un médico y un activista de género- visitaron 15 escuelas en tres áreas apartadas, y enseñaron a 75 niñas a formar, lavar y almacenar apósitos menstruales de algodón. También hablaron sobre la importancia del liderazgo, las destrezas de estudio y la gestión del tiempo, y mantuvieron conversaciones similares con progenitores y maestros. “Es un paquete integral e integrado que pretende empoderar a las niñas y hacerles sentir que la menstruación es una cosa simple que pueden resolver”, dice.

Los resultados, que Gautam presentó en un informe ante la Institución Brookings, en 2016, revelaron que las niñas se sentían más preparadas y capacitadas para atender sus menstruaciones, se desempeñaban mejor en la escuela y eran más activas en sus comunidades. Además, pudieron educar a sus padres y a los ancianos de sus pueblos. En este momento, Gautam está expandiendo el alcance del programa para llevarlo a más comunidades. “Pertenezco a la casta superior, y soy profesor universitario, de manera que hablar a la comunidad sobre la menstruación tiene mucha lógica para mí”, señala. “Mi posición es más cómoda que la de otros, y quiero aprovechar mi perfil para beneficiar a estas niñas”.

Un año después del programa piloto, Gautam y su equipo realizaron entrevistas de seguimiento con algunas de las niñas a las que habían educado. Un profesor de Baglung, la ciudad natal de Gautam, contó una anécdota de “un padre que quiso sacar a su hija de la escuela, y las cinco chicas que estuvieron en el programa piloto se reunieron con él y lo convencieron de no hacerlo. Ahora, la niña asiste regularmente a clases”.

Una niña del lejano distrito occidental de Dadeldhura dijo: “Mi madre me contó que la mantenían aislada durante su regla y que, si cambiaba ese patrón, permitiendo que sus hijas se muevan libremente, actuaría contra las tradiciones y la cultura. Pero ahora piensa que aislarme no es buena idea y deja que permanezca en casa. Sigo durmiendo aparte y no me permiten ir a buscar agua o trabajar en la cocina. Pero este es un gran cambio”.

LIBERTAD RECICLABLE: The Cup es una organización no lucrativa que distribuye copas menstruales a las niñas marginadas de África y educa a los jóvenes, así como a sus progenitores y maestros, en temas como el sexo seguro, los derechos reproductivos y el respeto. FOTO: MARTIN LÖF

NIÑOS Y COPAS

En Kibera, la barriada urbana más grande de África, Joshua Omanya, de 34 años, pasa sus días hablando a los niños de la menstruación y las copas menstruales. “Digo a los chicos, ‘Cuando vean a una niña con esta copa, no se burlen ella, porque debemos mejorar la cultura en la barriada. No queremos que las niñas pierdan un solo día de clases. Queremos que tengan su copa, para que puedan hacer lo que sea’”, informa. “Como hombres, tenemos que cuidar de nuestras hermanas, tías y madres”.

Omanya creció en Kibera, barriada de Nairobi, Kenia, donde las estrechas calles están bordeadas de chozas de barro y chabolas. En la zona del tamaño de Central Park, Manhattan viven entre 500,000 y 700,000 personas, rodeadas de una pobreza extrema, con un nivel de desempleo muy alto, crímenes frecuentes, ausencia de servicios sanitarios, recolección de basura o agua potable. Luego de abandonar la secundaria, Omanya comenzó a frecuentar “malas compañías” que le condujeron la cárcel. Pero ha vuelto a la barriada para ayudar a que los varones eviten sus errores, y para entender los desafíos que enfrentan las niñas cuando intentan lidiar con sus menstruaciones. Omanya trabaja como entrenador de The Cup, una organización no lucrativa que distribuye copas menstruales a las niñas más necesitadas y educa a los niños –así como a sus progenitores y maestros- en temas como el sexo seguro, los derechos reproductivos y el respeto. El programa también distribuye pequeñas bolsas –hechas a mano por lugareños- donde las niñas guardan con seguridad sus copas.

De todos los productos que las organizaciones no lucrativas intentan poner en manos de las personas más necesitadas del mundo, estas copas son la solución más simple y prometedora. Hecha de silicona de calidad médica, el dispositivo se coloca en la parte inferior de la vagina para recoger la sangre durante 8 a 12 horas. Una copa cuesta unos 30 dólares, y si se limpia y cuida debidamente, puede durar hasta 10 años (en comparación, la mujer promedio usa 12,000 tampones y toallas sanitarias a lo largo de su vida, con un costo de algunos miles de dólares).

“Queremos que estas niñas usen las mismas copas que usan las mujeres de Nueva York y Londres. Nunca hemos contemplado hace una versión más barata”, dice Richard Ulfvengren, cofundador de The Cup. “Estas niñas requieren la mejor calidad. No pueden estar reemplazándolas. Si pierdes tu copa en Nueva York, puedes comprar otra. Estas niñas no tienen esa posibilidad”.

Ulfvengren tal vez sea el único hombre que camina por Los Ángeles llevando copas menstruales adicionales en su portafolios. El tema de la regla no fue “la gran cosa” durante su infancia en Suecia, en las décadas de 1960 y 1970. Su madre le habló de la menstruación, y ahora tiene esposa y una hija. “Estás conectado con el asunto, de cualquier manera”, dice. Hace unos años, cuando se enteró de que muchas niñas de países en desarrollo y comunidades marginadas faltaban a clases por la regla, supo que había encontrado una buena causa.

“Estaba en busca de una de las grandes injusticias y se me ocurrió que, lo único más difícil que vivir en la pobreza, debía ser una jovencita que vivía en la pobreza”, recuerda Ulfvengren, quien también es cofundador de Traktor, galardonada compañía cinematográfica que produce comerciales.

Así que contactó a una vieja amiga, Camilla Wirseen, para averiguar qué podía hacer. Era el año de 2014 y Wirseen, quien divide su tiempo entre Kenia y Suecia, estaba trabajando en PeePoople, un inodoro personal de uso único, auto-desinfectante y completamente biodegradable. Wirseen había estado en Kibera y sabía que algunas jóvenes del área recurrían al sexo para obtener toallas sanitarias asequibles. “¡Eso es mucho más peligroso que abandonar la escuela!”, dice Wirseen. “Corren un riesgo enorme de contraer VIH o quedar embarazadas”. Ella y Ulfvengren concibieron un proyecto para llevar las copas menstruales a las niñas de Nairobi y en enero de 2015, lanzaron The Cup con fondos iniciales de las fundaciones Giving Wings y Futura, ambas sitas en Estocolmo.

Distribuir copas menstruales entre las jóvenes no es más que un aspecto de la misión de la organización. Los entrenadores de The Cup también hablan con los adolescentes sobre sexo seguro, embarazo, violación y otros temas que suelen ser ignorados en Kibera. “Muchas chicas creen que si orinas después del sexo no contraerás VIH. O que si bebes Coca-Cola después del sexo, no quedarás embarazada”, explica Wirseen, quien ha conocido jovencitas que creen que los hombres de mucha edad no pueden dejarlas gestantes, porque sus espermatozoides se mueven muy despacio. Algunas piensan que “los métodos normales para practicar abortos” incluyen beber detergente, ingerir analgésicos e introducir objetos afilados en la vagina.

Desde su lanzamiento, en 2015, The Cup ha llegado a casi 10,000 chicas en toda Kenia, así como a madres adolescentes y jovencitas que han dejado la escuela en otras áreas. Este verano, The Cup recibirá 5,000 copas menstruales gracias a una colaboración entre Monki, una marca de ropa con el Grupo H&M, y Lunette, una compañía finlandesa que produce copas menstruales. Y el año pasado, 2,000 niños asistieron a las sesiones educativas. “Nada tiene de especial que seas hombre y hables de la regla”, dice Ulfvengren. “Muchos somos padres. Tenemos hijas adolescentes. Todos debemos confrontar la regla de una manera u otra. Los hombres tenemos que estar en este movimiento, para entender que no es vergonzoso hablar del tema y también, que hay mejores soluciones por encontrar”.

A veces, Omanya se encuentra dirigiéndose a 150 chicos a la vez, aunque prefiere hablar con grupos más pequeños. Comienza por contarles su historia personal, de cómo solía asaltar a las personas y los siete años que pasó en prisión. Es hasta la segunda sesión que empieza a hablar sobre la menstruación y la educación sexual.

“Si hubiera tenido una persona que me hablara de sexo y drogas, cuando era estudiante, habría podido cambiar… No puedes hablar solo con las niñas y dejar fuera a los niños”, dice Omanya. “Siempre digo a los chicos, ‘Nosotros somos quienes dejamos embarazadas a las niñas, o les contagiamos enfermedades. Como hombres, tenemos que cuidar de nuestras hermanas, tías y madres’”.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek