El Partido de Dios Todopoderoso

EN UN CAMPO del sur de Damasco, Siria, un hombre alto y fornido está parado junto a un misil y carga una gran ametralladora. Es una cálida mañana de mayo, y unas pálidas mariposas amarillas revolotean a su alrededor. Rabieh es un combatiente de Hezbolá destacado en la zona, y como otros miembros del grupo entrevistados por Newsweek, pidió que se le identificara con un seudónimo porque no puede hablar con la prensa. “Si Dios quiere, pronto liberaremos a Siria y volveremos a nuestro país”, dice Rabieh. “Pero, hasta entonces, seguiremos aquí hasta nuestro último aliento”.

Desde 2012, Hezbolá, organización chiita libanesa respaldada por Irán, ha combatido junto al presidente sirio, Bashar al Ássad, contra los grupos rebeldes y los extremistas que pretenden deponerlo. Aunque muchos de sus combatientes han muerto en esas colinas y otras partes, Hezbolá se ha fortalecido y envalentonado en la contienda, pues el conflicto sirio le ha dado capacitación y experiencia, amén de un impresionante arsenal, cortesía de Irán, Ássad y Rusia.

No obstante, toda esa fuerza podría acabarse pronto debido a la tensión renovada con Israel. Durante mucho tiempo, la frontera de Líbano meridional ha sido un territorio precario, pero los combatientes de Hezbolá y diversos funcionarios afirman que, hace poco, numerosas fuerzas se han trasladado de esa área hacia Siria por el temor de que su enemigo esté preparándose para un nuevo conflicto. Y en varias ocasiones, en los últimos meses, Estados Unidos ha atacado objetivos sirios de Hezbolá, orillando al líder del grupo, Hassan Nasrallah, a anunciar represalias en el caso de que Estados Unidos siga violando el territorio que ocupa en ese país.

Las tensiones renovadas surgen en un momento en que Hezbolá está ayudando a las milicias chiitas a expulsar de Irak al grupo Estado Islámico. De modo que, si estalla la guerra contra Israel, como ocurrió en 2006, el “Partido de Dios” libanés pronto estaría activo en tres frentes y correría el riesgo de perder todo lo que ganó ayudando a Al Ássad. En palabras de Hilal Khashan, profesor de política en la Universidad Estadounidense de Beirut: “Si Israel lanza una guerra total, Hezbolá no tendría posibilidad alguna”.

Al grupo chiita no parece inquietarlo el extender sus operaciones en exceso; al menos, eso afirman dos oficiales militares en Dahieh, un suburbio beirutí. Dispersos en las calles hay retratos que muestran a un Nasrallah sonriente, junto con fotografías de atractivos combatientes posando con sus armas; todos ellos, hombres del barrio que murieron luchando en Siria. Los dos oficiales están sentados en un sofá, fumando cigarrillos y bebiendo té dulce. El hombre de más edad es un comandante de alto rango; el otro, su teniente. “Nos hemos vuelto mucho más fuertes desde que entramos en Siria”, asegura el comandante. “¿Qué era Hezbolá antes de eso? Éramos defensores. Hoy hemos aprendido a combatir a la ofensiva”.

El teniente interpone. “Hezbolá ahora tiene armas que nunca habríamos imaginado”, dice, con orgullo. “Nunca tuvimos acceso a ese tipo de armas mientras hubo paz en Siria, sobre todo a estos precios tan bajos”.

Durante la guerra de 2006 con Israel, el grupo demostró ser un enemigo difícil. A diferencia de los militantes palestinos que los judíos enfrentan en Cisjordania y Gaza, Hezbolá tuvo décadas para entrenarse y contaba con armas sofisticadas. Misiles antitanques, de fabricación rusa, destruyeron las fuerzas terrestres israelíes, obligando a Jerusalén a aceptar un alto al fuego. Para entonces, el ejército más poderoso de la región había perdido 120 soldados, mucho más que en cualquier conflicto desde la segunda intifada palestina (según diversos cálculos, las bajas de Hezbolá oscilaron entre 49 y 300 efectivos).

El grupo chiita es hoy mucho más fuerte que hace más de una década. “Lo que el mundo vio de Hezbolá en 2006 es apenas 3 por ciento de lo que somos ahora”, asegura Mustafa, un combatiente de la organización. “En especial, después de la experiencia adquirida en Siria. Un muchacho que empezó a combatir en Siria a los 18 años hoy tiene 25. Vio morir a sus amigos; perdió a su familia allá. Ya nada tiene que perder. Luchará hasta la última gota de sangre que le quede en el cuerpo”.


HUMO Y FUEGO: Una unidad de artillería móvil israelí dispara
un mortero en el sur de Líbano, el verano de 2006, la última vez que Israel y
Hezbolá estuvieron en guerra. FOTO: GIL COHEN MAGEN/REUTERS

Esa baladronada tiene algo de cierto. Desde la guerra de 2006, Hezbolá ha acumulado armas avanzadas con la ayuda del régimen sirio y sus patrocinadores iraníes. En 2016, el grupo tuvo a su mando unos 20,000 soldados activos y 25,000 reservistas, lo que lo vuelve equiparable a un ejército mediano. “Hezbolá es el actor subestatal más resiliente y militarmente capaz que el mundo jamás haya conocido”, asegura Bilal Saab, miembro del Consejo Atlántico, un comité de expertos sito en Washington, D. C.

Israel calcula que Hezbolá tiene 120,000 cohetes que puede utilizar en caso de guerra, un arsenal más grande que la mayoría de los Estados de la Unión Europea. Y Hezbolá también ha mejorado su sistema de túneles subterráneos en el sur, algunos de los cuales se internan en el territorio israelí, según afirma el grupo.

“La guerra con Israel… cambiará todo Oriente Medio”, predice el comandante de Dahieh. “Todos van a luchar. Mujeres y niños empuñarán cuchillos… Manteníamos en secreto nuestros misiles Borkan-1 para usarlos contra los israelíes, pero tuvimos que usarlos en Siria, y ahora los israelíes saben que los poseemos. Imagina esto. En una hora podemos disparar 4,000 misiles. Podemos entrar en el territorio israelí con vehículos todoterreno, con aviones no tripulados y bicicletas. No tienen ni idea de cómo podemos destruir su infraestructura de gas. Contamos con misiles antiaéreos. Tan pronto como los aviones [israelíes] salgan del aeropuerto, explotarán”.

Algunos expertos disputan estas afirmaciones. Aun cuando el grupo no estuviera combatiendo en Siria e Irak, esos analistas opinan que Hezbolá se vería superado, considerablemente, por la fuerza de sus enemigos en el sur. Si algo hizo la guerra de 2006 fue alarmar a Israel sobre que, mediante acuerdos de armamento con Estados Unidos, también ha incrementado su arsenal y ha obtenido sistemas antimisiles de primera línea, como el Iron Dome (Israel afirma que interceptó 90 por ciento de los cohetes lanzados durante la Guerra de Gaza, en 2014, si bien los expertos cuestionan esa cifra).

“Estamos bien enterados de todos los esfuerzos de Hezbolá”, afirma Jacques Neriah, exoficial de inteligencia militar israelí. “Lo primero que habrá de hacer Israel es neutralizar la amenaza de sus misiles. Esto se hará de diferentes formas y de manera muy ingeniosa, para que Israel sufra lo mínimo con los cohetes lanzados desde Líbano. Somos un pueblo obstinado… No es aconsejable que Hezbolá [nos] subestime”.

Dado el daño que los dos bandos podrían causarse, el statu quo —la disuasión mutua— podría prolongarse. Durante la última década, varias veces pareció inminente el estallido de una guerra. En enero de 2015, un ataque aéreo israelí destruyó un convoy de Hezbolá en Siria. El grupo respondió atacando efectivos israelíes en la frontera. Sin embargo, la lucha no se intensificó, y la guerra no se desató pese a repetidas acometidas contra lo que Israel dijo eran depósitos de armamento Hezbolá en Siria; el último, el 25 de junio.

Con todo, el reciente aumento de actividad militar por ambas partes no es un buen augurio para la paz. En marzo, Israel emprendió una serie de maniobras en su frontera norte, utilizando una aldea libanesa simulada para entrenar a sus soldados a combatir en territorio de Hezbolá. En fecha más reciente, el grupo chiita trasladó combatientes al sur del Líbano a fin de prepararse para una invasión, argumentando informes de inteligencia y observaciones de movimientos de efectivos israelíes. “El ejército sirio ya puede hacerse cargo de la situación”, asegura un líder de división en Dahieh. “En este momento, nuestro objetivo principal es el sur”.

La tensión en el lado libanés de la frontera israelí es palpable, como lo ha sido desde hace años; pero dado que el grupo chiita anticipa otra guerra y ante la creciente participación estadounidense en Siria, hay una nueva urgencia en la zona: el corazón de Hezbolá, y el lugar donde el Partido de Dios mantiene sus misiles en búnkeres ocultos entre exuberantes valles y colinas. También es el lugar donde los residentes tienen más que perder, aunque se han habituado a vivir con la amenaza del conflicto. “Están preparándose, y estamos preparándonos”, dijo un funcionario de Hezbolá en el sur, refiriéndose a los israelíes. “Parte de nuestra cultura consiste en que nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, aprendan a combatir”.

El funcionario predice que la guerra empezará antes de que termine el verano. Y de tener razón, combatientes como Rabieh —el hombre de Siria— podrían emprender camino hacia un nuevo frente. “Si los israelíes cometen cualquier violación en Líbano o Siria, nos veremos allá”.

Con Jack Moore, en Londres

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek