EN EL AMBIENTE económico global están latentes dos visiones o cuasi ideologías que otrora se consideraban superadas. Por un lado, el proteccionismo económico, aquel que busca subsistir con lo producido localmente y, en su caso, vender al exterior lo que revierte un beneficio tangible, y proteger a los sectores productivos locales. Por otro lado, el populismo económico, que se basa fundamentalmente en buscar controlar a toda costa todos los factores de la producción bajo el argumento de defender los intereses, aspiraciones y voz del pueblo y, con ello, perpetuarse en el poder.
Para ejemplificar el tema de proteccionismo a lo largo de los años hemos encontrado a Estados Unidos, hoy con una mayor claridad cuando la realidad arrebata y muestra que esta potente economía, bajo el mandato del presidente Donald Trump, puede profundizar su ideología en lo social y económico, ya que su proyecto está fuertemente ligado al proteccionismo. Con esta lógica se corre el riesgo de llevar a la Unión Americana a una agravación, por ejemplo, de su abultado déficit comercial y pérdida de liderazgo internacional.
Por otra parte, en algunas naciones latinoamericanas el populismo es uno de los modelos que avanza en la política económica, social y electoral. En su definición más académica se encuentra que el populismo es una filosofía política transversal que desafía las tradicionales dicotomías ideológicas entre burgués/obrero e izquierda/derecha. Los regímenes de Venezuela, Nicaragua y Cuba son un referente en lo que hoy se considera un claro emblema populista de gobernar. En la actualidad, estas economías lamentablemente presentan altos niveles de inflación, endeudamiento y falta de crecimiento con la consecuente elevación de los índices de pobreza que conllevan a situaciones de crisis humanitaria y migración.
En tanto, en Estados Unidos su presidente es claro: “Todas las decisiones que se tomen sobre comercio, impuestos, inmigración y asuntos exteriores se harán en beneficio de los trabajadores estadounidenses y sus familias”. Si bien apuesta a un rescate de la clase media, toma decisiones aislacionistas que ya se encuentran en diversos planos. En el plano de la seguridad internacional, su aislamiento de la OTAN; en el económico, con la salida de la APEC, y en lo social, con su falta de apoyo al Acuerdo de París sobre el cambio climático. Todo sin considerar que la clase media de su país está compuesta por personas de todos los orígenes étnicos.
En su intento por reactivar la economía, la cual viene creciendo desde finales de la administración pasada, el presidente Trump ha propuesto un atrevido plan para crear 25 millones de empleos en Estados Unidos para los próximos diez años y volver a un crecimiento económico anual de 4 por ciento. Sin embargo, el costo será alto, ya que alista un agresivo plan para recuperar miles de empleos golpeando y dando paliativos a las empresas, pero desde un punto de vista macroeconómico es difícil materializar un éxito. En la parte de integración internacional y fomento al orden multilateral ha quedado clara la agenda de su gobierno sustentada en el aislacionismo y revisión de todo lo logrado con anterioridad. En adelante habrá que estar atentos a su propuesta económica, la cual se basará en un fuerte recorte a los impuestos de las empresas y personas, así como el aumento del gasto público. Esta propuesta puede sonar en principio promotora del crecimiento; empero, tendrá que ser aplicada por poco tiempo, pues los niveles de déficit fiscal en aquel país también son sumamente altos.
En el otro escenario hay una paradoja. El populismo que avanza también pone en jaque los modelos económicos y políticos más democráticos. A final del día, el populismo se torna más atractivo a medida que crece el descontento popular con la situación actual ya sea de violencia, marginación social y pobreza o corrupción. Lo anterior reviste una mayor relevancia cuando en diversas partes del llamado mundo occidental, muchas personas sienten que han quedado excluidas debido al cambio tecnológico, la economía global y la creciente desigualdad. Adicionalmente, se suma el descontento social por la enorme pobreza que cada día aumenta, escandalosos casos de corrupción y crisis de imagen de las clases gobernantes.
Como resultado de la fuerte presencia del proteccionismo y el populismo a escala internacional, el mundo se enfrenta al reto de volver a diseñar esquemas de convivencia social eficientes para el impulso del crecimiento económico, la eliminación de la vergonzante pobreza y la integración comunitaria internacional. La búsqueda por liderazgos mesiánicos que a nombre de todos y de nadie buscan resolver todos los problemas sociales es claramente inviable. Lo mismo ocurre con la tendencia a proteger todo sin saber que está en la integración de las economías, una de las salidas a los problemas del desarrollo. Por si no fueran pocos los retos de la humanidad, esta se encuentra en pleno siglo XXI en medio de la discusión entre la opción populista y la opción proteccionista.