Placer. Esa ha sido la promesa histórica del paseo marítimo donde se detiene el tren B de Nueva York. No se trata de un placer perdurable. Sería demasiado pedir. Pero sí del tipo de placer que proporciona la primera mordida que das a un hot dog de Nathan’s. O el momento antes de ver el espectáculo de la sirena, que en realidad es una cola de salmón cosida a un mono muerto. O el intermedio después de retratarte con un atuendo elegante junto a alguien a quien apenas conoces, mientras aguardas a que se revelen las imágenes… o a ver qué pasa.
Eso significa Coney Island para los visitantes; los que van huyendo de los vapores de la gasolina y el hormigón caliente de Manhattan. Es una zona de gratificación instantánea. No obstante, para quienes lo han visto en invierno y durante sus largos periodos de abandono, es un lugar en donde esperas que ocurra algo. Que los viajeros de un día regresen y gasten su dinero. Que los desarrolladores de propiedades cumplan sus promesas.
Una mañana de 1953, Marvin E. Newman —por entonces, un joven fotógrafo con maestría del Instituto de Tecnología de Illinois— se levantó temprano para lograr esta toma. La luz era brillante; el aire, frío; y este residente de la isla, cubierto de negro, estaba parado en los tablones, posando para él como un cuervo vigilante.
La obra de Newman suele aportar sus propios subtítulos. Una vez fotografió un Bentley plateado cruzando la calle 42 de Manhattan, frente a la marquesina de un cine que anunciaba una película italiana de terror titulada Los últimos caníbales. Y una de sus mejores imágenes enfoca el neón rojo de un espectáculo, ¡Aunque usted no lo crea!, de Ripley, convirtiendo la acera mojada en una escena de homicidio. Esa toma es la portada de su nueva monografía; la cual, de manera algo escandalosa, es también su primera monografía. Marvin E. Newman tiene 89 años. Pero hay algunos placeres por los cuales vale la pena esperar.
—
Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek