En el verano de 2006, un escuadrón de policías militares de
EE UU fue enviado a Irak, ansiosos de unirse a la guerra. Eran muchachos duros,
muchos de pequeñas comunidades de clase obrera de todas partes de la zona
central estadounidense, quienes se unieron a las fuerzas militares por muchas
de las razones conocidas: el patriotismo posterior al 11/9, la aventura y la
esperanza de una mejor vida cuando salieran.
Estaban muy determinados y bien entrenados, pero nada los
había preparado para la misión que se les dio pocos meses después de que
aterrizaran en Bagdad. Serían responsables de un “detenido de alto nivel”:
Saddam Hussein, el ex presidente de Irak. El brutal dictador había sido
depuesto por una enorme invasión militar, luego capturado después de nueve
meses de estar en fuga. Él ahora era el prisionero más famoso del mundo.
Al recibir la noticia, unos pocos de los policías militares
bromearon: “Deberíamos matarlo”. Algunos de ellos supieron que su nuevo cargo
había dicho una vez: “Me gustaría que EE UU trajera a su ejército y ocupara
Irak. Me gustaría que lo hicieran para que pudiéramos matar a todos los
estadounidenses. Los rostizaremos y nos los comeremos”.
Lo que sigue es un vistazo exclusivo dentro de los muros de
un palacio convertido en prisión, construida para contener a un solo hombre, y
una mirada tentadora a las relaciones complejas e improbables que se
desarrollaron durante los siguientes cuatro meses que estos hombres pasaron
juntos.
BAGDAD — SEPTIEMBRE DE 2006
El especialista Steve Hutchinson estaba, de nuevo,
trabajando de noche. Pero esta vez él estaba a medio mundo de distancia del
Midnight Rodeo en el centro de Florida, donde había separado borrachos
peleoneros. Pocas semanas antes, a él y sus compañeros de escuadrón de la 551ª
Compañía de Policía Militar —los Súper 12— se les dio una misión ultra secreta:
vigilar a Saddam mientras era enjuiciado por un tribunal iraquí por algunas de
las muchas atrocidades que cometió durante las dos décadas que gobernó al país
derrochando brutalidad.
A Hutch y el resto de su equipo Súper 12 se les ordenó que
no dijeran a nadie sobre su misión, ni siquiera sus familias. No se les
permitió llevar un diario personal, todos sus correos electrónicos fueron monitoreados,
y fueron sujetos a cacheos al azar para asegurarse de que no tomaran notas
sobre lo que hacían, veían, oían o incluso pensaban.*
El primer turno de Hutch con su tristemente célebre
prisionero empezó a medianoche. Los dos estaban en las entrañas del Alto
Tribunal Iraquí (ATI), una corte construida solo para enjuiciar a Saddam y sus
siete coacusados por crímenes contra la humanidad. Debajo de la corte había una
serie de celdas subterráneas —cuartos cerrados mitad muro, mitad plexiglás que
se asemejaban a los “cuartos de interrogatorio en una película”— donde Saddam y
varios coacusados eran contenidos cuando debían presentarse ante la corte.
Los Súper 12 llamaban “la Cripta” a su propio alojamiento
temporal debajo del ATI. Estaba oscuro las 24 horas del día porque, en
cualquier momento, algunos de ellos estaban durmiendo, dado que sus vidas ahora
eran un ciclo interminable de turnos de ocho horas vigilando a Saddam. Se les
había ordenado que sostuvieran contacto visual con él todo el tiempo para asegurarse
de que no se lastimara él mismo o alguien más lo lastimara.
El ATI —albergado en un edificio de las ex oficinas
centrales del Partido Baath, una estructura descomunal de pilares— fue
establecido por los estadounidenses quienes derrocaron el régimen de Saddam con
una invasión enorme. El tribunal fue moldeado como los tribunales de crímenes
de guerra de la ONU mientras tomaba prestado el proceso penal iraquí. La corte
había decidido enjuiciar a Saddam por el asesinato de 148 residentes chiitas de
Dujail en respuesta a un fallido intento de asesinato cuando él visitó esa
ciudad a principios de la década de 1980. A muchos les pareció una decisión
extraña que este fuera el primer crimen por el que se enjuiciara a Saddam,
dados los otros asesinatos, mejor conocidos, de los que él era responsable, más
notablemente los ataques con gas químico contra kurdos iraquíes durante la
guerra entre Irán e Irak. Esos ataques mataron a miles, incluidos mujeres y
niños, de una manera horrorosa.

SIN ESCAPATORIA: Un palacio en la isla artificial en un lago
artificial afuera de Bagdad fue convertido en una prisión para contener a
Saddam y el Químico Ali. FOTO: KHALID MOHAMMED/AP
En despliegues anteriores, Hutch había sido el “gritón” de
los Súper 12; su trabajo era hacerles saber a los detenidos que no se toleraría
ni una mierda. “Les das ese shock inicial, cuando estás de pie frente a ellos,
probablemente a una pulgada de su cara, y les gritas las reglas y regulaciones”,
explicó Hutch. “Tu trabajo es establecer que el guardia tiene control total”.
Él sabía que no iba a gritarle a este prisionero.
Mientras Hutch descansaba en la vieja silla de metal afuera
de la celda, pudo ver que Saddam parecía dormir cómodamente. Él hombre que él
por mucho tiempo había pensado como un demonio feroz ahora estaba a pocos pies
de distancia, roncando plácidamente.
Más nervioso de lo que esperaba estar, Hutch se recordó
permanecer vigilante esa noche. Había rumores constantes de que insurgentes
iraquíes tratarían de liberar a Saddam, y también le advirtieron que vigilara
por si un soldado desequilibrado trataba de matar al ex dictador, ya fuera como
un acto de justicia solitaria o para hacerse famoso.
Hutch empezó a hojear ansiosamente una novela gráfica,
Resident Evil—Code: Veronica, para pasar el tiempo. (En el transcurso de su
despliegue, él pudo leer todos los libros de Harry Potter y la serie de Juegos
del hambre, para tener algo que discutir con sus hijas de 4 y 6 años cuando llamara
a casa.)
De repente, el silencio fue roto: Ali Hassan al-Majid, uno
de los principales ex lugartenientes de Saddam, había empezado a orar. Ali
—“Químico Ali”— estaba acusado de haber ayudado a planear una campaña genocida
que usó tanto armas químicas como convencionales para exterminar kurdos
iraquíes, quienes eran considerados una amenaza al régimen de Saddam. Un ataque
con gas mató a por lo menos 5,000 hombres, mujeres y niños, tal vez 10,000. Por
su persecución sistemática de los kurdos, el Químico Ali tal vez habría sido
responsable de las muertes de más de 100,000 personas.
Las oraciones sacaron a Saddam de sus sueños, y ahora él
mascullaba sus propias oraciones todavía acostado en la cama. Parecía que las
decía por cumplir, pensó Hutch, sin mucho sentimiento. Aun cuando el Partido
Baath que Saddam había liderado era, en teoría, secular, el dictador había
lanzado una “campaña de fe” en la década de 1990 planeada para llevar a Irak a
una dirección más devota. Él había donado sangre con regularidad para que se
pudiera escribir una copia del Corán con ella.
BAGDAD — OCTUBRE DE 2006
Cuando Saddam no era llamado para aparecer ante la corte del
ATI, los policías militares del Súper 12 lo vigilaban en un palacio bombardeado
cerca del aeropuerto en una isla pequeña a la que solo se podía acceder por un
puente levadizo. Los Súper 12 apodaron a la isla en este lago artificial como
“la Roca”, por la película del mismo nombre sobre la prisión de Alcatraz.
La constelación extensa de ex residencias de gobierno y
palacios, de la cual la isla era una pequeña parte, fue donde Saddam y sus
ministros favoritos alguna vez disfrutaron de cacerías seguidas de cenas
extravagantes. También fue donde su hijo Uday se había dado gusto con orgías
sádicas llenas de alcohol y drogas. Tomada poco después de la invasión, ahora
era llamada Campo Victoria, y se asemejaba a un mini EE UU: tenía un Burger
King y un Subway y albergó a una serie de artistas, desde la estrella country
Toby Keith hasta luchadores profesionales. (A los soldados les gustaban
especialmente las Divas de la WWE ligeras de ropas.)

MENSAJE ENTREGADO: Un monumento en Dujail, Irak, honra a los
148 chiitas locales ejecutados después de un intento de asesinato contra Saddam
cuando él visitó esa ciudad a principios de la década de 1980. FOTO: JOHN
MOORE/GETTY
A los Súper 12 se los había instruido para que evitasen
interactuar con Saddam mientras hacían lo que fuera para mantenerlo a salvo y
contento. Los líderes de EE UU no querían siquiera la más mínima sugerencia de
que él había sido maltratado y pensaron que cuanto más contento estuviera
Saddam, menos problemas habría en su juicio. Al principio, los policías
militares se cuidaron de no conversar con él, limitando sus interacciones a un
frío “sí, señor” o “no, señor”, pero pasaban 24 horas al día con él, y era
inevitable algo de relajación por ambas partes.
Hutch, un policía militar veterano, sabía que era una mala
idea ir intimando con los detenidos, y era muy receloso con este prisionero. Después
de todo, éste era el hombre quien supuestamente había respondido a la solicitud
de una mujer de liberar a su marido —un ministro del gobierno encarcelado por
hacer una sugerencia que a Saddam no le gustó— enviándolo a casa con su esposa
en una bolsa de tela negra, cortado en pedacitos.
Para estos jóvenes soldados, vigilar a Saddam era como
visitar el zoológico a ver un león que, aun cuando es mortífero, rara vez hace
algo más que sentarse, solo en ocasiones dignándose a caminar por la jaula para
emocionar al público. Pero su híper vigilancia inicial naturalmente menguó
cuando un día sin acontecimientos se desvanecía en el siguiente. A pocas
semanas de iniciada su misión, Hutch y Paul Sphar estaban sentados enfrente de
Saddam en el área recreativa al aire libre cerca de su celda. Tenía apenas 15
pies de largo y 7 pies de ancho, cercada por altos muros de concreto con
alambre de púas en la cima, pero daba algo de gran valor a un prisionero quien
pasaba la mayor parte de su tiempo en una celda sin ventanas: una mirada al
cielo azul de Bagdad.
Joseph**, el intérprete, se sentaba junto a Saddam en sillas
de jardín de plástico, en un extremo de una pequeña mesa de plástico; Sphar y
Hutch se sentaban frente a ellos. Saddam y Joseph fumaban Cohibas mientras charlaban
como dos jubilados en el merendero local poniéndose al tanto de los chismes
locales. Hutch y Sphar no podían descifrar su árabe, pero Saddam, como siempre,
parecía asombrosamente relajado para alguien en juicio y enfrentando una
sentencia de muerte. Esta calma quizás se debía al hecho de que, por primera
vez en décadas, él estaba en un capullo protector, aislado de las amenazas
internas y externas que habían sido una preocupación constante desde el momento
en que se hizo con el poder. Él tenía a su nación sujeta por el miedo y la
paranoia, pero ese miedo era mutuo: Saddam sabía que miles de iraquíes
sacrificarían felizmente sus vidas por la oportunidad de hundir un cuchillo en
su pecho o cortarle la garganta mientras dormía.
Saddam parecía obtener una inmensa satisfacción de los
placeres simples, como fumar sus puros. Él sacaba cuidadosamente —casi
teatralmente— un Cohiba de la caja vacía de toallitas húmedas en que los
llevaba. Luego encendía el puro, saboreando cada inhalación antes de exhalar.
(Él anunció orgullosamente a los Súper 12 que Fidel Castro lo hizo aficionarse
a los puros.)
Joseph súbitamente dejó de ver a Saddam y le habló a Hutch:
Él quiere saber de dónde eres, tu nacionalidad.
Hutch estaba perplejo. Dile que de EE UU.
No, no, antes de eso.
Bueno, creo que de Europa…

JUSTICIA CIEGA: Saddam fue enjuiciado por múltiples crímenes
contra la humanidad, incluida su campaña genocida contra los kurdos. FOTO: ERIK
DE CASTRO/AFP/GETTY
No, no, hay más, dijo Saddam, demostrando que había seguido
todo el intercambio. Éste fue uno de los primeros indicios que los Súper 12
tuvieron de que su inglés era sorprendentemente bueno, aun cuando aprenderían
que él lo empleaba solo estratégicamente.
Hutch no estaba seguro de lo que preguntaba Saddam. ¿Qué
quiere él de mí?
Él solo quiere conocer tu herencia.
Hutch ahora cayó en cuenta de que Saddam tenía curiosidad
por su etnicidad, ya que su complexión se había oscurecido considerablemente
por la exposición constante al sol implacable de Irak.
Hmm, bueno, también soy parte nativo americano.
Saddam rápidamente puso un dedo detrás de su cabeza como una
pluma y otro enfrente de su boca, imitando un grito de guerra indio. Hutch
rompió en carcajadas.
La radio primitiva de Saddam sonaba tranquilamente al fondo.
Aun cuando le habían ofrecido acceso a modos más modernos de entretenimiento,
como un reproductor portátil de DVD, él prefería la vieja radio, con su antena
batallando para captar señales del cielo del desierto. Él usualmente cambiaba
entre canales árabes y música pop estadounidense, y uno de los jóvenes policías
militares notó que siempre dejaba de sintonizar si se topaba con una canción de
Mary J. Blige.
Saddam abrió un libro y lo puso en la mesa de plástico. Pasó
las páginas mientras los dos soldados veían por encima de su hombro, estudiando
cada página cuidadosamente con sus lentes de lectura, en ocasiones deteniéndose
cuando una imagen parecía despertar un recuerdo. Él señaló una foto de sí mismo
cuando era un niño de escuela. El hecho de que hubiera sido capaz de asistir a
la escuela era materia de la mitología del Partido Baath. La historia contaba
que el joven Saddam era ambicioso y estaba desesperado por escapar del abuso de
su padrastro y un futuro funesto como granjero de subsistencia en el páramo
polvoso y violento de Awja. Una noche, él se escabulló de la choza de barro de
su madre y se abrió camino por los caminos desolados e infestados de bandidos
hasta la casa de su tío Khairallah Tulfah en Tikrit. El tío era un ex oficial
del ejército y nacionalista iraquí quien había pasado tiempo en prisión por
participar en una rebelión contra los británicos. Él aceptó a Saddam y lo llevó
a la escuela.
¡El director me expulsó cuando yo era joven!, dijo Saddam,
todavía entrecerrando los ojos ante la foto. Él explicó que el director
enfureció a su tío al expulsar a Saddam de la escuela, lo cual su tío vio como
una afrenta a toda la familia.
El director pagó por este insulto. Cuando mi tío se enteró,
me dio una pistola, ¡me dijo que me asegurara de que me aceptaran de vuelta!
Saddam sorbió su té, dio una calada a su puro, luego se
acomodó en la silla y sonrió, dejando que los soldados imaginaran el destino de
ese director desafortunado.

HOGAR LEJOS DE CASA: Saddam fue contenido en múltiples
celdas durante su interrogatorio y sus juicios, incluida una celda cerca de
donde se hallaba el tribunal. FOTO: ALI AL-SAADI/AFP/GETTY
BAGDAD — OCTUBRE DE 2006
Vic, vamos a movernos esta noche.
“Vic”, era la abreviatura en inglés de “criminal muy
importante”, y algunos de los guardias lo llamaban así en ocasiones, aunque la
mayoría se apegaba a “señor”. El especialista Adam Rogerson había escuchado que
tenían que entregar a Saddam al ATI más tarde esa noche. Rogerson quería darle
a Saddam suficiente aviso para que él pudiera empacar sus cosas.
Saddam empezó con sus rituales previos al movimiento.
Primero, salió y se aseguró de darle agua a sus plantas —meras yerbas— que
crecían en el trocito de tierra de su área recreativa. Luego, empezó a empacar
sus bolsos de lona verde olivo del ejército. Se aseguró cuidadosamente de que
los artículos que esperaba necesitar primero estuvieran casi hasta arriba. Sus
trajes, que el ejército lavaba en seco con regularidad, luego fueron colocados
cuidadosamente en portatrajes por uno de los policías militares.
Las últimas cosas que empacaba eran sus libretas, plumas y
esa caja de toallitas húmedas llena de puros, las cuales guardaba casi hasta
arriba de su bolso para tenerlas a mano cuando llegara a la corte. Algunos
policías militares dieron un paso al frente para ayudarlo a llevar sus pesados
bolsos, así como el portatrajes. Cuando Hutch se acercó para ayudar a Saddam
con uno de sus bolsos, sintió un tirón al levantarlo y bromeó con Saddam: “¡Qué
diablos! ¿Metiste a Ali en este bolso?”
Saddam rio efusivamente, y cuando llegó al ATI, compartió el
chiste con el Químico Ali.
BAGDAD — FINALES DEL OTOÑO DE 2006
Vestido con su dishdasha y aferrando su rosario, Saddam
paseaba por su área recreativa, articulando en silencio una serie de palabras.
Hutch luego recordó que cuando Saddam caminaba de un lado al otro así,
murmurando para sí, “pensarías que había perdido la razón si no lo conocías”. A
veces, su cadencia y sus gestos les sugerían a los Súper 12 que estaba
ensayando cosas que planeaba decir en la corte. Él esperaba un veredicto en el
juicio de Dujail mientras trabajaba en su defensa contra los cargos de
genocidio por la salvaje campaña Anfal contra kurdos iraquíes durante la guerra
entre Irán e Irak. Saddam debió sospechar que su comportamiento parecía raro,
porque a veces levantaba la mirada, veía a su guardia a los ojos y le daba una
sonrisa avergonzada.
Hutch ojeaba una de las revistas People a las que se había
aficionado durante este despliegue cuando se percató de que Saddam había dejado
de caminar y lo miraba. ¿Señor?, dijo Hutch, anticipando una solicitud, pero
Saddam solo quería hablar.
Yo y Barzan, solíamos pescar cerca de aquí, ¿sabes? Oh,
peces muy grandes allí, no tantos allí, explicó Saddam, describiendo los varios
lugares de pesca en el lago cercano.
Los policías militares sabían que esos peces podían crecer
muchísimo. De hecho, los soldados estadounidenses en Bagdad llegaron a llamar a
la carpa enorme “robalo Saddam” después de oír rumores de que él había llenado
los lagos con ellas. Como muchas historias alrededor de Saddam, ésta tenía un
lado oscuro. Los Súper 12 oyeron que los secuaces de Saddam arrojaban los
cuerpos de la gente a la que le disparaban a ese lago, lo cual provocó que los
grandes peces desarrollaran un gusto por la sangre humana.

POTENCIA DE FUEGO: Saddam y su régimen pasaron mucho tiempo
y esfuerzos creando una mitología alrededor del dictador, retratándolo como un
salvador del pueblo que había sojuzgado. FOTO: INA FASSBENDER/REUTERS
Incluso con Saddam ahora en prisión y en juicio, la
violencia espantosa y diseminada destruía Irak. Ahora, en vez de opositores al
régimen, eran víctimas de la guerra civil agravada iraquí quienes eran lanzadas
al agua. Hutch una vez pescó un “flotador” en el lago, el cadáver descompuesto
desintegrándose en su mano mientras luchaba para recuperarlo.
Conforme escuadrones de la muerte sectarios redoblaron su
purga étnica en vecindarios de Bagdad, los descubrimientos horripilantes por
toda la ciudad se volvieron rutina: por ejemplo, una docena de cadáveres
atrapados en las rejillas de metal con la intención de impedir que los desechos
del lago llegaran al río Tigris. A las víctimas se las había atado, vendado de
los ojos y disparado en la cabeza. Después de tres años de aumento en la
violencia en Irak, tales hallazgos macabros eran cosa común.
BAGDAD — DICIEMBRE DE 2006
El aire frío decembrino sopló sobre el lago, arremolinándose
contra los muros del otrora palacio de Saddam y ahora su prisión. Durante la
noche, las temperaturas habían caído a apenas arriba del congelamiento.
Saddam parecía extraordinariamente plácido, aun cuando lo
habían sentenciado a muerte por la represión en Dujail pocas semanas antes. Él
y sus guardias sabían que el día de su ejecución se acercaba con rapidez, salvo
una apelación exitosa, la cual nadie esperaba.
Mientras Rogerson se sentaba afuera con Saddam, el hombre a
quien el Presidente George W. Bush había declarado como parte de un “eje del
mal” dijo: ¿Quieres sentarte junto al fuego conmigo? Saddam señaló una silla de
plástico cerca del calefactor al que le gustaba llamar su “fuego”. Tenía la
costumbre de nombrar los objetos inanimados, refiriéndose a la pequeña y
deteriorada bicicleta estática que montaba antes de sus revisiones médicas
diarias como su “poni”.
Rogerson había crecido en Cleveland, por lo que estaba
acostumbrado a los inviernos crudos, pero aceptó felizmente este pedacito de
calor compartido.
Saddam encendió uno de sus largos Cohibas, el humo de cada
bocanada elevándose gentilmente en el cielo nocturno. Rogerson se moría por un
cigarrillo, pero a él y sus compañeros guardias no les permitían fumar en
servicio. Más bien, abrió un pequeño paquete que su esposa le había enviado
desde Ohio. Adentro había unas velas que ella compró en Wal-Mart. Rogerson notó
que Saddam parecía intrigado.
Mi esposa ha estado enviándome estas velas.
Ya lo veo. ¿Qué haces con ellas?
De hecho, no las necesito en realidad, dijo Rogerson,
riéndose, pero supongo que puedo usarlas para que nuestra área habitable huela
mejor. Ya sabes cómo es cuando muchos tipos pasan mucho tiempo juntos; puede oler
muy mal.

RED DE ENGAÑOS: Después de meses en fuga, Saddam fue hallado
en este llamado nido de araña, un búnker diminuto cavado para él por un ex
asesor. FOTO: JEWEL SAMAD/AFP/GETTY
Los dos rieron entre dientes. Rogerson le alargó una de las
velas aromatizadas a Saddam para que pudiera verla de cerca.
¿Crees que podrías darme una?
Claro.
Gracias, mi amigo. Saddam entonces tomó una pluma y empezó a
tallar palabras en árabe en la vela. Después de unos minutos, dijo: He escrito
un poema para mi hija, luego le pidió a Rogerson que se la diera a la Cruz Roja
para que se la entregaran a ella.
Pocas semanas después, fue Navidad, y Saddam estaba en la
Roca, esperando una decisión a su apelación. Hubo pocos adornos para celebrar
la temporada, aparte de un pequeño árbol de navidad que alguien había montado
en el cuarto de computación de los Súper 12. Pocas cosas más distinguían a este
día de un día normal, salvo un cuidado extra con los paquetes que llegaban en
el correo. Rogerson estaba emocionado de abrir un paquete especialmente grande
que contenía suficiente cereal Cap’n Crunch Christmas para todo el escuadrón.
Saddam estaba afuera, cerca de su “fuego”, sentado bajo la
única luz exterior, pluma en mano, enfocado atentamente en otra de las velas de
Rogerson. Después de trabajar en su tarea por un tiempo, Saddam miró al soldado
raso James Martin**, quien trataba de mantenerse caliente en el otro lado del
área recreativa.
Ésta es para mi esposa.
¿En serio? Martin estaba sorprendido, porque Saddam rara vez
daba voluntariamente información sobre sus esposas. Cada vez que salía el tema
de la familia, por lo general desviaba la conversación a sus hijos.
Sí, tenemos una tradición. Cada año en la fiesta de Navidad,
encendemos una vela. Estoy escribiendo un poema para ella en ésta.
La inesperada tradición cristiana de Saddam no fue la
primera vez que él mostró una afinidad sorprendente por algo relacionado con la
cristiandad. Había preguntado recientemente si podía ver La pasión de Cristo.
Después de que la película terminó, Saddam dijo que estaba enojado por la forma
en que los personajes judíos en la película habían tratado a Jesús. Él sostuvo
que los “iraquíes lo habrían tratado mejor”. Él añadió que La pasión de Cristo
era la mejor película que había visto.
Al día siguiente, 26 de diciembre de 2006, la apelación de
Saddam a su veredicto de culpable por la masacre de Dujail fue rechazada, lo
cual significaba que pronto sería ahorcado.
El rechazo de la apelación no sorprendió a los Súper 12.
Ellos habían oído algunos de los horrendos testimonios sobre sus ataques con
gas químico contra los kurdos. Aun así, tuvieron problemas para conectar esa
brutalidad con el hombre agradable a quien habían tratado las 24 horas toda la
semana en los últimos meses. “Cuando vi el juicio en marcha, y lo que él le
hizo a su gente”, recordó después Rogerson, “yo pensaba: ‘Puta madre, hay un
montonal de gente muerta, él simplemente mató toda una ciudad… Pero luego lo
veía, y nunca lo vi así, porque él no era esa persona conmigo… Era más como un
abuelo”.
Saddam grabó otro poema en una vela esa Navidad, éste para
los Súper 12. Traduciendo del árabe, él les dijo que deseaba que ellos pudieran
estar de vuelta en EE UU con sus familias para celebrar la Navidad en vez de
vigilándolo en Irak.

UN AHORCAMIENTO FESTIVO: La ejecución de Saddam fue un
momento catártico para millones de iraquíes quienes vivieron bajo su mano
brutal, y una afrenta amarga para otros. FOTO: MARWAN IBRAHIM/AFP/GETTY
BAGDAD — 30 DE DICIEMBRE DE 2006
Era la hora.
El viejo se puso su chaqueta marinera negra, luego se puso
un sombrero de piel oscura en la cabeza para protegerse del frío antes del
amanecer. Esa noche fue una de las más frías que el equipo Súper 12 tuvo que
soportar en Irak. Seis de ellos estaban de pie afuera del palacio bombardeado,
vestidos en “uniforme completo de batalla”, toscos en sus chalecos Kevlar y
cascos con las gafas de visión nocturna montados. Cada uno llevaba una carga
completa de combate con cientos de rondas de munición.
Mientras revisaban los alrededores en busca de algo fuera de
lo ordinario, los otros seis soldados llevaron a su prisionero a un Humvee
estacionado para el corto viaje a la zona de aterrizaje del helicóptero.
El viejo de barba canosa se movía gallardo, casi orgulloso,
batallando para mantener una postura recta a pesar de su espalda lastimada.
Cerca, dos Black Hawks esperaban, los rotores ya encendidos, levantando nubes
de arena y grava. El brillo verdoso de las gafas de visión nocturna de los
soldados se añadía a la vorágine desorientadora de sonido, temperatura y luz.
Los seis policías militares se agruparon alrededor del viejo
llevándolo hacia uno de los Black Hawks, agachándose bajo los rotores girando y
luego cautelosamente subir a bordo, con el cuidado de no tropezar, dado que sus
gafas de visión nocturna afectaban su percepción de profundidad. Se les unieron
dos médicos y un intérprete, quienes añadieron un bien recibido calor corporal
al fuselaje atiborrado. En cuanto el primer grupo se había apilado a bordo, los
policías militares restantes abordaron rápidamente el segundo Black Hawk.
Los helicópteros luego se lanzaron hacia el cielo, empezando
su corto vuelo hacia una instalación iraquí en el distrito chiita de Kadhimiya
en Bagdad. Una breve mirada de miedo cruzó el rostro del viejo cuando el
helicóptero saltó un poco por una turbulencia. Siempre lo puso nervioso volar.
Por lo demás, estaba estoico y callado.
Tan pronto como los helicópteros aterrizaron, los soldados
acompañaron a Saddam a un “Rhino”, un enorme autobús blindado, que lo esperaba.
Los soldados entonces se apilaron dentro, al igual que el intérprete. Todo
estaba espeluznantemente silencioso mientras el Rhino de 13 toneladas se movía
por el complejo. No había nada del chachareo informal que usualmente llenaba el
aire en tales misiones; solo silencio.
Después de un trayecto corto, era hora de entregar a su
prisionero. Saddam se levantó de su asiento y cuidadosamente se alisó su
chaqueta marinera, asegurándose que no estuviera arrugada por el corto viaje.
(Uno de los soldados le había pasado un rodillo de pelusa antes de dejar la
celda.)
Saddam entonces empezó a caminar lentamente desde su asiento
cerca de la parte trasera hacia la puerta frontal del Rhino. Mientras se abría
paso al frente del vehículo blindado débilmente iluminado, se detuvo para
estrechar a cada uno de sus captores estadounidenses y, en unos pocos casos,
les susurró algunas palabras privadas finales.
Algunos de los soldados tenían lágrimas en los ojos.
Cuando el viejo llegó al frente del vehículo, se volvió
hacia ellos una última vez y dijo: “Dios esté con ustedes”.
Entonces se inclinó un poco y se volvió hacia la puerta.
—
*Una nota sobre el reportaje: Este recuento se basa en casi
100 entrevistas que el autor llevó a cabo con funcionarios de EE. UU. e
internacionales, soldados, eruditos, espías y abogados con perspectivas
especiales de la captura de Saddam, su encarcelamiento y ejecución, así como
entrevistas que historiadores del ejército llevaron a cabo con sus guardias
pocos meses después de la ejecución. Como los soldados se apegaron a la
directriz alrededor del secreto de su misión, no hay evidencia documental en
tiempo real, y por lo tanto fue imposible determinar fechas precisas para
algunos de los eventos aquí descritos. También, dado que este recuento es
tomado de recuerdos, el diálogo no está
entre comillas, excepto por las pocas ocasiones en que varios participantes
tuvieron un recuerdo idéntico de una conversación.
**Se han usado pseudónimos para los soldados quienes no
fueron entrevistados para el libro con el fin de proteger su anonimato, así
como para el intérprete de Saddam. Este extracto es de “The Prisoner in His Palace: Saddam Hussein,
His American Guards, and What History Leaves Unsaid” por Will
Bardenwerper.Derechos de autor © 2017, Will Bardenwerper. Reimpreso con
permiso de Scribner, una marca de Simon & Schuster Inc.
—
Publicado
en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek