Los niños reaparecidos

EL ABRIL, el nuevo presidente de Somalia, Mohamed Abdullahi Mohamed, quien es mejor conocido por su apodo, Farmajo, intentó una táctica nueva en la lucha contra el grupo miliciano somalí Al Shabab. Primero le declaró la guerra al grupo. Luego ofreció una amnistía a los milicianos y prometió darles educación, capacitación y empleo a los combatientes si se rendían en sesenta días.

El grupo no aceptó la oferta del presidente. Menos de dos meses después, a finales de mayo, Al Shabab reivindicó su responsabilidad en el asesinato de por lo menos 11 policías con tres bombas al borde de caminos en el lado keniano de la frontera somalí. El mensaje de los milicianos fue claro: estaban listos para la guerra.

Al Shabab, un grupo con nexos con Al Qaeda, acaba de rebasar a los yihadistas nigerianos de Boko Haram como el grupo miliciano más mortífero de África. Al Shabab —que significa “La Juventud” en árabe— fue responsable de 4,281 víctimas en África en 2016, en comparación con 3,499 de Boko Haram y 2,350 del Estado Islámico, según información recopilada por el Proyecto de Datos sobre Ubicación y Eventos de Conflictos Armados y compilada por el Centro de Estudios Estratégicos de África, una institución afiliada con el Departamento de defensa de Estados Unidos (históricamente, Boko Haram sigue siendo el grupo más mortífero en África: ha matado a 11,000 personas más que Al Shabab desde 2010, según la misma información).

El líder de Al Shabab, Abu Ubaidah, es uno de los diez terroristas más buscados y sujeto a una recompensa de hasta 6 millones de dólares por el Departamento de Estado de Estados Unidos. El grupo ha combatido al gobierno de Somalia, apoyado por Occidente, por más de una década, y ha llevado a cabo ataques a gran escala en países vecinos, en especial Kenia. El grupo tal vez sea mejor conocido por sitiar en 2013 una plaza comercial en la capital keniana, Nairobi, y matar a 67 personas en tres días. Dos años después, milicianos somalíes atacaron una universidad en Garissa, cerca de la frontera de Kenia con Somalia, y mataron a 148 personas.

¿Qué hay detrás del cambio de supremacía entre los grupos milicianos islamitas de África? La respuesta más obvia es un debilitamiento de Boko Haram, el cual ha librado una insurgencia armada contra el gobierno nigeriano desde 2009, durante la cual ha matado a decenas de miles de personas y desplazado a más de dos millones.

Boko Haram llegó a su punto máximo en términos de territorio a principios de 2015, cuando controlaba una porción de tierra en Nigeria del tamaño de Bélgica. Pero desde que el presidente nigeriano, Muhammadu Buhari, asumió el cargo, en mayo de 2015, el grupo ha sufrido por una renovada ofensiva militar nigeriana que ha reclamado casi todo el territorio del grupo miliciano.

Boko Haram incluso ha sido obligado a renunciar a algunas de las llamadas niñas chibok, las cuales fueron secuestradas de su escuela en abril de 2014. Las niñas fueron el tema de la campaña mundial del hashtag #TraiganDeVueltaANuestrasNiñas, la cual incluyó a la ex primera dama Michelle Obama entre las participantes que pedían su liberación. El grupo liberó a 82 de las niñas en mayo tras negociaciones con el gobierno, aunque más de cien siguen en cautiverio.

A la par que ha estado bajo una severa presión externa, Boko Haram también ha enfrentado divisiones internas. Recientemente se dividió en dos facciones encontradas, una bajo Abubakar Shekau, quien ha liderado al grupo desde que su fundador, Mohammed Yusuf, murió en 2009, y la otra bajo Abu Musab al Barnawi, un líder instalado por el Estado Islámico en agosto de 2016. Ambas facciones han sido capaces de lanzar ataques en el noreste de Nigeria y el área del lago Chad, pero el grupo ha optado por tácticas cada vez más desesperadas, como el uso de niños terroristas suicidas.

Al Shabab también sufrió una pérdida de poder: una fuerza de 22,000 hombres de la Unión Africana (AMISOM) ha expulsado el grupo de las áreas urbanas y hacia la zona rural. Y ataques de Estados Unidos con drones han cobrado las vidas de altos líderes, incluido el exjefe Ahmed Abdi Godane, quien formalizó los nexos del grupo con Al Qaeda.

Pero durante el último año, Al Shabab ha sido capaz de capitalizar la inexperiencia del nuevo gobierno y una pérdida de ímpetu de las tropas de AMISOM, las cuales se han quejado de que no se les paga y han abandonado bases que han sido atacadas. El grupo ha redoblado sus ataques por toda Somalia y lanzó varias incursiones importantes contra bases de AMISOM, incluido un ataque el año pasado contra la base El Adde que llevó a la muerte de más de cien soldados kenianos. Los milicianos también han detonado con regularidad bombas suicidas en y alrededor de edificios del gobierno y hoteles, y han atacados lugares de moda civiles: gatilleros de Al Shabab mataron a veinte personas en una playa popular en Mogadiscio en enero de 2016.

Ahora, dos de los objetivos principales del grupo parecen vulnerables: el gobierno de Somalia está preocupado por evitar la hambruna, y elecciones turbulentas están por celebrarse en Kenia en agosto. Con tales oportunidades, la rebelión sangrienta de la Juventud parece lista para continuar, con pocas posibilidades de rendirse.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek