Todo empezó en
diciembre de 1974, en la servilleta de coctel de Dick Cheney.
Cuatro
republicanos se habían reunido esa noche en un restaurante de Washington, D.C.,
y la conversación giró hacia la economía y los impuestos. El grupo —Cheney,
entonces subjefe de gabinete de la Casa Blanca y futuro vicepresidente; Donald
Rumsfeld, entonces jefe de gabinete de la Casa Blanca y futuro secretario de
defensa, y Jude Wanniski, editor de The Wall Street Journal— miraba con interés
cómo el último miembro de su grupillo, el economista Arthur Laffer, garabateaba
una tabla en la que se convertiría en la servilleta que cambió a Estados Unidos.
Con su tabla en
papel tisú, Laffer apoyó lo que el grupo consideró una idea brillante. La
relación entre los impuestos y los ingresos, argumentó Laffer, era una especie
de campana de Gauss. Con una tasa tributaria sobre la renta del cero por
ciento, el gobierno no tendría ingresos. Pero lo mismo era cierto para una tasa
del 100 por ciento, ya que nadie tendría el incentivo de trabajar si todo el
ingreso de un individuo se destinara a impuestos. Así, en alguna parte de la
curva que representaba los impuestos contra los ingresos, había el número
perfecto —tasa tributaria— que daría la mayor cantidad de dinero para el
gobierno. En ese punto, no solo disminuirían los intentos de evadir impuestos
mediante contabilidad inteligente, sino que la gente trabajaría más y la
economía florecería, con el resultado de que el Departamento del Tesoro sería
inundada con dinero, una idea apoyada por un grupo conocido como el bando de la
oferta.
Vista en un
sistema económico cerrado donde solo las tasas tributarias sobre la renta
determinen el ingreso, la teoría de Laffer parecía hipotéticamente poderosa. Y
eso fue el origen de lo que se convertiría en un mantra por más de cuatro
décadas para los políticos republicanos: los recortes tributarios aumentan los
ingresos y cubren su propio costo. Ahora, con la propuesta reciente de la
administración de Trump de recortes tributarios enormes sobre la renta
corporativa y personal, la curva de Laffer está de vuelta, mientras los
políticos republicanos reiteran el viejo argumento de que disminuir las tasas
reducirá los déficits.
Pero a pesar de
los más de 40 años de defender el argumento, los republicanos nunca han
afrontado un punto principal: la curva de Laffer no tiene números. Incluso si
la teoría es correcta —y la experiencia demuestra que no lo es— la curva por sí
misma demuestra que hay un punto en el que los recortes tributarios se vuelven
irresponsables, provocando que se disparen los déficits. Recuerda, es la curva
de Laffer, no el vector de disminución de Laffer. Entonces, ¿dónde en esa curva
está la tasa tributaria perfecta que le dará los mayores ingresos al gobierno?
Los análisis empíricos realizados por economistas independientes han
determinado 68 por ciento, 70 por ciento y 35 por ciento, todas más altas que la
tasa impositiva actual, y mucho más alta de lo que propone el plan de recorte
tributario de Trump.
Aún más, las
suposiciones de la curva de Laffer no existen en el mundo real. No hay una tasa
tributaria única; hay un programa con múltiples tasas, y los recortes
tributarios tienen un impacto diferente en el ingreso disponible de cada
individuo. Y a causa de esas tasas diferentes, aun cuando los recortes
tributarios grandes han sido enormemente benéficos para los ricos y aumentado
más los ingresos de ellos, la distribución del beneficio a la clase trabajadora
ha sido comparativamente insignificante. Ese no es el argumento de algún
político liberal; fue la conclusión de Martin Feldstein, el principal asesor
económico del presidente Ronald Reagan, en su análisis de la Ley de Reforma
Fiscal de 1986.
De hecho, en un
análisis en 1999 de seis cambios tributarios desde 1922, Austan Goolsbee,
economista de la Universidad de Chicago, halló que era muy poco probable que el
gobierno recabara más ingresos que compensaran los déficits crecientes mediante
recortar las tasas tributarias marginales más debajo de lo que están ahora.
Inundar con todavía más dinero a los ricos no inspira a la clase media a
trabajar más duro; simplemente aumenta la desigualdad económica.
Por ello es que,
una y otra vez, los economistas republicanos quienes han servido en el Consejo
de Asesores Económicos de diferentes presidentes han insistido en que el
argumento de que los “recortes tributarios cubren sus propios costos” es un
embuste demostrado.
Greg Mankiw,
presidente del Consejo de Asesores Económicos de George W. Bush: “La historia
no pudo confirmar la conjetura de Laffer de que menores tasas tributarias
aumentarían los ingresos tributarios. Cuando Reagan recortó los impuestos
después de ser elegido, el resultado fue menos ingresos tributarios, no más”.
Glenn Hubbard,
quien precedió a Mankiw como presidente del consejo con Bush: “Aun cuando la
economía crece en respuesta a las reducciones fiscales… es poco probable que
crezca al grado de que el ingreso tributario perdido se recupere completamente
con el nivel más alto de actividad económica”.
Y Feldstein,
quien trabajó con Reagan, dijo: “La cima de la hipérbole del bando de la oferta
fue la propuesta de la ‘curva de Laffer’ de que el recorte tributario en
realidad aumentaría el ingreso tributario porque suscitaría una oferta de
esfuerzo enormemente deprimida… La experiencia desde 1981 no ha sido amable con
las afirmaciones de los extremistas en el bando de la oferta de que una
reducción generalizada de las tasas tributarias estimularía un crecimiento sin
precedentes, reduciría la inflación sin dificultades, aumentaría los ingresos
tributarios y estimularía un incremento espectacular en los ahorros personales.
Cada una de esas predicciones ha demostrado ser errónea”.

VENIRSE ABAJO JUNTO AL MITO: George W.
Bush heredó un superávit presupuestal, pero después de que recortó los
impuestos a los ricos, el gobierno federal cayó en un déficit del cual todavía
nos e ha recuperado. FOTO: PABLO MARTINEZ MONSIVAIS/AP
Examinar la
historia de los recortes y aumentos tributarios desde Reagan socava
indisputablemente los argumentos de estos republicanos para todos salvo los
ideólogos más furibundos. Por ejemplo, las políticas de Reagan son citadas con
más frecuencia como prueba de las maravillas de los recortes tributarios, pero
la historia como la cuentan los republicanos en un intento de justificar más
disminuciones en las tasas no es cierta. En 1981, Reagan estaba en lo correcto
al decir que necesitaban recortarse los impuestos; la economía estadounidense
enfrentaba una bestia sin precedente llamada “estanflación”: inflación
(asociada normalmente con una economía desbocada) y alto desempleo (asociado
normalmente con baja inflación). La Reserva Federal, con el director Paul
Volcker, necesitaba suprimir la inflación con un aumento enorme a las tasas de
interés, y lo hizo. Un mes antes de que Reagan asumiera el cargo, la tasa
preferencial alcanzó su máximo histórico de 21.5 por ciento. Con el costo del dinero
en la tasa más alta de la historia, la actividad económica se redujo a casi un
paso de tortuga.
Fuera de la
política monetaria, la otra palanca disponible para el gobierno era fiscal;
tratar de llevar más dinero a las manos de los estadounidenses era importante
para evitar que la economía implosionara. Laffer y otros en el bando de la
oferta prometieron que, antes de que se secara la tinta en la nueva ley de
recortes tributarios, la economía florecería. Pero cuando los recortes
tributarios se aprobaron en 1981, nada sucedió. Para el siguiente año, la
economía estaba en una forma tan terrible que los republicanos no secundaban
los recortes tributarios de Reagan, y el presidente le rogaba al electorado que
“mantuviera el curso”.
La economía
empeoraba notablemente. La razón: los recortes tributarios no son el acelerador
de la economía. Hay numerosos factores que contribuyen al crecimiento
económico, y las tasas de interés son históricamente el más significativo. A
partir del primer trimestre completo que Reagan estuvo en el cargo y hasta la
elección de 1982, el crecimiento del producto interno bruto fue negativo en 8.9
por ciento. (A manera de comparación, en el período comparable del mandato del
presidente Barack Obama, el crecimiento del PIB fue positivo en 15 por ciento.)
Pocos meses después de la elección de 1982 —en febrero de 1983—, la Reserva
Federal finalmente tuvo que recortar la tasa preferencial por debajo del 11 por
ciento, menos de la mitad de cómo estaba cuando Reagan asumió el cargo. Y con
el costo del dinero mucho más barato, las corporaciones y los consumidores
suscitaron un frenesí de actividad económica: para finales de la primera mitad
de 1983, el crecimiento del PIB había alcanzado un positivo de 5.1 por ciento.
Para las elecciones de 1984, el PIB había crecido apenas por debajo del 34 por
ciento desde enero de 1983. Si las tasas de interés no se hubieran reducido tan
vertiginosamente, es casi seguro que Reagan habría sido un presidente de un
solo período.
A pesar de esa
historia, la mitología sobre los recortes tributarios de Reagan ha dominado tan
absolutamente el debate que incluso altos republicanos parecen desconocer esta
dura historia económica. Durante un debate sobre si mantener ciertos recortes
tributarios para los ricos implementados en la administración de George W.
Bush, Eric Cantor, entonces líder de la mayoría en la Cámara de Diputados, se
presentó en 60 Minutes para una entrevista con Leslie Stahl. Cantor argumentó
que Reagan nunca cedió en su defensa de los recortes tributarios, pero Stahl
señaló que el ex presidente aumentó los impuestos varias veces, con el mayor
aumento en 1982, antes de que la economía despegara. “Eso simplemente no es
verdad”, gritó fuera de cámara uno de los asesores de Cantor, “y no quiero
dejarlo pasar”. Cantor no hizo nada por corregir a su asesor, quien estaba
equivocado.
Un año después
de que Reagan aprobó sus recortes tributarios, la administración decidió que
había demasiado lejos. Los ingresos se desplomaban, por lo que, en 1982, Reagan
firmó la Ley de Equidad Tributaria y Responsabilidad Fiscal (TEFRA, por sus
siglas en inglés). Aun cuando los estadounidenses todavía recibían recortes
tributarios cuando se agregaba con la ley del año anterior, la TEFRA constituyó
el aumento tributario más grande en la historia estadounidense hasta entonces.
¿Por qué él lo hizo? Porque no era, al contrario de algunos revisionistas
republicanos, un ideólogo ciego. Después de la adopción de los recortes
tributarios de 1981, los análisis del gobierno mostraban que el impacto
promedio en cuatro años a los ingresos federales sería negativo en 2.89 por
ciento del PIB. (¿Recuerdas la afirmación del bando de la oferta de que los
recortes tributarios cubren sus propios costos? Bueno, no lo hacen.) Después de
la TEFRA, el promedio en cuatro años fue positivo en 0.98 por ciento, aunque,
de nuevo, una gran parte de ello fue resultado del crecimiento económico que
siguió a los recortes de las tasas de interés. Pero, incluso con el crecimiento
en gran medida atribuible al costo menor del dinero, como los recortes
tributarios fueron negativos cumulativos, los déficits aumentaron. La primera
vez en la historia estadounidense que los déficits excedieron los $100,000
millones de dólares fue en 1982. Los déficits se mantuvieron por encima de eso
hasta 1998, durante la administración de Clinton. El primer superávit se dio en
1999. Las disminuciones siguieron a un aumento en las tasas tributarias a los
estadounidenses más adinerados con el Presidente Bill Clinton en 1993. Los
republicanos —quienes votaron unánimemente contra el proyecto de ley para
aumentar los impuestos— predijeron que ello llevaría a una recesión enorme. Más
bien, fue seguido por uno de los períodos más grandiosos de crecimiento
económico en la historia, con las tasas tributarias más altas aumentando el
ingreso federal y permitiendo que el gobierno redujera la cantidad de la deuda
pública pendiente.
De hecho, dado
que, incluso bajo el argumento de Laffer, hay un punto en el que los recortes
tributarios reducen los ingresos del gobierno, los republicanos quienes citan
la experiencia de Reagan —aunque incorrectamente— como prueba de que una tasa
en particular lleva a un auge económico deberían pedir impuestos más altos. El
promedio total de la tasa tributaria federal para todos los quintiles de
ingreso fue entre 21 y 22 por ciento en los años de Reagan. Cuando Obama asumió
el cargo, era 17 por ciento. Si los demócratas introdujeran un proyecto de ley
pidiendo un regreso a las tasas tributarias de Reagan, ese número agregado aumentaría
en más de 20 por ciento.
El último
argumento de fantasía de los años de Reagan es que los déficits aumentaron
únicamente porque los demócratas presionaron por un mayor gasto. De nueva vez,
la información económica demuestra que no es cierto. Según un informe de 2002
preparado por los Comités de Asignaciones de la Cámara de Representantes y el
Senado, cuando se toman en cuenta todos los proyectos de ley de asignaciones
durante la administración de Reagan, el gran gastador fue Reagan. En total,
según muestra el informe, Reagan solicitó alrededor de $4.7 billones de dólares
en sus presupuestos presentados al Congreso, incluidos el presupuesto regular
anual y las asignaciones suplementarias y por deficiencia. En la acción final,
el Congreso gastó un poco menos que esa cantidad; pero, en verdad, nada de eso
importa. La historia ha demostrado en repetidas ocasiones que cuando los
impuestos suben, los ingresos tributarios aumentan significativamente, y cuando
las tasas tributarias bajan, los ingresos caen.
George W. Bush
demostró que la curva de Laffer no puede suspender la aritmética. Cuando él
asumió la presidencia, el presupuesto estaba en superávit, y las proyecciones
mostraban que el gobierno sería capaz de pagar mucha de su deuda en los
siguientes seis años. Luego vinieron los recortes tributarios de Bush. A partir
de 2002, el gobierno federal de nuevo cayó en un déficit, y todavía no se ha
recuperado. El déficit es la contribución anual a la deuda total incurrida por
el gobierno federal, y ese número empezó a escalar en 2002 de maneras que no
tienen precedente en la historia del mundo. En 2002, el año en que fue efectivo
el primer presupuesto de Bush, el total de la deuda pendiente de Estados Unidos
era $6.2 billones de dólares. Apenas había cambiado de magnitud con respecto al
año anterior. Para finales del último presupuesto de Bush, el total de la deuda
pendiente casi se había duplicado, a $11.9 billones de dólares.
Según un informe
de 2008 del Comité Conjunto de Economía del Congreso, los recortes tributarios
de Bush no pudieron estimular la inversión que podría haber llevado a más
empleos. (De hecho, el Departamento del Tesoro de Bush descubrió que, incluso
bajo las proyecciones más optimistas, el crecimiento económico aumentaría en
solo 0.04 por ciento más de lo que lo habría hecho sin loas recortes
tributarios.) El entonces director del Consejo de Asesores Económicos de Bush,
Edward Lazear, declaró en un testimonio ante el Comité Conjunto de Economía que
“ciertamente yo no afirmaría que los recortes tributarios cubrieron sus propios
costos”.

ARRIBA ES ABAJO: Aun cuando defendía el
plan de recortes tributarios de Trump, Steve Mnuchin, secretario del Tesoro, no
pudo garantizar que la clase media no pagaría más con ello. FOTO: CARLOS
BARRIA/REUTERS
En los primeros
dos años de presupuestos de Obama, la deuda escaló a $13.6 billones de dólares.
Pero ¿por qué? A los republicanos les gusta culpar al estímulo, contrario a
toda la evidencia disponible. El estímulo sí añadió una cantidad —en extremo
pequeña como porcentaje— a corto plazo. Pero Obama continuó teniendo que
trabajar con los recortes tributarios de Bush y las guerras costosas que heredó
de su predecesor. Los recortes tributarios de Bush y las guerras han sido los
más grandes factores en el crecimiento continuo de la deuda con mucho, tanto
con Bush como con Obama. Si a los recortes tributarios de Bush se les hubiera
permitido expirar como se planeó en 2012, la Oficina Presupuestal del Congreso
(CBO, por sus siglas en inglés) proyectaba que los déficits futuros se
reducirían a la mitad, incluso sin más reducciones al gasto. Pero Obama cedió
ante la presión republicana y permitió que continuaran los recortes tributarios
que principalmente beneficiaban a los adinerados.
Ese mismo año,
Standard & Poor’s bajó de categoría la deuda estadounidense por primera vez
en la historia. Las razones: algunos republicanos amenazaron con permitir que Estados
Unidos dejara de pagar en vez de aumentar el techo de deuda reglamentario, y la
insistencia de conservar los recortes tributarios de Bush incluso ante la
posibilidad de déficits enormes.
Ante toda esta
evidencia histórica y el escarnio generalizado de incluso economistas
conservadores, ¿cómo los políticos republicanos pueden forzar un recorte
tributario diciendo que logrará lo que nunca ha sucedido en la historia —con
una disminución en las tasas cubriendo sus propios costos— ante lo que de
seguro será el mismo análisis económico abrumador mostrando que las políticas
provocarán que los déficits revienten? Algunos ya defienden que la CBO y otros
economistas del gobierno sean obligados a adoptar lo que viene a ser poco más
que una trampa: calcular el impacto de los recortes tributarios mediante asumir
un auge enorme en la economía, un concepto conocido como calificación dinámica.
En otras palabras, el análisis demostraría el argumento mediante asumir que el
argumento es cierto.
Engañoso, sí,
pero incluso eso no será suficiente para demostrar que los recortes tributarios
cubren sus propios costos. En primer lugar, los republicanos quienes hacen
estos argumentos no entienden cómo se hacen los análisis económicos preparados
para la CBO y el Comité Conjunto de Tributación. Los cambios microeconómicos y
macroeconómicos esperados ya son tomados en cuenta cuando se examina el impacto
de los cambios tributarios; ellos no simplemente adoptan escenarios que nunca
han ocurrido en la historia como el resultado asumido.
Pero más
importante aún, quienes presionan por estas presunciones económicas más
agresivas de calificación dinámica no pueden demostrar que los recortes
tributarios cubran sus propios costos. El error, de nueva vez, es asumir que la
economía es una cosa sencilla que depende únicamente de los recortes
tributarios.
En 2003, Douglas
Holtz-Eakin, un economista de la Casa Blanca de Bush, fue nombrado como
director de la CBO. Los republicanos esperaban que con un conservador en el
puesto, se adoptaría la calificación dinámica en una escala significativa y
podría usarse para justificar más recortes tributarios. Pero Holtz-Eakin es un
economista respetado, no un político. Cuando se lo presionó para llevar a cabo
análisis usando una calificación dinámica significativa, él y su personal
reunieron un estudio sobre los recortes tributarios y su impacto calculado en
los ingresos del gobierno. Pero estos especialistas calificados sabían lo que
los políticos ignoraban: los recortes tributarios y el crecimiento económico no
se dan dentro de una burbuja. El estudio también incluyó cálculos de los efectos
en las tasas de interés, la inflación y toda una gama de variables económicas.
La conclusión: los efectos positivos del auge económico asumido después de los
recortes tributarios estaban compensados por el impacto negativo de pagos más
altos en las tasas de interés que Washington tendría que hacer a los titulares
de bonos gubernamentales. Como resultado, incluso con una calificación dinámica
significativa, los recortes tributarios no pudieron cubrir sus propios costos.
Solo hay dos
razones para los recortes tributarios. En primer lugar, las tasas son tan altas
que puede demostrarse que impiden el crecimiento económico. En segundo lugar,
los ricos los quieren. Dado cómo los republicanos citan el manejo de la
economía por Reagan como una razón para los recortes tributarios, cuando las
tasas eran más altas por entonces, la primera justificación es falsa no solo en
el análisis de los economistas sino en los argumentos de los políticos. En
cuanto a que los ricos quieran pagar menos impuestos, eso casi siempre es
cierto. Si los políticos están de acuerdo en que satisfacer este deseo es su
principal meta nacional, entonces los recortes tributarios deberían adoptarse.
Pero nadie debería, al hacerlo, pretender que el país no estará en el mismo
viejo camino donde los déficits, una vez más, reventarán.
—
Publicado en
cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek