¡Bang, Bang! Estás harto

Ben Wheatley, el cineasta británico, no
para en mientes para manifestar su desdén de los críticos cuando lo
entrevistan, absteniéndose de cortejarnos abiertamente con su trabajo. No
obstante, hay momentos en que “Free Fire”, su sexto largometraje, parece hecho,
deliberadamente, con eslóganes exuberantes y banales plagiados de afiches. El
estrepitoso y chillante thriller de Wheatley incita a los críticos a escribir
líneas como: “¡Irrumpe con pistolas humeantes!”, y muchos lo han complacido
puntualmente.

Solo que, tratándose de “Free Fire”, esas
afirmaciones no son tanto un espaldarazo estereotipado sino una declaración
neutral de hechos: el tiroteo inicia casi de inmediato, y con el pretexto más
insípido. Transcurridos 20 minutos, después que han volado suficientes balas y
de escupir las palabrotas necesarias para llenar una película completa de
Tarantino, mi chico se volvió hacia mí y murmuró, con un dejo de desesperación:
“Ay, Dios. Esto solo dura otra hora, ¿verdad?”. Se equivocó por apenas 10
minutos, pero por lo demás: Síp.

Para un director cuyos ofrecimientos de
los últimos cuatro años han incluido desde una comedia negra sobre turistas
asesinos en serie que recorren los Midlands de Inglaterra (“Turistas”), una
distopía vertiginosa tipo J. G. Ballard (“El rascacielos”) y hasta lo que haya
sido “A Field in England” (tal vez una pesadilla salida de un viaje con ácido),
hay que reconocer que “Free Fire” es su película más comercial hasta el
momento: un thriller corto, simple, medio retro, con poco seso y mucha acción,
salpicado de nombres sexis que lucen espectaculares en ropa de poliéster de los
años setenta. Y tal vez sea todas esas cosas. Sin embargo, se suma a una de las
apuestas más subversivas de Wheatley: el concepto del cine idóneo de cualquier
adolescente, ya que quita todos los detalles aburridos (personajes, relaciones,
motivaciones emocionales), y deja solo lo bueno. ¡Pistolas! ¡Sangre! ¡Palabrotas!
¡Relajo! ¡Pistolas! ¡Sangre! ¡Más pistolas!

Para ser justos, era de esperar que
hubiera una buena cantidad de pistolas. Hablamos de traficantes de armas,
aunque los traficantes de Wheatley no trafican gran cosa: una vez que los usan,
sus productos acaban de tajo con las negociaciones. Vernon, el comerciante
sudafricano (interpretado por Sharito Copley quien, para variar, usa su acento
nativo de Johannesburgo) se dispone a vender un gran alijo de armas a un grupo
variopinto que incluye al intermediario del Ejército Republicano Irlandés,
Chris (Cillian Murphy), su sucio asociado Frank (un habitual de Wheatley,
Michael Smiley) y a la enigmática loba solitaria Justine (Brie Larson);
mientras que el elegante negociador Ord (Armie Hammer, con espesa barba) está
presente para asegurar que la entrega se lleve a cabo sin contratiempos.
¡Sorpresa! Hay problemas. El mentecato Vernon lleva consigo el equipo
equivocado; los aún más mentecatos compinches de ambos lados del negocio se
traban en una disputa personal que escala rápidamente en un orgasmo de
municiones de “todos contra todos”.

Y eso, para responder a la pregunta
eterna de Peggy Lee, es lo único que hay; entre tanto, el atractivo elenco se
reduce de maneras cada vez más grotescas. Con todo, es un experimento en
economía que resulta contraproducente. Porque, en vez de que “Free Fire” sea la
máxima película de acción con descargas concentradas de adrenalina, la
extirpación de esos elementos, molestos y aburridos, crea su propia variedad de
aburrimiento. La cinta, con su actividad frenética desde el inicio –y
ambientada en una insulsa bodega de Boston, donde alinea a un grupo de bolos
humanos con el único objetivo de ver cuál de ellos permanece de pie más
tiempo-, aniquila cualquier sensación de movimiento más amplia y gradual. Sin
duda algo impresionante hay en la forma como “Free Fire” alcanza y sostiene una
nota de gran intensidad desde el principio hasta el sangriento final, pero la
increíble falta de psicología para explicar la matanza, lo convierte un ejercicio
que, fácilmente, podría lograr sus modestos objetivos en 15 minutos, sin
necesidad de 90.

¿Qué nos deja el camino largo? Para
empezar, una sobredosis del estilo cinematográfico de Wheatley: incluso en los
segundos ocasionales en que no disparan, la película está inundada de
tonalidades anaranjadas candentes, pegajosas, como si hubieran marinado la
pantalla en Aperol. Geoff Barrow, el instrumentalista de la banda Portishead,
contribuye a una banda sonora tan ruidosa e impactante como la paleta de color.
Wheatley muestra muy buen gusto en la selección del elenco: Murphy y Larson son
el tipo de actores que podrías ver todo el día, incluso cuando no tienen más
que hacer que posar en trajes de pantalón acampanado y grandes cuellos.

Sin embargo, son placeres sensoriales
efímeros pues, fácilmente (y con mucho menos ruido), podrías hojear el guion de
“Free Fire” en una revista y obtener la misma gratificación. El manuscrito de
Wheatley y Amy Jump está plagado de ocurrencias que no son lo bastante
memorables para repetirlas, y los nombres de sus personajes se olvidan tan
pronto como la pantalla se oscurece. Los cadáveres podrían llenar un camión,
pero nada ha ocurrido en realidad. Es una película que quizás “abre fuego
libremente”, pero, en definitiva, solo dispara salvas.

El estreno mundial será el 24 de mayo.

Publicado en
cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek