Miguel Alemán Valdés, Carlos Salinas de Gortari, Vicente Fox Quesada y Enrique Peña Nieto, todos presidentes de México, tienen en común la particularidad de que cada uno, a su manera, encarnó una promesa de cambio radical para el país.
De acuerdo con el investigador Ugo Pipitone, es por demás sabido que en México las campañas electorales son momentos de hipérboles, exageraciones y optimismo programático para alimentar los entusiasmos colectivos, “pero en los casos de Alemán, Salinas, Fox y Peña hubo mucho más que eso, sobre todo los tres primeros parecían encarnar giros radicales en la historia mexicana”.
En su libro más reciente, Un eterno comienzo. La trampa circular del desarrollo mexicano —publicado por editorial Taurus en conjunto con el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE)—, Pipitone se centra en reflexionar en los ciclos presidenciales de los cuatro personajes mencionados, figuras mesiánicas que se presentaron como portadores del antídoto contra el largo atraso del país, pero que terminaron solo como una promesa fallida de salvación.
“Alemán cargaba consigo la promesa fascinante, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, de que la industrialización habría de redimir a México, convertirlo en un país desarrollado”, explica el autor. “Dejado de lado el periodo cardenista, la revolución se entregaba a su fase constructiva e industrializadora, y Alemán pretendía convertir México en una especie de colonia Roma, o sea, clase media, consumos modernos, industrialización, etcétera”.
En la conclusión del sexenio alemanista el país descubrió que, uno, “no se había enfrentado el problema central de México, el rural, pues el campesinado en la gran mayoría del país había quedado al margen del proceso de modernización”. Y dos, México experimentó un nivel de corrupción impune como nunca antes: “El presidente y su corte de ministros, licenciados revolucionarios, se enriquecieron de una manera escandalosa sin que esto implicara ningún acto de justicia para reparar la distorsión. El árbol de la probidad y de la honestidad institucional de México no nació derecho. Dicho brutalmente, la corrupción institucional se institucionalizó de manera permanente”.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.
Ugo Pipitone, italiano nacido en 1946, economista de la Universidad de Roma, profesor e investigador del CIDE desde hace treinta años y autor de un par de decenas de libros sobre temas de desarrollo e historia económica, añade que el segundo momento de gran promesa de transformación se presentó cuarenta años después con Salinas de Gortari.
“Salinas prometía una renovación del sistema político mexicano y de las estrategias económicas. Trataba de abrirse al comercio internacional, de privatizar la industria, lo cual habría creado empleos y un nuevo espíritu de riesgo por parte de los inversionistas. Y el 1 de enero de 1994 se firmó el TLC, la gran promesa de bienestar”.
Sin embargo, “el PRI como partido gobernante con Salinas no se renovó, su promesa de rejuvenecimiento no ocurrió, siguió con sus prácticas políticas y patrimonialista, clientelar, presidencialista, y siguió contaminando la cultura política”.
Con Fox México tuvo probablemente la campaña electoral más entusiasta que ha experimentado en la segunda mitad del siglo XX: “Un candidato extraordinario con una promesa fascinante. La promesa era que nuestro mayor obstáculo para la democracia y el bienestar era el PRI; con quitar esa piedra México reencontraría su camino”.
Empero, seis años después se entendió que la promesa era mucho más complicada. “Dos cosas impidieron que pudiera cumplirse. Una, la frivolidad del propio presidente, daba la impresión de que los programas y promesas se limitaban a mensajes mediáticos más que a una consistente programación de iniciativas perseguidas con coherencia. Y dos, Fox se enfrentó al boicot de una alianza inédita entre izquierda y PRI. El PRI alimentaba el rencor de haber sido removido de un poder que consideraba hereditario, y el PRD pensaba que si la transición no ocurría por la izquierda no era verdadera”.
Por su parte, Peña no tuvo en campaña una promesa encantadora, pero sí significó el camino del retorno: “Con Peña vuelve a dominar el escenario político mexicano aquello que Octavio Paz consideraba la característica predominante del PRI: el disimulo. ¿Cuál era el problema central de México en 2012? Uno, la criminalidad organizada, el país se estaba desangrando. Dos, la mala calidad de las instituciones para enfrentar el reto más gigantesco de México desde la Revolución Mexicana”.
Al acercarse la conclusión del gobierno de Peña se percibe que esos dos problemas siguen estando ahí como una gangrena para la sociedad y el Estado mexicano: “Él disimuló esos dos problemas con promesas de reformas, que sí eran necesarias, pero el punto nodal era la incapacidad de enfrentar la criminalidad organizada y la inconsistencia del aparato público. Si alguien cree que exagero es más que suficiente mencionar dos nombres para entender dos puntas del iceberg: Duarte y Yarrington”.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.
—¿Cómo se explica la trampa circular del desarrollo mexicano?
—Podríamos decir que es la incapacidad del país para resolver sus dos problemas fundamentales: la desigualdad social y la mala calidad de las instituciones públicas. Estos estaban ya presentes en el México porfiriano y contra ellos se levantó la Revolución Mexicana. El México de hoy no es el México de los peones del tiempo de don Porfirio, pero desde el punto de vista de la desigualdad y de la calidad institucional, progreso no hemos tenido. En síntesis, hace un siglo México era un país en vías de desarrollo; un siglo después, México sigue siendo un país en vías de desarrollo.
—¿Entonces cuál es el camino rumbo a un estadio mexicano sin su tradicional “eterno comienzo”?
—Hay un problema grave de cultura política que este país debe enfrentar. El problema no son solamente los partidos políticos, las campañas electorales son ferias de pésimo gusto, costosísimas, en donde no circulan ideas ni proyectos, sino eslóganes, frases destinadas a captar sentimientos primarios de la población. Eso quiere decir que, si los partidos políticos en México son lo que son y la población sigue votándolos, la cultura política de nuestro país es primaria y terriblemente pobre.
“En el origen de los problemas en México están los partidos políticos, y me refiero fundamentalmente al PRI, aunque las enfermedades del PRI se han trasmitido a los otros partidos, pues son clientelares, corruptos, paternalistas, impunes. Estos vicios se han transferido de los partidos a toda la sociedad. Y frente a esto se requiere un trabajo de revolución cultural que no ocurrirá en pocos meses ni en pocos años, es un camino de maduración que será lento y doloroso”.

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—Eso es pensando en lo importante. ¿Pero en lo inmediato?
—Pensando en plazos menos largos, este país tiene que pasar por el reconocimiento, enfrentarse, mirarse en el espejo y reconocerse. México se mira en el espejo de sus instituciones y percibe una imagen deformada, retórica, demagógica, pseudorrevolucionaria, falsa, mentirosa. Es un país que, mirándose en sus propias instituciones, se desconoce a sí mismo, no entiende su identidad. México debe mirarse a sí mismo de manera descarnada y reconocer sus vicios históricamente acumulados y las deficiencias que tiene que enfrentar tanto en el terreno económico como en el de la equidad social y la legitimación de las instituciones.
“Ningún país avanza si no cree en sus instituciones. Cómo se hace creer en la PGR, que es expresión de la voluntad política del partido dominante. México necesita reconstruir su confianza. ¿Cuál es el camino? No quisiera ser radical, pero ha llegado el momento de un nuevo ciclo de grandes alianzas constitucionales, de la reescritura de la Constitución de 1917. Esto no puede ocurrir sino a través de una gran alianza entre las principales fuerzas políticas. Se trata de reconstruir el Estado mexicano, su credibilidad, reconciliar Estado y sociedad”.

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