El hombre como instrumento contundente

MUCHO ANTES de que fuera un ejemplo triste de una promesa que salió mal, antes de que fuera encarcelado en una prisión de máxima seguridad en California, Lawrence Phillips era el muchacho de Los Ángeles con la sonrisa y músculos más grandes que entró por primera vez en la Universidad de Nebraska campus Lincoln para hacer lo que al parecer estaba destinado a hacer: tomar la entrega de su mariscal de campo y correr. Dos años después, dejó Lincoln como el mejor jugador en el mejor equipo en la nación; algunos decían que era el mejor corredor que haya jugado el juego, una combinación extraña de poder y gracia que podía pasar a través de un tacle defensivo, luego hacerle un baile a un esquinero en su camino a la zona de anotación otra vez.

“Es uno de los corredores más hermosos que haya visto”, dice un compañero de equipo en Running for His Life, un documental de Showtime sobre Phillips. Incluso más notables son las referencias a los poderes intelectuales de Phillips, notables porque se convirtió en un símbolo salvaje del privilegio excesivo que los atletas gozan en campus universitarios, la violencia organizada por la cual son célebres y otra violencia más oscura, a menudo contra las mujeres, por la que rara vez son condenados.

Por ello es que cuando se dio el draft de la NFL de 1996, muchos equipos trataron a Phillips como un pateador de segunda. El año anterior, él arrastró a una novia por tres tramos de escaleras, lo que resultó en un arresto de alto perfil y la suspensión temporal de su equipo. Pasaría más de una década antes de que el vídeo de Ray Rice golpeando a su novia hiciera de la violencia doméstica un problema prevaleciente en la NFL. Pero incluso entonces, los equipos sentían que las yardas ganadas por Phillips no valían los problemas que provocó.

Los Carneros de San Luis venían de una temporada perdedora, lo cual hizo intrascendente el cálculo moral de tomar a Phillips. La dueña del equipo, Georgia Frontiere, le dijo a su entrenador que lo seleccionara, con lo que desdeñó las preocupaciones por su temperamento. Ella luego explicó su razonamiento: “Le ayuda a nuestro equipo. Eso es lo único que me importa”.

Intencionalmente o no, Running for His Life es un título que recuerda a The Run of His Life, el libro de Jeffrey Toobin sobre el juicio de O. J. Simpson. A pesar de las diferencias superficiales obvias, los destinos de Phillips y Simpson eran notablemente similares: dos hombres que, contraviniendo el viejo adagio, no pudieron dejarlo todo en la cancha. Incluso después de que se retiraron del futbol, algún apoyador demoniaco siguió persiguiéndolos.

“Él nació para jugar al futbol”, dice un exentrenador de Nebraska, con ojos llorosos, sobre Phillips, y tal vez ese haya sido el problema. Pero tal vez no sea cierto, sugiere Running for His Life. Compasivo con su sujeto, el documental incluye testimonios de quienes conocieron a Phillips, y quienes afirman que era mucho más inteligente, más considerado, que los varios tropos que encarnó. Hay pocos puntos de referencia en este aspecto. Una prueba del octavo grado, en realidad, es la evidencia más fuerte, lo cual dice menos sobre Phillips que sobre las circunstancias de su juventud.

Hasta los diez años de edad, fue criado en la sección Inglewood de Los Ángeles por una madre soltera cuyas parejas románticas a menudo eran crueles con su hijo. Uno al parecer orinó sobre Phillips. Calvin Jones, amigo de la familia, dice en Running for His Life: “Podías ver la ira” acumulándose dentro del muchacho.

A los 11 años, Phillips huyó de casa, pasando todo un año escolar viviendo en los hogares de amigos o durmiendo en autos. Subsiguientemente, quedó en custodia del Estado y fue ubicado en el Centro Infantil MacLaren, donde los niños eran abusados rutinariamente. Otro muchacho que pasó un tiempo en MacLaren describe, en cámara, cómo lo obligaron a ver a otros niños teniendo sexo.

A la larga, Phillips fue rescatado de MacLaren y colocado en un hogar grupal en el margen oriental de Los Ángeles. El lugar fue una mejora, pero no una significativa. Lo que lo salvó fue el futbol, aunque este con el tiempo lo condenaría. Él jugaba en la Preparatoria West Covina y luego en la Preparatoria Baldwin Park; un video granuloso de una videocámara lo muestra corriendo a través de las defensivas como si sus oponentes llevaran pesos de plomo en sus tobillos. Exentrenadores y amigos de la familia dan testimonio de su inteligencia, haciéndonos preguntar por qué no lo motivaron a tomar su educación con la misma seriedad que el futbol. Le dieron el balón y le dijeron que corriera, lo cual hizo tan bien que todos sus defectos podían ser ignorados.

Atraído por el enfoque de ariete del entrenador Tom Osborne, Phillips decidió aceptar una beca de la Universidad de Nebraska, a 2500 kilómetros de Inglewood. Running for His Life tiene testimonios de varios de sus compañeros de equipo allí que son consistentes en sus contradicciones: una sonrisa encantadora, pero también rapidez para enfurecerse; un impulso de ganar a toda costa, pero también una indiferencia que podría haber sido su mejor —su único— medio de mantener a raya cualquier tormenta supurando en su interior.

Phillips tuvo un buen año de novato, apareció en el Tazón de la Naranja con que terminó la temporada para correr 183 yardas. Fue extraordinario en su segundo año, una dinamo en zapatillas de ballet, corriendo 1722 yardas e impulsando a los Cornhuskers a un campeonato nacional. Esa temporada también trajo el primer brote serio de violencia de Phillips: atacó a un estudiante de la Universidad Doane “agarrándolo alrededor del cuello” durante un altercado de tránsito. No hubo consecuencias serias para él de ese ataque, ni de un incidente por perturbar la paz varios meses después. Siguió teniendo la confianza de Osborne, quien era entonces y es hoy un partidario incansable de Phillips.

Es un cliché hablar de demonios que nos impulsan a errores morales; no hay demonios, solo neuronas. Phillips podía canalizar parte de su agresividad en el futbol, pero no toda. En el segundo juego de la temporada de 1995, vapuleó a la Estatal de Michigan, corriendo 206 yardas y anotando cuatro veces. Si mantenía ese tipo de arremetida, el Heisman seguramente sería suyo, así como el primer puesto en el siguiente draft de la NFL.

Pero como esos héroes trágicos de la Grecia antigua, Phillips llevaba la semilla de su propia condena. De vuelta en Lincoln después del juego contra la Estatal de Michigan, descubrió que su novia, Kate McEwen, estaba pasando la noche en el apartamento de Scott Frost, un mariscal de campo de apoyo a quien habían transferido recientemente de Stanford. Phillips allanó el apartamento de Frost y arrastró a McEwen afuera, luego la jaloneó por tres tramos de escaleras. Running for His Life incluye un repugnante metraje noticioso que muestra la sangre de McEwen en el piso del vestíbulo, así como un buzón que Phillips abolló con la cabeza de McEwen.

Phillips fue arrestado por el ataque, pero no lo expulsaron del equipo, una decisión que provocó una controversia considerable. Hoy, Osborne tiene ochenta años de edad, pero las consecuencias de esa decisión claramente lo afectan todavía. Fue tachado como un entrenador insensible que haría lo que fuera para ganar; él argumentó que dejar ir a Phillips habría sido la medida en verdad insensible. Un mejor argumento de por qué se conservó a Phillips lo da Aaron Davis, un compañero de equipo que señala que el corredor de reserva, Ahman Green, tenía una temporada exitosa. “¿Necesitábamos a Lawrence para ganar el campeonato? No. El entrenador Osborne hizo eso para salvar la vida de Lawrence, no para salvar victorias”, dice Davis.

Los Cornhuskers conservaron a Phillips, quien terminó con 547 yardas a las que se les añadió un asterisco del tamaño de Nebraska. Aun cuando se habían perdido las esperanzas de un Heisman, él se anunció para la NFL ese año.

La dicha de ver el futbol deriva en parte del castigo que inflige a quienes lo juegan: nada deleita más a un estadio lleno de seguidores que le “toquen la campana” a un mariscal de campo. La carrera promedio de un jugador profesional de futbol es de solo 3.3 años, en comparación con los 5.6 años en el Beisbol de las Grandes Ligas. Para un corredor, aporreado incesantemente por los linieros defensivos, es de 2.57 años.

Y luego están las conmociones cerebrales, un costo imposible de cuantificar. El verano pasado, investigadores de la Universidad de Míchigan equiparon a los jugadores de futbol con dispositivos que medían la intensidad y frecuencia de los golpes. Resultó que los corredores están más sujetos que cualesquiera otros jugadores de futbol a los tipos de golpes que podrían llevar a una encefalopatía traumática crónica (ETC), el trastorno cerebral que ha provocado que varias docenas de jugadores se suiciden.

Pocos días antes de que se estrenara el documental de Phillips, Rashaan Salaam, excorredor estrella de los Osos de Chicago, se quitó la vida con un arma de fuego. No se sabe si Salaam sufría de ETC, pero su familia está segura de que era así. Salaam ganó un Heisman en 1994, cuando Phillips buscaba el mismo trofeo con Nebraska.

Para Phillips, San Luis resultó ser una repetición de Lincoln: promesa temprana, finalmente desperdiciada. Sus 632 yardas obtenidas durante su temporada de novato fueron auspiciosas, pero a la mitad de la temporada siguiente fue recortado por el entrenador en jefe Dick Vermeil, quien dice en Running for His Life que Phillips había desarrollado un problema con la bebida.

Siguieron años de deambular: una breve estadía con los Delfines de Miami, un buen año con los Dragones de Barcelona de la NFL Europa y luego un regreso a la NFL, donde jugó brevemente con los 49 de San Francisco. Después de ello, fueron cosas más pequeñas y más tristes: los Bobcats de Florida, los Alouettes de Montreal, los Stampeders de Calgary. Para 2003, la carrera profesional de Phillips había terminado.

A menos de que sean en verdad grandiosos, los atletas usualmente son olvidados cuando sus días de juego se acaban. Ciertamente, este fue el caso de Phillips, quien para mediados de la década de 2000 era la respuesta a una pregunta de trivia de bar. Running for His Life cuenta sus años posteriores a la NFL, los cuales lo vieron perderse en el anonimato antes de hundirse en la ignominia.


ATURDIDO POR LA IRA: Al pensar que unos adolescentes habían robado su billetera, Phillips los atropelló con su auto. Recibió diez años en prisión. Foto: DENNIS GRUNDMAN/AP

Un personaje central de este capítulo final es Amaliya Weisler, una bailarina exótica con quien Phillips comenzó una relación después de mudarse a San Diego. Weisler describe a un hombre que no correspondía con el estereotipo crudo que él arrastraba consigo como un saco con trofeos de preparatoria sin lustre. Al mismo tiempo, ella lo vio huir de la realidad posterior al futbol, o sea, la realidad que el resto de nosotros debemos habitar. Negándose a buscar trabajo, pasó días en el apartamento de ella, bebiendo. Después de una discusión, él la atacó y casi la mató por asfixia. Ella llamó a los policías; él huyó a Los Ángeles.

Pocos días después, Phillips manejaba por Exposition Park, en el sur de la ciudad, cuando vio a unos adolescentes jugando futbol callejero. Decidió unírseles. Cuando el juego terminó descubrió que le faltaba la billetera. Phillips pensó que los muchachos la habían robado. Subió a su auto y atropelló a los adolescentes. Ninguno murió, por alguna razón, pero Phillips fue arrestado.

El incidente fue aterrador y extraño, pero en vez de ayuda psiquiátrica sostenida, a Phillips le dieron un castigo. Por el ataque en Expo Park recibió diez años de prisión. El ataque contra Weisler se sumó a esta condena. El otrora campeón nacional ahora purgaría 31 años en la Prisión Estatal de Kern Valley en el centro de California.

Fue en prisión que Phillips empezó a mostrar la promesa intelectual que sus amigos y familiares habían mencionado hacía mucho. Lo hizo convirtiéndose en un lector, y un escritor. Varias escenas de Running for His Life tienen a sus viejos entrenadores leyendo sus envíos desde la cárcel, hombres frágiles tratando de comprender cómo el atleta más dotado que cualquiera de ellos hubiera visto pudo cambiar un uniforme de la NFL por un mono carcelario.

Las prisiones de California están abarrotadas, llenas de miembros de pandillas que tienen una influencia excesiva (el estado recientemente ha tomado medidas para paliar estas condiciones). Phillips no quería ser parte de estas riñas. “Todo lo que quieren hacer es drogarse, hacer cuchillos y hacer alcohol”, dice de sus compañeros reos en una carta. “Luego dicen que cuando salgan no regresarán. Les digo que por supuesto lo harán. Estás haciendo lo mismo que hizo que te encerraran. Por supuesto que no quieren oír eso. Es como hablarle a un muro de ladrillos”.

En cierto momento, Phillips le escribió a un entrenador de la preparatoria que lo habían puesto en confinamiento solitario por negarse a compartir una celda con un miembro de una pandilla.

A principios de marzo de 2015, Phillips le escribió a su madre: “Me siento a punto de quebrarme. Mi ira crece diariamente como si me hubiera hartado de la prisión. Siento que mi ira está a punto de estallar y eso resultará en mi muerte o la muerte de alguien más”.

Alrededor de un mes después, en abril, Phillips fue obligado a compartir una celda con Damion Soward, un miembro conocido de los Crips. Menos de dos días después hubo una pelea en la celda, y Soward fue hallado muerto por estrangulación. La fiscal de distrito del condado de Kern dijo que buscaría la pena de muerte para Phillips.

No llegó a eso. El 13 de enero de 2016, después de una audiencia preliminar por el asesinato de Soward, Phillips regresó a su celda y se ahorcó. Sus abogados creen que un guardia vengativo de Kern tal vez lo haya asesinado, una hipótesis interesante, pero no convincente.

El cerebro de Phillips está siendo examinado para ETC, la cual aquejó a muchos exjugadores de futbol que se suicidaron. Pero reducir su destino a solo ese padecimiento sería dañino a su legado complejo. Antes de que lo arruinara, el futbol lo elevó. Y cuando no podía explotarlo más, Lawrence Phillips no tuvo dónde correr.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek