China construye instalaciones militares para consolidar su reclamo de la mayor parte del Mar del Sur de China y para respaldar ese reclamo en caso de ser necesario. Debido a que el gobierno de Trump, al igual que su predecesor, se opone con toda razón a esas acciones, las probabilidades de una confrontación o de un incidente militar son cada vez mayores.
Mientras tanto, en términos generales, las relaciones entre China y Estados Unidos se han vuelto más difíciles en relación con el comercio, lo cual posiblemente podría perjudicar la capacidad de los líderes de ambos bandos de manejar una crisis de ese tipo. No obstante, una guerra real entre ambas potencias parece muy lejana: los riesgos no son lo suficientemente altos, y las disputas tampoco son tan severas como para instar a los líderes de ambos países a iniciar una guerra abierta.
Sin embargo, la complacencia sobre el riesgo de una guerra entre Estados Unidos y China encierra un riesgo debido a la creciente probabilidad de que surjan crisis, junto a los avances en la tecnología militar de ambos bandos, lo cual podría producir una “inestabilidad por crisis”.
Con las mejoras en los sensores de largo alcance y en la precisión de las armas, las fuerzas convencionales de cada país son cada vez más capaces de enfocar y atacar a las del bando contrario. En una crisis, la inhibición contra la guerra podría dar lugar al impulso de obtener una ventaja al atacar primero, incluso de manera preventiva, antes de ser atacado. Así, la prueba no es si las barreras contra la guerra son lo suficientemente fuertes en tiempos de paz, sino si se mantendrán en tiempos de crisis.
Desde luego, los líderes chinos y estadounidenses podrían intervenir instantáneamente para detener un conflicto antes de que se salga de control. Pero también en este caso, la complacencia sería un error. Dado que ambos bandos poseen fuerzas de ataque cada vez más potentes pero vulnerables, existe el incentivo de “usarlas o perderlas” una vez que las hostilidades comiencen. Un conflicto puede agravarse rápidamente y volverse aún más difícil de detener.
En un estudio reciente publicado por la Corporación Rand se indica que una fracción importante de las fuerzas navales y de tierra de Estados Unidos, entre ellas, los portaaviones, y una fracción aun mayor de las fuerzas chinas, podrían ser destruidas en las primeras etapas de un conflicto armado en crecimiento.
Aunque el equilibrio militar entre el Pacífico Occidental aun favorece a Estados Unidos, esto está cambiando conforme China invierte una importante porción de su creciente presupuesto militar en capacidades “anti acceso/negación de área”, como misiles contra embarcaciones, diseñados para atacar a las fuerzas estadounidenses que se encuentran en la región.
Además, aunque Estados Unidos gasta alrededor de tres veces más de lo que emplea China en sus capacidades militares, China puede concentrarse en el Pacífico Occidental, mientras que Estados Unidos enfrenta riesgos en otros frentes, como Rusia, Irán y el grupo militarista Estado Islámico (ISIS).
Aunque la desventaja militar de China es cada vez menor, sufrirá un inmenso daño, mayor que el de Estados Unidos, en caso de una guerra. Aunque la caída del comercio bilateral perjudicaría a ambos países, prácticamente todo el comercio de China, al ser transportado por mar, sería perturbado por una guerra en el Pacífico Occidental.
Mientras que el Producto Interno Bruto de Estados Unidos podría caer entre 5 y 10 por ciento en el primer año de una guerra, el de China caería 25 por ciento o más. Dado que la legitimidad del régimen chino depende de su sólido desempeño económico, es posible que las dificultades económicas provoquen un descontento político.
¿Qué es lo que deben hacer al respecto los encargados de la política de Estados Unidos? Permitir simplemente que China se apodere del control de facto sobre el Mar del Sur de China resulta inaceptable debido a la gran importancia de esas aguas, a través de las cuales pasa alrededor de 40 por ciento del comercio marítimo mundial. Asimismo, los aliados de Estados Unidos y otros países de la región perderán su confianza en Estados Unidos si ese país no le hace frente a China.
Estados Unidos tampoco puede escapar de este predicamento aumentando sus gastos. Una carrera armamentística en el Pacífico Occidental favorecería a China debido a la habilidad de ese país para concentrar la inversión en la región y en capacidades que podrían centrarse en las fuerzas de ataque estadounidenses.
Sin embargo, hay varios pasos que los líderes estadounidenses pueden dar para disminuir el riesgo. El Pentágono podría desarrollar, producir y desplegar fuerzas menos vulnerables, como submarinos y transportes para aviones no tripulados. Por supuesto, se requerirán años para transformar a las fuerzas estadounidenses en el Pacífico Occidental.
Mientras tanto, dado lo peligrosa que podría ser una crisis entre China y Estados Unidos, los líderes estadounidenses también podrían entrar en contacto con sus homólogos de China para buscar una forma de satisfacer los intereses de ambas potencias y de otros países en el Mar del Sur de China. Esto será difícil, requerirá tiempo y no necesariamente será exitoso, dado que China insiste en que la mayor parte de ese mar le pertenece.
Lo que puede hacerse ahora mismo es garantizar que Washington y Beijing tengan un canal directo y activo entre ambos ministros de defensa para desactivar una crisis antes de adoptar la lógica de atacar primero. Este canal deberá permanecer abierto no solo durante una crisis, sino también para evitar una escalada si estallan las hostilidades.
Por último, los líderes estadounidenses y chinos deben insistir en que sus comandantes militares tengan opciones distintas a lanzar ataques tempranos y cada vez más intensos en caso de producirse una guerra.