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JEFFREY SMITH sabía que no dormiría mucho. El 1 de diciembre, el activista estadounidense de derechos humanos se quedó despierto toda la noche enfrente de su computadora en Washington, D. C., con su perro, Theo, observando cómo fluían los votos en la elección gambiana. A más de 6500 kilómetros de distancia, en el país de África Occidental, voluntarios en la ciudad capital, Banjul, le enviaban por correo electrónico los resultados. La contienda prometía ser crucial: Yahya Jammeh, el excéntrico y autócrata presidente de Gambia por 22 años, enfrentaba un desafío inesperadamente fuerte de Adama Barrow, un respetable agente de bienes raíces.

Temprano en la mañana siguiente quedó en claro que Barrow —otrora un político poco conocido— iba a hacerse con una victoria asombrosa, con lo que terminaría con décadas de intimidación estatal y abusos a los derechos humanos. Cuando se contaron todos los votos, Barrow había asegurado el 43.3 por ciento del total, en comparación con el 39.6 por ciento de Jammeh.

Fue una gran victoria para Barrow, y para Smith. Nueve meses antes, él ayudó a lanzar Vanguard Africa, una organización sin fines de lucro domiciliada en D. C. que apoya a políticos a favor de la democracia en África. Fue cofundada en abril de 2016 con Joe Trippi, estratega del Partido Demócrata de Estados Unidos y Christopher Harvin, de la compañía de relaciones públicas Sanitas International, y su misión es darles a los políticos africanos con pocas posibilidades de ganar el mismo tipo de apoyo en relaciones públicas que a menudo se reserva para los autócratas quienes pueden darse el lujo de pagar compañías internacionales para que pulan sus imágenes.

“Aquí en D. C. hay muchas compañías de relaciones públicas y cabildeo que trabajan para gobiernos tremendamente opresivos para ayudarles a proyectar una imagen positiva, a pesar de las enormes preocupaciones por los derechos humanos”, dice Smith, de 36 años, quien ha trabajado en política para África para la UNESCO, una agencia de la ONU que promueve la paz y seguridad internacional. Aun cuando Vanguard principalmente usa financiamiento de sus fundadores, el grupo espera recaudar dinero de fuentes como fundaciones familiares y corporaciones para ofrecer ayuda gratuita a “demócratas con pocas posibilidades de ganar” en todo el continente.

En vísperas de la elección de Gambia, Vanguard dio asesoría de campaña y apoyo de relaciones públicas a candidatos que se atrevieron a postularse contra Jammeh, quien se hizo con el poder en un golpe de Estado en 1994. Desde entonces, grupos de derechos humanos han acusado a su administración de encarcelar y torturar a opositores políticos, periodistas y personas LGBT. En un esfuerzo para mejorar los perfiles de los candidatos, Smith contactó a periodistas internacionales para promover artículos, hizo circular los nombres de los candidatos en los medios sociales y habló con regularidad con los canales noticiosos sobre la elección gambiana.

Meses después, mientras los gambianos festejaban la victoria de Barrow en las calles de Banjul, se vertieron agradecimientos a Smith y Vanguard en Twitter. “Muchas gracias le debe Gambia a Jeffrey Smith. Fuimos ignorados por muchos, pero usted nos defendió todo el tiempo”, escribió un usuario de Twitter. Smith trató de redirigir algo de los elogios de vuelta a los votantes gambianos, pero la atención mediática puso a Vanguard en los reflectores. Algunos preguntaron por qué él se involucró. “¿No deberíamos mejor querer preguntar quién es exactamente @Smith_JeffreyT y cuál es su agenda con nuestro destino?”, tuiteó otro usuario.

La mayoría parecía apreciar el esfuerzo de Smith, pero el escepticismo enfatiza la naturaleza complicada del trabajo de Vanguard al promover la democracia desde el otro lado del orbe. Para complicar las cosas: el presidente Donald Trump parece comprometido con reducir las implicaciones estadounidenses en el extranjero, por lo que grupos no gubernamentales como Vanguard podrían asumir una porción más grande de esta labor con la nueva administración. Durante la campaña y en su discurso inaugural, Trump prometió poner a “Estados Unidos primero”, lo cual podría significar el reducir la práctica antigua de Washington de promover la democracia en otros países.

Ello ha vuelto ansiosos a algunos activistas de la democracia, pero organizaciones en Estados Unidos posiblemente continúen su labor, dice Steven Feldstein, exsubsecretario adjunto de Estado en la Oficina de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo. Los grupos constructores de democracia que reciben financiamiento del gobierno, como el Instituto Internacional Republicano, tienen una larga historia de apoyo bipartidista entre los legisladores estadounidenses, y otros son financiados privadamente. Los gobiernos autócratas en África a menudo usan dinero y restringen la información para mantenerse en el poder, dice Feldstein, lo cual hace esencial la ayuda exterior para que los partidos de oposición hagan campañas viables. “El tipo de trabajo que hace Vanguard es absolutamente crucial como una manera de equilibrar unas condiciones inclinadas a favor de los titulares”, añade.

Muchos de estos grupos a favor de la democracia trabajan en África, donde se han obtenido avances democráticos en décadas recientes, pero permanecen retos serios: en 2015, los líderes de Ruanda, Burundi y Congo buscaron ampliar los límites de sus periodos, y el año pasado la violencia y corrupción enturbiaron las elecciones en Uganda, Somalia y Gabón.

En Gambia, la victoria sorpresiva de Barrow convirtió el diminuto país —población de 1.8 millones— en una inverosímil noticia internacional, mientras el mundo observaba si el presidente se retiraría. El 9 de diciembre, una semana después de conceder la victoria, Jammeh rechazó los resultados electorales y solicitó una nueva votación. Miles de gambianos huyeron del país después de que un bloque económico regional de países de África Occidental advirtió que podría intervenir si Jammeh no se retractaba; Barrow huyó a Senegal a mediados de enero por su seguridad y tuvo que ser juramentado el 19 de enero como nuevo presidente de Gambia en una ceremonia de investidura en Dakar.

Barrow dice a Newsweekque agradece la ayuda exterior para apuntalar la democracia en Gambia. “Queremos aceptar todos los principios democráticos”, añade. “Queremos defender la democracia, los derechos humanos, el imperio de la ley; esto es lo que estamos promoviendo”. Él espera mejorar las relaciones exteriores que sufrieron con Jammeh, y ya está recibiendo apoyo: el 9 de febrero, la Unión Europea prometió más de 200 millones de euros para impulsar las instituciones democráticas y el desarrollo en el país. “No tenemos recursos naturales [y] la situación económica es muy, muy grave, por lo cual queremos que todos pongan manos a la obra, los gambianos y los amigos de los gambianos, para ayudar a Gambia a levantarse de nuevo”.

FIESTA DE DESPEDIDA: La gente celebra en Banjul, capital de Gambia, después de que Jammeh huyó del país, con lo que terminó una crisis política. Foto: XAUME OLLEROS/ANADOLU/GETTY

El 21 de enero, después de que tropas de África Occidental entraron en Gambia para asegurar una transición pacífica, Jammeh transigió, yendo al exilio en Guinea Ecuatorial. Aun cuando supuestamente se le permitió conservar su colección de autos de lujo —para disgusto de algunos gambianos— fue, por lo menos, la primera transición pacífica de Gambia desde que el país obtuvo su independencia de los británicos en 1965. Cientos de gambianos aliviados hicieron el viaje de vuelta a casa.

Los fundadores de Vanguard quieren asegurarse de que más líderes como Barrow puedan tener una oportunidad en el poder. “La gente gasta toneladas de dinero en combatir el VIH y la malaria, y mucho de ello se lo embolsan los líderes corruptos”, dice Trippi, un alto asesor en Vanguard y un consultor de campaña que trabajó con los candidatos presidenciales demócratas Howard Dean y John Edwards y en la campaña de 2008 de Morgan Tsvangirai, líder de la oposición en Zimbabue, contra el presidente dictatorial, Robert Mugabe. El grupo espera que su campaña exitosa en Gambia sea un plano para trabajar en otros países donde movimientos democráticos incipientes necesitan un impulso.

Pero algo del trabajo de Trippi y Harvin, previo a la fundación de Vanguard, está bajo escrutinio: en 2011, los dos trabajaron para el gobierno de Bahréin después de que este suprimió violentamente las protestas de la oposición. Harvin, quien también fungió como asesor en la campaña presidencial de Donald Trump, ayudando a organizar mítines y con el contacto con los medios, dice que su compañía ayudaba a un importante aliado estadounidense en una región tumultuosa. “Estamos orgullosos del trabajo que hicimos allí”, dice. Trippi, quien trabajó en un proyecto de medios sociales para abrir el diálogo entre ciudadanos y gobierno, se fue después de unos cuantos meses porque no sintió que estuviera logrando algo. “En realidad sí creí, y todavía lo creo, que habría sido algo bueno haber construido un diálogo pacífico entre la gente y su gobierno allí. Probablemente fue ingenuo en ese ambiente pensar que yo podría hacerlo”, dice Trippi.

Vanguard dice que solo ayudará a clientes que cumplan con sus criterios a favor de las reformas y la democracia, los cuales incluyen un compromiso con la transparencia y elecciones libres. Hasta ahora, la compañía oficialmente ha trabajado con candidatos en solo dos elecciones, Gambia y Somalia, donde la compañía apoyó a Fadumo Dayib, la primera candidata presidencial de Somalia, antes de que ella abandonara por preocupaciones de que la elección estuviera amañada.

Para la gente en Gambia, la ayuda de Vanguard es bien recibida en su mayoría, siempre y cuando no socave lo que los gambianos han logrado por sí mismos, dice Ebrima Sall, un gambiano que es secretario ejecutivo del Consejo para el Desarrollo de la Investigación en Ciencias Sociales en África, en Dakar. “El hecho de que esto sea producto de los gambianos es algo de lo que está muy orgullosa la gente”.

Barrow parece estar de acuerdo. “Por supuesto que agradecemos el apoyo porque fue algo que los gambianos necesitaban; fue algo que ha requerido de cinco décadas antes de que sucediera, por primera vez en la historia de este país”, dice a Newsweek.

Pero algunos dicen que la óptica de los gambianos agradeciendo a estadounidenses por un resultado electoral es potencialmente problemático. Steve McDonald, un miembro global del Centro Wilson en Washington, dice que Vanguard está actuando “derecho”, y que su condición de organización sin fines de lucro la protege de algunas de las críticas dirigidas a los consultores pagados. Pero, dice, “es un filo por el que tienes que caminar con mucho cuidado… Ya sea justificado o no, un vínculo con una compañía de Estados Unidos que está ayudando [a un candidato] de hecho podría usarse como algo negativo”.

Smith y sus colegas dicen saber que Vanguard tendrá sus detractores, en especial cuando empiece a trabajar en otros países. “Sin importar qué, vamos a ser descritos como una institución neocolonial por individuos que tienen un interés personal en mantenerse en el poder”, dice Smith, incluso si “no estamos haciendo algo que la gente no está clamando por sí misma”.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek