LA TRANSICIÓN de Noel repugnó a sus padres. El día en que su reasignación sexogenérica se hizo evidente, fue lo último que le aceptaron en casa.
¿Acaso quería un hogar? Que se enfundara en la etiqueta de mujer, le dijo su madre: ella parió una niña y crio en consecuencia. Jamás lo admitiría como un hombre.
Expulsado, Noel encontró asilo con unos amigos, en los comienzos de lo que se convertiría en una red de apoyo a personas transgénero, con una casa-albergue de puertas abiertas a la diversidad.
“Las personas trans quedan en situación de calle, generalmente. Al momento de iniciar su transición (reasignación sexogenérica) reciben el rechazo más fuerte. Son forzados a vivir en esa heteronormatividad, pero llega el momento en que dicen ‘no soy yo’ [y proceden con el cambio]”, explica Izack Zacarías Najar, presidente de la asociación civil Impulso Trans.
La organización nació en 2013 en Guadalajara y se formalizó en enero de 2016. Una de sus labores principales es amparar a quienes son arrojados de sus hogares por reconocerse como hombres o mujeres en discordancia con sus genitales de nacimiento y que concretan un cambio de expresión, vestimenta, terapias hormonales y cirugías, junto a una nueva identidad legal.
El espíritu del espacio es similar al de la organización LGBT Casa Ruby, en Washington, D. C., o al del LGBT Center en Los Ángeles, California, Estados Unidos. Izack destaca la singularidad del proyecto en México y la asume en América Latina.
El cobijo se da en una ranchería del Municipio de Tonalá, Jalisco*, a kilómetros de la zona urbana. Apenas hay unos cuantos miles de habitantes y los espacios de las viviendas son de la capacidad que da el interés social.
Al final de una de las calles trazadas como un fraccionamiento está la casa. Parece la propiedad de cualquiera. No tiene letreros, no hay distinciones que descubran su actividad.
Un espejito con bordes hexagonales cuelga de la puerta principal; confronta el rostro de quien entra. Confronta, pero no define. Quien entra ahí sabe de los mundos de distancia entre ser y representar.
Adentro hay dos habitaciones, pero no hay armarios. ¿Para qué? Ahí ya nada se oculta.
Izack lleva en la memoria el registro de los ingresos: son 31 hospedajes tras mastectomía, y 15 alojamientos de personas que han perdido su hogar —incluyendo también a quienes se han albergado en el departamento del mismo presidente.
El blanco de la fachada también se extiende a las paredes del interior. Un asiento cubierto de azul da la bienvenida y al lado está un mueble que funciona como trinchero, colmado de tazas y vasos que no hacen juego. La cocina está delimitada por una barra de superficie y es pequeña, pero suficiente para las cuatro personas que puede albergar la casa simultáneamente.
En la recámara del fondo una caja de ketorolaco reposa sobre la cama, como vestigio de dolor postoperatorio. Tanto habrá tenido que calmar el analgésico: el cartoncillo ya está vacío.
En el comedor, la cuadrícula que dibuja el piso aún tiene manchas, responsabilidad de quienes lo colocaron, con más ganas que experiencia. Noel entre ellos.
REALIDAD VS. ILUSIÓN
“Había vivido [aquí] una familia de diez personas. [La casa] estaba en muy malas condiciones. Pintamos por fuera, por adentro (…) si las personas trans no ponen una casa para personas trans, quién lo va a hacer, ¿la sociedad cisgénero?”, cuenta Noel Valenzuela sobre la vivienda que se consiguió prestada de la madre de un activista que se interesó en aportar a la causa.
La familia de Noel nunca ha participado con él. Difícilmente lo harán. Son demasiado católicos, dice.
“Cuando les dije a mis papás [la identificación como hombre trans] primeramente me llevaron con sacerdotes a tratar de exorcizarme porque, según ellos, es el ‘demonio’ lo que tengo adentro. Obviamente no lo hicieron, pero me dijeron que eso estaba mal y que pidiera ayuda a Dios. Aceptaba ir para que mi mamá viera que yo tenía la disposición de demostrarle que no era nada malo, que así era yo, que así había nacido”.
Siempre se asumió como niño, Noel. No importaba lo que veía en el espejo, tampoco que le hablaran en femenino o le condujeran hacia esos tonos pastel con los que se harta a las niñas. Igual tomaba las ropas de su hermano.
“Mi mamá dice: ‘Nunca te voy a aceptar’. En realidad, no me quiere a mí, quiere a la ilusión de una persona que nunca existió, de una hija que nunca tuvo en realidad”, piensa.
Encontró el acompañamiento psicológico a través de Izack y comenzó su tratamiento hormonal en septiembre de 2015, con lo que obtuvo un cambio de voz y una fisonomía más masculina. Su madre no lo percibió inicialmente, pues se fue medio año a Estados Unidos y luego viajó de emergencia a Chihuahua, hasta la muerte del abuelo de Noel.
“A mí no me dejaron ir (al funeral) porque les daba vergüenza que me vieran los parientes. Cuando regresó mi mamá con mi abuela (a Guadalajara), me prohibieron entrar al baño, por ‘seguridad’ de ellas”, narra.
Finalmente, las presiones de sus padres y los reclamos para que abandonara la casa le minaron la entereza y dejó su hogar.
“Así quedó. A la fecha, mi mamá me manda el Evangelio todos los días, por audio, en WhatsApp, con veinte imágenes de Jesús”, dice.
Noel también se realizó una mastectomía. Actualmente labora en el área de ventas y en una compañía de teatro. En febrero comenzará la licenciatura en música en la Universidad de Guadalajara. Se halla pleno, apoyando como coordinador interdepartamental de Impulso Trans.
“Nací en el cuerpo correcto, pero en la sociedad equivocada. Yo siempre he sido feliz. Ahora soy más. No nací mujer y me quise hacer hombre, ya nací hombre. Pero tengo que adaptar lo que tengo a mi género. Soy un hombre que nació con vagina o como lo quieran entender. No quise, simplemente ya lo soy”.

UN ESPEJITO con bordes hexagonales cuelga de la puerta principal; confronta el rostro de quien entra. Confronta, pero no define. Foto: Daniel Viera.
EL ALBERGUE
Huele a manzanilla. Afuera de la casa, el olor llega de golpe porque los vientos no tienen muchos lugares para detenerse en la ranchería.
La planta debió germinar junto con el pasto que ya ha ganado altura. Deshierbar le tocaba a Axel, el último inquilino de la Casa, pero las cargas que llevaba encima no le permiten concretar mucho. No es extraño.
“La persona llega en estado de vulnerabilidad, depresión, con ansiedades, con algún pensamiento suicida, indefensos. Es complicado el que la gente quiera salir a trabajar, no porque no quieran, sino por el estado en el que llegan”, explica Zacarías Najar.
“A veces, por la misma violencia que viven desde casa creen que es normal [recibir agresiones], que así es el mundo, y se va acostumbrando a que eso debe de ser. Es difícil hacer el trabajo de acercamiento”.
Habla y recuerda a Fernanda, de Monterrey.
Ella ya vivía en un rol femenino. Lo poco o mucho que contó fue que el rechazo en su hogar venía, sobre todo, de su padre. Cuando falleció su mamá, al duelo le tuvo que sumar una repentina situación de calle. Apenas alcanzó a llevar consigo su teléfono celular, que tuvo que vender en 200 pesos para poder comer. Un hombre le dijo que le “echaría la mano” si viajaba a Guadalajara, pero nunca más la contactó.
“A pesar de que tratamos de ser lo más empáticos con ella, no hablaba. Pasó por psicología y sí hubo observaciones, tratamos de estar cerca. Le entregamos las llaves de la Casa y, al día siguiente, fuimos. Todo estaba arreglado, limpio. Las llaves estaban ahí, pero ella ya no”, dice.
En la luna de la recámara principal se refleja un libro del austriaco Stefan Zweig, que en vida también buscaba un refugio. Él, del nacionalismo nazi; los que se albergan en la habitación, de otras intolerancias.
Afuera, en el pasillo, está un mueble con cajones llenos de ropa donada, y colocada hasta arriba, una televisión avejentada, por si hay tiempo para matar.
Quien llega a la casa primero debe ser evaluado por un especialista en salud mental, ya que también se ofrece este acompañamiento. Si el diagnóstico indica estabilidad, recibe las llaves y una dotación de alimentos para una o dos semanas.
“Por la estructura que tenemos, no podemos recibir personas que llegan con alguna adicción; nos han solicitado el apoyo, pero por ahora no podemos darlo, recibimos a personas que pueden salir a corto plazo”, puntualiza Izack.
“Nos falta profesionalizar. Por el momento todo funciona por recurso propio, donaciones, para los fletes se ofrece alguna persona con camioneta o posteamos en Facebook y alguien dice: ‘Yo tengo atunes’. Dentro de nuestro equipo la gente dona también su trabajo, hay quien sabe diseño (por ejemplo)”.
Adultos jóvenes —mayores de edad— son quienes forman el perfil principal que busca la asistencia. Inicialmente se garantizan 21 días de hospedaje —o hasta tres meses en casos excepcionales—, mientras se arregla la documentación con la nueva identidad y se localiza algún trabajo estable para la persona. Ahí adentro nadie paga nada, ni los servicios; sin embargo, después dos semanas es responsabilidad de cada uno conseguir su alimento.
Al egresar se trata de mantener el contacto, para que siguientes hospedados puedan convertirse en sus roomies o compañeros entre ellos.
En el caso de las mastectomías se considera un periodo de recuperación de diez días para hospedar; si hay la posibilidad económica se recibe una gratificación del huésped.

IMPULSO TRANS surgió a partir de la propia necesidad de Izack para documentarse. Al querer iniciar su transición se encontró con un vacío de información aun en organizaciones en pro de los derechos de la población lésbico, gay y bisexual. Foto: Daniel Viera.
SER Y PREFERIR
Impulso Trans surgió a partir de la propia necesidad de Izack para documentarse. Al querer iniciar su transición se encontró con un vacío de información, aun en organizaciones en pro de los derechos de la población lésbico, gay y bisexual.
En medio de su búsqueda, contactó en redes sociales a un grupo de nueve hombres trans y una mujer; en junio de 2013 iniciaron el trabajo como colectivo. El primer paso fue la apertura de una página en Facebook y luego siguió una sinergia con el sexólogo Édgar Ramón Rosales, de la organización Familias por la Diversidad (Fadis).
Actualmente Impulso Trans está integrado por nueve personas y cuenta con una red de 13 especialistas médicos que apoyan a población proveniente de todo el país, con cuotas preferenciales para las consultas, además de un abogado y una doctora en ciencias sociales que auxilia en investigación. Otra vertiente importante es la gestión para las mastectomías.
No existen cifras exactas para dimensionar a la población trans, pero se conocen acercamientos estadísticos.
El gobierno federal, a través de la Secretaría de Salud, realizó un par de proyecciones para determinar la cantidad en México, las cuales fueron publicadas en el boletín institucional número 52 del Sistema Único de Información de la dependencia, en diciembre de 2013.
La media de estas aproximaciones arrojó que habría una persona trans por cada 34 000 habitantes en el país. Sin embargo, se subraya que la estimación cuenta con la limitante de solo considerar a quienes alcanzaron un diagnóstico médico, además de tratar el tema desde una perspectiva clínica.
Conscientes de que ese prejuicio de juzgar patológicamente la identidad transgénero, la asociación también está enfocada en la educación y divulgación del tema.
“Hay una infinidad de diversidad dentro de la población que uno no se imagina. Realmente, el ser humano tiene una infinidad de formas de ser que cada quien la puede expresar como quiera y como le da la gana. El que nos encasillen en una u otra complica. Lo que hay en medio la gente no lo entiende”, afirma Zacarías Najar.
Mientras existe gran investigación sobre la orientación sexual (la preferencia, la atracción que se pueda sentir hacia hombres, mujeres, ambos o ninguno), es aún incipiente la cultura que se ha formado sobre la identidad de género, que se refiere al sexo con el que una persona se reconozca sin importar sus genitales primigenios. También es poco entendida la independencia entre ambos conceptos, destaca Isack.
“Hay quien se sigue autodenominando ‘la vestida’, ‘travesti’; hombres trans que se siguen colgando la etiqueta de ‘lesbiana machorra’; o en la población gay [que se definen como], ‘gay femenino’”, explica. “Aunque puede ser que esa sea su expresión, está la posibilidad de que sean transgénero, pero sin identificarlo por desconocimiento”.
Una duda así es la que por tanto tiempo acompañó a David.

NOEL SIEMPRE se asumió como niño. No importaba lo que veía en el espejo, tampoco que le hablaran en femenino o le condujeran hacia esos tonos pastel con los que se harta a las niñas. Foto: Daniel Viera.
“ESTE ES EL BAÑO DE MUJERES, ¿NO?”
David pensaba que solo era lesbiana. Una lesbiana diferente, porque nunca le gustó que lo trataran como mujer. Había algo más.
Creció en medio de rechazos. Sutiles, pero rechazos: la exclusión en los equipos escolares y los ojos hurgando sobre él, desaprobándolo.
“Se siente la diferencia, las miradas. Lo que menos quiere uno es llamar la atención, quieres pasar inadvertido (…), lo que menos quieres es vivirlo, que te señalen”, dice desde Pedro Escobedo, Querétaro.
Lo que más escalda en sus recuerdos es la prohibición de su padre para asistir a una fiesta con sus tíos. Que qué iban a decir al verlo con esa ropa, le dijo.
Mientras estudiaba en Monterrey entendió su identificación de género y conoció por primera vez a un hombre trans. David se sintió como tras bambalinas, en meet and greet, con un rockstar.
“Casi como si conociera a mi artista favorito, [pensé] ‘ojalá hubiera empezado mi cambio desde chico’”. Corrigió el tiempo perdido e inició el proceso. No a todos les fue claro, como la primera vez que coincidió en el sanitario con su amiga Diane, en la Universidad. Diane lo miraba. Y miraba.
“Este es el de mujeres, ¿no?”, se le escapó. Y tras la risa de David, salió apresurada notando su incorrección política. Fue menos divertido para David cuando contactó a sus padres, ya con la voz modificada.
“Mi papá fue el que batalló más. Cuando llegué de Monterrey hace dos años, todavía se dirigía a mí con el nombre anterior”, dice.
“Siempre los papás se hacen un ideal de su hijo, de lo que quieren que estudie incluso. Cuando no cumplen estos requisitos es cuando les duele, pero creo que ya lo entendieron, basta con que me hayan acompañado a la cirugía (en Guadalajara)”.
El 5 de noviembre se retiró las mamas en una gestión también realizada por Impulso Trans. Extraña un tanto la sensibilidad en la zona. No importa, es lo de menos. Ha ganado en lo cotidiano: todo lo vale por tan solo la seguridad de mudarse de ropa en público. Para él ya no espera más, pero sí tiene expectativas sobre lo que pueden hacer los otros.
“He visto muchos cambios, más información. Lo que sí me gustaría es más apoyo también por parte de nosotros [personas trans], es nuestra causa, que se demuestre el interés”.

EN LA RECÁMARA del fondo una caja de ketorolaco reposa sobre la cama, como vestigio de dolor postoperatorio. Tanto habrá tenido que calmar el analgésico: el cartoncillo ya está vacío. Foto: Daniel Viera.
DOBLE VIOLENCIA
“‘Nada más quiero decirte que eres una mujer hermosa y no dejes que nadie te diga lo contrario. Yo soy como tú, nada más que al revés’, le dije, y ella me extendió la mano. Y le cambió la cara”, relata Noel Valenzuela sobre el día que conoció a Francia, una mujer trans, semanas atrás.
La había visto antes por el sur de la ciudad, en la zona de la Plaza [comercial] del Sol, cerca de donde él aborda el transporte público. Francia iba caminando igual que siempre, con la cabeza gacha, evadiendo los ojos que quisieran toparse con los suyos. El de Noel debía ser uno de los primeros gestos amistosos que alguien le dirigía en la vía pública. Tal vez el único.
“Las mujeres trans viven el tipo de violencia más fuerte. Simplemente al ir caminando por la calle”, explica Izack.
Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), la esperanza de vida de las mujeres trans en América es de 35 años.
El dato es derivado de la interpretación del Registro de Violencia LGBTI, en el que por un periodo de 15 meses la CIDH documentó muertes y ataques de odio. En México se evidenciaron casos contra mujeres trans como el de Dayana Hernández, de Teziutlán, Puebla, a quien se encontró descuartizada con los miembros repartidos entre dos bolsas de basura; o el de Karen Efraín, de Zilmatlán de Álvarez, Oaxaca, asesinada a cuchilladas en su propia estética. Y otras historias que van desde las pedradas hasta la perforación de mamas con destornilladores.
Otra arista de la violencia contra las mujeres trans es la exclusión laboral que las orilla al trabajo sexual o a desempeñar empleos informales poco remunerados, lo que complica su acceso a servicios de salud.
“Por lo tanto, entran en proceso de automedicación. Eso también ocasiona que te mueras. Las mujeres trans por carencia económica se inyectan polímeros, aceites, que obviamente generan alguna infección o complicación grave”, detalla Izack y explica que en el caso de los hombres trans se vive otra clase de infierno.
“Es la invisibilidad. Puede ser que allá afuera nadie me señala. Pero es otro tipo de violencia, ese miedo a ser descubierto, a vivir pensando las 24 horas: ‘¿Y si alguien me ve y me delata?’. Eso también ocasiona constante estrés, ansiedad”, cuenta. El temor paraliza hasta para acudir a una consulta ginecológica.
De acuerdo con el “Diagnóstico situacional de personas LGBTIQ de México 2015”, realizado por la Universidad Autónoma Metropolitana y organizaciones civiles, el 54.5 de los hombres trans han tenido alguna ideación suicida, y el 32.5 por ciento la ha materializado en un intento.

EN LA LUNA de la recámara se refleja un libro del austriaco Stefan Zweig, que en vida también buscaba un refugio. Él, del nacionalismo nazi; los que se albergan en la habitación, de otras intolerancias. Foto: Daniel Viera
“APENAS ME DESCUBRÍ”
Said llegó desde Atlacomulco, Estado de México. Estaba sorprendido, pensaba que demoraría más, pero no. Estaba a punto de cambiar su cuerpo.
Había visto varios doctores. Sin embargo, las referencias de quienes lo hicieron en Guadalajara lo llenaron de confianza. El mismo cirujano fue quien le recomendó acercarse a Impulso Trans para respaldarse después de la operación en la que se retiraría las mamas.
Los baños, los cuidados, fueron auspiciados por sus padres; el hospedaje y la movilidad, por la asociación.
“No me sentía niña, no quería ser niña desde que tengo memoria. Sin mentir puedo decir que desde que iba en el kínder”, relata.
En internet encontró las certezas que a su educación le habían faltado. Entendió que podía hacer una transición y aproximarse más a quien toda la vida supo que era. Su hermana menor fue su primera confidente, luego se enfrentó a una madre temerosa de un entorno que no soporta la diferencia. Y a un padre que le pidió ir paso a paso.
Said aún detecta vaivenes en la asimilación del cambio: su familia todavía no destierra los llamados en femenino y los señalamientos por su nombre anterior. Sin embargo, es fuera de su hogar donde ha encontrado rechazo.
“Tengo novia y a ella la conocí en la (escuela) preparatoria, antes de que iniciara mi transición. Su mamá me conocía, y cuando supo de este cambio… sí he tenido muchos problemas, enfrentamientos por mensajes (de texto) que ella me ha mandado, hasta amenazas”, dice, pero sabe que dichos episodios no tambalean la estabilidad que ha alcanzado.
“Lo sentía muy lejano, difícil (hacer la transición), pero no hay que dejar que la sociedad que no esté informada nos haga dejar de luchar por nuestro sueño”, afirma.
“Me siento como si años atrás, como si esa persona no hubiera sido yo, como si apenas hubiera dejado de aparentar y estuviera viviendo. Como que apenas me descubrí. Me siento libre”.
No es un capricho, resalta Zacarías Najar sobre la reasignación sexogenérica. Se trata de encontrar en el espejo a quien verdaderamente se es.
Anticipa los objetivos de centralizar los servicios, ampliar y profesionalizar la ayuda en la Casa Impulso Trans en el futuro inmediato, el de breve plazo. Saben que hay vidas que no tienen cómo esperar, al menos quieren asegurarles dónde.
“Hay mucha gente que necesita apoyo y creo que cada quien debería de empezar a luchar por diferentes causas. ¿Por qué (lo hago), por la población trans? Porque es a la que pertenezco, porque es lo que estoy viviendo. Porque el solo hecho de ser personas nos hace una prioridad”, dice.
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*La localización exacta se ha reservado por seguridad de las personas transgénero que sean alojadas.