Siempre tendremos a la Review

COMO LA MAYORÍA de las personas, yo tengo una enorme colección de tazas, en gran medida sin sentido, e ignoro de dónde proviene la mayoría. Sin embargo, una de ellas destaca, aunque su capacidad para servir agua caliente con una buena dosis de cafeína no es mayor que la de sus compañeras de cerámica. La taza está impresa con el logotipo de The Paris Review, la revista literaria fundada por George Plimpton en 1953, así como una cita de aprobación de Newsweek: “El primer avance realmente prometedor en la escritura juvenil, de vanguardia o experimental en mucho tiempo”.

Vi la taza en una fiesta de The Paris Review en Manhattan hace un par de años, en la cocineta de la buhardilla de West Chelsea adonde se mudó la revista tras desocupar la casa ubicada en East 72nd Street, donde Plimpton dirigió la publicación hasta su muerte, en 2003. Un día después de la fiesta, le envié una nota a Lorin Stein, editor de la Review desde 2010; a cambio, él me envió amablemente el sorpresivo y útil recuerdo de nuestras respectivas publicaciones, unidas desde hace tanto tiempo.

Poco después comencé a buscar el número de 1953 de Newsweek en el que se hablaba del nacimiento de The Paris Review en aquel hervidero intelectual que era la ciudad de Nueva York de posguerra. Newsweek era más difícil de explorar en ese entonces de lo que es ahora, y acabé dedicando varias horas averiguando cosas sobre un año que seguramente merece un libro entero, al igual que 1968 y 1914: el descubrimiento del ADN, la muerte del déspota soviético José Stalin, la rebelión de los Mau Mau en Kenia, la vacuna contra la polio descubierta por Jonas Salk, el ascenso de Isabel II al trono británico, la ejecución de Julius y Ethel Rosenberg, todo ello tachonado de anuncios de cigarrillos y aerolíneas desaparecidas hace mucho tiempo.

Respecto a la cita sobre The Paris Review,nunca pude encontrarla, pero su sola existencia (suponiendo que Plimpton no la hubiera inventado, lo cual, dado lo que sabemos de él, no es una posibilidad demasiado remota) siempre me ha sorprendido como algo punzante e incluso un poco heroico. A pesar de las turbulencias de la época, Newsweek se dio el tiempo de cubrir la creación de una nueva revista, un evento que actualmente provocaría poco más que unos cuantos tuits de felicitación. Newsweek no era especialmente profética ni intelectual; en lugar de ello, la nación en su conjunto era más culta y tomaba más en serio las artes, por lo que una nueva revista literaria era una gran noticia que merecía la cobertura de un semanario noticioso. Ernest Hemingway y John Steinbeck eran autores exitosos; Duke Ellington había lanzado su álbum Piano Reflections; The Crucible (Las brujas de Salem) de Arthur Miller se estrenó en Broadway. No era que hayamos tenido una alta cultura; simplemente teníamos cultura. La formulación de esta breve cita de Newsweek (especialmente, la frase “de vanguardia”) sugería que la cultura luchaba por algo profundamente importante.

Llámenme nostálgico, pero extraño aquellos días, al menos en el sentido estricto (no se molesten en señalar que hubo muchas cosas terribles en la década de 1950; eso es obvio y se aplica a casi cualquier otra época de la historia humana, con excepción, quizá, de aquellos años en que los Mets ganaron de todas, todas). El hecho de que la cultura popular, es decir, la televisión y la internet, haya reemplazado a la verdadera cultura, esto es, la literatura y las artes, parece ser algo completamente indiscutible, como Ira Glass, el respetado anfitrión de This American Life declaró en Twitter (¿dónde más?), diciendo que “Shakespeare apesta”. Resulta revelador que, desde la década de 1990, las “guerras culturales” no hayan tenido que ver con el debate intelectual, sino con el ataque de la derecha contra la idea misma de la cultura, al tratar de retirar recursos al Fondo Nacional para las Artes (NEA, National Endowment for the Arts) por patrocinar obras transgresoras de autores como Robert Mapplethorpe, prohibir los libros de Toni Morrison y Khaled Hosseini, entre muchos otros que van en contra de la ideología falsamente cristiana de la derecha, protestar contra la representación fílmica de los gays y lesbianas, burlarse de cualquier publicación que exija usar matices y requiera un pensamiento riguroso, descartándola como un ejemplo más de pedantería. Esta cruzada conservadora ha culminado con la elección del orgullosamente vulgar Donald Trump, que frecuentemente da a entender que disfruta de una especie de gozoso analfabetismo.

Pocos días después de la elección, The Paris Review llegó a los titulares del mundo literario al anunciar que había digitalizado todo su archivo, un logro considerable para una publicación de la que cada número es esencialmente una antología del tamaño de un libro. Esto, junto con un sitio web sobriamente rediseñado, fue una prueba de que, como escribió en diciembre Dwight Garner, crítico literario de The New York Times, la Review había estado “en una racha febril”.

Explorar el archivo digital, como yo lo hice, es un vigorizante recordatorio del trabajo del artista en tiempos de crisis nacional, y ha habido muy pocas ocasiones en las primeras dos décadas de vida de la Review en las que la nación no hubiera estado en crisis, entre el asesinato de John F. Kennedy, el movimiento de los derechos civiles, Vietnam y el Watergate. En ese entonces, a la resistencia no se le daba retuit, sino que se manifestaba en forma de poesía y prosa.

Así, teníamos a William Styron publicando un extracto de su ardientemente debatida The Confessions of Nat Turner(Las confesiones de Nat Turner), una novela de violencia racial para una nación que volvía a combatir por motivos raciales; el cuento de Edward Hoagland “The Witness” (El testigo, 1967), escrito desde la perspectiva de un joven en Nueva York “lleno de simpatía hacia las minorías”; al poeta Ted Berrigan, que escribió en 1968, en los días más oscuros de Vietnam: “The War goes on & / war is Shit” (“La guerra sigue y / la guerra es una mierda”); David Lehman, que admitía en 1995 que nunca le habían gustado las torres del World Trade Center, pero tras los bombardeos de 1993, de repente comenzó a apreciar “la forma en que las azoteas / de las torres se disuelven en el blanco cielo / al oriente cuando cruzas el Hudson”; las violentas siluetas de la vida en esclavitud de la artista Kara Walker, publicadas en la Review en 1999, siete años antes de su trascendental exhibición individual en el Museo de Arte Moderno.

DE VUELTA A CASA: Plimpton, que fundó la Review en 1953, dirigió la revista desde su casa, en la parte urbana de Manhattan, durante muchos años. Foto: CHRIS FELVER/GETTY

Particularmente placenteras son las “noticias” de Plimpton que daban comienzo a muchos de los números de la Review. Dado que nunca fue un agitador, logró comunicar sus convicciones culturales y políticas sin lanzar el tipo de bombas retóricas que caracterizan gran parte del discurso actual. En 1974, Plimpton anunció en su carta del editor que se uniría a una campaña con la empresa librera Waldenbooks para hacer que los estadounidenses adquirieran más libros. “Jonathan Swift dijo que los libros eran ‘hijos de la mente’, pero los hogares estadounidenses se han convertido en un jardín de niños sin niños”, escribió.

Diecinueve años después, cuando la Review cumplió cuarenta años, Plimpton hizo campaña contra la pérdida de mil dólares anuales por parte de la NEA. “Es desolador que este país, o al menos su Congreso, no considere que sus artistas merezcan el mismo tipo de apoyo que se les da, por ejemplo, en Francia, país que sabe que su herencia cultural es una entidad que debe ser apoyada al máximo”, escribió. Continuó con su argumento en el siguiente número, en el cual observó que “la ciudad de Múnich gasta más en literatura que Estados Unidos. Lo mismo ocurre con el Ministerio Vasco de Cultura. La Provincia de Ontario en Canadá gasta el doble”. Las cosas no han mejorado mucho, y en un análisis realizado en 2014 se llegó a la conclusión de que Estados Unidos gasta cuarenta veces menos en las artes que Alemania. Dadas las predilecciones intelectuales del presidente entrante, es posible que nos encontremos pronto en el mismo nivel que Papúa Nueva Guinea.

Algunas personas han acusado a la Review de ser demasiado política, y no solo al servicio del orden establecido cultural de tendencia liberal con el que se le relaciona usualmente. La reciente publicación de Finks: How the CIA Tricked the World’s Best Writers(Finks: cómo la CIA engañó a los mejores escritores del mundo), de Joel Whitney, resucita la afirmación de que los fundadores de la Review,particularmente Plimpton y Peter Matthiessen, trabajaban con ese organismo. En un ensayo publicado en Salon en 2012 y en el que se basa su libro, Whitney escribe que The Paris Review estaba apoyada, en parte, con una financiación periódica proveniente del Congreso para la Libertad Cultural, apoyado por la CIA. Así, la revista se convirtió, de acuerdo con la compleja historia de Whitney, en parte de la “amplia búsqueda (por parte de la empresa) de superar a los soviéticos en cuanto a los logros culturales y mostrar la escritura estadounidense a los influyentes públicos e intelectuales europeos”. El hecho de que ambas instituciones hicieran uso de los refinados hombres egresados de la liga de universidades más prestigiosas de Estados Unidos, que podían recitar de memoria a Chaucer o cautivar a un diplomático búlgaro durante un coctel, no hizo más que facilitar las cosas.

Hablando de esto: a inicios de este invierno me reuní con Stein en las oficinas de The Paris Review mientras él mezclaba fuertes manhattans para aclarar la mente y hablaba sobre la literatura en la era de Trump. A la mañana siguiente de la elección se reunió con su horrorizado personal para diseñar un camino hacia delante. En pocas palabras, ello comprendería al menos algún material sobre el nuevo presidente de la nación. Desde la elección, el sitio web de la Review ha publicado un hondo clamor de su editor en el sur, John Jeremiah Sullivan, en el que profesa un “amor hasta la médula” por su país y un temor por su futuro, y Mike Powell publicó un sensible informe desde Tucson, en el que presentó a Raúl, nativo de Tijuana, México, que vivía en Arizona con un permiso de residencia vencido y que tocaba en una banda llamada Rock en Español. “Ahora es el inicio de la incertidumbre”, le dijo Raúl a Powell, que pasó el día de la elección viajando en ácido.

Mientras bebíamos y charlábamos durante aquella helada mañana, el editor digital Dan Piepenbring se detuvo un rato en la oficina. Me dijo que había estado inundado de materiales relacionados con Trump desde la elección y que trataba de averiguar cómo lograr un equilibrio entre el contenido que atacaba a Trump y el contenido que lo ignoraba. Este predicamento me recordó lo que dijo el famoso George Orwell: “Todo el arte es propaganda, pero no toda la propaganda es arte”. Los buenos editores deben saber distinguir entre ambos.

Stein afirma que el tráfico web de la Paris Review ha aumentado 20 por ciento desde que se puso en marcha el archivo completo en línea, el 23 de noviembre pasado. También resulta alentador que se hayan sumado 3000 nuevos suscriptores a la publicación impresa, entre ellos, yo mismo. “La Review tiene más lectores hoy que nunca antes”, escribió en una carta reciente para recaudar fondos. “Representa a una comunidad unida, y no es una cámara de eco, sino un sentido compartido de tradición y vitalidad”. En cuanto a la insinuación promulgada por Whitney, de que la misión de la Review está manchada de alguna manera por una afiliación a la CIA, Stein descarta los hallazgos de Finks, calificándolos como “poco convincentes”, con unas pruebas débiles y circunstanciales.

Discutimos sobre si todo el arte es política, y sobre qué tan político debe ser el arte. La discusión continuó después, mediante correo electrónico. “Me impresionó y me sorprendió la manera tan congruente en que la revista evitó la política desde la cima”, me escribió Stein, “aun cuando Plimpton hizo campaña a favor de Robert Kennedy y le arrancó la pistola de las manos a Sirhan Sirhan, al mismo tiempo, siempre estuvo abierto a la política en la ficción y la poesía. Sospecho que los editores no habrían calificado como ‘política’ la publicación de poemas de amor gay, de un poema sobre el acoso sexual, o de un cuento sobre cómo lidiar con el reclutamiento. Pero es posible que lo hayamos hecho, visto en retrospectiva”.

El otro día estaba jugando con mi hijo pequeño en el piso cuando mi mirada se detuvo en la parte baja de un librero que normalmente no exploro. Apretada entre un par de oscuros tomos se hallaba un número de 1962 de la Paris Review.No tengo idea de cómo llegó a mi poder. Se trataba del número invierno-primavera: el inicio del embargo estadounidense contra Cuba, el famoso recorrido televisado de Jacqueline Kennedy por la Casa Blanca, la batalla por la independencia de Argelia, el ahorcamiento del criminal nazi Adolf Eichmann en Israel.

En ese entonces, la Reviewtenía el mismo tono que hoy, humanista e inquisitivo, pero contenido, cuando en otra publicación dicho tono podría haber sido furibundo. El primer elemento de la revista es un cuento corto, titulado “The Revolutionary” (El revolucionario), del escritor italiano Mauro Senesi, sobre un joven radicalizado llamado Adias: “Una vez en la vida, dijo, mientras la furia encendía de nuevo sus ojos, llega el momento propicio y un hombre puede odiar tanto como lo desee”.

Un poema de Robert Bly capta el estado de ánimo de 2017 tanto como el de 1962: “Si realmente somos libres y vivimos en un país libre, / ¿Cuándo podré quitarme esta pesadez de mi mente?”.

También hay una entrevista con la novelista Mary McCarthy, que contaba con amplios antecedentes de activismo político. Cuando el entrevistador le preguntó sobre sus convicciones de ese momento, McCarthy se refirió a ella misma como “socialista libertaria”, independientemente de lo que esto signifique, pero también expresó su pesimismo sobre el escenario político. Luego, manifestó un sentimiento que es cada vez más popular en la actualidad, con el crecimiento de la demagogia, el aumento en el nivel del mar y ahora que todo el mundo construye armas nucleares y Adam Sandler sigue arreglándoselas para encontrar trabajo. “A veces —dice McCarthy— realmente me parece que la única esperanza está en el espacio”.

Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek