Lo sorprendente para algunos de quienes hemos observado a Rusia desde hace tiempo, en cuanto a la declaración de la Casa Blanca sobre el Día Internacional del Recuerdo del Holocausto, no fue solo la omisión patente de referencias a los judíos, sino la referencia a las “personas inocentes” que sufrieron durante el Holocausto.
Esa frase es asombrosamente evocadora del vocabulario que usaron los soviéticos, durante décadas, para describir a las víctimas del Holocausto.
Casi 3 millones de judíos –la mitad del total de víctimas del Holocausto- perecieron durante el “Holocausto por balas” en los territorios soviéticos que ocuparon los nazis. Y, no obstante, los soviéticos negaron, sistemáticamente, que los judíos fueran un objetivo específico de las atrocidades nazis. Nunca llevaron a cabo una conmemoración o un estudio del Holocausto; y, como regla general, no levantaron monumentos en los sitios de ejecuciones masivas.
En los pocos lugares donde hay algún tipo de monumento, las inscripciones se refieren a las víctimas como “ciudadanos soviéticos pacíficos”. Una frase infame entre los estudiosos del Holocausto en la Unión Soviética (URSS), porque niega el hecho de que la gran mayoría de las víctimas (si no es que todas) en los sitios de ejecución masiva fueron judíos.
Tal es la frase que grabada en el monumento soviético del barranco Babi Yar, Ucrania, donde asesinaron a 33,771 judíos en un lapso de apenas dos días de septiembre de 1941 y, posiblemente, otros 50,000 en los meses siguientes. Otra versión de la misma frase (“ciudadanos pacíficos de Rostov-on-Don”) está inscrita en el memorial de Zmiyevska Balka, en el sur de Rusia, donde 27,000 judíos fueron asesinados en agosto de 1942.
Fue esa historia la que me pasó por la cabeza al leer la frase “gente inocente” en la declaración de la Casa Blanca.
Pero las cosas no terminan allí. Cuando la Casa Blanca trató de defenderse de la tormenta de críticas que desató su omisión de una referencia específica a los judíos, eligió otra obra maestra de la facundia soviética: dijo que optó por esa fórmula porque, según expresó Vox, “otras víctimas también sufrieron y murieron en el Holocausto”.
Los intentos de universalizar el Holocausto y negar la especificidad del sufrimiento judío no son novedad, y una de las respuestas más atinadas y sucintas es la de Eli Wiesel. Cuando Ronald Reagan le otorgó la Medalla de Oro del Congreso, en 1985, Wiesel dijo: “He aprendido que el Holocausto fue un evento único y singularmente judío, aunque con implicaciones universales. No todas las víctimas fueron judías, pero todos los judíos fueron víctimas”.
La manera específica como ocurrió el Holocausto en la Unión Soviética vuelve mucho más álgida la declaración de Wiesel. El Holocausto se desarrolló con particular rapidez y brutalidad en los territorios soviéticos. Tan pronto como los nazis entraron en territorio soviético, en junio de 1941, empezaron a matar a los judíos donde los encontraban. Los asesinaban en las calles de sus pueblos y aldeas, y en los bosques y barrancos de las afueras.
Cuando los nazis se tomaron la molestia de establecer guetos improvisados a corto plazo, rara vez los rodearon con cercas. Ya que las poblaciones locales estaban aterrorizadas e incentivadas a traicionar a los judíos o simplemente, asesinarlos, los nazis sabían que los judíos no tenían a dónde ir ni dónde esconderse. De todos los grupos convertidos en objetivo, solo los judíos no tenían derechos ni posibilidad alguna de sobrevivir.
Y cuando todo terminó (en esencia, a fines de 1942, apenas año y medio después de la invasión), los nazis habían asesinado, con ayuda local, casi a 98 por ciento de los 3 millones de judíos que permanecieron en URSS durante la ocupación. Semejante tasa de mortandad no puede compararse con la de algún otro grupo que sufrió la persecución nazi. Ni siquiera es comparable con la tasa de supervivencia de los judíos europeos: 25 por ciento de los judíos sobrevivió a la ocupación de Ámsterdam; en Bélgica, sobrevivió 60 por ciento de los judíos; y 75 por ciento de los judíos franceses sobrevivió a la ocupación.
Después que los nazis se hartaron de asesinar, los soviéticos regresaron y, por razones ideológicas y políticas propias, impusieron una política de silencio y negación recurriendo, en parte, al concepto de universalización. Y cada vez que los criticaban, la respuesta estándar era que enfatizar el sufrimiento de un grupo étnico minimizaba el sufrimiento de los demás.
Esta respuesta de la era soviética aún es parte del raciocinio de todos los estados post-soviéticos que experimentaron la ocupación nazi y se convirtieron en sitios de la tragedia judía; incluso de los que hacen esfuerzos denodados para distanciarse de su pasado soviético y modificar su mentalidad soviética.
Y aquí yace el problema más profundo implícito en el uso problemático del lenguaje y la historia, el cual quedó expuesto en la declaración de la Casa Blanca.
La decisión de los soviéticos de tender un manto de silencio sobre la centralidad del sufrimiento judío en el Holocausto se debió, en parte, a su necesidad de obtener el apoyo de las poblaciones locales, a las cuales debían reconquistar tras la ocupación nazi. Los soviéticos tenían que reintegrarlas y re-adoctrinarlas luego de haber estado sometidas a prolongados períodos de propaganda nazi (incluida la propaganda antisemita). Y presentar a los judíos como las víctimas principales de los nazis no habría contribuido a ese propósito.
La política de olvidar la especificidad del sufrimiento de los judíos, surgida en parte de la conveniencia ideológica y política, resultó exitosa; a tal punto que, en 2006, Yad Vashem, el museo e institución de investigación del Holocausto más importante del mundo, halló que solo tenía entre 10 y 15 por ciento de los nombres de los 1.5 millones de judíos que habían muerto en Ucrania (en contraste, se conocen los nombres de 90 por ciento de los judíos europeos asesinados).
Lo que inició con silencio y giros de lenguaje propagandísticos se convirtió en una tragedia en que la verdad histórica, la memoria histórica colectiva y personal, y los vínculos generacionales habían desaparecido.
A más de 75 años de la tragedia, y 25 años de su independencia, los estados postsoviéticos siguen lidiando con las consecuencias de estas políticas. Desde Ucrania hasta Bielorrusia y los países bálticos, se gestan y estallan disputas periódicas sobre la memoria histórica a medida que la gente intenta enfrentar un pasado que apenas ahora empiezan a conocer.
Décadas de silencio han vuelto tabú ciertos temas; y en algunos casos, incluso es tabú reconocer el hecho de que alguna vez hubo una población judía en un lugar determinado, por no hablar del papel que desempeñaron los residentes locales en su exterminio.
La falta de voluntad política y de recursos impide que los gobiernos de muchos de estos países desarrollen narrativas coherentes sobre el Holocausto o establezcan un requisito para la educación escolar sobre el Holocausto. Tras su independencia, muchos reescribieron sus historias nacionales y, en el proceso, excluyeron el hecho de que las poblaciones judías convivieron con ellos durante siglos. Es por eso que los mitos antisemitas persisten sin oposición.
La continuidad de estos mitos se debe a que son resucitados en la esfera pública de manera periódica. Eso es lo que ocurrió la semana pasada en Rusia; por ejemplo, durante el acalorado debate público sobre la transferencia de la Catedral de San Isaac de San Petersburgo a manos de la Iglesia Ortodoxa.
A mediados de la semana dedicada, justamente, a la conmemoración del Holocausto, el vicepresidente de la Duma, Petr Tolstoi (descendiente del escritor León Tolstoi), sugirió que las personas que se oponían a dicha transferencia eran las mismas que habían salido de la Zona de Asentamiento para denigrar a las iglesias de Rusia y el efecto de la revolución de 1917.
La declaración fue interpretada ampliamente como una referencia a la teoría antisemítica, bien establecida, que habla de un complot judío para destruir a Rusia a través de una revolución. Como escriben Matt Kupfer y Eva Hartog enThe Moscow Times, aun cuando Rusia “trata de recordar el Holocausto”, las viejas narrativas se resisten a morir. Como resultado, los mensajes mixtos, la confusión y la ignorancia imperan en el público.
En Ucrania, hogar de 1.5 millones de judíos antes de la Segunda Guerra Mundial, la narrativa del Holocausto compite por la atención nacional con las narrativas de otros desastres nacionales: Holodomor (la política soviética de hambruna forzada) y las represiones de Stalin. En Lituania, “Our People”, un libro reciente de la escritora Ruta Vanagaite, causó escándalo y precipitó una reflexión nacional sobre el papel de los lituanos en la destrucción de la población judía del país.
La tormenta por la declaración del Holocausto de la Casa Blanca es una oportunidad para que Estados Unidos y su nuevo gobierno piensen en algo que los estadounidenses rara vez consideran: la manera como el pasado determina el presente y las implicaciones de usar la historia con fines políticos.
Siempre se paga un precio cuando ajustamos la verdad histórica para satisfacer las necesidades políticas inmediatas. Ese precio puede ser muy doloroso y tiene repercusiones a largo plazo. Si algún país lo demostró de manera muy patente, ese país fue la Unión Soviética.