Un héroe en la guerra y en la paz

Lo interesante de El libro de mi padre: o una suite europea, dice su autor, Jean Meyer, es que está compuesto por docenas de registros, apuntes y cartas que, sin ser memorias ni una autobiografía, conforman la historia de un hombre que atestiguó críticamente y logró entender el significado de los sucesos más importantes del siglo XX europeo desde una perspectiva alsaciana.

Nacido en Alsacia, Francia, en 1913, y muerto en 2000 en su país natal, André Meyer registró, a lo largo de gran parte de su vida, una importante cantidad de materiales que van de 1927 a 1969. El historiador Jean Meyer explica que, entre otros, “son apuntes de la Segunda Guerra Mundial, de los combates, de su cautiverio, pues mi padre estuvo seis meses en campos de oficiales de Alemania, y cuando lo liberaron, como Hitler volvió a anexarse Alsacia [en el este de Francia], ya no se quedó en su tierra”.

Publicado en días recientes por el sello editorial Tusquets, en colaboración con la Secretaría de Cultura y el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), Meyer escribió El libro de mi padre un poco por casualidad. Narra que, a la muerte de su madre, en 2006 —su progenitor había muerto seis años atrás—, tuvo que vaciar el departamento que ella ocupaba, y en el movimiento de mudanza halló una vieja caja de cartón atada con un mecate.

“Decía en letras rojas, con lápiz grueso de carpintero, ‘Mi autobiografía’”, cuenta Meyer sobre la misteriosa caja propiedad de su padre. “La abrí y me encontré, con admiración y sorpresa, con un montón de cuadernos, algunos delgados, algunos muy gruesos, algunos de mil páginas y otros de la escuela de Alsacia que le sirvieron de diario. Él empezó a llevar diario a los 12 años”.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

—Jean, ¿qué más cuenta André Meyer en esos apuntes?

—Su diario cubre los años de guerra, que son los del gobierno colaboracionista del mariscal [Philippe] Pétain con los nazis, los años de la resistencia, la liberación de Francia. Incluye la Cuarta y la Quinta República, la guerra de Argelia, el mayo de 1968, que él vivió como profesor de universidad frente a la rebelión estudiantil.

—¿La obra es, entonces, una novela de no ficción o una crónica de hechos históricos?

—No es una novela, es una crónica, pero una crónica comentada. Es un poco como esos documentales en donde hay una voz en off de un narrador. Se presentan las imágenes, hay personajes, diálogos, pero hay una voz, yo soy la voz del narrador que explica, comenta, elucida, aporta. Pero a veces no es necesario, por ejemplo, hay todo un capítulo de las cartas que intercambia mi padre, preso en Alemania, con mi mamá, exiliada, refugiada, en el sur de Francia. Todavía no son novios, se conocían como estudiantes, apenas eran amigos, y se enamoran por correspondencia. Cuando mi padre sale del campo, cuando los alemanes lo liberan, lo primero que hace es correr al otro lado de Francia; llega con mi mamá el 15 de diciembre, a principios de enero anuncia que son novios, un mes después se casan, y diez meses después nazco yo. Todo eso, insisto, es un género híbrido porque no lo sé definir.

—Además de André Meyer, la otra protagonista del libro es la región de Alsacia…

—Precisamente porque fue el envite, y rehén, entre Francia y Alemania. El libro se subtitula Una suite europea porque Europa fue una invención de algunos hombres viejos que habían vivido las dos guerras mundiales, franceses, alemanes y un italiano, que decían: ‘Ese nudo de hoyo francoalemán no se puede desatar, nunca se va a resolver’. Entonces se inventa una Europa sobre un eje francoalemán cuyo símbolo es Estrasburgo [antigua capital alsaciana], sede del Parlamento Europeo. Bruselas tiene las comisiones importantes que toma las decisiones, pero simbólicamente la bandera europea está en Estrasburgo; por eso Estrasburgo ha sido peleada por Francia y Alemania en tres guerras (dos mundiales), en 1870, 1914 y 1939.

“Ahora, la reconciliación francoalemana fue un éxito —continúa Meyer—. Mis padres fueron maestros, nacionalistas, patriotas, como mis abuelos, como mis bisabuelos, y odiaban a los alemanes. Pero diez años después de la guerra trabajaron en la reconciliación, limpiaron los libros de texto de cada país de lo que podía ofender al otro o de lo que podía enseñar el odio o el desprecio”.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.

—¿En lo personal qué destaca usted de André Meyer?

—Fue un extraordinario maestro que me enseñó y demostró que no hay niveles. Así como mis abuelos fueron excelentes maestros de primaria, mi padre fue un fabuloso profesor de secundaria y preparatoria; fue mi profesor, y sin que me diera cuenta me inyectó el amor por la historia. Al final de su vida entró en la universidad porque el crecimiento demográfico de Francia hizo que se necesitaran maestros; mi padre nunca hizo tesis de doctorado porque no quiso, sus maestros se lo pedían, pero él no quería perder su libertad, decía que los domingos y las vacaciones eran para la familia y el alpinismo, de tal manera que no llegó a ser catedrático. Pero, insisto, fue un gran maestro que me enseñó que el maestro de primaria no es inferior a un maestro de secundaria, y que el maestro de secundaria no es inferior al profesor de universidad, no es cierto que hay una pirámide. Hay gente que sabe hablar a los alumnos, apasionarlos y trasmitir conocimientos, y que además tiene valores, principios y que no acepta ningún tipo de compromisos. Es la enseñanza que me dieron mis padres.

—¿Cuál es la importancia de las obras literarias cuando aportan esta clase de documentos históricos?

—Es literatura. Yo siempre lo he soñado, he incursionado un poco en la novela histórica, pero nunca lo logro, incluso un amigo escritor, hombre de letras, me lo reclamó amistosamente: “Es que tú nunca sueltas el barandal del documento histórico. Atrévete, lánzate ya. Trapecista, pero quita la red”. Yo no puedo quitar la red. Los historiadores hemos escrito toneladas de libros sobre los fracasos de la reforma agraria, las injusticias, las insuficiencias, cuando hay un cuento breve de Juan Rulfo, “Nos han dado la tierra”, de siete páginas, que lo dice todo. Qué envidia. Rulfo nunca habla directamente de la Guerra Cristera, pero está omnipresente en su obra, y yo necesité tres tomos para escribir La Cristiada. Pero no importa: como lector me alegra la grandeza de esos escritores. Estoy a favor del matrimonio de la historia y la literatura sin que la historia deje de ser historia ni la literatura deje de ser literatura.

Foto: Especial.