El 6 de enero pasado, Donald Trump tuiteó que “el dinero gastado en la construcción del Gran Muro (por cuestiones de velocidad), será reembolsado más tarde por México”.
The Economist informa que 40 países han construido cercas desde la caída del Muro de Berlín. 30 de ellas fueron construidas después del 9/11, y 15 se construyeron en 2015.
Estados Unidos ya cuenta con alrededor de 1046 kilómetros de muro a lo largo de la frontera con México. Hungría construyó un muro en la frontera con Serbia en 2015 y está erigiendo barreras en sus fronteras con Rumanía y Croacia para dificultar la entrada de refugiados. España, que es un importante enlace en la frontera sur de Europa, construyó cercas en sus enclaves de Ceuta y en Melilla (al norte de Marruecos) para impedir la inmigración y el contrabando provenientes de África.
Mis investigaciones se centran en por qué los países construyen muros legales y físicos, especialmente en el continente americano. La lógica de los muros, que consiste en crear una separación espacial entre las personas, es anterior al furor actual. Forma parte de una lógica más amplia que los seres humanos han utilizado por más de 300 años.
Esta estrategia resulta políticamente atractiva debido a su simplicidad, pero no comprende los problemas de la globalización y de la migración que pretende afrontar. La construcción de muros pocas veces ha logrado el efecto buscado, y muchos de ellos han significado un desperdicio de recursos y la pérdida de oportunidades para Estados Unidos.
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La lógica detrás de los muros
Los habitantes de países como Estados Unidos y el Reino Unido se sienten intranquilos por lo que perciben como una decadencia económica, así como por los extranjeros que ponen en riesgo su estilo de vida. La construcción de muros de papel o de concreto para proteger la economía, los empleos y la cultura del país es una estrategia que tiene un gran atractivo. La Primera Ministra británica Theresa May se refirió recientemente al plan del Brexit como una forma de arrebatar a Europa el control de las fronteras del Reino Unido y de “construir un Reino Unido más fuerte”.
En la historia estadounidense, la construcción de muros de papel y de concreto ha producido episodios que actualmente son considerados ampliamente por los historiadores como incongruentes con los mejores principios democráticos de ese país.
Entre los primeros muros de papel, o de carácter legal, erigidos en Estados Unidos se encuentran las Leyes de Exclusión de los Chinos, que limitaba la entrada de inmigrantes asiáticos, así como su elegibilidad para obtener la ciudadanía, a partir de 1882. Lo que el difunto científico político Aristide Zolberg denominó “la Gran Muralla contra China” no fue derribada sino hasta 1943, y ello ocurrió solo porque Estados Unidos necesitaba el apoyo de China en la guerra contra el fascismo.
Durante 220 años, Estados Unidos discriminó a posibles inmigrantes y ciudadanos con base en su origen racial. Aunque Estados Unidos fue uno de los primeros países en implementar esta estrategia de excluir según la raza, todos los otros países del continente americano, Australia, Nueva Zelanda y el sur de África tenían leyes y políticas similares. En Estados Unidos, este enfoque llevó a generar políticas como la exclusión de los chinos, la Ley de Cuotas de Nacionalidad (según la cual se seleccionaba a los inmigrantes según sus orígenes etno-raciales), el internamiento de los japoneses y el cierre de puertas a los refugiados judíos que huían de la cruenta persecución nazi.
La mayoría de los países utiliza la discriminación según el origen para construir su nación. Esto permitió que las élites políticas eligieran cuáles inmigrantes eran adecuados como trabajadores o como ciudadanos. Por ejemplo, en Estados Unidos, los inmigrantes chinos eran considerados aptos para desempeñarse como trabajadores que realizaban tareas sucias, degradantes y peligrosas, pero no como miembros plenos de la nación.
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Auge y caída de los muros
En el trabajo que realicé con David FitzGerald se describe la forma en que la abierta discriminación según la raza en las leyes sobre inmigración y nacionalidad finalmente llegó a su fin en el continente americano, incluido Estados Unidos. Esto marcó un declive en la política de construcción de muros, pero no en el racismo subyacente que salió a la superficie en otras áreas de la política.
Estados Unidos y otros países poderosos y principalmente blancos necesitaban el apoyo de países de América Latina, Asia y África para luchar contra el fascismo y, posteriormente, contra el comunismo. Estados Unidos y sus aliados no podían solicitar fácilmente el apoyo de los países a cuyos ciudadanos excluían por motivos raciales.
De mala gana, Estados Unidos y Canadá descartaron sus leyes sobre inmigración y nacionalidad, que eran abiertamente discriminatorias, a partir de la década de 1960, mucho después que otros países del continente. La caída de los muros de papel contra grupos concretos dio como resultado una notable transformación demográfica. En la década de 1950, los inmigrantes en Estados Unidos eran 90 por ciento europeos y 3 por ciento asiáticos. Para 2011, 48 por ciento eran asiáticos y 13 por ciento europeos.
El rostro de esa nación se transformó y los “estadounidense” confrontaron preguntas sobre quien era un miembro pleno. ¿Eran aquellos que pertenecían a un grupo étnico y racial concreto? ¿O lo eran quienes apoyaban los ideales cívicos de la democracia?
Los cambios demográficos que han ocurrido desde la desaparición de la Ley de Cuotas de Nacionalidad en 1965 han vuelto a plantear esas preguntas entre las personas de raza blanca que pertenecen a la corriente principal de la política. Los inmigrantes se establecen en “nuevos destinos”, es decir, en áreas ubicadas principalmente en el sur y el medio oeste de Estados Unidos, las cuales habían experimentado poca migración hasta la década de 1990. Los llamados para revivir la lógica de los muros se han vuelto cada vez más fuertes en esas áreas.
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No hay remedio fácil
La construcción de un muro no hace frente a las complejidades de la migración no autorizada ni a las preocupaciones económicas de la clase media estadounidense.
Por ejemplo, prácticamente la mitad de los inmigrantes no autorizados en Estados Unidos son personas que se quedaron más allá de la vigencia de sus visas, y no personas que cruzaron la frontera sin autorización. Las barreras también generan más muertes porque las personas tratan de cruzar la frontera en los lugares no cercados más inhóspitos. Las barreras que actualmente han sido construidas han generado miles de millones de gastos federales en seguridad e inversión fronteriza.
Los estadounidenses de clase trabajadora y media también sienten una vaga intranquilidad con respecto a su lugar en la economía. Una retórica que identifica a culpables específicos, en este caso, los inmigrantes y el comercio internacional, resulta muy atractiva. Lo mismo ocurre con las soluciones sencillas y concretas.
Sin embargo, los muros que limitan la movilidad o el comercio son una solución demasiado simplista para un problema complejo. Las economías actuales están más ligadas por el intercambio de datos, bienes y servicios entre los países que en cualquier otro momento de la historia. Los trabajadores también se han trasladado a otros países más que en el pasado, aun con la existencia de mayores regulaciones.
Los efectos de la desigualdad de ingresos en todo el mundo han sido percibidos de manera distinta entre diferentes grupos. La investigación del economista Branko Milanovic muestra que durante el periodo más intenso de la globalización, de 1998 a 2008, las personas originarias de Asia y que pertenecían al uno por ciento con mayores ingresos experimentaron el más alto crecimiento real en sus ganancias. Mientras tanto, las personas de los estratos bajo y medio de Europa occidental, América del Norte y Oceanía no experimentaron ningún crecimiento.
Los cambios demográficos descritos, la pérdida percibida de ventajas políticas entre las personas de raza blanca y el estancamiento en los ingresos de las personas de las clases media y trabajadora en Estados Unidos son duras realidades. Ningún muro cambiará estos hechos.
Lo más importante es que la construcción de muros en todo el mundo distrae a los ciudadanos y a los encargados de la política, impidiéndoles concentrarse en problemas más complejos. La desigualdad económica extrema, los conflictos globales y la decadencia ambiental están más allá de las fronteras y las capacidades de un solo país.