La ‘trumponomía’, explicada

EN LAS SEMANAS transcurridas desde la elección de Donald Trump a la presidencia, el comportamiento de los mercados financieros de Estados Unidos —y el mercado accionario en particular— ha representado el triunfo de la esperanza sobre el sentido común. El “melt-up” constante de los principales índices accionarios hasta niveles máximos históricos está arraigado no solo en una economía interna que mejora lentamente, sino en el optimismo: la creencia de que Trump, como prometió en campaña, recortará impuestos corporativos e individuales; repatriará miles de millones de dólares que las compañías actualmente guardan en el extranjero en vez de invertirlos en el país; invertirá un billón de dólares en infraestructura; y desregulará grandes sectores de la economía. Todas ellas, políticas que entusiasman a gran parte del mundo corporativo estadounidense.

No obstante, en los días previos a la
inauguración, los mercados financieros también reflejaron algo más: aprensión. Debido a las expectativas de lo que traerá la “trumponomía”, las tasas de interés de Estados Unidos han escalado rápidamente —la tasa del bono del Tesoro a diez años se encuentra ahora en 2.4 por ciento, contra 1.8 por ciento el día anterior a las elecciones—, y lo mismo ha sucedido con el valor del dólar. Esto ha ejercido una presión especial en las economías de los mercados emergentes —sobre todo China—, obligándolos a defender monedas que se debilitan.

Hasta cierto punto, los economistas pueden argüir que una economía estadounidense fortalecida e impulsada por políticas diseñadas para aumentar el crecimiento, inevitablemente resultará en tasas de interés más altas; habrá mayor demanda de capital conforme los negocios busquen invertir; y el crecimiento robustecido conducirá a un repunte en las presiones inflacionarias. Y las tasas de interés más altas harán que los inversionistas del mundo entero traten de invertir en Estados Unidos, con lo que elevarán el valor del dólar.

Pero ya hemos visto esta película, y no termina bien. En Estados Unidos, la combinación de una política monetaria más estrecha —la Reserva Federal ha dicho que probablemente elevará sus tasas dos o tres veces este año— y una política fiscal relajada tienen consecuencias. Una de ellas: el dólar puede subir contra otras monedas en tal medida que se vuelve un problema para que las multinacionales estadounidenses hagan negocios en el extranjero, donde el ingreso vale menos en términos de dólar. En el pasado, esa combinación de políticas se ha traducido en que el dólar se aprecia demasiado respecto del nivel en que lo sitúan los aspectos económicos básicos, y la consecuencia es que las utilidades corporativas estadounidenses pagan el precio. Esto ocurrió en la era de Reagan, el periodo que los fanáticos más ardientes de Trump creen estar reviviendo. Los inicios y años intermedios de la década de 1980 se dieron en conocer como la “era superdólar”, pues el dólar se apreció de manera significativa frente al yen japonés y el marco alemán, que entonces eran los principales socios comerciales de Estados Unidos.

Cosa nada sorprendente, el déficit comercial estadounidense se disparó a la vez que los bienes importados se volvieron más competitivos y las exportaciones estadounidenses sufrieron en el exterior. Dicha era terminó cuando el entonces secretario del Tesoro, James Baker, convocó a una cumbre en el Hotel Plaza de Manhattan (que, como hermosa ironía, un día sería propiedad de Trump), y dicha cumbre resultó en una apreciación enorme y controlada del yen frente al dólar.

¿Qué tiene que ver todo esto con lo que sucede hoy? Durante su campaña, Trump juró reducir la deuda nacional, pero las probabilidades de que lo consiga son muy escasas. Pretende recortar los impuestos corporativos e individuales y aumentar el gasto para la defensa e infraestructura nacional. La única manera como podrá hacerlo sin inflar el déficit presupuestal es reformando los programas de subsidios —Seguro Social y Medicare—, lo cual apoyarían los republicanos de la Cámara de Representantes. ¿El problema? Trump no quiere hacerlo. No lo entusiasman los recortes. De modo que es muy probable que el déficit presupuestal estalle, lo que, a su vez, significa que Estados Unidos tendrá que pedir más préstamos al exterior para financiarse, lo que seguramente aumentará la presión sobre el dólar. Y eso, sin duda, incrementará el déficit comercial, como ocurrió en la era Reagan; cosa que Trump tampoco quiere que suceda, dado que hizo campaña como guerrero del comercio.

En este punto la “trumponomía” se volverá calamitosa. Mira lo que ocurre en China en este momento: pese a las constantes arengas de Trump sobre Pekín y su “manipulación” monetaria (dice que la mantiene artificialmente baja respecto del dólar para tener una ventaja comercial), el banco central chino trata desesperadamente de mantener el nivel actual del yuan frente al dólar. Gracias a la creciente debilidad de la economía nacional y a un dólar más fuerte, los inversores chinos están sacando dinero del país y metiéndolo en activos cotizados en dólares. En diciembre, las enormes reservas chinas en moneda extranjera se desplomaron 70 000 millones de dólares, alcanzando el nivel más bajo en seis años, y la presión se intensifica debido, en parte, al temor de la devaluación. Hace poco, Yu Yongding, exasesor del Banco Popular de China, estremeció los mercados nacionales al anunciar que el yuan no podía depreciarse más de 25 por ciento este año. Los inversionistas interpretaron sus palabras como que el esfuerzo actual del BPC para apuntalar la moneda iba a fracasar, y que la evaluación era inevitable.

Eso significa que las importaciones chinas probablemente aumentarán, en vez de disminuir, como quiere Trump. Y dadas las políticas de Washington, una guerra comercial abierta con China es casi inevitable. De hecho, el gobierno de Pekín ya ha corrido la voz de que cualquier intento de Estados Unidos de discriminar contra los bienes chinos provocará problemas para las multinacionales estadounidenses. El gobierno oriental ya amenazó con investigaciones antimonopolio y fiscales en contra de dichas empresas; y en privado, muchas compañías estadounidenses empiezan a ponerse nerviosas.

Una guerra comercial entre las dos economías más grandes del mundo no es el resultado que perseguiría cualquier político cuerdo. Sin embargo, la colección de políticas que favorece la administración de Trump apunta en esa dirección. En algún momento, los inversores accionarios de Estados Unidos se darán cuenta de esto y el “melt-up” actual se volverá todo lo contrario.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek