La nueva globalización podría cambiar el mapa mundial actual

Durante las últimas décadas, la globalización ha sido el statu quo. Los avances en la tecnología de las comunicaciones y de los transportes han hecho que el mundo se vuelva mucho más pequeño de lo que fue alguna vez, y desde entonces, los gobiernos y las empresas de todas partes han buscado que esta idea resulte rentable. Esto se ha manifestado en acuerdos de libre comercio, uniones económicas y políticas y, en Europa, la ciudadanía común de 500 millones de personas de 28 países, lo cual no tiene precedentes.

Sin embargo, después del Brexit, de la victoria de Donald Trump y con la inminente campaña presidencial de Marine Le Pen en Francia, las naciones globalizadas se encuentran divididas por la mitad con base en líneas ideológicas. Tan arraigadas están las creencias a cada lado de la división, que invocan una contracultura propia, amenazando con desdeñar a la sociedad que alguna vez compartieron.

En 1996, el científico político Samuel Huntington propuso la hipótesis de que las políticas de identidad podrían convertirse en el sostén del conflicto global. Huntington describió los lazos fundamentales de las naciones como “la historia, el idioma, la cultura, la tradición y, de manera más importante, la religión”. Para él, estas características unen a las naciones por encima de todo y lo hacen en oposición a aquellas del exterior.

Huntington previó una mayor conciencia de las diferencias culturales como resultado de la globalización. Pronosticó que las culturas regionales verían su propia identidad a través de las diferencias con sus vecinos. Los detractores de Huntington, como el economista Amartya Sen, advirtieron que una visión tan homogeneizada de los grupos culturales es errónea, dado que la mayoría de las personas valoran la diversidad como una característica definitoria. En realidad, ambos tienen razón, pero no completamente.

Nuevas prioridades

El idioma, la cultura, la tradición y la revisión ya no bastan para unir a las regiones del mundo occidental. Se ha producido una transformación marcadamente política. La identidad en la cultura occidental se ha convertido en la cuestión de la forma en que se considera, o se debe considerar, a los extranjeros. Los votantes de la clase trabajadora, que tradicionalmente han sido la base de los partidos socialdemócratas, están volviéndose hacia el populismo anti-inmigración de la derecha. En sí mismo, esto no es nada nuevo, pero por primera vez, las ideas tradicionales de “izquierda” y “derecha” están siendo reemplazadas. En Estados Unidos, se está a favor o en contra del muro en la frontera con México. En el Reino Unido, se trata de “permanecer” o “salir”.

Por otra parte, los globalistas están igualmente decididos a preservar una ciudadanía común. Por ejemplo, Charles Goerens, Miembro del Parlamento Europeo de Luxemburgo, propuso que una ciudadanía “asociada” de la Unión Europea podría permitir que los ciudadanos de antiguos estados miembros opten por reincorporarse voluntariamente a la Unión. En este caso, se ofrecería un nuevo tipo de ciudadanía transnacional, la cual sería invulnerable ante los caprichos del aislacionismo de los estados-nación.

División y unión

Por lo tanto, la geografía existente de las naciones, al menos en lo que respecta a las uniones de estados-nación, se encuentra bajo la presión simultánea de globalistas y antiglobalistas. Los movimientos populistas de derecha en Europa presionan para que más países abandonen la unión europea, mientras que el Reino Unido enfrenta disputas internas. Tampoco son sólo los espectros familiares del nacionalismo regional los que amenazan con desmantelar ahora al Reino Unido.

En Londres, el alcalde de la ciudad Sadiq Khan desea establecer un “permiso de trabajo en Londres” para esquivar las restricciones a la inmigración establecidas en la Unión Europea, las cuales buscan convertirse en una parte inevitable del brexit. Incluso hay rumores de un movimiento a favor de la independencia total de Londres. En Estados Unidos, la idea de una independencia californiana (“Calexit”) ha venido adquiriendo impulso tras la elección de Donald Trump.

Mientras que los populistas de derecha buscan destruir al mundo globalizado a favor de un nacionalismo tradicional, estos nuevos movimientos de independencia buscan hacer lo contrario: liberarse de su identidad histórica para forjar relaciones con todo el mundo.

He aquí una sorprendente semejanza entre las subculturas musicales que estudio y las tendencias geopolíticas actuales. Varios estudiosos de mi área han descubierto que los amantes de la música (por ejemplo, los góticos) pueden sentir que tienen más en común con otros miembros de su subcultura musical, aunque se encuentren a miles de kilómetros de distancia, que con otros miembros de su comunidad geográfica.

En el mismo sentido, el internacionalismo se ha convertido en una identidad subcultural. Es probable que un socialdemócrata del Reino Unido tenga más en común con un socialdemócrata de Francia o de Alemania que con un nacionalista de su ciudad natal. La posibilidad de una nacionalidad individual en la Unión Europea (lo cual parece cada vez más posible), junto con los intentos desesperados de ciudadanos británicos por adquirir la ciudadanía de otros estados de la Unión Europea es prueba de todo esto. Las solicitudes de pasaporte en Irlanda se duplicaron de la noche a la mañana después del voto a favor del brexit, mientras que la elección de Trump hizo que la página web de inmigración de Canadá se colapsara.

Es posible que la globalización haya preparado el camino para el florecimiento de la derecha populista como respuesta, pero al abrir el mundo mediante la tecnología, las barreras de la geografía se han reducido permanentemente.

Después del final

Conforme quedaba asegurada la elección de Trump, Florian Philippot, vicepresidente del Frente Nacional de Le Pen, público en Twitter: “Su mundo se colapsa. El nuestro está siendo construido”.

Esto resulta momentáneamente verdadero para el mundo físico, en la forma de estructuras existentes de poder gubernamental. Sin embargo, la esfera ideológica del internacionalismo sigue intacta. Imaginemos un mundo en nuestro lapso de vida, en el que las personas de California, Escocia, Cataluña, Londres y Berlín tengan la posibilidad de libre tránsito y una ciudadanía común, pero en el que se requiera una visa para visitar Florida o Plymouth. Alguna vez, no hace mucho tiempo, esta idea habría resultado absurda, pero ya no lo es: hemos sido testigos de lo inimaginable ¿Acaso la posibilidad de un mapa mundial conformado de acuerdo con conceptos de nación de tipo ideológico resulta tan extraordinaria?

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek