A MEDIADOS DEL VERANO DE 2015, el Pentágono desplegó una flota enorme en el Pacífico occidental con una fuerza invasora de 33,000 soldados. El ejercicio poco reportado, reforzado con aviones de guerra y helicópteros de ataque, incluía el portaaviones George Washington y tres submarinos nucleares que portaban misiles entre los 21 navíos.
Era solo un juego, dijo la Armada. Pero se veía muchísimo como la práctica de algo serio, destinado a China. La noche del 4 de julio —Día de la Independencia de Estados Unidos— la Operación Sable Talismán empezó con paracaidistas estadounidenses de gran altitud cayendo del cielo cerca de Fog Bay, en el Territorio del Norte de Australia. La artillería naval tronó. Tanques rodaron hacia la orilla. La invasión estaba en marcha.
Un comunicado de prensa de la Armada lo hizo sonar rutinario, un “ejercicio [que] ilustra lo estrecho de la alianza entre Australia y Estados Unidos”. Pero el Military Times, cercano al Departamento de Defensa, puso el dedo en este punto: “Sable Talismán: Tratando de Disuadir a China”, decía su titular.
El documentalista John Pilger enmarca el ejercicio todavía más severamente. Sable Talismán, dice en su provocador filme nuevo, The Coming War on China, fue un ensayo para “bloquear las rutas marítimas en los Estrechos de Malaca y cortar el acceso de China al petróleo, gas y otras materias primas de Oriente Medio y África”. Hasta ahora, el filme solo ha estado disponible en línea en ITV, en DVD y en RT, el canal propagandístico de Rusia.
Ese último detalle, y el título del filme —una “guerra en”, no “con”, China— dice todo lo que necesita saberse sobre el punto de vista de Pilger, de 77 años y un veterano izquierdista y periodista de la televisión australiana. Pero la política de Pilger difícilmente disminuye la contribución que ha hecho al poner un lente corrector a la guerra de palabras rápidamente en aumento entre Pekín y la entrante administración de Trump.
Cuando el presidente electo sugirió a mediados de diciembre que podría revisar el problema de la independencia de Taiwán como un gambito de apertura en las negociaciones comerciales con Pekín, China reaccionó con furia creciente. “El empresario calculador podría sentirse astuto por agarrar el destino de China por el cuello a través de la cuestión de Taiwán”, respondió el periódico estatal Global Timesde Pekín, un portavoz de los nacionalistas de extrema derecha. “Sin embargo, la verdad es que este presidente electo inexperto probablemente no tenga conocimiento de lo que está hablando”. Si Trump trata de cambiar la condición de Taiwán, dijo el periódico, China bien podría “ofrecer apoyo, incluso asistencia militar, a enemigos de Estados Unidos”.
El 16 de diciembre, Pekín anunció que llevaría a cabo sus primeros simulacros con fuego real con un portaaviones y cazas en aguas cercanas a Corea. También dijo que había instalado armas en islas disputadas del Mar de China Meridional que podría usar como una “resortera” para repeler amenazas. Luego, en mar abierto, incautó un dron de la Armada de Estados Unidos, el cual luego regresó.
Los seguidores de Trump en los derechistas comités de expertos en Washington se han burlado de las amenazas de Pekín y vitorearon lo que vieron como “un puñetazo en la cara” atrasado a China, como lo dijo un oficial de inteligencia, pronto a retirarse, a un reportero de Newsweek en una fiesta decembrina. Si China respondiera militarmente, dijo un ejecutivo de la Fundación Heritage, “los haríamos papilla”.
Pilger podría estar de acuerdo. “Hoy —señala en los momentos iniciales de su filme— más de 400 bases militares estadounidenses rodean a China con misiles, bombarderos, buques de guerra y, sobre todo, armas nucleares. Desde el norte de Australia y a través del Pacífico hasta Japón, Corea y a través de Eurasia hasta Afganistán e India, las bases forman, como lo dice un estratega de Estados Unidos, ‘el nudo perfecto’”.

JUEGOS PATRIÓTICOS: Un soldado estadounidense participa en un enorme ejercicio militar que algunos dicen que estaba destinado a ser un mensaje para China. Foto: IAN HITCHCOCK/GETTY
La vista desde China es amenazadora. “Si uno se parara en el edificio más alto de Pekín y mirara hacia el océano Pacífico”, dice James Bradley, autor de The China Mirage: The Hidden History of American Disaster in Asia, a Pilger, “vería buques de guerra estadounidenses, vería que Guam está a punto de hundirse porque hay muchísimos misiles apuntando a China. Uno miraría Corea y vería armamentos estadounidenses apuntando a China, vería Japón, el cual es básicamente… un guante en el puño estadounidense. Pienso que si yo fuera chino tendría… que preocuparme por la agresividad estadounidense”. Y prepararse para la guerra. En la última década, China ha invertido miles de millones de dólares sin revelar en desarrollar los llamados misiles mataportaaviones y defensas aéreas.
El problema con The Coming War on China es que no se trata tanto de un conflicto futuro, sino que es un refrito dramático de la marcha de Estados Unidos a la supremacía militar en el Pacífico, incluidas actualizaciones sobre la resistencia local a las bases de Estados Unidos. Aun cuando ofrece una alternativa saludable a los a menudo frenéticos reportes mediáticos sobre la militarización de China en isletas en el Mar de la China Meridional, solo reconoce vagamente que Pekín podría estar extralimitándose. Ahora lo “impensable”, un choque militar entre los dos, súbitamente se ha vuelto demasiado pensable, incluso inevitable, en algunos círculos. Cuando Trump propició la ira de Pekín al aceptar una llamada telefónica de la lideresa proindependentista de Taiwán a principios de diciembre —amenazando cuatro décadas de estabilidad diplomática—, los dos países se acercaron más al tipo de incidente que podría llevar a una serie peligrosa de represalias de ojo por ojo. El menosprecio posterior de Trump por China en los días siguientes solo intensificó el potencial de una confrontación para salvar la cara.
Aun cuando el presidente chino Xi Jinping tiene mucho poder en el Politburó para lidiar con Trump en varios asuntos polémicos, empezando por el comercio, no tiene ninguno en la condición de Taiwán, creen firmemente los analistas. La política fundamental de Pekín con respecto a Taiwán, reiterada por décadas en documentos oficiales y conversaciones privadas con visitantes extranjeros, es que la isla ha sido una provincia renegada desde que fuerzas nacionalistas apoyadas por Estados Unidos se retiraron allí en 1949. Con el triunfo de su revolución en 1950, el Partido Comunista Chino terminó con más de un siglo de humillaciones reiteradas a manos de invasores extranjeros, excepto por la “separatista” Taiwán.
Xi no se arriesgará a ser visto como “blando” con Taiwán, dice Wang Dong, profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Peking, a Newsweek.“Si la entrante administración de Trump sigue políticas que pisen los intereses centrales de China —soberanía e integridad territorial—, entonces no debería esperar nada menos que una respuesta fuerte”.
El almirante Harry Harris, el más alto comandante militar de Estados Unidos en el Pacífico, ha hecho comentarios cada vez más belicosos sobre las acciones de China en el Mar de la China Meridional. Después de desafiar a China con un ejercicio llamado de libertad de navegación que envió un buque lanzamisiles guiado por Estados Unidos a través de aguas reclamadas por China el año pasado, declaró: “Verán más de estos”. Pero los analistas han señalado que los ejercicios de Harris han sido menos de lo publicitado: los buques en realidad pasaron a través de aguas reclamadas por China bajo condiciones de “paso inocente”, con su radar agresivo apagado.
John Bolton, una posible elección como subsecretario de Estado, dijo que el nuevo presidente de Estados Unidos bien podría hacer retroceder a China en su intento de “convertir el Mar de la China Meridional en una provincia china”. Un primer paso podría ser el enviar una patrulla naval más fuerte a través de las aguas disputadas con su radar de guerra encendido. Ello “sería una provocación seria”, dice Wang a Newsweek, “y China definitivamente respondería con fuerza, lo cual, por supuesto, luego aumentaría grandemente el riesgo de un punto muerto militar o incluso una confrontación”.
Un observador de China de toda la vida piensa que Xi enfrentará presión de sus halcones para tomar acciones más radicales, tal vez incluso algún tipo de movimiento preventivo sobre Taiwán, dice Bill Bishop, editor del influyente boletín informativo Sinocism. “No he oído algo en específico, pero [esa] sería una opinión lógica de algunos [en Pekín], especialmente si están convencidos de que Trump terminará la ambigüedad estratégica con respecto a si Estados Unidos defenderá a Taiwán”, dice Bishop a Newsweekvía correo electrónico. “Dados los cambios/tendencias políticos y sociales en Taiwán la reunificación pacífica es una fantasía, y solo lo será aún más” al paso del tiempo. “Si yo fuera un halcón, ciertamente argumentaría que no hay momento como las últimas semanas de la administración de Obama para resolverlo de una vez por todas”.
Hay pocas posibilidades de que pase eso, dicen otros observadores de China. Las mejores opciones de Pekín son financieras, no militares. El hombre más rico de China, Wang Jianlin, advirtió el 10 de diciembre que Trump arriesgaba 20 000 empleos estadounidenses y 10 000 millones de dólares en inversiones chinas “si las cosas se manejan mal”. Luego, en un anticipo posible días después, Pekín dijo que investigaría la empresa conjunta de GM con SAIC, domiciliada en Shanghái, “por posibles violaciones antimonopolio. E incluso podría imponer una multa enorme”, según NBC.
Un choque militar a gran escala entre Estados Unidos y China no solo es improbable, sino una locura, dice Eric Li, un eminente politólogo y capitalista de riesgo en Shanghái. “Nunca ha habido dos países con mayor interdependencia mutua”, comenta a Pilger. “China es la nación comercial más grande del mundo y de la historia”. No solo eso; están “vinculados a todo el mundo”. Todo ello “habla de paz”, afirma.
Si la guerra se da, a Pilger no le sorprendería, incluso piensa que sería culpa de Washington. Pero da una nota esperanzadora. “No tenemos que aceptar la palabra de quienes conjuran amenazas y enemigos falsos que justifican el negocio y se benefician de la guerra”, dice cuando el filme termina. Todo lo que tenemos que hacer es “reconocer que hay otra superpotencia”.
La administración de Obama parece entender eso, pero ¿lo hará la de Trump? Como dijo uno de sus asesores sobre China a un público de radio la semana pasada: “Si a China no le gusta, al diablo con ellos”.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek