Por: Carrie Fisher
Imagina este cuadro: Estoy en Westwood Village, mirando “The Matrix”. Keanu Reeves luce muy musculoso, muy Prada. Estoy sola. Mi hija, Billie y yo vimos el comercial de televisión donde la boca de Keanu empieza a mutar, y a Billie le pareció interesante. Pero Billie es demasiado joven para ver la película del “boca de Prada”, así que no pudo acompañarme. Los clásicos como “Guerra de las Galaxias” son más para el nivel de Billie. Todavía le gusta el jabón vintage que anuncia por el reverso:‘¡Lávate con Leia y tú también te sentirás como una princesa!’ También le gusta la vieja botella de champú; esa que desenroscas mi cabeza y viertes el jabón por mi cuello. Y aún lleva al colegio una carpeta para tareas escolares de la Princesa Leia; ¡me parte el alma! La dichosa carpeta está tan desvencijada que tuve que llamar a George para pedirle que fuera a su enorme almacén de Lucasfilm a conseguirme una carpeta vintage en mejor estado.
El caso es que Billie está visitando a su padre y me encuentro sola en el puesto de comida, comprando mis palomitas sin mantequilla. Está lloviendo. Ya hay gente haciendo cola para “La amenaza fantasma”, que se estrenará en el mismo teatro dentro de un mes; digamos que solo falta un ciclo menstrual. A mi lado, una mujer de cabello oscuro ordena Sno-caps, Sprite, y Good & Plenty. De pronto, me dirige La Mirada: esa que siempre recibo cuando alguien está a punto de preguntar si estoy en “Amenaza fantasma”. Abre la boca, pero la interrumpo. “No”, le digo, “No estoy en la película. Es una precuela”, pronunciando precuela como si fuera una canción de cuna. Eso parece aplacarla. Mientras tanto, la gente que hace fila bajo la lluvia para comprar boletos de la precuela comienza a estornudar. Necesitan Nyquil.
En la sala, el público vitorea el tráiler de “Amenaza fantasma”. Veo a mis viejos amigos y enemigos: R2-D2, Jabba el Hutt, C-3PO, el emperador malvado. Nueva película, misma banda sonora mejorada, mismos ajustes de cuentas con el lado oscuro. ¡Momento!: las nuevas escenas me recuerdan mucho a la vieja “Guerra de las Galaxias”. Es de hace mucho tiempo, de un negocio del espectáculo muy, muy lejano. Es como el Old Spice, te remonta al pasado: huele a velocidad de la luz y a Ewoks mojados. Por otra parte, me recuerda que estuve enamorada del señor Ford antes que eso se volviera tendencia. Cuando hicimos la primera película, yo contaba tenía 19 años y él tenía 34. Recuerdo que yo escribía un diario donde hacía una crónica de mi enamoramiento, así como de otros amores de mi pasado. Solo una probadita: “Tengo que dejar de obsesionarme con los seres humanos y enamorarme de una silla. Las sillas tienen todo lo que los seres humanos pueden ofrecer, y menos, lo cual, obviamente, es lo que necesito. Menos retroalimentación emocional e intelectual, menos calor, menos aprobación, menos paciencia y menos respuesta. Cuanto menos mejor. Que sean las sillas. Tengo que llenar mi corazón con sentimientos por los muebles”.
Al principio, cuando “Guerra de las Galaxias” se convirtió en un auténtico fenómeno, solíamos pasar en auto por los teatros para ver a la gente haciendo la fila. Era de lo más irreal. Leíamos nuestro propio correo de admiradores. Una madre escribió que su hija tenía que operarse los ojos. Cogimos la carta, y todos –Mark, Harrison y yo- llamamos enseguida al hospital para decirle cuánto lo lamentábamos. ¡No sabíamos ser famosos! Hicimos una gira masiva y en cada ciudad, corríamos directamente de una conferencia de prensa a cualquier parque de diversiones disponible. Todavía puedo ver a Harrison colgando de cabeza en la jaula de la Rueda de la Fortuna de Seattle, con su traje y corbata para entrevistas. Harrison siempre se conducía con mucha dignidad. Huelga decir que, esa vez, atrajo mucha atención.
¿Qué recuerdo de los rodajes? Recuerdo aquel bikini de hierro que usé en el “Episodio VI”: el mismo que las supermodelos terminarán usando en el séptimo anillo del infierno. Estaba acostada junto a Jabba el Hutt en la tercera película, esa cuyo nombre no recuerdo (no sé por qué insisto en llamarla “Rebelde sin causa”). Mientras usaba el bikini, el actor que interpretaba a Boba Fett se encontraba parado detrás de mí, y tenía una vista muy clara de todo el camino hasta… Florida. Mi madre siempre fue la vecinita de junto. Pero a mí me hicieron de otra madera; era como la chica de la esquina, la de la tanga de titanio.
Antes de hacer las películas de “La Guerra de las Galaxias”, adquirí un acento británico bastante pronunciado –debido a que asistí a la Escuela Central de Habla y Drama en Londres- junto con una enorme cantidad de brillo labial (me parece que las dos cosas tienen alguna relación). En esos días pasaba por una edad surrealista, en un plató surrealista. Demoraban dos horas en ponerme aquel cabello horrible. Y por alguna razón, no había ropa interior en el espacio, así que no llevaba sujetador; de modo que, cuando hacía escenas en las que tenía que correr, me fijaban los senos con cinta adhesiva. Solía decirles: “Al final del día, deberíamos hacer una subasta con el equipo. El ganador podrá arrancarme la cinta adhesiva de los pechos”. En determinado momento, hice una copia fotostática de dichos pechos y mi amigo Charlie, quien era asistente de producción, distribuyó copias entre el equipo de filmación. Lo que me recuerda una revelación que descubrí en mis viejos diarios: “Hay tres grados de rareza. Son: (1) Salvajemente raro. (2) Raro. (3) Irrevocablemente raro”.
Cuando terminamos de rodar la primera película, George la montó en Londres. Me hizo entrar, y tocó mi tema, con John Williams dirigiendo la Sinfónica de Londres. Yo nunca había tenido un tema. George era muy parco en aquellos días. Corría una broma de que un reportero deL.A. Times visitó el plató de “Guerra de las Galaxias” y después de tres días, preguntó, “¿Cuál es el director?”. Cuando George dirigía, solo decía dos cosas: “más rápido” o “más intenso”. Una vez perdió la voz durante el rodaje. Pero como no hablaba mucho, fue difícil darnos cuenta. Quisimos conseguirle una tabla de madera con dos cornetas para que las tocara: una para “más rápido”, y la otra para “más intenso”.
Siempre era difícil ver el producto terminado: parecían películas caseras. Películas caseras muy bien organizadas que ocurrían en el espacio. Casi todos aparecíamos en cada escena. En una ocasión, no nos usaron en todo el día; nos hicieron esperar con nuestros trajes espaciales y nuestras armas. Harrison fue a la oficina del productor a las 5 de la tarde y dijo que, al final de su vida, quería que le devolviera ese día perdido. Siempre he pensado que me gustaría recuperar ese día a la mitad de mi vida. Como ahora.
Aquí tengo otro recuerdo. Sé que no debería contar esta historia, pero ¡qué diablos!
Estaba quedándome en la casa de Eric Idle, en St. John’s Wood –queda cerca de St. John’s Wort, solo que más deprimente- y Eric recién había regresado de rodar “La vida de Brian” en Túnez. Trajo consigo una bebida que, según dijo, habían dado los extras para que trabajaran más tiempo. La llamé “limpiador de mesas tunecino”. Como regla, soy alérgica al alcohol, y Harrison tampoco bebe. Pero esa noche improvisamos una fiesta. Llegaron los Rolling Stones, pues estaban grabando a un par de cuadras de allí. Nos quedamos despiertos toda la noche, bebimos “limpiador de mesa” y jamás se nos ocurrió irnos a dormir. La mañana siguiente, cuando llegamos al plató, no teníamos resaca: estábamos… como los extras de Túnez, más que dispuestos a trabajar. Esa mañana rodamos la llegada a Cloud City, donde nos encontramos con Billy Dee Williams. Y es una de las pocas veces en la serie en que tanto Harrison como yo sonreímos. Hasta el día de hoy, Eric se siente como un padre orgulloso de su impacto en la trilogía.
“La Guerra de las Galaxias” me enseñó de todo: a disparar un arma; a fijarme los senos con cinta adhesiva. Fueron los mejores días de mi vida. Y hablando de días, acabo de enterarme de conseguí que me devolvieran aquel día que Harrison exigió. Voy a usarlo para formarme en la fila de “La amenaza fantasma”. Pásame el Nyquil.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek