Una fuerza de policía canadiense en la isla Prince Edward amenaza a los conductores ebrios con música de Nickelback. La policía de la ciudad de Kensington ha declarado:
Encima de una onerosa multa, un cargo criminal y la suspensión de la licencia durante un año, también les daremos el regalo adicional de escuchar la copia de Nickelback del Departamento durante el viaje a la cárcel en la patrulla.
Tal vez parezca una forma de prevención criminal algo extraña, pero el uso de la música como castigo es un método probado y comprobado. Otros ejemplos recientes incluyen al Consejo Rockdale de Sídney, Australia que, en 2006, usó la música de Barry Manilow para evitar que los jóvenes se reunieran fuera de las tiendas. Y en 2008, un juez estadounidense, enfurecido porque los jóvenes de ciertos vecindarios tocaban música a gran volumen en sus autos, decidió sentenciar a los infractores a su Programa de Inmersión Musical, el cual era tanto un castigo como una forma de educación, pues los forzó a escuchar canciones como el tema musical de “Barney” y sí… más Barry Manilow.
Por supuesto, hay variaciones en el tipo de música que distintas personas considerarían como un castigo. Cuando los barcos mercantes presuntamente usaron música de Britney Spears en su guerra contra los piratas somalíes frente a las costas de África, Steven Jones, de la Asociación de Seguridad para la Industria Marítima, dijo: “Imagino que usar a Justin Bieber iría contra la Convención de Ginebra”.
Si bien, en broma, todos podríamos proponer música “naff” (pasada de moda) para incluirla en estos castigos y disuasivos, la verdad es que el uso (y abuso) de la música muy a menudo viola las Convenciones Internacionales de los Derechos Humanos, sobre todo el Artículo 5.
Bombardeo acústico
Hace tiempo que la música se utiliza sistemáticamente como un arma de guerra. Se sabe que resonaba de manera estentórea en los altavoces de los campos de concentración nazis para ahogar el sonido de los disparos, los cuales habrían desatado el pánico o rebeliones. También interpretaban música alegre como “bienvenida” para recibir a los recién llegados en la estación de trenes de Treblinka, a fin de engañarlos sobre la verdadera identidad del campamento. Muchos de esos campos de concentración incluso contaban con orquestas oficiales, en las cuales había prisioneros que tocaban para los oficiales y eran tratados mejor que los prisioneros comunes; algunos incluso sentían que debían su supervivencia al hecho de que formaban parte de la orquesta.
Otro caso famoso fue el del ex líder panameño Manuel Noriega, quien se había refugiado de las fuerzas norteamericanas en la casa del nuncio papal en Ciudad de Panamá. En respuesta, los estadounidenses decidieron tocar heavy metal para atormentar al general, quien era amante de la ópera. ElNew York Times informó que Noriega, agotado y atormentado por la ensordecedora música heavy metal que tocaban los soldados, terminó por rendirse 4 de enero de 1990.
Durante la guerra de Irak, las fuerzas estadounidenses bombardearon al enemigo con música, una táctica que fue acordada en el nivel de mando. La decisión musical se dejó a los soldados, quienes montaron sistemas de sonido en los vehículos militares para poder reproducir sus selecciones, y la abrumadora mayoría optó por el rap y el heavy metal. En la película “Soundtrack to War”, que trata sobre el uso de la música en la guerra de Irak, uno de los soldados estadounidenses dice que “la guerra misma es heavy metal”.
Tortura psicológica
En cierta medida, cualquier sonido repetitivo puede usarse para causar daño, pero en los casos de la guerra de Irak y de Bahía de Guantánamo, la música a menudo se eligió, específicamente, porque era culturalmente ajena al enemigo, como el heavy metal y el rap. Por ejemplo, los temas de “Plaza Sésamo” y “Barney”, que simbolizan la inocencia infantil, también se usaron para “quebrar” a los detenidos.
Binyam Mohamed, detenido británico de Guantánamo, informó sobre el uso de música en numerosas ocasiones, aunada a otras técnicas de tortura:
Estaba completamente oscuro y la mayor parte del tiempo, no había luces en las habitaciones… me colgaron durante dos días. Tenía las piernas inflamadas. Se me habían entumecido las muñecas y las manos… se escuchó música muy fuerte, Slim Shady y Dr Dre, durante 20 días. La oía sin parar, una y otra vez.
Se dice que algunas bandas se alegran de que usen su música para lo que perciben como propósitos patrióticos, pero muchas más se oponen firmemente a que su música sirva de tortura. Sin embargo, el uso de la música se ha sumado a la privación sensorial y la humillación sexual como una forma de “tortura lite” no letal, la cual se utiliza para forzar a los prisioneros a revelar sus secretos.
La música, como cualquier ruido, puede ser fuente de dolor. A gran volumen, acelera la respiración y la frecuencia cardiaca, puede provocar desorientación espacial, disminuye la capacidad intelectual, y puede causar náuseas y hasta neurosis. Más allá de cierto límite, puede ser más que una simple molestia o un medio para sacar de las calles a jóvenes ociosos; puede ser un arma mortal inmaterial.
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Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lee el original aquí
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek