¡Sí, robot!

LA PRÓXIMA VEZ que te detengas en una estación de gasolina
de servicio automatizado, saluda al robot que tengas enfrente. Porque su
historia puede decirte mucho sobre la economía robótica que se abalanza sobre
nosotros como un tornado EF5 en la pradera.

Sí, tu bomba de gasolina automática acabó con montones de
empleos a lo largo de los años, mas su biografía podría darte la esperanza de
que la oleada de automatización impulsada por la inteligencia artificial (IA)
resultará mejor de lo que piensa la mayoría.

La primera versión burda de un robot automatizado para
surtir gasolina apareció en 1964 en una estación en Westminster, Colorado. El
dueño de la tienda Short Stop, John Roscoe, compró una caja eléctrica con la
cual el empleado podía activar desde el interior cualquiera de las bombas de
gasolina del exterior. Las bombas de autoservicio se popularizaron hasta 1970,
cuando los fabricantes añadieron la característica de automatización, lo cual
permitió que los clientes pagaran en la bomba; y así, durante los siguientes 30
años, las estaciones de servicio de todo Estados Unidos instalaron esos robots
de tarea específica y despidieron a sus asistentes. Llegados los años 2000, el
trabajo de asistente de estación de servicio casi se había extinguido (solo dos
estados, Nueva Jersey y Oregón, tienen leyes que protegen el “servicio
completo” en las estaciones de gasolina).

Hablamos de cientos de miles de plazas de trabajo que se
evaporaron: hoy día, hay 168 000 gasolineras en Estados Unidos. Para las personas
que los desempeñaban, la pérdida de esos empleos fue, indudablemente,
devastadora, pero el impacto general ha sido bastante positivo para todos los
demás.

Como ha sucedido a lo largo de la historia de la
automatización, algunos puestos de trabajo fueron destruidos por las bombas de
gasolina automatizadas, pero también se crearon empleos nuevos; y muchas veces,
mejores. Se fueron los asistentes, es verdad; pero para construir esas
sofisticadas bombas, empresas como la texana Wayne Fueling Systems, Bennett
Pump Co. de Michigan, y Gilbarco Veeder-Root en Carolina del Norte, tuvieron
que contratar codificadores de software, ingenieros, personal de ventas y
administradores de proyectos. Mientras tanto, los propietarios de las
estaciones de servicio usaron sus ganancias adicionales para convertir sus
gasolineras en “mini-marts”, los cuales necesitaban empleados; y también
construyeron más gasolineras, que necesitaban más bombas de Wayne, Bennett o
Gilbarco, y así, esas compañías contrataron más gente.

Los consumidores gastaban menos en gasolina porque no tenían
que pagar a otra persona para bombearla. Eso les dejó con más dinero para
iPhones o tacos de pescado que ordenaban en Seamless, lo cual creó más empleos
de nuevos tipos.

Una generación de asistentes de estaciones de servicio se
esfumó, pero la automatización envió señales claras de que depender de ese
trabajo no calificado no es un gran proyecto de carrera. Y esas señales
hicieron que más progenitores alentaran a sus hijos a estudiar en la
universidad. En 1970, 14 por ciento de los hombres y 8 por ciento de las
mujeres tenía una carrera universitaria de cuatro años. Para 2015, el
porcentaje, tanto de hombres como de mujeres, ascendió a 32 por ciento. De modo
que, con el tiempo, sacamos a cientos de miles de personas del fondo de
individuos que habrían buscado un empleo como asistentes de gasolinera y los
impulsamos al mercado del trabajo profesional, agregando un montón de valor a
la sociedad y a sus billeteras.

Una y otra vez, los economistas han demostrado que la
automatización contribuye a elevar el estándar de vida general, mejora la tasa
de alfabetización, prolonga el promedio de vida y reduce la tasa de
criminalidad. A la zaga de las oleadas de automatización —la Revolución
Industrial, la mecanización, la informatización— todos nos encontramos mucho
mejor en casi todos los sentidos. Como detalla Matt Ridley en su libro The
Rational Optimist, el estadounidense promedio de 1900 gastaba 76 de cada 100
dólares en comida, ropa y vivienda; hoy día, gasta solo 37 dólares. En 1908,
necesitabas trabajar 4700 horas para comprar un Ford Modelo T; hoy, tienes que
trabajar alrededor de 1000 horas para adquirir un auto mil veces mejor que un
Modelo T. Según cálculos de Naciones Unidas, la pobreza se redujo más en los
últimos 50 años que en los cinco siglos pasados. Si bien el progreso ha sido
menos amable con el extremo inferior de la fuerza de trabajo, de cualquier
manera, ha contribuido a que ese segmento viva mejor que antes, al menos
haciendo que los productos sean más asequibles y mejores al mismo tiempo.

Y ahora, incluso con software para automatizar todo tipo de
trabajo, hay indicios de que la tecnología está creando más plazas de trabajo
de las que destruye. Según los datos del censo de Estados Unidos, publicados en
septiembre, la pobreza ha experimentado la mayor caída anual desde 1999, y se
crearon casi 3 millones de empleos entre 2014 y 2015. Donald Trump ganó las
elecciones presidenciales con la promesa de “regresar” los empleos a Estados
Unidos, una promesa que creyeron muchos de los que se sintieron relegados por
los cambios tecnológicos. No obstante, todo apunta a que las plazas de trabajo
están por delante, y se crean al avanzar.

Es difícil entender que alguien argumente que hoy estaríamos
mejor si Roscoe nunca hubiera instalado su dispositivo automatizado.


¿QUÉ HA PROVOCADO LA GASOLINA? La bomba de gasolina
automatizada acabó con un montón de (malos) empleos y creó muchos empleos
nuevos para más trabajadores capacitados. FOTO: TAIT SIMPSON/GALLERY STOCK

IRA E IMPOTENCIA

Esta es la parte espeluznante de la historia.

Las mejores compañías tecnológicas del mundo compiten para
construir la mejor IA y capturar ese mercado masivo, lo que significa que la
tecnología mejorará rápidamente y nos alcanzará de manera intempestiva. IBM
está invirtiendo mil millones de dólares en su Watson; Amazon está apostando
por Alexa; Apple tiene a Siri. Google, Facebook y Microsoft han dedicado sus
laboratorios de investigación a las tecnologías IA y robótica. En septiembre,
Salesforce.com anunció que su software de negocios llevará integrada una
tecnología IA llamada Einstein. Durante el lanzamiento, el gerente general,
Marc Benioff, dijo que el valor del nuevo ofrecimiento estribará en “ayudar a
la gente a hacer las cosas que sabe hacer, y delegar más cosas en las
máquinas”.

La IA nos conducirá a la mayor de las revoluciones
tecnológicas. La última vez que ocurrió algo remotamente parecido fue hacia
1900, cuando se conjuntaron el automóvil, las telecomunicaciones, el aeroplano
y la electrificación masiva, transformando al mundo de manera radical desde
fines del siglo XIX y hasta la década de 1920. Momentos así son especialmente
aterradores. “Una sociedad que ha establecido incontables rutinas y hábitos,
normas y reglamentos, para ajustarse a las condiciones de una revolución
anterior, no asimila con facilidad una revolución nueva”, escribió la
economista Carlota Pérez en su obra clásica Revoluciones tecnológicas y capital
financiero. “Se acumula un sentimiento de impotencia y frustración, y se
experimenta una creciente incongruencia entre el paradigma nuevo y el viejo”.

Eso mismo sentimos ahora ante la colisión de un repertorio
de tecnologías de gran alcance. La IA es la más importante: la “ur-force” o
fuerza original, como la llama el filósofo tecnológico Kevin Kelly. Y
emergiendo conjuntamente con IA vienen la robótica, la realidad virtual,
blockchain, la impresión 3D y otras maravillas. Por sí sola, cada una sería
tremenda. Tomadas en conjunto, serán en un tornado EF5 feroz, que derrumbará
industrias e instituciones a su paso.

Hemos conectado en red al mundo entero, hemos puesto
dispositivos de cómputo en manos de 3 mil millones de personas, y hemos creado
el fondo de individuos educados más grande en la historia para trabajar en las
economías que fomentan la innovación. En la última década, hemos construido una
nube de cómputo global y migrado en línea nuestras compras, amistades,
trabajos, entretenimiento y gran parte de nuestras vidas. En este mercado
global híper-conectado, las oleadas de automatización pueden inventarse y
desplegarse a velocidad warp, con una rapidez nunca vista.

Será difícil controlar la velocidad de esta transformación.
Los nuevos inventos suelen infiltrarse en la sociedad solo cuando la gente está
lista para recibirlos. Durante la investigación del libro Play Bigger, mis
coautores y yo encontramos que el momento ideal para que una startup se haga
pública es cuando tiene entre seis y 10 años. Tras buscar la causa, llegamos a
la conclusión de que, incluso en el fantástico ambiente tecnológico actual,
hacen falta al menos seis años para que un concepto empresarial exótico
“prenda” (como la música de streaming, en 2006, cuando se fundó Spotify), pues
el cerebro de la mayoría no puede adaptarse más rápido.

La revolución IA actual es tan acelerada que incluso tenemos
dificultades para imaginar cómo resultará. Jeff Hawkins, fundador de Numenta,
empresa de investigación IA (e inventor de la Palm Pilot), me dijo que, en este
momento, la IA se encuentra en un punto muy similar a la computación de
principios de la década de 1950, cuando los pioneros establecieron los
conceptos básicos de las computadoras electrónicas. Menos de 20 años después,
las computadoras hicieron posible los sistemas de reservaciones de aerolíneas,
los cajeros automáticos bancarios, y permitieron que la NASA llevara hombres a
la luna, resultados que nadie habría previsto al iniciar los años 50. Adivinar
el impacto de IA y los robots en una o dos décadas es aún más difícil. “Dentro
de veinte años, IA será uno de los principales motores en innovación y
tecnología, si no es que el principal”, afirma Hawkins. “Pero ¿quieres
predicciones específicas? Eso es imposible”.

AUTOGÉNESIS: Las líneas de armado robóticas que producen
millones de vehículos de autoconducción podrían llevar a la ruina a la
industria de los conductores de camiones. FOTO: SIMON PETER HENRY/GALLERY STOCK

LA FILA DE DESEMPLEO EMPIEZA AQUÍ

El trabajo más común del mundo es el de conductor de camión:
solo en Estados Unidos hay más de 3.5 millones de ellos. Este verano, el
gobierno holandés realizó una prueba exitosa con camiones sin conductor en
Europa. Hace poco, Uber pagó 680 millones de dólares para comprar a Otto, una
startup que está desarrollando camiones de conducción independiente, fundada
por ex especialistas de Google AI. La consultora McKinsey ha predicho que,
dentro de ocho años, un tercio de todos los camiones que circulan en las carreteras
se conducirán solos. Tal vez en 15 años, el conductor de camión se volverá tan
anacrónico como el asistente de la estación de servicio.

Uber invirtió en Otto no solo para conducir camiones, sino
porque quiere operar flotas de automóviles de conducción independiente. De
hecho, en septiembre inició pruebas con una primera flota en Pittsburgh. El
servicio postal de Canadá quiere usar aviones teledirigidos en vez de
camionetas para repartir el correo rural. Millones de empleos de conducción, de
toda índole, podrían irse por el drenaje de IA antes que Trump termine su
mandato de cuatro años.

Quizás dentro de cinco años, la IA será mejor que los seres
humanos para diagnosticar imágenes médicas, y superior a los asistentes legales
para investigar casos judiciales, me dijo Surya Ganguli, prominente científico
IA de la Universidad de Stanford. Por su parte, Hawkins asegura que, a la
larga, construiremos máquinas que serán grandes matemáticos. “Los matemáticos
tratan de encontrar pruebas y estructura matemática, y ven la elegancia de los
espacios de alta dimensión en sus mentes”, dice. “Eso no es algo ‘humano’.
Puedes construir una máquina inteligente diseñada para eso; que viva en un
espacio matemático, y cuyas conductas nativas sean conductas matemáticas. Capaz
de funcionar un millón de veces más rápido que un ser humano y que nunca se
canse. Es posible diseñarla para que sea un matemático brillante”.

Si haces algo previsible y repetitivo, en algún momento, en
los próximos 10 años, quizás termines sintiéndote como uno de los asistentes de
bomba de gasolina de la década de 1980. Una a una, las compañías eliminarán o
marginarán tu trabajo. Los que caerán primero y más rápido serán los menos
educados, como los conductores, los camareros, los trabajadores fabriles y los
administradores de oficinas.

Luego, la robotización del trabajo consumirá más empleos
fundamentados en conocimientos. La contabilidad de bajo nivel será devorada por
el software. Lo mismos sucederá con la redacción básica: Bloomberg ya utiliza
IA para escribir sus informes de utilidades. Los robots modernos pueden ser
mejores corredores de bolsa que los humanos. Y no pasará mucho tiempo antes que
puedas comunicarte con un médico IA usando tu smartphone; le contarás tus
síntomas, usarás la cámara para mostrarle todo lo que quiera ver, y obtendrás
triaje diagnóstico que te indicará que tomes un par de Advil o vayas con un
especialista.

Han existido versiones de IA desde hace décadas. El motor de
búsqueda de Google es tan preciso debido a que se basa en IA y aprende de los
miles de millones de búsquedas. IA es la manera como Facebook administra los
temas que probablemente quieres ver en tus feeds de noticias. Pero para que la
IA sea lo bastante poderoso para conducir un camión o hacer un diagnóstico,
requiere de algunas cosas que apenas están empezando a surgir en escena. Una de
ellas son enormes cantidades de datos. Ahora que hacemos tantas cosas en línea,
cada acción se registra y almacena, añadiendo datos valiosos que pueden nutrir
la IA. La Internet de las Cosas está instalando sensores en personas, autos, y
hasta en la naturaleza. Para analizar esos datos e introducirlos en el software
IA se requiere de un enorme poder de cómputo, el cual ya se ha vuelto
disponible y asequible incluso para una pequeña startup de cochera, gracias a
compañías de nube como Amazon Web Services.

Combinemos todo eso y pronto llegaremos al punto en que la
IA pueda integrarse en casi cualquier cosa; tal vez hasta en tu empleo.

Esa revelación ha desatado un pánico que se ha viralizado
más rápido que la foto más reciente del trasero de Kim Kardashian. Una
investigación de la Universidad de Oxford proclamó que las máquinas se
apropiarán de casi la mitad de todo el trabajo que realizan los seres humanos.
Y algunos tecnólogos han dicho que 90 por ciento de la población terminará
desempleada. Es más, gente inteligente y aparentemente racional opina que
Estados Unidos debe instituir un “ingreso básico garantizado” para que las
masas incapaces de encontrar empleo eviten la depredación.

En septiembre, con la intención de tranquilizar al público y
prevenir una intervención gubernamental, gran parte de los gigantes IA formaron
un grupo llamado Partnership on AI. “Creemos, apasionadamente, en el potencial
de [IA] para transformar nuestro mundo de manera positiva”, dijo Mustafa
Suleyman de Google, en su declaración tipo Yoda de aquel momento.

“La inquietud no es que los robots tomen trabajos humanos y
dejen desempleadas a las personas”, señaló Jason Furman, presidente del Consejo
de Asesores Económicos, en una conferencia reciente. El temor es que la
celeridad de la invasión IA en el empleo “pueda producir períodos sostenidos en
que una gran fracción de personas no trabaje”.

Hace poco, el presidente Barack Obama dio su opinión sobre
la IA. “Si se aprovecha adecuadamente, puede generar una enorme prosperidad y
oportunidades”, comentó, como editor invitado de Wired. “Aunque también tiene
algunas desventajas, las cuales tendremos que resolver, en términos de no
eliminar plazas de trabajo. Podría incrementar la desigualdad. Podría suprimir
salarios”.

A la larga, encontraremos un equilibrio. Pero la transición
a corto plazo será una pesadilla para muchos de tus conocidos. Y tal vez para
ti.


POR PARTIDA DOBLE: Una investigación de la Universidad de
Oxford calcula que la mitad del trabajo humano podría hacerse mejor, más rápido
y barato con robots. FOTO: FABRIZIO BENSCH/REUTERS

CÓMO APRENDÍ A DEJAR DE PREOCUPARME Y AMAR LA IA

Y, sin embargo, la historia tiene un final feliz. Solo hay
que buscarlo.

Hace poco hablé con Ryan Detert, fundador de Influential,
compañía IA que utiliza el Watson de IBM. Ese sistema IA escudriña los medios
sociales para detectar individuos con gran cantidad de seguidores, a los que
llama “influencers”, y analiza su personalidad en línea. Luego, la compañía
colabora con diversas marcas —su cartera de clientes incluye a Kia y Corona—
para encontrar “influencers” cuyos rasgos correspondan a los del público
blanco. Y después, las marcas pagan a los “influencers” para que promuevan sus
productos. Esto está creando un empleo completamente nuevo, el del “influencer
de marca”, por no mencionar los nuevos tipos de empleos que se abren en
Influential y compañías similares.

Una y otra vez, la economía robótica inventará trabajos que
hoy ni siquiera imaginamos, del mismo modo que la Internet dio origen a
carreras imprevistas. La abuela de ninguno de nosotros fue especialista en
optimización de motores de búsqueda. Hoy día, ese trabajo paga un salario
bastante bueno.

De paso, la IA también ayudará a las personas a encontrar la
manera de prosperar en la era de la inteligencia artificial. Sal Khan fundó
Khan Academy desarrollando videos tutoriales en línea para estudiantes de
matemáticas y ciencias. En su siguiente fase, la organización integrará la IA
en sus lecciones. La IA se familiariza con el estudiante y entiende cómo
aprende el individuo para ayudarle a repasar materiales previos o introducir
temas más desafiantes. La visión de Khan contempla ayudar a grupos masivos de
usuarios, a fin de que aprendan nuevas destrezas continuamente y volverlos más
relevantes en los cambiantes mercados de trabajo.

La IA será mejor que cualquier tecnología actual para
ayudarte a encontrar trabajo en las nuevas plazas que cree. La IA formará parte
del software que llegará a conocer tu personalidad, tus destrezas y deseos, y
que monitoreará por ti, constantemente, las ofertas de empleo y las
oportunidades de trabajo independiente en todo el planeta. Según el
Departamento de Trabajo de Estados Unidos, hay unos 8 millones de desempleados
y 4.5 millones de plazas abiertas. Un sistema IA de correspondencia podría
reducir, drásticamente, esas cifras, asegurando que más personas encuentren
trabajo.

Las personas exitosas de la era IA se concentrarán en
trabajos que aprovechen fortalezas humanas singulares, como interacción social,
pensamiento creativo, toma de decisiones con factores complejos, empatía y
cuestionamiento. La IA no puede pensar en datos que no tiene. Sin duda predice
lo que quieres ver en Facebook en función de tus likes, mas no puede predecir
si te gustaría algo completamente diferente. Solo los humanos pueden pensar de
esa manera. Como dice Kelly, las personas más valiosas en una era de responder presionando
botones serán aquellas que hagan las preguntas más interesantes.

Los defensores de la IA dicen que la tecnología colaborará
con nosotros, en vez de competir contra nosotros. El software IA de una sala de
conferencias podría escuchar la conversación de una reunión de negocios
mientras busca información Internet que pueda ser relevante, para presentarla
cuando se le solicite. “Puede obtener conocimiento del mundo exterior que pasa
inadvertido a los humanos”, dice Ganguli; y eso se traduce en que los seres
humanos podrán tomar mejores decisiones.

Hace como un año, asistí a una conferencia de M. Soledad
Cepeda, investigadora oncológica, quien habló sobre la influencia de la IA en
su trabajo. Dijo que el software IA es capaz de analizar, en dos segundos, la
misma cantidad de datos y textos que un asistente de investigación tardaría dos
semanas en revisar. Eso significa que los asistentes quedan libres para
dedicarse al trabajo más minuciosos lo que, a su vez, acelera la búsqueda
científica de curaciones.

Y así, al actuar como colaborador, la IA nos dará la
oportunidad de resolver nuestros problemas más apremiantes, prometiendo
ayudarnos a poner fin al cáncer, aliviar el cambio climático, gestionar
ciudades sobresaturadas, y conducir a nuestra especie hasta Marte. Por
supuesto, no hay certeza de éxito en alguna de esas empresas; lo único cierto
es que no podremos hacerlo sin la IA. Así que, si sigues parado frente a esa
bomba de gasolina llenando el tanque de tu auto, esto es lo que te dirá ese
robot sobre la nueva economía robótica, basado en sus décadas de experiencia:
si la raza humana enfrenta algo peor que el desarrollo de la IA, eso sería
detener el desarrollo de la IA.

Si esto fuera un cuento de hadas sobre el trabajo y el
empleo, la inteligencia artificial sería a la vez una bruja mala y una bruja
buena, un destructor y un creador. Y en esos cuentos, el bien casi siempre sale
victorioso. Sin embargo, a mitad del relato, los personajes no conocen el
desenlace. Y hoy nos encontramos en ese punto: cara a cara con el monstruo, por
primera vez, haciendo todo lo posible para cruzar vivos por el bosque
espeluznante.

Publicado
en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek