FICHAS DE DOMINÓ que caen: así es como el presidente estadounidense Dwight Eisenhower llamó a los países que caían bajo el control comunista en la década de 1950, al tiempo que advertía que la agresiva expansión soviética provocaría la “desintegración” del mundo libre. Durante las siguientes cuatro décadas, miles de personas murieron en guerras subsidiarias de Vietnam a Afganistán, mientras Estados Unidos y sus aliados luchaban para contener la influencia mundial de Moscú.
En noviembre, las fichas de dominó comenzaron a caer nuevamente en una nueva contienda entre Europa, que lucha por mantener su unidad, y una Rusia recientemente asertiva. En Bulgaria, país miembro de la Unión Europea, Rumen Radev, exgeneral de la Fuerza Aérea prorruso sin experiencia política, derrotó a un candidato de centroderecha del orden político establecido en las elecciones presidenciales del país. Ese mismo día, en Moldavia, que alguna vez forma parte de la URSS, Igor Dodon, un desconocido político a favor de Moscú, ganó la presidencia al derrotar a un antiguo economista prooccidental del Banco Mundial.
“Rusia trata de desestabilizar a Europa”, advirtió el presidente búlgaro saliente, Rosen Plevneliev. Por contraste, en Moscú la noticia fue recibida con regocijo. “La marea de Europa finalmente se está volviendo contra la histeria rusofóbica dictada por Estados Unidos”, dijo Vyacheslav Nikonov, diputado de la Duma.
De repente el mundo parece alinearse según los vecinos de Vladimir Putin. Moldavia y Bulgaria son solo las más recientes victorias de una serie de triunfos electorales de grupos que han apoyado los intentos del Kremlin de dividir Europa y debilitar a la OTAN. Desde el rechazo en abril a un tratado entre la Unión Europea y Ucrania por parte de los Países Bajos hasta el brexit y, más recientemente, el triunfo de Donald Trump, es probable que Putin recuerde este año con gran cariño.
Radev de Bulgaria promovió su campaña con la propuesta de retirar las sanciones de la Unión Europea contra Rusia, impuestas tras la anexión de Crimea por parte de Moscú en 2014; Radev dijo que Europa debería ser “pragmática” con respecto a castigar a Putin por violar la ley internacional. En Moldavia, la postura de Dodon fue aún más radical: descartar un acuerdo firmado en 2014 en el que se establecía el libre comercio y la integración con la Unión Europea para unirse a la Unión Económica Euroasiática, dominada por Moscú.
La economía de Bulgaria pasa por un mal momento, en parte, debido a la reducción en el número de turistas rusos desde la imposición de las sanciones occidentales, mientras que su sector agrícola ha sufrido un serio daño provocado por una prohibición recíproca impuesta por Rusia contra la importación de todos los alimentos provenientes de la Unión Europea. Mientras tanto, Moldavia ha sido castigada con sanciones contra el vino y los productos alimenticios, impuestas por Moscú supuestamente por razones de salud y de seguridad, pero que fueron puestas en marcha justo después de que Moldavia firmara su acuerdo comercial con la Unión Europea.
“Las naciones de Europa del Este no han visto ningún beneficio en la expansión de la OTAN, en el conflicto en Oriente Medio, ni en las sanciones contra Rusia”, señala el senador ruso Oleg Morozov, miembro del Comité de Asuntos Internacionales del Consejo de la Federación. “Lo que vemos actualmente es una revuelta global contra las élites. Una nueva camada de políticos está llegando al poder en toda Europa. Algunos de ellos son abiertamente prorrusos, mientras que otros lo son menos, pero todos serán necesariamente más pragmáticos, lo cual será una buena noticia para Rusia”.
Putin se ha convertido en “una especie de Che Guevara para la derecha contraria al orden establecido”, señala Brian Whitmore, autor del influyente blog Power Vertical de Radio Europa Libre. La izquierda radical de Europa también parece admirarlo. Por ejemplo, en Grecia, miembros de alto rango del partido socialista Syriza, entre ellos, Nikos Kotzias, actual ministro de Relaciones Exteriores, mantienen una estrecha relación con Alexander Dugin, un ideólogo ortodoxo ruso ultranacionalista que actualmente es favorecido por el Kremlin.
“Lo que estamos viendo es la división de los sistemas de partidos tradicionales y el surgimiento de partidos de protesta en toda Europa”, señala Dmitry Abzalov, vicepresidente del Centro de Comunicaciones Estratégicas, un grupo de analistas con sede en Moscú. “Los candidatos de izquierda asumen las posturas de la derecha, por ejemplo, en relación con la inmigración”.
Rusia ha desplegado un arsenal diverso para respaldar a sus aliados en Europa. Entre los señuelos económicos se encuentra un gran préstamo ofrecido a Grecia por el Kremlin en 2014 durante su crisis del euro y el suministro de gas con una reducción de precios ofrecido a Hungría y Bulgaria. Las medidas represivas incluyen sanciones impuestas a países como Moldavia, que se han atrevido a firmar acuerdos con Bruselas.
Lograr que la Unión Europea elimine las sanciones, las cuales se revisarán a finales de enero, es el objetivo principal de Moscú. El otro consiste en dividir a la OTAN. Trump ya ha alarmado a los estados del Báltico al decir que la alianza es “obsoleta” y sugerir que Estados Unidos responderá a un ataque ruso solo después de determinar si las víctimas “han cumplido con sus obligaciones para con nosotros”.
Hasta ahora, el resultado de la elección de noviembre en Estados Unidos no ha marcado una profunda división dentro de la OTAN. Radev, el presidente electo de Bulgaria que es un piloto de combate que estudió en la Escuela Superior de Guerra Aérea en Alabama, prometió mantener el lugar de su país en la alianza. “Estar a favor de Europa no significa estar en contra de Rusia”, dice. Sin embargo, junto con el decididamente antiinmigrante y pro-Moscú Viktor Orbán, de Hungría, la influencia de Rusia está en ascenso al mismo tiempo que la fe de los votantes en la Unión Europea se desvanece. En Moldavia, que es el campo de batalla de Europa, acosado por Moscú y Bruselas, 66.6 por ciento de los encuestados en un reciente estudio realizado por el Instituto de Política Pública de Moldavia, dijeron que confiaban en Putin, en comparación con tan solo 28.3 por ciento que confiaban en Ángela Merkel.
Mientras la extrema derecha sigue avanzando hacia Occidente y el apoyo para una Europa unida se tambalea bajo el peso de una economía estancada y de una persistente crisis de refugiados, podría ser solo cuestión de tiempo antes de que más fichas de dominó caigan a favor de Putin.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek