A principios de 1969, Jane Mixer tenía 23 años y el mundo parecía un lugar maravilloso. Era una de las primeras mujeres que estudiaba leyes en la Universidad de Michigan y su novio acababa de proponerle matrimonio. Pero Mixer nunca fue abogada ni esposa. El 21 de marzo la estrangularon, le dieron dos tiros en la cabeza, y abandonaron su cadáver en un cementerio a 22 kilómetros de la universidad.
El homicidio sin resolver atormentó a su familia durante cuatro décadas, hasta que, en 2005, la Policía Estatal de Michigan anunció que acusaría del asesinato al enfermero retirado Gary Leiterman. Mientras reexaminaban el caso, los investigadores habían encontrado el ADN de Leiterman en la pantimedia de Mixer, y en una muestra de sangre de la mano de la víctima descubrieron ADN de otro hombre, John Ruelas. Habría sido imposible determinar cuál de los dos fue el responsable de la muerte. No obstante, en esta instancia la policía tuvo suerte: Ruelas tenía solo cuatro años en 1969 y, por consiguiente, no pudo matar a Mixer. Y así, Leiterman fue condenado por homicidio en primer grado.
Al parecer, las tres muestras (la de Mixer, la de Leiterman y la de Ruelas) se habían contaminado en el laboratorio, lo que desgraciadamente ocurre de vez en cuando si no se siguen los procedimientos debidamente. Además, el ADN también puede contaminarse en la escena del crimen. Pero ese no es el único problema al utilizar ADN para resolver crímenes. El ADN se descompone rápidamente al exponerse al sol intenso o en condiciones de humedad; o quizá no haya suficiente ADN en la muestra. Una manera de resolver este conflicto es utilizando “ADN de contacto”: material genético transferido de un individuo mediante el contacto breve con una perilla o mostrador, por ejemplo. Sin embargo, la muestra consiste de solo una pequeña cantidad de células cutáneas, las cuales pueden contaminarse fácilmente por transferencia secundaria. Digamos que dos hombres se saludan de mano y luego uno toca la perilla, depositando el ADN de los dos. La moraleja: es difícil obtener una muestra de ADN limpio y utilizable.
Cuando hay problemas con la recolección y el análisis de ADN, las consecuencias pueden ser muy graves. Y los errores pueden y, de hecho, han resultado en condenas erróneas. Por ello, basado en una corazonada, el abogado de Leiterman argumentó que el ADN del acusado se contaminó con el de Mixer mientras lo procesaban en el laboratorio (Mixer fue acusada de falsificar recetas médicas). “El ADN sigue siendo el estándar de oro”, dice Bradley Hart, quien dirige el Centro de Ciencia Forense en el Laboratorio Nacional Lawrence Livermore. “Pero a diferencia de lo que ves en televisión, nada es perfecto”.
Por esa razón, Hart y su equipo comenzaron a trabajar con el análisis capilar. Creen que este nuevo método de identificación complementará la prueba de ADN en la próxima década. Y los primeros resultados son alentadores, según un informe publicado el 7 de septiembre en la revista PLOS One. “El contenido proteico del cabello es variable debido a la composición genética de la persona”, explica Hart. El cabello contiene más de 300 proteínas, pero la composición es diferente en cada individuo. Al analizar esas proteínas, los investigadores pueden determinar el perfil proteico del individuo. Y otra ventaja del análisis capilar: las proteínas, del cabello y de cualquier parte son mucho más estables que el ADN y resisten más tiempo. Los autores señalan que el nuevo método todavía no es lo bastante confiable para identificaciones de rutina. Con todo, su precisión está mejorando, y podría servir como comprobación en casos de error de ADN.
Para demostrar que el método funciona, el equipo analizó muestras capilares de 76 hombres y mujeres, en su mayoría de ascendencia europea-estadounidense. Pudieron identificar 185 marcadores proteicos únicos: patrones generales específicos de cada individuo. “Es un logro emocionante en cuanto a lo que podemos hacer actualmente con muestras de cabello”, dice Laura Walton-Williams, profesora de ciencia forense en la Universidad de Staffordshire, Inglaterra. Si bien se recolecta, rutinariamente, en escenas de crimen, el cabello ha dejado de usarse como evidencia forense, sobre todo desde que el FBI reconoció que los análisis capilares que hicieron sus expertos entre 1980 y 2000 tuvieron errores en más de 95 por ciento de los casos. Dichos expertos solían analizar al microscopio el cabello recolectado en una escena de crimen en busca de semejanzas con el cabello de un sospechoso; pero la comparación visual de dos fibras para características como color, textura y demás era tan subjetiva, que la precisión muchas veces era exagerada. No obstante, el cabello puede ser de una utilidad increíble. “Siempre hay residuos de cabello, así que es una fuente de material abundante para identificar personas”, asegura Daniel Fairbanks, experto en cabello de la Universidad del Valle de Utah, y uno de los autores del artículo.
Se requiere de validación adicional para que el nuevo método llegue a los laboratorios forenses y los juzgados. Los investigadores tienen que probar el método de análisis con más personas e incluir más grupos étnicos en la población de estudio. La cantidad de cabello utilizada (al momento, una pizca), tiene que reducirse a una sola fibra. Y deben hacerse pruebas rigurosas de los marcadores proteicos elegidos para asegurar que sean confiables.
Los investigadores también necesitan determinar cuánto de la nueva tecnología puede integrarse con las tecnologías existentes; y para que sea realmente útil, deben empezar a desarrollar una base de datos de perfiles proteicos semejante al Sistema de Índice Combinado de ADN del FBI. Así mismo, tienen que investigar más sobre la modificación de las proteínas capilares con la edad, la dieta y el medio ambiente. Pero si el nuevo método demuestra su utilidad, “cambiarán las reglas de la ciencia forense”, asegura Hart.
También podrían estudiar las proteínas de otros tejidos del cuerpo. Las células de huesos, dientes, músculos, uñas y piel son opciones que los científicos forenses podrían utilizar cuando no dispongan de muestras como la sangre (de la cual es más fácil extraer ADN). “Podrían ser muy útiles en desastres masivos”, propone Tim Kupferschmid, director de la Oficina del Director Forense de la Ciudad de Nueva York, cuyo laboratorio está probando un método para identificar proteínas de músculos y huesos. Y las aplicaciones potenciales trascienden la investigación criminal: un día podría usarse para distinguir entre especies en casos de caza furtiva y legal. Como dice el inventor del método, Glendon Parker, colega de Hart: “Es otra herramienta en la caja de herramientas”.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek