En una fría mañana de marzo, el llamado de “Allahu akbar” (“Dios es grande”) se repitió desde los altavoces de una mezquita en la ciudad tunecina de Ben Gardane. Combatientes del grupo miliciano Estado Islámico (EI), en su mayoría tunecinos, habían llegado a casa desde la vecina Libia, y ahora instaban a los residentes a unirse con ellos mientras realizaban un asalto contra puestos locales de los militares y policías tunecinos.
Pocos se presentaron como voluntarios, pero los yihadistas atacaron de todas maneras y mataron 12 militares y oficiales de policía, así como siete civiles. Refuerzos militares y policiacos tunecinos llegaron pronto y combatieron a los milicianos, así mataron a 36 de ellos y arrestaron a otros seis. El intento del Estado Islámico de invadir la ciudad había fracasado, como lo había hecho con tantísimas otras a lo largo y ancho de Oriente Medio, en especial en Siria e Irak. Pero el ataque, el primer asalto importante en Túnez, enfatizó una amenaza que ha crecido en meses recientes.
Más de 4000 tunecinos han viajado a Irak y Siria para combatir por grupos extremistas, haciendo de Túnez la fuente más grande en el mundo de combatientes extranjeros en el conflicto. Las cifras del gobierno de diciembre de 2015 indicaban que 700 de ellos habían regresado, una cifra que posiblemente ha crecido conforme el Estado Islámico continúa perdiendo territorio en ambos países. Y conforme se debilita el control de los milicianos en la ciudad libia de Sirte, las autoridades tunecinas esperan que cientos más regresen.
Por ello es que Túnez ha construido rápidamente la mayor parte de una barrera de 200 kilómetros a lo largo de su frontera oriental con Libia. La estructura está completa, salvo por su tecnología de monitoreo electrónico. Pero el éxito del cerco dependerá de si las fuerzas de seguridad de Túnez tienen los recursos para patrullarlo, y para monitorear a quienes regresan. “El peligro es real”, dijo Farhat Hachani, ministro de defensa de Túnez, a periodistas al margen de una reunión de funcionarios de defensa en París en septiembre. “Quienes salen de Sirte se encaminan al sur para finalmente unirse [al grupo islamista] Boko Haram [en Nigeria], pero algunos también se dirigen al oeste”.
En la misma reunión, Hachani y su par francés, Jean-Yves Le Drian, pidieron mayor inteligencia regional y cooperación militar para lidiar con la amenaza. Pero los analistas dicen que Túnez debería enfocarse en asegurar la frontera, la corrupción y mejorar las vidas de ciudadanos que podrían ser atraídos al extremismo.
La incapacidad del gobierno de abordar estas fuentes de inestabilidad ha permitido que el Estado Islámico mantenga una presencia en el país, y la economía ha sufrido como resultado. La industria turística, la cual representa ocho por ciento del producto interno bruto de Túnez, sufrió pérdidas severas después del ataque mortal al museo Bardo en la ciudad de Túnez y la masacre en la playa de la ciudad de Susa en 2015. Los tres atacantes recibieron entrenamiento en un campamento al oeste de Libia.
Sin embargo, una señal de esperanza es que el ataque de Ben Gardane finalmente fue sofocado, dice Tarek Kahlaoui, profesor de historia y arte islámicas en la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey. “Pienso que [la amenaza] es enorme”, dice. “Pero es claro que lo sucedido en Ben Gardane muestra que no tienen una incubadora popular. Atacar a toda una ciudad sólo es posible cuando se espera algún tipo de apoyo popular, lo cual no es el caso en Túnez”.
Los analistas dicen que el Estado Islámico podría cambiar su enfoque de los ataques a gran escala por células pequeñas pero comprometidas de individuos radicalizados. El grupo ha puesto a prueba esa estrategia en otras partes con efectos considerables. Los ataques en París en 2015 y en Bruselas previamente este año tal vez se terminaron en cuestión de horas, o incluso minutos, pero el impacto continúa hasta hoy.
—
Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek