Apagón negro

EN UNA VENTOSA TARDE DE OCTUBRE, en Río de Janeiro, Marielle Franco, recientemente elegida al concejo municipal, estaba de pie en medio de un mitin abarrotado con lágrimas corriéndole por la cara. Conforme llegaban los resultados de la elección, docenas de partidarios bailaban alrededor de ella, muchos de ellos portando calcomanías de campaña con una silueta del peinado afro de Franco. Con su victoria, la madre soltera de 37 años se había convertido en una de las pocas negras en la historia de Río en tener un puesto en el concejo municipal.

Franco y las otras 31 negras que ganaron puestos en concejos municipales en otras capitales de estados de Brasil en octubre son parte de una generación de jóvenes brasileños negros que se han vuelto cada vez más vocales dentro y fuera de los parlamentos. Pero estas victorias ahora están siendo amenazadas, ya que un nuevo gobierno parece listo para minar las políticas sociales que han elevado a tantísimos negros brasileños, creando una nueva sensación de urgencia para los activistas negros del país. “Si no nos unimos y movilizamos ahora —dice Franco— nunca estaremos en la posición para tomar decisiones o generar cambio”.

En agosto, gracias a la frustración creciente por la dura recesión en Brasil, el Senado de la nación impugnó a la presidenta de centro-izquierda Dilma Rousseff por cargos de mal manejo del gobierno. Los críticos de Rousseff afirmaban que ella había manipulado ilegalmente el presupuesto de Brasil para ocultar un aumento del déficit. El Congreso la remplazó con Michel Temer, un político de centro-derecha que ha prometido recortar el gasto en atención médica y educación y limitar los aumentos al salario mínimo. Ello ha provocado protestas por todo el país.

La indignación ha tomado por sorpresa a muchos brasileños de piel clara, quienes a menudo no están conscientes de lo que el antropólogo brasileño Julio Tavares llama racismo institucional: la falta de representación de los negros en el gobierno y los medios, y la falta de oportunidades económicas para los negros brasileños, cuyo ingreso promedio es dos tercios menor del de sus pares blancos.

Por 13 años, bajo los gobiernos a la izquierda del centro del Partido de los Trabajadores encabezados por Luiz Inácio Lula da Silva y Rousseff, los negros brasileños hallaron aliados políticos poderosos. El gobierno ayudó a miles de ciudadanos negros a ir a la universidad mediante políticas de discriminación positiva y sacaron a millones de la pobreza, muchos de ellos negros. Ahora los negros brasileños temen que las medidas de austeridad de Temer den marcha atrás a ese progreso. Temer ha dicho que los recortes al gasto son esenciales para salvar a Brasil de la ruina económica (un portavoz del gobierno no respondió a la solicitud de comentarios de Newsweek).

También está el problema de la óptica: la izquierda ha criticado a Temer por instalar un gabinete totalmente blanco y masculino y reducir el ministerio de igualdad racial de Brasil, responsable de supervisar la discriminación positiva, los programas de educación en historia negra y las iniciativas de educación contra el racismo para el público general. Temer ha respondido nombrando a una mujer como fiscal general y otra como directora del banco de desarrollo del gobierno.

Los activistas negros de Brasil dicen que las políticas de centro-derecha de Temer les dificultarán el llamar la atención sobre la desigualdad racial. “Es hora de que Brasil despierte a su negritud”, dice Flávia Oliveira, una de las pocas columnistas negras del país en un periódico importante, O Globo. “El clima actual solo dificultará las cosas”.

El racismo en Brasil tiene un legado amplio, a pesar de la imagen popular del país como racialmente armonioso. Casi cinco millones de esclavos de África fueron llevados a Brasil, más de diez veces la cantidad que desembarcó en la Norteamérica continental; en 1888, Brasil se convirtió en el último país del hemisferio occidental que abolió la esclavitud. Pero en cuanto se prohibió la esclavitud, las leyes de Brasil fueron menos abiertamente racistas que las de Estados Unidos; el país nunca legisló la segregación. Más bien, los matrimonios interraciales fueron amplios y legales, algo que los eruditos esperaban que crearía una sociedad donde todos coexistieran felizmente. Como resultado, el país nunca tuvo un movimiento de derechos civiles de la magnitud del de Estados Unidos.

Pero todavía había tensión racial en Brasil, razón por la cual la dictadura militar que gobernó de 1964 a 1985 amordazó el activismo negro al vigilar y arrestar a sus líderes, incluidos Milton Santos y Joel Rufino dos Santos.

Después de que terminó la dictadura, el movimiento por los derechos de los negros en Brasil cobró fuerza. Los activistas ayudaron a establecer el Partido de los Trabajadores, el cual expandió los programas contra la discriminación cuando subió al poder en 2002. De 2000 a 2010, más de tres millones de brasileños cambiaron su identificación en el censo a una categoría más oscura de mestizo o negro. Los críticos argumentaron que la gente trataba de reclamar injustamente los beneficios de las nuevas políticas de discriminación positiva, pero muchos simplemente se identificaban con ser negros.

El activismo de hoy toma su inspiración de la historia negra brasileña —los primeros pioneros incluían a músicos de carnaval quienes celebraban la danza y los tambores afrobrasileños— y los movimientos de negros en otros países como Estados Unidos. En los medios sociales, los activistas negros brasileños hacen referencia al músico nigeriano Fela Kuti y la académica radical estadounidense Angela Davis junto con noticias de la campaña en el norte de Brasil contra la violencia policiaca llamada “Reacciona o te asesinarán”. Un grupo de jóvenes negras en Río dieron talleres contra el racismo en escuelas públicas bajo el nombre Muchachas del Poder Negro, usando peinados afro y trenzas y resistiéndose a lo que llamaban la presión social para “blanquearse” al alisarse el cabello con químicos. La información se difunde a través de una red de estudiantes negros en universidades y sitios de noticias comunitarios en vecindarios de bajos ingresos. “Tratamos de meter años de derechos civiles en un periodo corto. Todo está apretado junto”, dice Mayara Donaria, una activista de 20 años de edad y artista documental de la favela de Maré en Río.

Franco, la concejala recientemente elegida, quiere que el activismo de hoy ayude a llevar a más negros brasileños a puestos de poder. “Con el fin de llegar a ser un movimiento de masas, los negros necesitan percatarse de que tenemos el derecho a existir en programas de televisión, en la política, en las juntas escolares —dice ella—. Todavía no estamos allí”.

Han recibido algo de inspiración del exterior. En julio, una delegación del movimiento Las Vidas de los Negros Importan, de Estados Unidos, vistió a activistas negros brasileños en Río para planear estrategias. El obispo John Selders, un activista de Las Vidas y quien fue parte de la delegación, dice que uno de los mayores desafíos en ambos países es contrarrestar las visiones prevalecientes, las cuales niegan que la discriminación racial siga siendo amplia. “Hemos montado un movimiento de resistencia a un mito nacional”, dice Selders. “En Estados Unidos ese mito es la meritocracia, que si trabajas duro puedes ser quien quieras ser”.

Como Las Vidas de los Negros Importan, un grupo de colectivos activistas domiciliados en Río y São Paulo planea publicar una lista de exigencias políticas en las próximas semanas. Hasta ahora, los activistas se han enfocado cada vez más en los homicidios de jóvenes negros por parte de la policía. Las autoridades fueron responsables de 16 por ciento de los asesinatos en Río en los últimos cinco años, y 79 por ciento de esas víctimas eran negras, según Amnistía Internacional. Como muchos de esos asesinatos sucedieron cuando el Partido de los Trabajadores estaba en el poder, la administración de Rousseff había propuesto disminuir los homicidios mediante reentrenar y monitorear a policías específicos, planes que el gobierno de Temer ha descartado.

La mayoría de esas muertes se dieron en las favelas de la ciudad, las cuales se han militarizado tremendamente en un intento de recuperar vecindarios enteros de los poderosos narcotraficantes. Los críticos dicen que este enfoque no aborda la pobreza como la raíz de los crímenes relacionados con las drogas. Tampoco previene que gente inocente se vea atrapada en el fuego cruzado.

En mayo de 2014, Johnatha, el hijo de 19 años de Ana Paula Oliveira, murió acribillado por la espalda por un oficial de policía que disparó para dispersar a una multitud de adolescentes después de intercambios tensos entre las autoridades y los lugareños; Johnatha regresaba de entregarle unos dulces a su abuela. El Servicio de la Procuraduría General de Brasil abrió una investigación contra el oficial involucrado en el tiroteo en agosto de 2014, según un reporte de Amnistía Internacional; está pendiente el veredicto del juez. “Johnatha estaba lleno de vida. Prometía llegar alto”, dice Oliveira, quien se ha unido a un grupo de madres convertidas en activistas que luchan por reformas políticas. “Pero cuando eres negro en Brasil, te ven nada más que como un criminal”.

Pero muchos jóvenes negros brasileños conservan la esperanza en la fuerza que están cobrando. Y son inspirados por líderes como Franco. Sabrina Martina, una activista de 18 años de edad, trabaja con un grupo de periodistas y artistas locales en las favelas Alemão de Río, haciendo música y produciendo documentales para combatir el estereotipo de que sus vecindarios albergan solo criminales peligrosos. Ella piensa que el movimiento por los derechos de los negros en Brasil puede mantenerse fuerte incluso con un gobierno menos empático con su causa. “Batallamos para obtener todo lo que hemos logrado hasta ahora —dice—. “Esta crisis [política y económica] hará temblar a algunas personas, pero no va a detenernos. Rendirse no es una opción”.

Este reportaje fue apoyado por el GroundTruth Project, una organización mediática sin fines de lucro dedicada a reportajes de justicia social.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek