Una de las características más representativas de esta extraña campaña política resultó evidente en los primeros minutos del debate presidencial: Donald Trump simplemente carece de los conocimientos y del temperamento para ser presidente, en marcado contraste con la eminentemente calificada Hillary Clinton.
Esto hace surgir lo que, para muchas personas, es una pregunta extremadamente perturbadora y desconcertante: ¿cómo es que la exasperantemente obvia falta de idoneidad de Trump no es reconocida por aproximadamente la mitad de la población en edad de votar?
La respuesta breve parece ser que, en realidad, esto resulta evidente para una parte importante de los partidarios de Trump, con base en las encuestas realizadas entre el público. Por ejemplo, en la encuesta realizada por Fox News a mediados de septiembre, 61 por ciento de los encuestados opinaron que Clinton está “calificada” para ser presidente, en comparación con sólo 45 por ciento que piensan que Trump lo está.
En la misma encuesta, 59 por ciento dijeron que Clinton tiene “el tipo correcto de temperamento y personalidad” para ser una buena presidente, mientras que sólo 31 por ciento afirmó que Trump posee esas características. Además, 47 por ciento señaló que elegir a Clinton como presidente era “una decisión segura para el país”, mientras que sólo 30 opinó que Trump lo era.
Debemos señalar que estos resultados no difieren de manera importante de aquellos obtenidos en encuestas realizadas varias semanas y meses antes y en las que se hicieron las mismas preguntas, ni tampoco de los resultados de una encuesta realizada por el New York Times/CBS News, efectuada también a mediados de septiembre.
Es sorprendente que estas enormes diferencias hayan sido registradas en el momento en que los candidatos tienen, cada uno, valoraciones de entre 43 y 48 por ciento en las encuestas. Incluso cuando se ha preguntado cuál de los dos candidatos haría un mejor trabajo en áreas específicas, como la inmigración, la seguridad nacional o el manejo de la economía, los encuestados suelen favorecer a un candidato por encima de otro por márgenes relativamente pequeños.
Así que, quizás, la verdadera pregunta perturbadora y desconcertante sea la siguiente: ¿cómo es que una proporción importante de las personas que admiten que Trump no es apto para la presidencia, e incluso que es un verdadero riesgo, afirman a pesar de ello que votaran por él?
Estos resultados de las encuestas, aparentemente contradictorios, me hacen preguntarme acerca de los valores predictivos de las encuestas en esta contienda.
En junio pasado, muchos europeos señalaron acongojados el evidente fracaso de las encuestas en relación con el resultado de la votación realizada en el Reino Unido para salir o no de la Unión Europea (brexit) y sugirieron que esto podría ser un presagio de lo que ocurriría en la contienda presidencial de Estados Unidos.
Por esta razón, traté de ver si el análisis a posteriori del brexit realizado por analistas británicos indicaba que sus encuestas también habían dado señales contradictorias que, en retrospectiva, se habían pasado por alto.
Sin embargo, las explicaciones que encontré se centraban en aspectos técnicos, como las diferencias en la precisión entre las encuestas realizadas por teléfono y aquellas realizadas por Internet, o bien, en sucesos impredecibles. Entre estos últimos se encontraba la posibilidad de que los votantes jóvenes hubieran acudido a las urnas en cantidades menores a lo esperado y que los votantes indecisos no se hubieran dividido según lo pronosticado, así como la confusión generada por la desafortunada muerte de Jo Cox, miembro del parlamento.
Aunque estas explicaciones son interesantes y algunas resultan claramente relevantes para esta contienda (por ejemplo, lo que los votantes jóvenes y los indecisos realmente hacen), nadie ha señalado la existencia de resultados contradictorios en las encuestas.
Consulté entonces el sitio web de análisis de encuestas de Nate Silver, FiveThirtyEight.com, dado que él es el analista de encuestas con mayor pensamiento crítico de cuantos he leído. Recientemente, publicó los resultados de un panel de discusión sobre lo que las encuestas podrían estar pasando por alto y que pudiera influir en el resultado de la elección presidencial.
Una de las posibilidades que los miembros del panel de discusión tomaron en cuenta es que el voto real a favor de Trump podría haber sido subestimado en las encuestas. Esto podría ocurrir si algunos partidarios de Trump consideran que es socialmente inaceptable admitir ante un encuestador que están a favor de Trump, conformando así una versión del famoso efecto del “conservador tímido” o “efecto Bradley.”
Sin embargo, el efecto Bradley podría ser un concepto útil en este contexto. La frase se deriva de la contienda por la gubernatura de California a principios de la década de 1980, en la que Tom Bradley, el alcalde afroestadounidense de Los Ángeles iba muy por delante en las encuestas, pero a pesar de ello, perdió la elección por un estrecho margen ante su oponente de raza blanca.
Algunas personas atribuyeron este “fracaso de las encuestas” a una hipotética falta de disposición por parte de una porción de los votantes a admitir ante los encuestadores que no votarían por un candidato de raza negra.
Aunque el equipo de FiveThirtyEight no tomó en cuenta este factor, me pregunto si las contradicciones en las encuestas halladas en la presente contienda presidencial podrían ser explicadas por una variante del efecto Bradley/del conservador tímido, pero esta vez en favor de Clinton. En otras palabras, algunas personas les dicen a los encuestadores que votarán por Trump aunque no necesariamente pretendan hacerlo.
En una publicación anterior, afirmé que el apoyo a Trump es, en gran medida, de naturaleza visceral y que es poco probable que la mayoría de sus partidarios racionales piensen que puede poner en práctica sus pocas y descabelladas ideas. Sin embargo, las mismas personas están seriamente preocupadas por las desigualdades en la economía, la inmigración, “el sistema amañado” y desean transmitir el mensaje de que están furiosas y desean un cambio. Estas personas agradecen que el candidato haya puesto estos temas en primer plano.
El hecho de decir a los encuestadores que una persona va a votar por Trump es un claro mensaje que realmente ha sacudido al orden establecido. Sin embargo, a la hora de la verdad, ¿acaso todas estas personas furiosas que piensan que Trump no está calificado y puede resultar peligroso acudirán siquiera a las urnas? Y si lo hacen, ¿realmente votaran por él? Lo dudo.
Será difícil saber si está en juego un “efecto Bradley/Trump”, incluso en retrospectiva después de la elección, ya que existen otros factores que podrían terminar favoreciendo a Clinton el día de la elección más allá de lo que pronostican las encuestas. Por ejemplo, en 1990, en la contienda para el Senado estadounidense en Carolina del Norte, se enfrentó el liberal demócrata afroestadounidense Harvey Gantt con el senador en funciones Jesse Helms, que en ese entonces era considerado el senador más conservador de Estados Unidos. Las encuestas mostraban una contienda sorprendentemente cerrada, y en algunas Gantt aparecía unos cuantos puntos por delante muy poco tiempo antes del día de la elección. En 1990, yo residía en Carolina del Norte y estaba en busca de pruebas del fenómeno Bradley.
Gantt terminó perdiendo por unos pocos puntos, pero en el ámbito local, parecía evidente que el cambio podría atribuirse en gran medida no a una repetición del efecto Bradley, sino a un anuncio político notoriamente racista que la campaña de Helms hizo circular en los últimos días de la campaña. En el anuncio aparecía un par de manos blancas sosteniendo un aviso de rechazo a una solicitud de empleo, con una ominosa voz diciendo, “Tú querías ese empleo, y se lo dieron a ellos… para cumplir las cuotas de raza”.
Si la contienda entre Trump y Clinton realmente se mantiene tan cerrada en noviembre, quizás éste será un modelo para los anuncios de último minuto de la campaña de Trump.
Admito abiertamente que el hecho de mantener esta especulación podría ser engañoso y estar impulsado por meras ilusiones. De hecho, la explicación más convincente que he leído sobre por qué, en el mercado de las apuestas relacionadas con el Brexit, el voto a favor de la permanencia tenía una ventaja de 85 por ciento el día de la elección es la siguiente: todo ello no era más que una ilusión.
Más de un análisis posterior destaca el hecho de que, aunque en la mayoría de las encuestas el voto a favor de la permanencia resultaba ganador, en realidad había una parte considerable de personas que apuntaban en la dirección opuesta, especialmente en los días inmediatamente anteriores a la votación de junio.
En otras palabras, a pesar de la cercanía en las encuestas, simplemente era demasiado difícil (para los apostadores) imaginar que los votantes del Reino Unido realmente votarían a favor de la separación de la Unión Europea. Esto suena escalofriantemente familiar.
Las encuestas realizadas después del debate muestran un impulso considerable, y posiblemente pasajero, a favor de Hillary Clinton. Sin embargo, aunque muchos de sus partidarios consideran a Trump más como una persona que señala los problemas que como un candidato serio, esta es una razón más por la que Clinton debería reconocer ahora públicamente que Trump ha planteado algunas preocupaciones importantes e incluso legítimas.
Por ejemplo, en relación con los empleos que se trasladan a otros países, ella podría estar de acuerdo en que existen importantes problemas con los acuerdos de libre comercio, describir cómo se enteró de ellos y cómo cambió su punto de vista, y quizás, incluso, reconocer la influencia de la campaña de Bernie Sanders en esto último.
Posteriormente, podría presentar sus propias soluciones, señalando que acabar completamente con el libre comercio, imponer aranceles considerables o satanizar a China no revivirá a la industria del carbón.
De manera similar, podría reconocer que aún existen importantes problemas con el actual sistema de inmigración y que la retórica apocalíptica de Trump sobre la decadente infraestructura de Estados Unidos no es totalmente delirante.
Y en todo ello, como lo destaca el reciente escándalo de Wells Fargo, ella también reconoce que muchos ejecutivos de la industria financiera/Wall Street no dan muestras de arrepentimiento y siguen actuando con total impunidad. Por esta razón, a pesar de haber ganado una cantidad considerable de dinero gracias a sus discursos en Goldman Sachs, ella entiende que aún es necesario realizar reformas dolorosas pero importantes.
En otras palabras, quizás este sea el momento perfecto para que ella aborde seriamente los problemas que Trump (y Sanders) sacaron a la luz.
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Este artículo apareció por primera vez en el sitio de Dorf on Law.
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Publicado en cooperación con Newsweek/ Published in cooperation with Newsweek