UNA CÁLIDA NOCHE DE UN SÁBADO SEPTEMBRINO, hacia las 8:15, Kenneth Goldsmith, poeta y docente de la Universidad de Pennsylvania, salió de su apartamento en la calle 26 y la Sexta Avenida de Manhattan, y se dirigió a una tienda de comestibles a pocas cuadras al norte. “La calle parecía normal”, recuerda. “Vi algunos camiones de bomberos por la Sexta Avenida y pensé: bueno, es Nueva York”. Cuando volvió a casa, encendió el televisor y oyó la noticia: mientras hacía las compras, el 17 de septiembre, una bomba detonó tres cuadras al sur de su edificio de apartamentos, e hirió a unas 31 personas. De pronto, para su sorpresa, amigos de todo el mundo empezaron a enviarle mensajes de texto preguntando por su seguridad. “No [había] tipos corriendo por ahí con Kalashnikovs”, comenta Goldsmith. “No sentí que hubiera el menor peligro. Esto no es París. No es el 11/9”.
Ahmad Khan Rahami, residente de Nueva Jersey, ha sido acusado de colocar la bomba, así como otro dispositivo explosivo que no detonó, el cual dejó a varias cuadras de distancia (sin embargo, ese mismo día estalló otra bomba en Seaside Park, Nueva Jersey; y la noche siguiente fueron descubiertos más dispositivos explosivos en una estación de trenes de Elizabeth, Nueva Jersey, los cuales el FBI ha vinculado con Rahami). Pero igual que Goldsmith, los neoyorquinos parecieron responder con un “bah” colectivo. “Escuché la explosión, y luego fui al deli”, informó alguien que estuvo cerca del bombazo, en una llamada a una estación de noticias local. Un hombre que puede verse al fondo de una transmisión noticiosa de aquella noche llevaba una camiseta con una leyenda que resume el ánimo general: “Estoy aburrido”.
Analistas de seguridad y salud mental aseguran que el público tiene interés, pero está aprendiendo a adaptarse a la amenaza creciente. En 2014, murieron 32 685 personas en todo el mundo a resultas de algo que los gobiernos denominan ataques terroristas, informa el Instituto para la Economía y la Paz, grupo de reflexión con oficinas en Sídney, la Ciudad de Nueva York, y la Ciudad de México. Eso es nueve veces más que el total de víctimas cobradas en el año 2000. “Empieza a imponerse la aceptación a regañadientes de que veremos más de estos atentados; que van a ser la norma”, dice John Horgan, profesor de psicología en la Universidad Estatal de Georgia, y autor del libro The Psychology of Terrorism. “Así que el tema es: ¿nos echamos a temblar de miedo y vemos esto como algo que destruirá nuestro modo de vida, o seguimos adelante? Creo que la mayoría de los neoyorquinos verá esto, simplemente, como otro problema a resolver”.
Manuel Valls, el primer ministro francés, expresó una opinión similar en julio, después del ataque del camión que atropelló a 86 personas en Niza: “Los tiempos han cambiado, y Francia tendrá que vivir con el terrorismo”, dijo. Sus palabras provocaron críticas, pero Horgan considera que adaptarse a la amenaza continua de ataques es un mecanismo de defensa psicológico importante, uno que los neoyorquinos han aprendido a dominar desde 11/9. “El cuerpo humano no está diseñado para existir en ese estado de estimulación exacerbado, así que nos habituamos”, explica Horgan. “Volvemos a la normalidad muy rápidamente. Puede que no se sienta así, pero estamos programados para hacerlo”.
La respuesta mesurada de los neoyorquinos también podría deberse a que no hubo muertos en el ataque de Chelsea. Aunque desde 11/9 se han descubierto muchos planes y han ocurrido numerosos incidentes terroristas en la Ciudad de Nueva York, en los últimos 15 años solo ha muerto un neoyorquino a resultas de ellos. “Creo que quizás no respondemos exageradamente ante algo que, en realidad, no es una amenaza existencial para nosotros, de una manera cotidiana”, dice William Braniff, director ejecutivo del Consorcio Nacional para el Estudio del Terrorismo y las Respuestas al Terrorismo, en la Universidad de Maryland.
Incluso cuando los ataques han sido más mortíferos y las amenazas más perentorias, los analistas de seguridad y de salud mental dicen que el público ha demostrado ser resiliente. Israel ha sufrido ataques durante décadas, pero un estudio de 2011, publicado en la revista Perspectives on Terrorism,encontró que los ataques palestinos de la segunda intifada (2000-2005) “no dieron lugar a cambios importantes y perdurables en el comportamiento israelí… porque el público israelí se había acostumbrado al terrorismo crónico y tenía un alto nivel de resiliencia social”.
Esa capacidad de recuperación rápida persiste. Según informes del gobierno israelí, durante el año pasado, el país registró, en promedio, un ataque diario; y sin embargo, los israelíes continuaron sus vidas con la normalidad posible. “No pueden derrumbarlos”, escribió el periodista israelí, Yossi Melman, en la edición de marzo de The Jerusalem Post,refiriéndose a la reciente ola de apuñalamientos, tiroteos y atropellamientos de motivación política en Israel. “En esta realidad, es imposible tomar medidas, sino solo reaccionar. La realidad consiste en aceptar la situación”.
Tal vez ningún país demuestra mejor la capacidad de resiliencia humana que Irak, un nación con más actos terroristas que ninguna, y donde apenas hay recursos de salud mental. Un informe de 2009 de la Organización Mundial de la Salud reveló que solo de 16.56 por ciento de los iraquíes encuestados mostraba una prevalencia vitalicia de trastornos mentales. En cambio, la cifra en Estados Unidos es de 47.4 por ciento. Los autores concluyeron que el hallazgo podría “interpretarse como una adaptación psicológica de la población muy costosa… debida a la exposición masiva al trauma, combinada con muy bajo acceso al tratamiento”.
En otras palabras, la adaptación excesiva podría tener inconvenientes. Max Taylor, psicólogo forense y legal que ha estudiado el terrorismo, y es profesor invitado de ciencias de seguridad y criminalidad en University College Londres, señala que nos hemos vuelto insensibles, que hemos sido desensibilizados a los horrores que “hace 50, incluso 20 años, habrían sido vistos como una violencia extrema e intolerable”.
Quizás es por eso que, en un mundo donde el Estado Islámico decapita personas regularmente y los medios sociales muestran películas de violencia, Goldsmith, el poeta, regresó a casa aquella noche de septiembre y siguió la vida normal con su familia. No pensó en el bombardeo, los heridos o lo que pudo haber pasado. En vez de ello, bebió sake seco y preparó la cena –una olla de oyakodon-, para luego retirarse al salón y mirar un partido de los Mets contra los Twins de Minnesota. Ganaron 3-2.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek