El concepto del yin y el yang es simple y absoluto. No es necesario ser taoísta —o asceta— para comprenderlo. Ahí están el día y la noche. El calor y el frío. La vida y la muerte. Una dualidad permanentemente complementaria.
Las mentes científicas tampoco necesitan darle tantas vueltas al asunto: la energía es vibratoria. Y la física cuántica descubrió —en el siglo XIX— lo que las milenarias culturas orientales sabían intuitivamente desde mucho tiempo antes. Los componentes subatómicos de los objetos emiten pulsaciones con dos polos distintos: los electrones tienen carga negativa; los protones, positiva. Y los unos necesitan de los otros.
Luis Videgaray y José Antonio Meade son eso… yin y yang.
Tienen —prácticamente— la misma edad y en su juventud ambos decidieron estudiar economía y derecho. El primero coronó su formación con un doctorado en el MIT; el segundo, con estudios en Yale.
Las credenciales académicas de ambos son pues sobradamente sólidas, pero uno tiende a ser protagónico, visceral y arrogante. El otro, sosegado, discreto y conciliador.
LA PARTIDA DE YIN
Luis Videgaray Caso se marchó a principios de septiembre obligado por las circunstancias.
Primero, por los atronadores estragos que provocó la visita de Donald Trump, sugerida y planeada por el hoy exsecretario de Hacienda. Su cabeza debía rodar para resarcir —marginalmente— la capacidad operativa de un gobierno que renguea, pero que todavía tiene dos años de ruta frente a sí.
Segundo, porque su lista de antipatías crecía. Videgaray tiene una mala relación con el sector privado y sus lazos con Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, no son estrechos. Hecho que incomoda a los mercados financieros.
Tercero, porque su reputación y probidad se vieron mermadas por el escándalo de la casa que el político tiene en Malinalco y sus nexos con Higa.
Y cuarto porque, en lo profesional, a la luz de los resultados que estaba ofreciendo, Videgaray pasó de ser el “Mejor Ministro de Finanzas”, según The Banker,o el coautor del “mexican moment”, según The Financial Timeso The Economist,a convertirse en el principal responsable de los riesgos que acechan a las finanzas públicas.
En los cuatro años que operó como secretario de Hacienda, Videgaray enfrentó un entorno internacional adverso, es verdad.
El exsecretario de Finanzas del Estado de México recibió un México cuyo PIB creció 4 por ciento en 2012. En 2016, avanzará solo 2.5 por ciento.
El tipo de cambio era de 13.2 pesos por dólar en 2012. Este año, ha rebasado los 20 pesos por dólar en las jornadas de mayor volatilidad.
El petróleo mexicano se comerciaba a 101 dólares por barril hace cuatro años. En 2016, a 25 dólares. Dicho deterioro no es su responsabilidad. Pero sí lo son las decisiones estratégicas que tomó. Algunas supusieron avances. Otras, retrocesos sensibles.
MÁS IMPUESTOS…
Uno de sus logros se registró en el ámbito fiscal. Concretamente, el precio internacional del petróleo inició el descenso en 2014, dos años después de que Videgaray asumiera las riendas de la SHCP. México lo padeció de inmediato.
Hoy, los ingresos presupuestarios petroleros equivalen a 4 por ciento del PIB, frente al 7.5 por ciento del PIB que reportaban en 2012.
El brazo recaudador de la SHCP —el Servicio de Administración Tributaria— debió pues apretar las tenazas.
La reforma fiscal de 2013 —diseñada por Videgaray—, aumentó el IVA y el ISR (de ahí su enemistad con los empresarios) y fortaleció las redadas contra los evasores (y también contra los contribuyentes cautivos).
Cosechó frutos: los ingresos no petroleros —constituidos preponderantemente por la recaudación— aumentaron del 14.2 al 18 por ciento del PIB entre 2012 y 2016.
Una noticia que es incómoda para quienes pagamos, pero positiva para las finanzas públicas.
México abandonó niveles de recaudación semejantes a los de Panamá, El Salvador o Guatemala, para comparase con Chile o Uruguay.
…Y MÁS DEUDA
Pero los yerros de Videgaray fueron aún más significativos. Las finanzas públicas son un complejo engranaje que es imposible simplificar. Sin embargo, concedámonos la licencia de esbozarlas a escala a partir de la realidad de un hipotético ciudadano (los rudimentos de unas finanzas sanas son parecidos a cualquier nivel).
Llamémoslo Luis Antonio. Si este, sistemáticamente, gasta más de lo que ingresa, un día se topará contra un muro.
Justo lo que le sucede a México.
Las cifras son elocuentes…
Vicente Fox Quesada entregó a Felipe Calderón un gobierno con una deuda pública equivalente a 19 por ciento del PIB en diciembre del 2006.
Seis años más tarde, Calderón entregó a Peña Nieto una nación con pasivos públicos equivalentes al 34 del PIB.
Un salto en el endeudamiento que fue resultado de un mayor gasto en seguridad pública, de nuevos dispendios del IMSS y del ISSSTE, y de la necesidad de compensar parte de los estragos que la crisis global —iniciada en 2008— generó sobre México.
Sin embargo, entre el 2012 y 2016 el panorama de la deuda ha empeorado a pesar de que los efectos de la crisis amainaron. Actualmente, la deuda pública alcanza un inquietante nivel del 45 por ciento del PIB.
Digámoslo así… Luis Antonio sobregiró sus tarjetas de crédito y pronto incumplirá con su hipoteca si no toma medidas correctivas de inmediato.
Los defensores de Videgaray dirán que una deuda pública del 45 por ciento del PIB es perfectamente manejable.
Pero esto es una verdad a medias.
Alemania reporta pasivos públicos equivalentes al 80 por ciento del PIB. Y los de Estados Unidos superan el 100 por ciento del PIB. Cierto.
Pero la pregunta correcta es cuánto gana nuestro hipotético Luis Antonio.
Si su ingreso mensual es de 200 000 pesos y gasta 100 000, no tiene el menor problema. Pero si percibe 10 000 pesos mensuales y gasta 20 000, el panorama se complica.
La agencia calificadora Standard & Poor’s revisó a la baja en agosto la perspectiva de la deuda mexicana de largo plazo —llevándola de estable a negativa— justamente porque la carga de los intereses de la deuda pública mexicana es cada vez mayor y las tasas de interés seguirán al alza en un entorno en el que el mercado cambiario es volátil y el peso padece.
LA LLEGADA DE YANG
El panorama que yin heredó a yang es un regalo envenenado.
Quienes conocen —conocemos— a José Antonio Meade desde que se incorporó a la Comisión Nacional del Sistema de Ahorro para el Retiro (Consar), en 1997, para luego sumarse al controvertido Instituto para la Protección al Ahorro Bancario (IPAB) y, más tarde, a la SHCP (en donde trabajó para la Dirección General de Banca y Ahorro), sabemos que Meade es un hombre capaz y discreto que desde el primer día entendió que, en política y economía, siempre es mejor sumar que restar.
Meade es un tipo reflexivo y mesurado. Un nerdautoasumido que es estratega, pero que también pasa tiempo con su familia, disfruta del fútbol y se escapa a comer tacos al Rincón de la Lechuza (en Chimalistac, muy cerca de la zona en la que habita).
Reflexiona y escucha a los demás antes de actuar.
No es fortuito que haya sido acogido como secretario de Estado de panistas y priistas. Es un hombre que siempre se expresa bien de sus jefes y colegas.
Es bien conocido por los mercados, tiene una relación fluida con el banquero central y conoce a fondo las entrañas de las finanzas públicas. Era, de hecho, el único funcionario capaz de asumir las riendas de la SHCP apenas 24 horas antes de que se presentara el Paquete Económico 2017. Un conjunto de lineamientos macroeconómicos, de ingresos y de gasto que regirán el año entrante y que deberá defender ante el Poder Legislativo a pesar de que no tomó parte de su elaboración.
DOS AÑOS CLAVE
El perfil de José Antonio Meade era, sin objeción, el idóneo para tomar el relevo en la Secretaría de Hacienda. Pero tomó las riendas en un momento en el que se prevé un nuevo recorte para el gasto público de 228 500 millones de pesos para 2017.
Meade tendrá que defender ante el Congreso la propuesta de castigar nuevamente a Petróleos Mexicanos, al campo, a la salud y a la inversión, en general, mientras el pago de los intereses de la deuda —que no reportan ningún beneficio a la población— sigue su ascenso.
Y dado que el costo político sería muy alto, el nuevo secretario de Hacienda tendrá que decantarse por cualquiera de dos caminos:
1) Enderezar el mando de las finanzas públicas redirigiéndolo hacia una política de menos deuda y más inversión. Esto es lo que necesita México, pero es también una estrategia que paga mal cuando uno busca aliados en la víspera de una carrera presidencial.
2) Matar el tiempo, simplemente dejar que este transcurra —no nos engañemos, en México ningún funcionario es castigado aún por gastar más de lo que el Congreso le aprobó—, mientras restablece las relaciones con la iniciativa privada y genera nuevas alianzas de cara a la cita con las urnas de 2018.
Meade ha sido un funcionario eficaz en todos los cargos que ha desempeñado, pero no está exento de culpa en la realidad que viven hoy las cuentas del país.
Fue él quien entregó las llaves de la Secretaría de Hacienda a Videgaray en diciembre de 2012. Y en los 15 meses en los que tuvo a cargo la dependencia en la parte final de la administración calderonista, Meade consintió en que la deuda pública pasara de 32 a 34 por ciento del PIB. No es poco.
Ha sido el yang de dos gobiernos consecutivos. No hay duda. Pero la silla presidencial es un poderoso imán que es capaz de transformar cualquier luz en sombra.