La evolución musical es evidente:transitaron de lo bailable a lo místico y lo reflexivo. Su último disco, L.H.O.N. (La humanidad o nosotros), lo grabaron en cinta, tal y como lo hacían en la década de 1990, buscando captar momentos y atmósferas que quizá ya no existen en una industria musical de producción en serie. Esto y el arte personal que buscan plasmar en todo el proceso creativo de sus discos es una de las razones —quizá la fundamental— por las que Illya Kuryaki and the Valderramas se consideran los “gallos negros” del gallinero.
—¿Qué fue lo último que se preguntaron antes de comenzar L.H.O.N.?
—Creo que la vida misma nos ha llevado a evolucionar y cuestionarnos ciertas cosas, el disco nace de cierta inquietud de hacer algo supremo y conectarnos con una energía más espiritual, que siempre ha sido parte de Illya Kuryaki.
—Parece que es un disco menos bailable a lo que tenían acostumbrado…
—El baile sigue estando, porque para nosotros es parte del tribalismo, del funk, del sexo… de la vida, nunca dejará de estar en la genética de la banda, pero en primera plana quizá lo que está en L.H.O.N. son las canciones y la melodía, a diferencia de otros álbumes.
—¿Cómo describirían su último disco y el proceso de producción? ¿Cómo lo viven ahora?
—L.H.O.N. marca una maduración de nuestro estilo, sigue estando el funk pero de una manera diferente, más lograda en el orden musical, y eso está bueno que nos ocurra ahora que lo disfrutamos y lo entendemos, que no sea un mero accidente.

Foto: Antonio Cruz/NW Noticias.
—El álbum intriga desde el título: “La humanidad o nosotros” parece plantear una elección egoísta que Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur hacen a sus seguidores… ¿Por qué habría que escoger entre la humanidad o ustedes?
—En realidad no es una elección, nosotros somos parte de la humanidad, nosotros somos todos, no solo nosotros dos.
—¿Entonces?
—Lo que buscamos es hacer la diferencia entre quienes intentamos ir un poco más allá de lo que pasa a diario… el mundo está pasando un momento muy violento y muy irracional, constantemente vemos violencia entre etnias, entre pueblos y naciones. Intentamos diferenciarnos de una manera tal vez poética.
—¿Es parte de la utopía de Illya Kuryaki?
—Aunque suene utópico creemos que puede haber un mundo mejor, sabemos que hay gente que va para adelante de una manera pacífica y bella, construyendo, y hay gente que cree que avanzar es pisarle la cabeza al otro, invadirlo y destruir todo a su paso.
—¿Qué marcó este disco?
—Podría decirse que todo. Somos padres de niños y un día prendimos la televisión, leímos el periódico –cualquiera que haga esto puede escribir este disco—, y sentimos la necesidad de decir algo más profundo. Siempre estuvo la mística en nuestra música, pero en este disco tomamos al toro por las astas y tratamos de entablar un diálogo más directo.
—¿Cómo asimilan su música como artistas en cuanto a lo que las reglas de la industria les exige, ustedes las rompen?
—Sabemos que somos los “gallos negros” del gallinero y que realmente tenemos la posibilidad y la fuerza de no doblar nuestra creencia de lo que tiene que ser la música para nosotros… Sabemos que es un disco diferente a lo que suele circular en la industria, desde la portada. Seguimos creyendo en las ideas, en el arte y en la libertad de lo que representa y creemos que debemos dejar de lado la industrialización de la música; hoy todas las bandas suenan igual, tenemos que volver al arte, hacer cosas buenas… y si tenemos la suerte de tener gente que nos siga en este viaje, qué mejor.