ESTABA FINGIENDO. Sobre su cama, César no dormía, esperaba.
—Si te aprieto (la carótida), te mato —le decía la mujer alcoholizada, al niño de al lado. César escuchaba cómo crujía la garganta de su hermano.
¡Ya, en chinga, en chinga! A empujarla, aunque fuera su madre. César sabía que ahora el arrebato se volcaría hacia él. Ganchos, cinturones, chocaban contra su espalda. Aguantaba como la noche anterior y la anterior a esa, prometiéndose que no sería para siempre. Decretándolo.
El verano de 2015 le confirmó sus palabras.
Al principio de sus días, el cielo urbano de Guadalajara adormecía a César Eduardo Lomas, el Pelón. Entonces, su madre lo dejaba en una caja de cartón, alejado del túnel vehicular, y seguía en el crucero limpiando, al costado del templo de San Juan de Dios, en el centro de la ciudad.
Cuando empezó la secundaria, él también comenzó a “mechudear” y limpiar, en el carril derecho de Avenida Hidalgo, en el cruce con Enrique Díaz de León. Ahí descubrió la lástima y los prejuicios, los vidrios arriba y las miradas de desprecio.
Conoció el coraje, también, el día que una automovilista amorató la mano de una compañera, al aprisionarla entre la ventanilla y el carro para evitar, según ella, que la asaltara. Al llegar los policías no hubo novedad respecto a qué versión decidieron creer…
A veces, en los cruceros la amenaza no venía de afuera, el entorno se recrudecía con toncho, o chemo, o lo que evadiera al respirar.
“Veía todo ese mundo diario, diario. Y yo decía: ‘No. Yo no quiero ser así’”, recuerda el Pelón.
En casa, César vivía con sus hermanos mayor y menor; su mamá, Patricia, y la familia extendida de Otilia, una amiga que también lo había criado y hecho las veces de madre. Patricia y Otilia intentaban empujar a todo el grupo de calle, organizado en un colectivo de autoayuda, pero sus propias historias las enredaban en vaivenes de alcohol y la violencia.
A la mitad del día se despejaba en la escuela y se abstraía al comenzar a patear el balón de fútbol. En la secundaria, en los parques. Anotando, defendiendo, así se aliviaba él. Desde siempre fue así.
“No era como otros niños que querían jugar a las escondidas. Yo puro fútbol, con mi pelota y diario en la calle”, narra.
UN SUPERHÉROE
El hermano menor del Pelón también se aislaba, aunque lo hacía en sí mismo. Así, intervino una psicóloga institucional y, a petición suya, el niño dibujó su situación; el trazo final le reveló un nuevo sentido al Pelón. En el papel estaba la figura de un superhéroe. Su superhéroe: César.
“Sentí bien chido. Pensé: ‘Voy a hacer algo por este güey’. Si estudio, juego fútbol, me empiezo a involucrar en otra vida… Voy a vivir con ellos (familia), pero voy a hacer mi propia vida. Y me va a querer seguir”, decidió.
“Yo veía muchas cosas en sus pedas (de sus “mamás”), me daban ganas de dejar todo. Pero volteaba y veía a mi carnalito, al Alejandro. Y decía: ‘No, a la verga (le sigo)’, y volvía a dormir. Y otra vez, a las siete de la mañana me iba a limpiar y a la escuela”.
Estando en el crucero, la asociación civil local Movimiento de Apoyo a Menores Abandonados A. C. (MAMA A. C.) los invitó a él y a los limpiaparabrisas a participar en el “Torneo de fútbol callejero”, en el que se seleccionarían a jugadores a escala nivel nacional y después participar en la “Homeless World Cup”, un proyecto deportivo internacional para población de y en calle.
Pero ese discurso nadie lo creyó.
“No fuimos ese año. Éramos bien desconfiados, nomás éramos nosotros (los del crucero) y ya. No existía nada más”, recuerda César.
Días después comprobaron en las calles que nada de lo que les habían prometido era falso. Ahí estaban todos los demás, compitiendo en la cancha con la idea organizada por MAMA A. C. y la asociación Street Soccer México, patrocinados por Fundación Telmex. Ahí estaban las mamparas, vallas. Todo era real. César no solo descubrió un juego. Era la posibilidad para dejar todo atrás.
Lo primero fue hablar con su hermano mayor. César le dijo de su dolor, de su ansia, de ya no verlo todo toncho, golpeado. Sangrando. Le dijo de todo lo que podía ser capaz si se enfocaba. En el fútbol, si quería. Y le dijo cosas que César ya no reproduce en la entrevista.
Tiempo después confrontó a Otilia y Patricia. Que las necesitaba, les reclamó. A ellas, no a su alcoholismo. A ellas y no a sus reminiscencias familiares. Las enfrentó por el vacío que le habían generado. Supo que las había desarmado cuando las vio en llanto.
“Se me quedaron viendo. ‘Mi’jo, mi’jo, perdónanos, te vamos a apoyar en lo que se pueda’, me dijeron. Se interesó más Otilia que Pati. Pati, por su vida, es más cerrada, la entiendo mucho, por todo lo que sufrió. Pero yo lo que quería es que tuvieran un pretexto, ayudarme a entrenar, para que dejaran el pinche alcohol. Gracias a Dios sí se pudo”, agradece el Pelón.
En la primera oportunidad en la que participaron en el torneo, el hermano mayor de César quedó seleccionado por Street Soccer México para competir a escala nacional.
“Lo abracé bien machín y le dije: ‘¿Ya ves? Ya te tocaba, ya te tocaba’. Y pensé: ‘De aquí me agarro. Ya cambió todo’”, cuenta el Pelón.
“¿Y YO PARA QUÉ QUIERO UN PASAPORTE?”
César vio que era el momento de dejar los cruceros. Encontró un trabajo formal en McDonalds y luego como mesero en un restaurante.
“Ya nada más quería tener mi vida bien, para que mi hermano, Alejandro, viera que sí se puede. A pesar de que toda nuestra familia ha sido bien loca, me da orgullo decir que nunca he probado ninguna droga, ni alcohol. Nunca he sido huevón, siempre me ha gustado trabajar y estudiar”, presume.
La constante que seguía en sus días era el fútbol. Fue tres veces elegido para jugar de manera nacional en el torneo de Street Soccer México “De la calle a la cancha” y aspirar al mundial. Pero solo llegaba a competir a escala nacional.
En el verano de 2015, lo que la habilidad de sus pies aún no le daba, le llegó como retribución de vida.
César sabía que, recientemente, de manera paralela al torneo, se entregaba el reconocimiento “Luis Miguel Castañeda” a uno de los seleccionados, por el esfuerzo que hayan hecho para salir adelante, recibiendo como premio un viaje a cualquier ciudad del mundo en donde se realice la “Homeless World Cup”.
Pero nunca acabó de entender que estaba compitiendo por este. MAMA A. C. lo invitó a que redactara su historia. Luego le pidieron que participara en una filmación contando su vida.
“En la Ciudad de México hacen una cena de inauguración con los jugadores del torneo nacional y dicen quiénes se van a enfrentar y quién ganó el premio. Vi que estaban pasando mi video. ‘¡Eso, pinche Pelón!’, me decían y me abrazaron todos cuando dijeron mi nombre”, recuerda.
Arrancó la competencia anual y el equipo del Pelón llegó al tercer lugar en repechaje. Parecía que no habría más para él. Regresó a los vestidores y de pronto lo llamaron. Apenas se calzó los tenis y vio que Daniel Copto, presidente de Street Soccer México, le aguardaba.
“‘¿Quieres unos tenis o el viaje a Holanda?’, me preguntó. ‘¡Las dos cosas!’, contesté. Como vi que nos regresamos a Guadalajara, no pensé que nada fuera en serio”, cuenta.
“Después se comunicaron (de MAMA A. C.) y me dijeron que me tomara fotos tamaño pasaporte. ¿Y yo para qué chingados quiero un pasaporte! Me sacaron cita y de ahí en más hice todo el trámite solo. Ni sabía qué hacer. ¡Si para sacar la credencial del IFE me puse bien nervioso! Ya ahí empecé a creer que sí me iba a Ámsterdam, a Holanda”.
Le consiguieron euros y ropa térmica que al final de cuentas dejó en su casa. Porque parecía pijama. Y qué vergüenza usarla allá.
Finalmente el Pelón se fue a la Ciudad de México.
“Llegué a la Central (de Autobuses) del Norte. Me habían dicho que caminara todo derecho hasta ver una Virgen (de Guadalupe, en el pasillo central). Chale, ¿derecho? ¿Pero derecho pa’llá o derecho pa’cá? Me agarré preguntando y ya vi dónde tomar el taxi para el aeropuerto”, cuenta.
Llegó con diez horas de antelación y luego vio aparecer a los participantes del Estado de México. Daniel Copto también los alcanzó y le explicó cómo documentar.
—Dale tu maleta.
—¿Pero no se pierde nada? —pregunté bien fuerte. La señora se me quedó viendo como bien enojada. Me reventé una pulsera de bolitas para amarrarla y poder identificar la maleta.
“Ya en el avión iba bien nervioso porque todos me empezaron a decir que se sentía bien feo, como en la montaña rusa, que me iba a morir”.
Antes de morirse le dijeron que se pusiera el cinturón de seguridad.
“Ah, cabrón…”.
La entrenadora de los jugadores que viajaban con él lo volteó a ver. Se empezó a cagar de la risa. César se lo había anudado alrededor de la cintura.
“‘No, Pelón, aguanta, deja te digo, hay que jalarlo hasta que lo sientas seguro’, me dijo. Y empezó a avanzar el avión. Yo volteaba a la ventanita y me dio el jalón, me agarré de donde pude y vi que iba subiendo y no sentía nada, nada. Esperaba como el bajón de la montaña, ¿no qué se sentía bien feo? Nah, hasta me puse a ver películas”, narra.
“Al ratito vino la aeromoza. Pero todo lo decía en inglés. La entrenadora sí sabía. Lo que ella le decía, yo lo repetía. Si ella quería agua, pues yo también tenía que pedir agua. ‘Lo de ella, lo de ella’”, resolvía.
Horas después, ahí estaba, al otro lado del Atlántico. Y el aeropuerto de Ámsterdam-Schiphol, recibiéndole.

Buen familiar: “Ya nada más quería tener mi vida bien, para que mi hermano, Alejandro, viera que sí se puede”. Foto: Daniel Vera.
“SABRÁ DIOS SI COMÍ JAMÓN”
Vio unas canchas inmensas. Extendidas hasta donde el verde del pasto se topaba con el Rijksmuseum, el Stedelijk y la órbita del Museo Van Gogh. El primer recuerdo que construyó fue a partir del centro cultural Museumplein.
Y más allá de él, las plazas Dam Leidseplein, el Bloemenmarket flotando sobre el canal de Singel y los canales por calles.
A 24 horas de su estancia, lo primero que lamentó fue su criterio para empacar ropa.
“Me puse un pants, encima otro y dos chamarras. Y me salí muy valiente… ¡Cuál, no podía ni caminar del frío! ¿Por qué no me traje la pijama?”, recuerda.
Los organizadores le recomendaron que recorriera Ámsterdam con los participantes del Estado de México, aunque igual César se integraba con todos los del grupo.
“Ninguno de nosotros sabíamos inglés, le decíamos a la gente ‘quihúbole’ y se nos quedaban viendo”. También acaparaban la desaprobación visual holandesa al querer cruzar las calles.
“Las bicis, trenes y carros, cada uno tiene su carril. No sabíamos por dónde caminar, andábamos toreando, y ellos no voltean para cruzar porque todo tiene su semáforo y pasan bien juidos”, dice César.
Sin tortillas, ni chile, el Pelón le sufrió.
“¿Qué se puede comer?… El primer día, me metía a los centros comerciales para ver cuánto costaban las cosas. Yo me quería hacer unos sándwiches, había muchas cosas como si fuera jamón. Pero no sabía a jamón. Sabrá Dios si comí jamón. Como todo estaba en inglés, yo decía: ‘De tin marín de do pin güe’, y agarraba el que ganaba. Sabía bien feo y el pan también bien duro, le mordía y se venía todo el pedazo”, dice.
“Solo el último día, cerca de las calles del Museo Casa de Ana Frank, nos topamos un restaurante. Tenían como un virote, grandote y adentro muchísima carne, pero ahora sí rica. Nos costó 13.50 euros, pero no le hace, mi ‘lonchezote al pastor’ fue lo más rico que comí”.
Entrada la noche, también conoció las luces intensas. Reparó lo lejos que estaba de casa y de su pasado. Ya estaba muy distante de los destellos de los semáforos. Como turista mundial estaba en busca de los brillos del Barrio Rojo, la zona de prostitución en la ciudad.
“No sabíamos dónde quedaba. Preguntábamos ‘¿Red lai?’, y no entendíamos lo que decía, pero como hacía señas seguimos hasta donde vimos la luz roja. Al principio nos equivocamos, no sabíamos que había un pedazo de puros gays…
“¡‘Ámonos, ámonos, nos están verbeando!, decían unos, pero seguimos caminando y ya vimos a las chicuelas. Estaban ahí, seguiditas en vitrinas. Hay una puerta y la abren si quieren estar contigo, si no hasta se voltean. Andaban moviéndose, como si estuvieran bailando, no se desnudan, están en ropa interior. Pero ahí todo es más seguro”, piensa.
“Luego nos metimos en un bar, nos formamos y uno me pasó su credencial (tenía 19 años, dos menos que la mayoría de edad solicitada). Bajamos las escaleras y vimos un cuarto donde todos se metían, pero nada más a puro fumar. Marihuana, porque el tabaco estaba prohibido. La gente estaba bien loca, se nos acercaban y sabe qué tanto nos decían en holandés. Y nosotros les decíamos: ‘Simón, llégale’, y les pegábamos sus sopapitos”.
Lo mejor de todo, analiza, fue la escapada que aprovechó por unos euros, para ir a Brujas, Bélgica. Navegando en los canales, frente a la torre Belfort, la fachada del Stadhuis… el Pelón se trasladó al Medioevo.
“Me sentí como si estuviera en la película de la Cenicienta y madres de esas. Como entre los castillos y lagos. Había una casa con agua cayendo a la mitad, parecía que se estuviera ahogando…”, describe.
En el año 2015, el Pelón también fue amuleto de los otros mexicanos de y en calle. Como parte de la animación, asistió a todos los partidos de México y atestiguó el primer campeonato en el que los nacionales quedaron como ganadores de “Homeless World Cup” en la rama varonil.
Tras dos semanas en Europa, nuevos sabores y el conocimiento para asegurar un cinturón aéreo, César regresó para reintegrarse a su vida. A la nueva.
“PENSANDO DIFERENTE”
Actualmente, César trabaja en una dependencia pública municipal como auxiliar para eventos, y está reuniendo el monto necesario para revalidar sus estudios desde el tercer semestre de preparatoria, que interrumpió cuando se unió a su pareja y tuvieron una bebé.
El Pelón no se olvida de su vida de calle. Cuando el tiempo le alcanza alivia a compañeros, sin tufos de condescendencia.
“Paso y cotorreo con la banda como si nada. Si tengo feria, mejor me quedo con ellos y les digo: ‘Vamos por unos chescos, por unos lonches’. Y ya les invito el desayuno, pero sin hacer menos, sin humillar. Yo soy igual que todos”, sostiene.
También se ha interiorizado como sujeto de cambio. Se le ha metido en la cabeza comprar los útiles escolares de las nuevas generaciones de calle y que formen nuevos patrones de vida.
“Ya me traje la experiencia, una de las más bonitas que he tenido. La verdad sí me cambió mucho la vida. Yo tomé el fútbol como un pretexto para salir, como si fuera mi pretexto para ir más allá”, reconoce.
“Regresé pensando diferente. Ahora lo que quiero es ya juntar mis cosas. Esta Navidad quiero comprar mi refri, rentar una casa y llegar con todo, para mi esposa, mi hija. En un instante yo lo hacía todo por mi hermano, pero ahora es por mi hija. Ahora quiero ser el superhéroe de mi hija”.
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Los “homeless” que no cuentan
En México, la invisibilidad de menores en situación de calle está a punto de cumplir dos décadas.
De acuerdo con Unicef México, no existen cifras formales ni actuales para dimensionar el fenómeno. Uno de los últimos esfuerzos se documentó en el Informe 2002 del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), que con aproximaciones hechas en 1994 se estimó la presencia de 128 819 menores, concentrados en Ciudad de México, Estado de México y Jalisco.
Para el investigador de la Universidad de Guadalajara y el Centro Internacional de Estudios e Investigaciones sobre Infancia (CIESPI) Ricardo Fletes, la exclusión estadística deriva en una falta de atención real para los menores de y en calle —los primeros trabajan o acompañan en la vía pública, pero duermen dentro de una vivienda; los segundos, pernoctan por completo en el exterior.
“Siempre ha existido una insuficiencia de recursos humanos y materiales para atender el total de la población. Más aun si tenemos en cuenta que las acciones parten de un subregistro”, sostiene.
En ese sentido, Fletes reconoce la labor de las organizaciones de la sociedad civil para cubrir los vacíos públicos —generando resultados como un alza en la escolaridad de los menores—; sin embargo, resalta que prevalece la desvinculación de las estrategias públicas con el trabajo avanzado por dichas ONG.
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El poder del fútbol… y de la resiliencia
Street Soccer México es una asociación enfocada a promover la integración social de personas en situación de y en calle a través del fútbol. Sostiene un acuerdo financiero y logístico con asociaciones estatales para organizar torneos e integrar a un grupo de seleccionados (en rama varonil y femenil) en el proyecto internacional “Homeless World Cup”. Actualmente mantiene una sinergia con Fundación Telmex.
“Es la resiliencia que los seres humanos pueden desarrollar, que a pesar de las montañas de broncas que se te echen encima, pueden salir. Es el caso de César, pero también esa actitud, ese carácter se le ha construido al recibir otros mensajes, de los mairos, de organizaciones de derechos humanos, otras motivaciones para que se levantara y se saliera del hoyo”: Mairo Rogelio Padilla, líder de Movimiento de Menores Abandonados A. C. (MAMA A. C.).