COMO LAS DE MUCHOS RESIDENTES, las vidas de la familia Amico de Portsmouth, Nueva Hampshire, estaban inexorablemente ligadas con Pease International Tradeport, un extenso parque de oficinas construido a principios de la década de 1990, en un sitio que solía ser una instalación militar. La Base de la Fuerza Aérea Pease, activa entre la década de 1950 y 1991, utilizaba grandes cantidades de químicos llamados compuestos altamente fluorados para provocar incendios y hacer ejercicios de práctica. Esas sustancias son muy parecidas a los materiales antiadherentes como teflón, y un creciente volumen de investigaciones demuestra que conllevan graves riesgos de salud, pues dañan el sistema inmunológico y el cerebro, están vinculados con el cáncer y la obesidad, y alteran la actividad normal de las hormonas.
Esos químicos nunca se degradan, y cuando entran en el ambiente, se acumulan. Y eso es lo que ocurrió en Pease. Las sustancias se filtraron al manto freático y se quedaron allí.
El marido de Andrea Amico empezó a trabajar en una oficina del sitio en 2007. Cuatro años después, la pareja inscribió a su primera hija en una guardería de una instalación recién construida y muy respetada dentro del parque de oficinas, cuando la pequeña tenía apenas 12 semanas de edad. Luego tuvieron un hijo, y también fue a la guardería, a partir de 2013.
En mayo de 2014, una prueba reveló niveles significativos de ácido sulfónico de perflurooctano (PFOS) en el pozo principal del sitio. Las concentraciones excedían las permitidas por una “recomendación de salud provisional emitida por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos [EPA]”, de manera que “la ciudad de Portsmouth clausuró el pozo inmediatamente”, según un comunicado emitido por la ciudad en aquel momento. El contaminante también se encontró en los otros dos pozos de la propiedad, pero sus niveles eran inferiores a los especificados en la recomendación.
Desde entonces, la Fuerza Aérea de Estados Unidos, en colaboración con el Departamento de Salud y Servicios Humanos de EPA y el estado de Nueva Hampshire, ha comenzado a limpiar la contaminación, y el pozo sigue fuera de servicio. Amico informa que la agencia está instalando filtros de carbono para eliminar los contaminantes.
La Fuerza Aérea reclutó los servicios de la Agencia para Sustancias Tóxicas y Registro de Enfermedades, una dependencia federal encargada de minimizar los riesgos de salud de los productos químicos peligrosos. Este grupo ha hecho pruebas para determinar los niveles sanguíneos de diversos productos químicos fluorados en personas que trabajaron o pasaron algún tiempo en Pease Internacional antes de mayo de 2014.
Según Amico, los análisis revelaron que los niveles sanguíneos de PFOS y ácido perfluorooctanoico (PFOA) de su hija eran tres veces más elevados que el promedio nacional; en el caso específico del ácido sulfónico perfluorohexano, el nivel fue de 11 veces el promedio nacional. En general, la comunidad de Pease presentaba concentraciones sanguíneas promedio más altas de los tres compuestos químicos.
Aunque los hijos de Amico parecen encontrarse bien, la mujer no deja de angustiarse. “Hay pocas investigaciones sobre los efectos de salud, especialmente en niños”, dice. Su hija estuvo expuesta a partir de las 12 semanas de edad, y algunos de estos productos químicos tienen una vida media —es decir, el tiempo que demora en eliminarse el 50 por ciento de una sustancia— de más de siete años. “Ella alcanzará la adolescencia antes de que haya eliminado la mitad de esos químicos. Eso es muy alarmante para mí. Como madre, me preocupa lo que eso representa para la salud de mis hijos a largo plazo”.

MANTO DE ESPUMA: Los bomberos usan diferentes retardantes químicos para apagar distintos tipos de incendios. Los que se utilizan en incendios forestales, como este en California, han causado inquietud por su impacto en la vida silvestre. Foto: Robert Galbrat/Reuters
Agencias federales, estatales, y la Fuerza Aérea han estado trabajando con la comunidad, pero Amico insiste en que los residentes aún tienen muchas preguntas. Y en buena medida, esto se debe a la falta de investigación sobre los posibles efectos de salud.
La Fuerza Aérea ha identificado 200 bases activas y retiradas donde es posible que hayan liberado compuestos fluorados, y está realizando pruebas para detectar su presencia en aguas subterráneas y en el agua potable. “En dónde hayamos contribuido, tomaremos las medidas necesarias para hacer frente a la contaminación del agua potable”, dice Laura McAndrews, una portavoz de la Fuerza Aérea.
Nuevos estudios, divulgados este verano, llenan algunos espacios vacíos del conocimiento científico.
En uno de ellos, publicado en junio en Environmental Science and Technology Letters, los investigadores identificaron una relación clara entre los niveles detectados en el agua potable y en la sangre, lo que sugiere que una vía primaria de administración es el agua de grifo. Otro artículo, publicado en agosto en la misma revista, rastreó la fuente de las sustancias y halló que se originaban en aeropuertos, bases militares, y con fabricantes de productos químicos como teflón o revestimientos a prueba de manchas, así como en plantas para tratamiento de aguas residuales.
Los investigadores en este estudio, dirigido por Elsie Sunderland de Harvard, encontraron niveles detectables de los compuestos químicos en el agua potable de 16.5 millones de estadounidenses, y produjeron un mapa de Estados Unidos para ilustrar sus resultados. Además, revelaron que las concentraciones de los químicos en el agua de grifo de al menos seis millones de personas excedían los niveles recomendados por el gobierno federal.
Sin embargo, es muy probable que el problema sea mucho mayor. Sunderland y colegas se basaron en la información que recopiló la EPA, y ese conjunto de datos no incluye información sobre el agua potable de más de 100 millones de personas, es decir, un tercio de la población.
Un proyecto de monitoreo de escala nacional —el Estudio Nacional de Salud y Nutrición de Estados Unidos 2011-12— encontró estas sustancias químicas en la sangre de 97 por ciento de los participantes en la investigación.
Como se mencionó, estos químicos no se descomponen. Una vez que entren en el suelo o en el manto freático, por ejemplo, “permanecerán allí un millón de años”, asegura Arlene Blum, científica de Green Science Policy Institute y la Universidad de California, Berkeley. La persistencia de estas sustancias químicas se explica, en parte, por el enlace que forman el carbono y el flúor, que es el más fuerte que existe en la naturaleza.
Otro de los artículos, publicado en la revista Environmental Health Perspectives halló que los adolescentes de las Islas Feroe que presentaban los niveles sanguíneos más altos de estos químicos tenían una menor respuesta a las vacunas y enfermaban más a menudo. El estudio determinó que al duplicarse los niveles de PFOA y ácido perfluorodecanoico, la concentración sanguínea de anticuerpos contra la difteria se redujo en 25 por ciento en niños de siete y trece años. “Esto significa que el sistema inmunológico se ha vuelto más lento y que, probablemente, no puede responder con la intensidad necesaria a las vacunas” y las enfermedades infecciosas en general, dice el investigador y médico Philippe Grandjean, quien es profesor en Harvard y en la Universidad del Sur de Dinamarca.
Una investigación de 2013, publicada en Journal of Immunotoxicology, encontró que las mujeres embarazadas con altos niveles sanguíneos de estas sustancias químicas dieron a luz a niños que, a los cuatro años, presentaron concentraciones bajas de anticuerpos contra la rubéola. Los bebés de madres con niveles más elevados de estos químicos también padecían de más infecciones como resfriados y problemas estomacales, como gastroenteritis.
Los compuestos altamente fluorados también pueden interferir con la lactancia. En un estudio publicado en julio, en Reproductive Toxicology, Grandjean y sus colegas encontraron que las mujeres con niveles elevados de compuestos altamente fluorados amamantaban durante un periodo más corto. Observaron que al duplicarse la concentración de estas sustancias en los niveles sanguíneos maternos, el tiempo total de la lactancia disminuía en casi seis semanas.
Otra investigación halló que ratones con niveles sanguíneos de químicos fluorados similares a los de humanos con exposición alta presentaban un subdesarrollo de las glándulas mamarias, de modo que es posible que algo parecido esté ocurriendo con los humanos.
Esto es un hallazgo inquietante, pues la lactancia materna es fundamental para el desarrollo del cerebro y el sistema inmunológico del niño, y la Organización Mundial de la Salud recomienda alimentar a los bebés solo con leche materna durante los primeros seis meses, y parcialmente hasta los dos años o más.
No se sabe, exactamente, cómo causan daños estos compuestos fluorados. Sin embargo, los fluorocarburos son altamente reactivos y tal vez interfieren con múltiples procesos orgánicos. Su larga persistencia también agrava el daño. Grandjean señala que algunos de estos químicos se consideran carcinógenos, y esto puede deberse a su capacidad para disminuir la actividad del sistema inmunológico, el cual detecta y elimina las células cancerosas. Investigaciones previas determinaron que los niveles sanguíneos elevados de algunas de estas sustancias aumentan, de manera significativa, el riesgo de cáncer renal y cáncer testicular.
Estos químicos sin duda son eficaces para sofocar incendios difíciles de extinguir; por ejemplo, los que arden con petróleo y otros compuestos inflamables. No obstante, ya se están utilizando alternativas con menos o nada de flúor. El 15 de agosto, la Fuerza Aérea anunció que, a fines de 2016, sustituirá las espumas fluoradas que usan sus vehículos para combate de incendios por una alternativa “ambientalmente responsable” llamada Phos-Chek. Ese producto fue desarrollado en combinación con la EPA, y según un comunicado de la Fuerza Aérea, no contiene PFOS, y muy poco o nada de PFOA. McAndrews agregó que el servicio para combate de incendios también ha dejado de usar compuestos fluorados durante los ejercicios.
Algunas clases anteriores de estos químicos, conocidas como perfluoroalquilos de cadena larga, ya han sido abandonadas por los fabricantes. En muchos casos, se han sustituido por compuestos fluorados de cadena corta. De acuerdo con FluoroCouncil, grupo que representa a los fabricantes de estos químicos, dichas sustancias “han sido revisadas por reguladores de escala mundial, quienes han determinado que estas alternativas son seguras para el uso previsto… Estos [compuestos] nuevos siguen proporcionando los beneficios únicos de los productos fluorados, pero con perfiles de salud y ambientales mejorados”. Sin embargo, Blum no está de acuerdo, y dice que algunas evidencias apuntan a que tienen efectos de salud similares y, en algunos casos, son incluso más difíciles de eliminar del agua.
Peggy Reynolds, científica del Instituto de Prevención del Cáncer de California, insiste en que Estados Unidos debe actuar de forma agresiva para reducir la exposición a los compuestos.
“No son químicos que deban estar en nuestra agua potable”, concluye.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek