Una patada de penal en el trasero

ERA 1994y la deprimida Brasil tenía la necesidad desesperada de algo que le diera un incentivo. En años recientes había vivido el impeachmentde un presidente acusado de corrupción, una inflación de más de 2500 por ciento, espantosas matanzas de inocentes dentro de una cárcel y fuera de una iglesia, y la sensación general de que la nación era incapaz de hacer algo bien. Al acercarse junio, lo mismo hacían dos acontecimientos aparentemente inconexos que parecían destinados a incrementar el sentimiento de fracaso: el lanzamiento de una nueva moneda y la Copa Mundial de Fútbol.

Brasil no había ganado una Copa Mundial en 24 años; un lapso casi sin precedentes que hizo que muchos cuestionaran si su mágico jogo bonito (juego hermoso) había desaparecido, tal vez para siempre. En cuanto a la moneda, en la década anterior ya habían introducido cinco nuevas para tratar de “resetear” la economía, cada una con resultados lamentables. Así que no había razón alguna para creer que esta vez las cosas serían distintas.

Sin embargo, cuando comenzó la Copa en Estados Unidos, Brasil despachó fácilmente a los dignos contrincantes de Camerún y Rusia. Y los políticos brasileños presintieron su oportunidad. El autor del nuevo plan de divisa, un sociólogo hasta entonces desconocido, llamado Fernando Henrique Cardoso, concluyó que si Brasil salía bien parado en Copa Mundial, el malestar nacional podría aliviarse un poco. De manera que comenzó a invitar periodistas para tomarle fotos animando al equipo, con la esperanza de que la euforia pudiera contagiarse a la moneda (el real) cuando la lanzaran, el 1 de julio, justo al iniciar la ronda eliminatoria del mundial de fútbol.

“¿Fue un teatro político un tanto exagerado? Por supuesto”, confesó Cardoso en sus memorias. “Un tiro penal bien colocado no iba a acabar, mágicamente, con la inflación. Pero sin duda podía influir en el estado de ánimo del país y en la forma como eso impactaría en el real”.

Y resulta que tuvo razón. Brasil derrotó al equipo anfitrión tras una difícil victoria 1-0 frente a una multitud que incluía a un conflictuado Pelé, quien se debatía entre las dos naciones que llamaba patria. Siguieron las victorias sobre Holanda y Suecia, y por último, el 17 de julio, Brasil empató a cero con Italia, para luego ganar la Copa en un desempate por penales, 3-2. Estallaron celebraciones por todo el país y un columnista destacado escribió acerca de “una nueva fase en la historia de Brasil: el regreso de la autoestima nacional”. Otro proclamó: “Lo mejor del fútbol también puede ganar la batalla contra la miseria y el rezago”. Coincidencia o no, la nueva moneda comenzó a funcionar como estaba previsto y, ese mes, la inflación se ralentizó a solo dos por ciento. Para octubre, Cardoso fue electo presidente. Cumplió dos periodos muy exitosos y el real persiste como la moneda de Brasil.

No podía dejar de pensar en todo esto el último sábado de los Juegos Olímpicos de Río, cuando volvieron a confluir el fútbol y la política brasileña. Al derrotar a Alemania en unos penales de gran dramatismo, Brasil ganó el oro olímpico en fútbol por primera vez, proporcionando a una nación deprimida su momento más feliz en muchos años. Al hacerlo, el equipo exorcizó algunos demonios de su derrota 7-1 frente a los alemanes en la Copa Mundial de 2014, lo cual —volvamos a decirlo, “coincidencia o no”— había marcado el inicio de la caída de Brasil en una espiral de dos años de humillación, escándalo y recesión. La victoria de Brasil también consolidó la creencia nacional de que, pese a todo, los Juegos de Río fueron un éxito (moderado). Aunque para la inmensa mayoría de los brasileños —quienes no viven en Río o les importan un comino las competencias de lucha o natación— la victoria en fútbol fue, probablemente, un impulso aún más fuerte para la moral.

IMPULSO MORAL: Mientras los aficionados celebraban la victoria de Brasil sobre Alemania en el partido por el oro olímpico, el presidente Michel Temer expresaba su esperanza de que el país siguiera el ejemplo del equipo en otros campos. Foto: Barbara Walton/EPA.

Los expertos trazaron paralelos más amplios con el destino de la nación. “Creo que empieza a disiparse la nube que se cierne sobre Brasil”, escribió en Facebook un popular comentarista de televisión, Guga Chacra, poco después de escucharse el silbatazo final del partido. “Muy en el fondo, todos lo sabemos”. Dilma Rousseff, la presidenta que metió a Brasil en esta terrible recesión, fue retirada de su cargo a fines de agosto; y hay señales incipientes de que la economía empieza a recuperarse. En otras palabras, hay una buena posibilidad de que haya pasado la peor parte.

Muchos países aman el fútbol, pero podemos asegurar que ninguno está más obsesionado que Brasil, con sus insuperables cinco títulos de Copa Mundial. Así pues, ¿es saludable que la política siga tan de cerca al pasatiempo nacional? ¿Acaso da a los políticos el poder de manipular cínicamente el ánimo del público y disimular los problemas reales de Brasil? Periodistas y atletas por igual han debatido estas preguntas desde hace mucho. En sus memorias, Pelése quejó de que, en la Copa Mundial de 1966, el equipo brasileño sufrió “una tremenda presión” por parte del gobierno militar recién instalado para ganar un tercer campeonato consecutivo, a fin de “encubrir las divisiones en nuestra sociedad”. Brasil perdió ese año, pero ganó de manera gloriosa en 1970, permitiendo que los militares ganaran popularidad durante una fase muy peligrosa de su dictadura, cuando detenían, torturaban y asesinaban a los disidentes (Rousseff, que entonces era una guerrillera de izquierda, fue encarcelada ese mismo año).

Hubo otra convergencia en 1950, cuando Brasil fue sede de la Copa Mundial por primera vez. Los organizadores construyeron el estadio más grande del mundo, el Maracaná, con una capacidad de cerca de 200 000 espectadores, para mostrar al mundo que no era un pueblo de “salvajes”, como dijera el alcalde de Río en aquel momento. La infame derrota 2-1 de Brasil frente a Uruguay en la final no solo privó a los políticos de su final feliz, también devastó la autoestima de la nación, al grado de que el legendario escritor Nelson Rodrigues describió el incidente como “nuestro Hiroshima”. En los años siguientes, Brasil soportó una crisis económica, un escándalo de corrupción, y el suicidio de un presidente muy querido. El equipo nacional no volvió a disfrutar de un momento brillante en el Maracaná sino hasta 66 años más tarde, cuando Neymar pateó el último penal contra Alemania, el 20 de agosto pasado.

Es fácil imaginar que “pan y circo” podrían volver a utilizarse para distraer a las masas. El ánimo adusto del público fue el oxígeno que permitió mantener encendida, durante todo el año pasado, la investigación Operação Lava Jato (Operación Lavado de Coches) para descubrir la corrupción en Petrobras que, en última instancia, condujo a la caída de Rousseff. Cuando la población es más feliz y desvía la mirada iracunda de Brasilia, facilita que el Congreso y las distintas facciones del poder judicial aprueben medidas que pueden obstruir el trabajo de los investigadores y dejen escapar a parte del establishment. Mientras tanto, la expulsión de Rousseff significa que su sucesor, Michel Temer, quien es casi tan impopular como ella, tendrá que trabajar muy duro para poner fin al sufrimiento de los últimos dos años. Como cabía esperar, en un editorial periodístico titulado “El mundo redescubre Brasil”, Temer felicitó al equipo de fútbol por “pasar del descrédito a la cima, abriendo un camino que Brasil también debiera de seguir en otros campos”.

¿Se repetirá la historia? Creo que Brasil ha madurado, y que las lecciones de esta crisis no se olvidarán con facilidad. También cabe la posibilidad de que otro acontecimiento —como los próximos acuerdos con la fiscalía en el caso Lava Jato— podrían reavivar la indignación pública, aunque también creo que las naciones tienen un límite para el sufrimiento y que, a la larga, se aferran a las oportunidades para seguir adelante. La confianza y el sentir son fundamentales para la política y para las economías, y el optimismo a menudo es autocumplido. Por otra parte, reconozco que los periodistas siempre buscan grandes narrativas sobre el destino de las naciones. Y por eso apuesto a que, eventualmente, algunos recordarán el oro futbolístico de Brasil, y los Juegos Olímpicos en general, como el principio del fin de la crisis de Brasil. Coincidencia o no.

BRIAN WINTER es director editorial de Americas Quarterly, donde una versión de este artículo se publicó anteriormente.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek