Tumba prejucios entre choferes

Hace 23 años María del Rosario Jiménez Manzano llegó a vivir a Pachuca. Con cuatro hijos que mantener, buscó trabajo de chofer de transporte público. Fue difícil. La gente de esa época era reacia, cerrada y tenía muchas dudas de las capacidades de una mujer.

“Siempre dije que les demostraría lo que es una mujer al volante. Hoy, gracias a Dios, aquí sigo después de 20 años que me dieron la oportunidad de manejar la primera combi en el sitio Centro-Central; y no he soltado el volante, pues es lo que me apasiona y me hace feliz”. Así responde doña Rosa al inoportuno reportero que, un día soleado, le hizo señas con las manos para que se detuviera abruptamente frente a la Iglesia de la Asunción, en el centro de Pachuca, para subir a la combi.
Sin perder de vista el camino, Doña Rosa, quien viste con una blusa blanca, pantalón, zapatos y un chaleco negro —su uniforme—, accedió a contar su historia. Ella llegó a Pachuca con la necesidad a cuestas, pues tenía que sacar adelante a sus hijos.
“De plano no me quisieron dar trabajo de chofer cuando lo pedí a pesar que tenía cinco años manejando combis en Temascalapa, Estado de México. Pero, hasta eso, los encargados de la ruta no se portaron mal conmigo y me pusieron de checadora”, comenta Doña Rosa quien, con dos movimientos precisos, estaciona su combi color verde bandera en la base de Loreto.
“Tengo 52 años de edad y soy madre soltera de una hija y tres hijos que hoy ya están grandes. Dos de ellos siguieron mis pasos y hoy son prestadores del servicio de transporte; incluso, uno de ellos es chofer del Tuzobús. Gracias a Dios, pude sacarlos adelante”, comenta.
Su jornada laboral es de 14 a 16 horas al día, aunque en ocasiones le ayuda Miguel, uno de sus hijos. Es consciente de lo pesado que es el trabajo del volante, pues constantemente se entera que sus compañeros se enferman de los riñones. Ella sólo tiene diabetes, pero está bien de salud.

-¿Ha tenido algún accidente?
– Tengo 20 años en sitio central y jamás he tenido un accidente, sólo pequeños golpes que le han dado a la combi, pero nada de consecuencia. A mí me gusta manejar con precaución, pues estoy consciente de la responsabilidad que tengo de llevar vidas. Es más, con decirle que en este tiempo, sólo tres veces me han infraccionado, y una fue por abuso de un policía de tránsito.

-¿Qué es lo que más le gusta de su trabajo?
– Las bendiciones y felicitaciones que recibo de los usuarios. Eso me nutre el alma. Cuando se bajan me dicen ‘Dios la bendiga señora, cuídese mucho’, yo siento que eso es lo que me hace seguir adelante y me da el ánimo de seguir trabajando y es una satisfacción, en lugar de recibir mentadas como a muchos compañeros le pasa.
A unos minutos de que el checador “le de salida” para iniciar su trayecto rumbo a la Central de Autobueses, Doña Rosa me invita una coquita de 300 mililitros para calmar la sed. Mientras observa su celular, prepara su último mensaje: “Cuando las mujeres nos proponemos salir adelante lo hacemos, no hay que darnos por vencidas. Ayer yo tuve el valor suficiente para subirme a una combi. Hoy sé que todo es posible”, expresa.
Y es así que, cerca de las 15:00 horas, Doña Rosa dio marcha a su camioneta y enfiló sobre el viaducto Nuevo Hidalgo, no sin antes dejar al reportero a una cuadra de la Iglesia de la Asunción.