Las poblaciones de elefantes en África han disminuido en 30 por ciento en apenas siete años, principalmente gracias a la caza furtiva. Si la tendencia continúa, se predice que la mitad de los elefantes restantes en el continente desaparezca dentro de la siguiente década.
La masacre de tantísimos animales enormes, arriesgando su extinción, es considerada correctamente como un problema ecológico. Pero la caza furtiva y el comercio ilegal de animales salvajes también son crímenes y, como tales, podemos mirar en la criminología en busca de posibles soluciones.
La llamada guerra contra las drogas significa que hay décadas de experiencia en lidiar con crímenes relacionados con el tráfico. La clave principal detrás de la caza furtiva es el comercio ilegal de partes del cuerpo como los colmillos de elefante o los cuernos de rinoceronte (aun cuando la demanda por carne de caza y mascotas exóticas también tiene un papel, en especial para los animales pequeños). Este comercio ilegal de animales salvajes es un mercado, muy similar al mercado mundial de drogas. Y aun cuando 50 años de la guerra contra las drogas podría decirse que han tenido poco éxito (las drogas ilegales todavía son consumidas ampliamente y disponibles fácilmente), todavía podemos aprender lecciones importantes de los fracasos de la política sobre las drogas.
Lo que une a los cazadores furtivos y los productores de coca
Hay muchas similitudes entre la caza furtiva y el cultivo de plantas de drogas como el arbusto de coca (del cual se produce la cocaína) y la amapola de opio (la fuente de la heroína). Ambos tienden a suceder en áreas remotas y económicamente subdesarrolladas fuera del alcance efectivo de los gobiernos y sus fuerzas policiacas.
Tanto la caza furtiva como el cultivo de drogas son motivados por la demanda de consumo, con precios inflados por el hecho de que los productos son ilegales. Ambos tienden a involucrar una combinación de lugareños pobres, quienes hacen la caza o el cultivo propiamente dichos, y criminales profesionales y grupos del crimen organizado, quienes planean el tráfico.
Las acciones mundiales para erradicar los cultivos de drogas, aun cuando a menudo no tienen éxito, nos han enseñado muchas cosas. El sólo enfocarse en la vigilancia policial tiende a no ser efectivo: los cultivadores de drogas tienden a moverse más hacia las zonas vírgenes para evitar ser detectados, o plantan más cultivos en el primer lugar para permitir algunas pérdidas en las acciones de erradicación. La militarización de la vigilancia policial es emparejada con más traficantes militarizados; sólo mire a los cárteles de la droga colombianos o mexicanos, o los hallazgos del Sondeo de Armas Pequeñas 2015 sobre los cazadores furtivos armados en África. Las sentencias duras y la pérdida de ingresos distancian a las poblaciones locales dependientes del dinero de las drogas para su supervivencia económica.
Lo que hemos aprendido de la guerra contra las drogas es que, junto con la vigilancia policial, debe haber un enfoque en reducir la demanda de marfil de elefante, cuerno de rinoceronte y otros productos animales. Las autoridades también necesitan proveer actividades económicas alternativas, y entender las situaciones políticas y culturales locales que encuentran aceptable el tráfico. Esto puede traducirse fácilmente en caza furtiva. El desarrollo de lugares de ecoturismo da un valor económico a la protección de la vida silvestre, mientras que la educación y el empoderamiento político a nivel local ayuda a cambiar las actitudes.
Criminología contra caza furtiva
Hay teorías criminológicas sólidas detrás de estas sugerencias políticas. Por ejemplo, una idea conocida como prevención situacional del crimen se enfoca en reducir las oportunidades para que un criminal cometa un crimen. Esto puede significar que sea más difícil cometer un crimen, haciendo el objetivo menos atractivo para el delincuente, o aumentar la posibilidad de que el criminal sea atrapado en el acto.
Instalar cercas para mantener a los cazadores furtivos fuera de ciertas áreas sería una aplicación obvia de esta idea. Otra sería aumentar la cantidad de guardas de coto y aumentar otros métodos de vigilancia, como los drones aéreos.
Un ejemplo exitoso aquí es el del Santuario Ziwa de Rinocerontes en Uganda. Los rinocerontes otrora fueron cazados hasta la extinción en Uganda, pero han sido reintroducidos en la reserva de 70 km cuadrados. El santuario está rodeado de una cerca eléctrica y los rinocerontes que viven allí están acompañados por guardas armados las 24 horas del día. Ninguno de los rinocerontes ha caído en manos de cazadores furtivos, y la población está creciendo con 11 nacimientos desde junio de 2009.
Pero no podemos construir cercas en todas partes o emplear suficientes guardas para ofrecer este grado de protección a todos los rinocerontes. Aquí es donde entran otras ideas, como la teoría de la actividad rutinaria, la cual se relaciona con la prevención situacional pero se enfoca en las rutinas de los delincuentes y de los criminales potenciales. Entender cómo operan los cazadores furtivos —y, en particular, cómo eligen los lugares dónde cazar— nos permite desarrollar intervenciones más exitosas. Algunos académicos desarrollan modelos en computadora que mapean el proceso de toma de decisiones de los cazadores furtivos para que podamos entender dónde posiblemente ataquen la próxima vez, y desplegar a los guardias en concordancia.
La caza furtiva que está detrás de la disminución de la población de elefantes (y muchas otras especies), así como otros problemas ambientales como la deforestación y contaminación, son vistos como problemas ecológicos. Y sin duda es el caso que las ciencias ecológicas son las más idóneas para ayudarnos a entender la naturaleza y la intensidad de daños medioambientales en particular.
Pero esto también debería ser visto como un problema criminológico, en especial cuando hablamos del comercio ilegal de animales salvajes, la tala ilegal o los desperdicios ilegales. Las teorías y herramientas criminológicas se han desarrollado en gran medida en el contexto de crímenes urbanos en las naciones “occidentales” más desarrolladas, pero también son aplicables a los crímenes medioambientales de áreas rurales y vírgenes alrededor del orbe. Ecologistas, conservacionistas y criminólogos deberían trabajar juntos para enfrentar estos retos contemporáneos. Llámela criminología verde.
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Este artículo se publicó originalmente en The Conversation.
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Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek