¿Hacer a EE.UU. seguro de nuevo? Pero EE.UU. ya es seguro

Donald Trump sigue insistiendo en que vivimos tiempos peligrosos. “No pienso que EE.UU. sea un lugar seguro para los estadounidenses”, dijo él previamente este año.

Y la mayoría de los estadounidenses está de acuerdo con él. En junio, 71 por ciento de los estadounidenses dijo que esperaba más ataques terroristas en Estados Unidos en las siguientes semanas. Y 53 por ciento dijo recientemente que les preocupa muchísimo el crimen, mientras que 70 por ciento cree que hay más crimen en Estados Unidos del que había hace un año.

Tal vez haya sido una política inteligente de Trump el usar “Hagamos a EE.UU Seguro de Nuevo” como el tema del día inaugural de la Convención Nacional Republicana. Sin embargo, los hechos sugieren que los estadounidenses ya están muy seguros.

Por ejemplo, tomemos el crimen. Las estadísticas sugieren que el público lo ha entendido completamente al revés.

En 2013 y 2014, los estadounidenses experimentaron sus años más seguros registrados. El índice de homicidios por centena de millar fue 4.5, muy por debajo de la mitad de su peor punto en la década de 1980 y principios de la de 1990, mucho más bajo incluso que el índice de homicidios de 1963, previamente el año más seguro registrado.

Las cifras son casi idénticas para otros tipos de crímenes violentos. Según las estadísticas criminales del FBI, los últimos cinco años han sido los más seguros del último medio siglo.

El terrorismo es otro caso donde las cifras no apoyan el nivel exacerbado de miedo. Los ataques en San Bernardino, California, y Orlando, Florida, ciertamente pusieron a la gente en ascuas, pero los estadounidenses tienen más posibilidades de morir por un rayo o ahogados en sus propias tinas de baño que de ser asesinados por un terrorista.

En las últimas dos décadas, incluidos los ataques trágicos del 11/9, los extremistas musulmanes fueron responsables de menos del 1 por ciento de los asesinatos en Estados Unidos. Y en los últimos 10 años, esa cifra había disminuido sustancialmente, con los islamistas radicales responsables de menos de un décimo del 1 por ciento de los asesinatos en EE UU.

Entonces, ¿por qué los estadounidenses están tan asustados?

La respuesta más obvia proviene de las noticias diarias. Gracias a su tendencia de amplificar los crímenes más sensacionales, la cobertura noticiosa ayuda a asegurar que las percepciones públicas del crimen no estén en sincronía con la realidad.

Esto es especialmente cierto en la cobertura de ataques terroristas o sus tentativas, que rara vez provee a los consumidores de noticias algún sentido de perspectiva sobre la amenaza relativamente menor del terrorismo.

Pero todavía más importante en este avivar miedos públicos de hoy día son los líderes políticos irresponsables. Esta es un área donde nuestros políticos pueden y deberían liderar.

Ellos pueden señalar los hechos y recordarles a los estadounidenses que estamos seguros. Pueden garantizarles a los estadounidenses que podemos estar tanto seguros como en guardia ante la amenaza que presenta el Estado Islámico y los grupos milicianos similares. Pero en vez de ayudar al público a ver más allá de su miedo e ira, han añadido una sensación de pánico por propósitos políticos.

El discurso reciente de Donald Trump en Ohio, que combinó cifras exageradas sobre ataques terroristas con lenguaje apocalíptico, fue un ejemplo perfecto de este problema. Cualquiera que escuchara a Trump creería que el Estado Islámico representaba una amenaza existencial a Estados Unidos.

Peor aún, cuando los medios noticiosos cubren a Trump, le dan una tarima poderosa para sembrar miedo. Se perdió en el ruido el hecho de que fueron lobos solitarios, no grupos organizados, quienes llevaron a cabo los ataques recientes en Estados Unidos.

Demasiado miedo tiene la capacidad de nublar los sentidos de la gente, mermando su capacidad de sostener un debate racional y torciendo su toma de decisiones. Los efectos ya se pueden ver no sólo en los niveles irracionales de miedo por el Estado Islámico y el terrorismo sino en los niveles sorprendentes de apoyo a las extremas propuestas políticas de Trump.

Sin el miedo, sería difícil explicar cómo 50 por ciento del público apoya una prohibición a los inmigrantes musulmanes, 48 por ciento apoya construir un muro en la frontera con México, y 44 por ciento apoya la idea de crear una base de datos que contenga los nombres de los musulmanes que viven en Estados Unidos.

Tales políticas, nacidas el miedo y la emoción, podrán hacer que la gente se sienta bien al corto plazo, pero claramente llevan el riesgo de pisotear los valores asentados en la Constitución.

El miedo no es una manera de dirigir un país. Ninguna amenaza debe darse por sentada, pero las amenazas tampoco deberían ser infladas o manipuladas. Y hoy los hechos apoyan una conclusión: los estadounidenses están seguros.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek