Aranceles comerciales se traducen en más guerras, advierten

Es temporada abierta contra el libre comercio para los candidatos presidenciales de Estados Unidos.

El nominado republicano, Donald Trump, la ha emprendido repetidas veces contra el “globalismo” y las políticas comerciales que, según él, mueven “nuestros empleos, nuestra riqueza y nuestras fábricas a México y al extranjero”.

Entre tanto, Hillary Clinton arremete contra el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, el mega acuerdo de 12 naciones de la Cuenca del Pacífico, con el argumento de que socava financieramente a los negocios estadounidenses.

Si bien no carentes de razón, sus posturas presentan visiones unilaterales en el tema del libre comercio. Y limitar la conversación sobre comercio a presuntas pérdidas de empleo pasa por alto el beneficio más importante del libre comercio, uno que se extiende directamente a miles de millones de personas: la paz mundial.

Los acuerdos comerciales son instrumentos poderosos para prevenir conflictos internacionales y fomentar la colaboración entre naciones. En vez de culpar a otros por el vacilante mercado laboral de Estados Unidos, sus políticos debieran adoptarlos como herramientas para estabilizar y pacificar el escenario político internacional.

El libre comercio es una fuerza pacificadora poderosa. Y la lógica es simple: cuando la prosperidad de un país depende del comercio con otras naciones, tiene menos probabilidades de meterse en guerras que interrumpan el flujo del comercio. En vez de ello, los países que comercian suelen optar por métodos más pacíficos para resolver sus disputas.

El efecto pacificador del comercio creciente es algo sobre lo que filósofos como Immanuel Kant especularon hace siglos. Y en nuestros días, hay numerosos estudios que confirman esa relación.

Por ejemplo, un estudio de la Universidad de Texas analizó una amplia gama de países entre 1960 y 2000, concluyendo que los aranceles elevados y otras barreras al libre comercio aumentaban la probabilidad de que un país tuviera conflictos internacionales. Por el contrario, los países con menos barreras al comercio tenían menos probabilidad de invadir o de ser invadidos.

De igual manera, un estudio de la Universidad de Stanford halló que, entre 1950 y 2000, las guerras entre países fueron casi un décimo que las registradas en el siglo anterior. Cosa nada sorprendente, ya que las redes globales de comercio casi se han cuadruplicado desde 1950. En palabras de Matthew Jackson, profesor principal de dicho estudio: “El interés económico determina mucho de lo que ocurre, en términos de dónde las naciones están dispuestas a ejercer el poder militar”.

Para más prueba, den un vistazo a Europa. Cuando la economía europea quedó en ruinas tras la Segunda Guerra Mundial, las naciones formaron la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) con miras a crear un mercado común para esos bienes esenciales.

No obstante, el motivo de la fundación fue solo parcialmente económico. Como aclaró en su momento el proponente original de CECA, el ministro del Exterior francés, Robert Schuman, el propósito era hacer que la guerra “no fuera meramente impensable, sino materialmente imposible”.

A partir de los seis integrantes de CECA surgió la actual Unión Europea de 28 miembros: un modelo notable de cómo el interés económico común puede mantener la paz. Y a pesar del reciente voto del Reino Unido para abandonar la UE, el gobierno británico busca, sabiamente, negociar un acuerdo comercial que preserve el libre movimiento de bienes y servicios.

Estados Unidos, que tiene acuerdos comerciales con 20 países, ha experimentado en carne propia los beneficios diplomáticos de las políticas del comercio abierto y la cooperación internacional que promueve.

Por ejemplo, el Tratado de Libre Comercio Estados Unidos-Corea del Sur no solo redujo de manera significativa los aranceles sobre los bienes de ambos países, sino que también fortaleció sus relaciones en otros temas importantes. Desde la firma de dicho tratado, las dos naciones han colaborado en multitud de proyectos importantes, desde cambio climático hasta desarme nuclear.

Estados Unidos también ha firmado tratados de libre comercio con Colombia, Jordania y Chile, los cuales incluyen compromisos para colaborar en temas laborales y ambientales.

Pese a ello, Estados Unidos ni siquiera está cerca de explotar todo el potencial de sus sociedades comerciales estratégicas. Y un buen lugar para fomentar el comercio serían los ex estados soviéticos, países que están deseosos de acelerar su integración económica y política con la comunidad internacional, y reafirmar su autodeterminación económica.

Gracias a un tratado comercial con la Unión Europea, la República de Moldavia acaba de comprometerse a reformar sus sistemas políticos para volverse más democrática y proteger los derechos humanos.

Georgia, con su ubicación estratégica en el Cáucaso, es una puerta económica y energética entre Asia y la UE, lo que le convierte en un socio comercial perfecto.

Ese país conoce muy bien las calamidades de la guerra, y ha firmado tratados comerciales con varios de sus vecinos, desde Turquía, Azerbaiyán y Armenia hasta ocho ex estados soviéticos y la Unión Europea. De hecho, hace poco se situó en la tercera posición de un listado de 178 países, en cuanto a su apertura al comercio. Un mayor comercio entre Estados Unidos y Georgia estabilizaría considerablemente al Cáucaso y pacificaría las regiones circundantes.

El libre comercio beneficia a los países, pero su capacidad para beneficiar la paz y el orden global es mucho más significativa. Los líderes estadounidenses no deben menospreciar este instrumento diplomático.

Publicado en cooperación con Newsweek / Published in cooperation with Newsweek